Tuesday, July 23, 2019

Nuvia Inés Estévez, música desde el verso (por Manuel Vázquez Portal)


Nuvia Inés Estévez es una de las voces más auténticas de la poesía cubana. Visceral y telúrica, sus evocaciones dan de latigazos al entorno sin que la circunstancialidad marchite el verso opimo, sin que lo cursi almibare la ternura, sin que lo procaz invada la belleza. Música hace del verso Nuvia Inés, y es porque al decir de José Martí en su poema Crin hirsuta, "Solo el amor engendra la melodía". Y Nuvia es todo amor: gozado, sufrido, prodigado, infinito.

La poesía, por su origen musical (no olvidar que parte de la lírica coral que más tarde deviene lírica monódica y da sitio a los géneros: épico, lírico, y dramático), lleva en si una melodía que le es propia y que define siempre la voz del poeta. Hasta la buena prosa tiene su música. "En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre, no quiero acordarme, ha tiempo que vivía…" No en balde los músicos y cantantes desde hace mucho apelan a los poetas para obtener letras dignas. Me viene ahora mismo a la mente la canción La tarde de Sindo Garay, cuya letra es una cuarteta de Amado Nervo, seguida de una quintilla de Dolores Rodríguez Tió. O la canción La Cleptómana, interpretada por Barbarito Diez y la orquesta de Antonio María Romeu cuya letra es un soneto de Agustín Acosta. O Tu mirada, interpretada por el Grupo Moncada, que es una décima de Renael González. Ello sin contar lo que hizo Joan Manuel Serrat con los poetas españoles.

Hacer arte con la palabra no es juntar vocablos sino armonizarlos rítmica y conceptualmente. Cada poeta es una fórmula que, él o ella compone y descompone, según sus necesidades expresivas. Por muy árido que sea el verso siempre tiene un hálito de armonía rítmica, y nos recuerda que nació para ser cantado. Porque, al final, "la poesía y la música están cosidas por la misma estrella". De los antiguos aedas a los viejos juglares, de los juglares a los trovadores y de los trovadores al poeta escribiente, la música ha sido una suerte de cordón umbilical que los une desde todos los tiempos. Y Nuvia Inés no tuvo que aprenderlo en la Universidad, en la cual se graduó de Español y Literatura, lo traía consigo desde lo remoto de todos los tiempos. Léase y óigase:

Desde la Estigia Odiseo
pregunta cómo volver
a la patria cómo arder
sin Penélope al deseo
Sorbos de mar aleteo
pide al cielo Mas provoca
ciega ira cuando invoca
la conciencia de los dioses
pálidos sordos feroces
frente a su carne en la roca.

Se trata, por supuesto de una décima, una décima-espinela específicamente, que no todas las décimas son iguales. En España e Hispanoamérica las hay de estructuras muy diferentes. Martín Fierro, por ejemplo, está escrito en décimas truncas. Pero la creada por Vicente Espinel y patentada por Lope de Vega, quien reconoce a Espinel como autor de esta estructura, aunque en la actualidad haya divergencias de criterios, se caracteriza por una estructura ordenada en diez versos octosílabos, con rima perfecta (consonante) ABBAACCDDC, y un puente en el quinto y sexto verso que da curso a la siguiente redondilla que la compone.

El Siglo de Oro español convirtió la Espinela en una estrofa de gran valía poética, piénsese solamente en La vida es sueños, de Pedro Calderón de la Barca. En Cuba, al ser introducida por los colonizadores, se convirtió en una especie de canto nacional, sobre todo en las zonas rurales, (Viajera peninsular, cómo te has aplatanado) y dio un sinnúmero de buenos cultores de ella, tanto de repentintas (los que la cantan en disímiles tonadas) como de los que la escriben solamente. Sin embargo, varias generaciones de poetas cubanos la vieron como una estrofa menor, cosa de parrandas y guateques campesinos, y la menospreciaron, muy a pesar de la historia que poseía. En los finales de la década de los 70s los poetas bautizado como “tojosistas” la redescubren y comienzan a elaborarla con la exquisitez, musicalidad y belleza que la caracterizó siempre:
Mariposa, flor alada,
rosa que a volar se atreve,
como un arco iris breve
te posas en la mirada… escribiría Renael González y arrancaría la admiración del poeta Roberto Manzano Díaz, Efraín Morciego Reyes, Rodolfo de la Fuentes Escalona y Osvaldo Navarro entre otros, pero aún siguió siendo vista con algo de desdén, sobre todo, por quienes eran incapaces de acometerla con altura lírica y soltura emocional o posaban como “supra-revolucionarios” dispuestos a obviar y romper cualquier esquema.


