Monday, June 17, 2019

Gran Gala del Ballet Clásico Cubano de Miami. 8 de junio de 2019 (por Baltasar Santiago Martín)


La Gran Gala comenzó con Yerma, un ballet con coreografía de Eriberto Jiménez –basado en la tragedia homónima de Federico García Lorca–, y música en vivo, nada menos que el famoso y muy conocido Concierto de Aranjuez, de Joaquín Rodrigo, interpretado en esta ocasión por los virtuosos guitarristas Alberto Puerto e Ivet Riscart.

Le correspondió a Adriana Méndez-Tosín habitar con adecuado verismo la piel de la atormentada Yerma, consumida por la frustración de no poder ser madre –y peor aun, de la falta de amor de Juan, su seco marido.


Ihosvany Rodríguez –pese a la lesión en su pie que le impidió ser después el Hilarión en Giselle–, resultó muy convincente como Juan, transmutado en ese hosco labriego andaluz “al que no le importa tener hijos y tampoco parece sentir el apremio de la carne de su esposa”, mientras que a Danil Tourrenze le tocó interpretar a Víctor, el joven, fresco y extrovertido amigo de Juan, pero su demasiada breve aparición no permitió darle a su personaje todo el peso que en la obra original posee, por lo que le sugiero al coreógrafo que enriquezca su parte, sobre todo en la interacción con Yerma, pues aceptar sus requerimientos hubiera podido ser el escape de Yerma de su infelicidad.

Myriam Fredrick, Jessie Marrero, Niuris Torres y Jennifer Villalón, como las cuatro lavanderas, cumplieron eficazmente su cometido como contrapartidas de la amargada Yerma, pero sentí la falta del personaje de Dolores, la vieja hechicera a la que acude la protagonista para tratar de lograr su maternidad.


En resumen, recomiendo al coreógrafo darle más peso al personaje de Víctor e incorporar el de Dolores, y repensar el fondo digital empleado, pues distrae al espectador de lo que acontece en escena, y por sobre todo, las flores rojas que lo coronan no tienen nada que ver con lo que discurre ante nuestros ojos, y mucho menos con su horrible desenlace: “No os acerquéis, porque he matado a mi hijo, ¡yo misma he matado a mi hijo!”, finaliza así esta lorquiana y terrible tragedia.

Me olvidaba: Los saludos finales, sobre todo los de Yerma, deben estar acordes con el personaje, que en su caso no debe sonreír, sino mostrarse hierática, conturbada, pues acaba de asesinar a su marido (recomiendo ver en Youtube la despedida de la inmensa soprano afroamericana Leontyne Price, en el Metropolitan de Nueva York, cuando, tras cantar el aria “Oh, Patria mía”, de la ópera Aida, continúa en personaje pese a la inmensa ovación que está recibiendo).

Después de Yerma, Emma Butterworth, Madison Braksma, Tessa Hogge e Isabella McCool, cuatro magníficas bailarinas del Ballet de St. Lucie, trajeron a escena un fragmento del ballet El caballito jorobado, con música de Cesare Pugni y coreografía de Arthur Saint-Leon, en el que mostraron su irreprochable técnica y su exquisita musicalidad, amén de un muy bien coordinado acople. Un solo detalle a reprochar: la proyección de fondo, que, a mi juicio, recuerda un descuidado boceto sin originalidad.


La función continuó con la agradable Lecuona Suite, coreografiada también por el propio Eriberto, en la que Adriana Méndez-Tosín, Jessie Marrero y Jennifer Villalón encarnaron, con desenfado, elegante sensualidad y cuidada técnica, a tres muchachas enamoradas de la vida, con toda la inocencia y la pasión de la primera juventud. Una sola objeción, no imputable a las intérpretes ni al coreógrafo: la pobre iluminación durante casi toda su representación.


Concluido el adecuado intermedio, llegó el plato fuerte de la noche: el segundo acto de Giselle.

En Giselle, el ballet romántico por excelencia, el drama transcurre en Europa Central, en el Medioevo. La protagonista es una joven campesina que corresponde al amor de Lois, a quien ella cree un aldeano, pero que en realidad es Albrecht, Duque de Silesia. Hilarión, el guardabosque, quien también la pretende sin ser correspondido, descubre la impostura del duque, y se la revela a Giselle ante Bathilde, la prometida de Albrecht, que se encuentra de visita en la aldea junto a su corte. Giselle, ante la traición de su amado, enloquece y muere.