Nuvia Inés no escapa a la influencia española y cubana, y la Espinela es para ella un retozo con el que sufre y se divierte a su manera. Tanto que su primer libro Últimas piedras contra María Magdalena, (Editorial Sanlope, Las Tunas, Cuba, 2001) está escrito totalmente en décimas. Digo en décimas en esta ocasión específica porque todas no son la clásica Espinela, sino que ella, cuando el octosílabo le queda estrecho, aun manteniendo los diez versos y la rima consonante en la combinación ABBACCDDC, juega con el metro a su antojo y lo torna eneasílabo o endecasílabo cuando lo necesita.

Últimas piedras contra María Magdalena es un libro que, aunque adolescente, muestra ya la madurez e información humanística de que Nuvia Inés hará galas en sus textos posteriores. Desde la misma concepción del cuaderno aflora su propensión a valorarse como ser humano más que como género y lo hace desde la óptica de la luchadora, jamás desde el conformismo sumiso a que ha sido sometida la mujer desde tiempos inmemoriales. Estamos frente a una rebelde, una transgresora de cepa, capaz de insubordinarse y pagar, y hacer pagar, las consecuencias. No es el escándalo que puedan provocar sus versos lo que le importa. Lo importante para ella son los efectos positivos que ese mismo escándalo pueda acarrear para la mujer. Y en esa batalla se desnuda emocionalmente para que todos sepan que no tiene nada que esconder.

A veces, suave como una caricia; a veces, ríspido como una cachetada, pero siempre esencial, su discurso poético se desdobla en sujetos sorprendentes y hallazgos inesperados. Es como si muchas mujeres, desde Safo hasta Sor Juana Inés, desde Ana Ajmátova hasta Alejandra Pizarnik, desde Gertrudis Gómez de Avellaneda hasta Fina García Marruz, la habitaran. Como si los siglos del mundo le hubieran transitado el alma. Como si todas las voces confluyeran en la sinfonía de la suya, y de ahí, que fluya entre lo arcaico y lo presente con una desenvoltura única.

Las fórmulas clásicas son para ella un retozo, y lo lúdico en sonoridades y medidas, más que cárcel, se torna caudal: se explaya. Salta de la Décima al Soneto con la precisión de una equilibrista sobre la maroma. Su verso es siempre libre: los encabalgamientos no permiten una lectura de sonsonete aburrido. Cuando rompe las formas, las rompe con el dominio de quien las conoce: desdibuja porque sabe dibujar, rompe porque sabe construir.

Veámoslo con calma en este soneto del libro Maniquí desnudo entre escombros (Ediciones Unión, 2002 que resultara premio David 2001)

Preludio del cuervo

Me cortará los ojos y los huesos A
escupirá mi piel hará en mis brazos B
un torrente de sombras y zarpazos B
Encajará las plumas en mis sesos. A

Picoteará mis poros y mi entraña C
instilará veneno en mis costillas D
trocando mansedumbre por astillas D
desgarrará las pieles de mi araña. C

Se llamará Cleopatra o Magdalena E
y yo la salvaré de la serpiente F
de la insidia feroz de la cadena E

Ahuyentaré el flagelo del demente F
Nadie rompa el tañido de la pena E
Nadie roce mi cuervo Nadie intente. F

El soneto clásico, aquel que “del itálico modo” trajera a la lengua española Íñigo López de Mendoza, Marqués de Santillana, y que después de haber pasado por las ilustres manos de Garcilaso y Boscán, llegara a los ingenios de Francisco de Quevedo, Luis de Góngora y el mismísimo Miguel de Cervantes, es una gema preciosa de la lírica hispana que ha transitado todos los movimientos literarios. (Martí, Dario, Casal; Modernismo), (Vallejo, Neruda; Vanguardismo). No obstante Nuvia Inés se atreve, ya en el siglo XXI, y lo emprende también a su manera. Y digo a su manera porque no sigue las reglas del soneto clásico. El soneto clásico en su rigor está compuesto por catorce versos endecasílabos, repartidos en dos cuartetos y dos tercetos, con rima perfecta (consonante) que se combinan ABBA ABBA y CDC DCD o CDE CDE, y del que Lope de Vega escribiera para describirlo:

Un soneto me manda hacer Violante, A
que en mi vida me he visto en tanto aprieto; B
catorce versos dicen que es soneto: B
burla burlando van los tres delante. A

Yo pensé que no hallara consonante A
y estoy a la mitad de otro cuarteto; B
mas si me veo en el primer terceto B
no hay cosa en los cuartetos que me espante. A

Por el primer terceto voy entrando C
y parece que entré con pie derecho, D
pues fin con este verso le voy dando. C

Ya estoy en el segundo, y aún sospecho D
que voy los trece versos acabando; C
contad, si son catorce, y está hecho. D

Pero Nuvia Inés lo emprende a su modo, a su aire, a su antojo, y aun cuando mantiene el metro en endecasílabos, trastroca el ordenamiento de la rima (aunque la mantiene consonante) y lo reordena ABBA CDDC EFE FEF para un efecto melódico diferente.

De Maniquí desnudo entre escombros, apunta el poeta cubano Efraín Rodríguez Santana: “En este espacio de poesía Nuvia Estévez intenta a veces con desesperación refundar la visión de su país, de su pueblo natal, su familia, su hija y su futuro y es por ello que sus versos se cargan de transparencia y veracidad, de juego candente y síntesis abrumadora. El verso libre, el soneto, y la deslumbrante décima son las formas de las que se vale para expresar su inspiración y su emoción.”

Porque Nuvia Inés Estévez, añadiría yo, es una poetisa entera formada a descalabros y pujanzas, a naufragios y reconquistas, a estudios y lecturas imprescindibles, y acompañada por un estro poético que no le cabe en el pecho y se le escapa vuelto verso armónico y lustroso. Con más de media docena de libros se establece ahora mismo con una madurez de magisterio y una belleza que la instala entre las poetisas más sobresalientes de la Cuba contemporánea.

Las muñecas, las putas, las estatuas, su libro más reciente, publicado bajo el sello editorial CAAW Ediciones, 2017, confirma su dimensión poética. Preparada para versos de trascendencia múltiple filtrada por el prisma de la vivencia individual:

El país fue un arca
a ella solo llegaron animales malditos
(esa ungida inocencia de los animales sin espina
ese vaho silencioso de los amantes oscuros)
El país solo fue un lugar para los que escapaban
Un mapa compartido con la nieve

De este cuaderno afirma el poeta Félix Luis Viera: “En Las muñecas, las putas, las estatuas el verso libre, el soneto, la décima parten hacia lo cotidiano —dicho sea en su favor: lo cotidiano asimilado, no maldecido como ocurre con tanta poesía (esto no quiere decir que poemas de este corte deban resultar, a su vez, maldecidos) — o ese fervor por proclamar el tiempo ido, tanto el relativamente reciente como aquel que surte las entretelas de la niñez ya lejana”.

Si algo llama la atención en Las muñecas, las putas, las estatuas es la estructura del libro. Cada parte invoca un rasgo femenino esencial. Si en las muñecas la maternidad es el rizoma del que eclosionan todas las emociones, todas las ternezas, todos los deslumbramientos, en las putas, el amor carnal, ese de los orgasmos objetivos que provocan los poéticos, es el eje en que giran chispeantes cada verso. No hay una actitud de víctima ni de discriminada, hay, más bien, una actitud de domadora, de triunfadora que, aunque en cada encontronazo haya dejado lágrimas y pellejo, ha crecido.

Y en las estatuas, la última sección del libro, y, quizás, el pináculo del mismo, los objetos poéticos se interiorizan más y son una especie de abordaje a fondo al bergantín fugaz de la poesía, aquí se adentra en lo esencial de la existencia, aquí no es la mujer frente a dilemas mínimos, aquí es el ser humano total frente a la bastedad del universo, aquí es la fusión de la incertidumbre con la poquedad de la vereda humana, aquí es donde: en la superficie de su sangre, el trueno cae, y ella —ni nadie— puede quitarle lo que la hace vivir.

La obra poética de Nuvia Inés Estévez requiere ya de un estudio más abarcador que estas palabras que, presuroso, garrapateo. Ella es, por merecimiento propio, un pilar de la poesía cubana. De Gertrudis Gómez de Avellaneda a Fina García Marruz, de Juana Borrero a Reina María Rodríguez, ha fluido mucha poesía bajo el puente, pero Nuvia Inés ha venido a remover y a renovar las aguas de los versos.

Y como siempre, aquí los poemas de la autora para me den o quiten la razón en lo que digo de ellos.


(Del libro Últimas piedras contra María Magdalena)

Es verdad
yo soy la puta
la feliz la melancólica
la temible la bucólica
quien se lamenta y disfruta.
Es verdad soy la que esputa
la lengua sobre tus sesos
la que se ahoga en excesos
quien ladra sobre tu carne
la que aúlla la que escarne
Soy la que muerde tus huesos.



Desde el fondo
(Del libro Maniquí desnudo entre escombros)

Yo nunca tuve mar
ni brazos con qué llevar mi hija a las olas
Nunca tiré piedras al espécimen
mis padres prohibieron el azul
gritaron “hasta allí los límites
la mirada divisoria entre las aguas
hasta allí la sal los ahogados
la fría eternidad de los peces en las rocas”

Siempre creí que el mar estaría en cualquier pueblo
en cualquier casa
en cualquier madre
pero mi madre nunca tuvo mar
y en mi casa solo hubo un balde
donde el amante orinaba su ausencia

El mar fue un barco que se hundía
un anuncio solitario desde arriba
Pero se fue del país
de mis amigos
Nada hizo mi anzuelo para encontrarlo
lancé botellas a ese hueco que alguna vez fue manantial
lancé la geografía la pulcritud
los delfines tan humanos ante la oscuridad de mi pueblo

Alguien dijo “La lluvia nos traerá el mar”
Pero no llovió en cuarenta días
Ni hubo madres felices ancladas con sus hijos

El país fue un arca
a ella solo llegaron animales malditos
(esa ungida inocencia de los animales sin espina
ese vaho silenciosos de los amantes oscuros)
El país solo fue un lugar para los que escapaban
un mapa compartido con la nieve

“Madre” grita mi niña
y el nombre a secas me devuelve aguas
“Madre” qué ciudad nos salvará el naufragio
qué aullido nos pintará el silencio
en qué cuerpo quedarán los brazos abiertos
a ese dolor imposible de lo limpio”

Yo nunca tuve un mar tocándome la puerta
deslizando tranquilo por hendijas su recuerdo migratorio
nunca bañé su fantasma contra mi cuerpo
su ácido contra la imperfección del rostro

Pude lanzar mi corazón en una botella
partir desnuda tras las malolientes gaviotas
pero nunca tuve un mar el soplo de las velas
la danza de su ruido pálido y mecánico

Quien iba a anunciar las aguas
ese arrepentimiento de los que se hundían sin país
las piedras la isla
los ahogados sus bocas abiertas al olvido
Quién iba a empujar hacia este silencio sus tablas

Hundida el arca
vueltos los animales a esa costumbre oscura de la existencia
el mar retornó a golpearnos
y dolió al cuello la nostalgia bulliciosa del tumulto
Mi hija pintaba barcos en la pared
mientras otro amante flotaba prendido a mi cuerpo

Ahora que ardo sobre esta isla animal
mi húmedo hundimiento de vida
y mojo la arena desolada donde perdí mi casa
siento el nombre que duele en las costas
esa frígida felicidad sin brújula

Mi hija y yo
también nos hemos ahogado.



Vocabulum
(Del libro Las muñecas, las putas, las estatuas)


Puede ser un cuchillo lo que gotea mi vientre
los libros que leí no son libros
no son hojas sus hojas ni letras sus letras
habría que ver quien dio forma a la tinta
que no es tinta
No existen filósofos
                    ingenieros
                    doctores
                    barrenderos
                    esclavos
Amor puede confundirse con odio
si contamos las sílabas
El verso es una línea
la línea es una raya
el corazón es otra víscera
la mesa el árbol
no sé si esto que no quema es sombra
-quiero llamarle abrigo-
Aquello que enfría los alimentos
es un trozo metálico de nieve
El Sol es un fósforo
la noche una pestaña
el vestido que calzo es una flecha
las especias son solo el olor
por qué cilantro o laurel
por qué espejuelos y no antifaz o burla

Eso que me protege el pie
es mi madre.



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Nuvia Inés Estévez Machado (Cuba, 1971). Poeta y narradora. Licenciada en Español-Literatura. En el 2001 obtuvo el Premio David de la UNEAC con su poemario Maniquí desnudo entre escombros, el cual fue reeditado en México por la Editorial Verdehalago. Ha publicado, además, Arrepentida de llamarme Circe, Claveles para Rachel, Penancolía, Últimas piedras contra María Magdalena y Misterio de Clepsidras. Su obra poética ha sido recogida en numerosas antologías en Cuba, México, Estados Unidos, Puerto Rico, Costa Rica, España y otros. También ha ofrecido conferencias en México y Colombia, y recitales de poesía en diferentes eventos internacionales. Actualmente reside en el Sur de la Florida.


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