En el segundo acto, Hilarión visita la tumba de Giselle en el bosque, donde pasada la medianoche las wilis (espectros de doncellas que murieron vírgenes) persiguen a todo hombre que se aventure en sus dominios, y las wilis lo atrapan y lo hacen bailar hasta morir. Giselle hace su iniciación ante Mirtha, su reina, y luego se aparece ante Albrecht, que al igual que Hilarión se ha aventurado en el bosque para visitar su tumba. Giselle intercede sin éxito ante una implacable Mirtha, pero logra alargar el extenuante baile de su amado hasta el amanecer, para salvarlo, tras lo cual regresa a su tumba ante la desesperación de un arrepentido Albrecht.

Antes de pasar a reseñar las interpretaciones de los personajes principales, hubiera preferido una proyección más convencional como fondo –más acorde con las “patas” empleadas para evocar el bosque– y luces más discretas, pues este segundo acto se desarrolla a partir de las doce de la noche, hasta que amanece, y la iluminación casi no varió, lo cual no es imputable a la dirección artística, lo sé, sino a las limitaciones técnicas del teatro.

Marizé Fumero, tanto técnica como interpretativamente, volvió a convencer con creces como Mirtha, la Reina de las Wilis –rol que ya había conquistado en similar función en 2016–, pues de nuevo logró combinar sus impresionantes grand jettés –de los mejores que he visto en los últimos tiempos–, sus exquisitos balances y sus pasmosas extensiones a 180 grados, con un dominio absoluto del personaje. Dura, altiva e implacable, su Mirtha fue lo mejor de la función, sin desdorar el preciso y admirable trabajo del cuerpo de baile, que califico también de sobresaliente.


Kevin Hernández –quien sustituyó en el último momento a Ihosvany Rodríguez debido a su lesión – resultó ser un muy suplicante Hilarión, además de arriesgarse con una coreografía más demandante que la de otras versiones, pese a la premura con que se tuvo que preparar.

Jennifer Villalón y Mayrel Martínez, a cargo de las dos wilis conocidas respectivamente como Zulma y Moyna, bordaron sus respectivas variaciones, a pesar de que, al igual que en el caso de Marizé, bailar con música grabada no facilita mantener un balance ni subir más la pierna en un arabesque, pese a lo cual, ninguna de las dos defraudó al público presente (quiero destacar aquí que era el debut de Jennnifer como Zulma, y que Mayrel, más avezada en su papel de Moyna, me volvió a deslumbrar con sus arriesgados renversés).

La “heroica” Gretel Batista –porque tuvo que sustituir a la anunciada, y también lesionada, Lorena Feijóo, con apenas cuatro días previos de ensayo– en esta su primera –y forzada Giselle–, al salir de la tumba giró rauda en planta, pero no pudo concluir en punta como es ya costumbre en la mayoría de las versiones de este ballet, mas, en el inicio del Grand Pas, giró lentamente en planta sin titubeos y logró un hermoso arabesque a casi 180 grados, para luego pasar a lo que fue, en mi opinión, su mejor momento técnico de toda la función: los entrechats de su variación, totalmente en música, pese a ser grabada. Digo “técnico”, porque interpretativamente Gretel fue una Giselle muy lírica de principio a fin, totalmente en estilo romántico.


Y ahora, haciendo un aparte general sobre la mencionada música: la orquestación escogida para esta puesta fue de nuevo diferente a la que utiliza el Ballet Nacional de Cuba, sobre todo en la escena de la llegada de Albrecht a la tumba de Giselle, por lo que sugiero conseguir dicha orquestación, mucho más hermosa que la utilizada.

Si bien elogié a Gretel por su debutante interpretación del personaje, en el caso de Arionel Vargas tengo que extenderme aún más, pues su Albretch sobrepasó totalmente mis expectativas.

En la función similar de 2016, a Arionel le correspondió suplir al bailarín previsto para el rol: mi querido amigo Carlos Guerra, debido también a una lesión que este sufrió, y en mi reseña escribí: “Arionel Vargas cumplió con gran elegancia como eficaz acompañante, pero su variación pecó de discreta, con menos bravura técnica que la que le he visto en ocasiones anteriores”, pero en esta función de 2019, Arionel ofreció uno de los Albretch más reales y veristas, dramáticamente hablando, que he podido disfrutar en mis 57 años de ver Giselle (1962-2019).

No solo acompañó solícitamente a Grettel durante todo el acto –con cuidadas y hermosas cargadas y elevaciones–, sino que en sus variaciones no escatimó bravura: con giros, saltos, volteretas en el aire, ¡caídas exhausto en el piso!, y un trabajo de pies exquisito.


Un único punto a criticar: en la entrada a la tumba, sobró esa cargada horizontal de Giselle por parte de Albrecht, aunque ahora sí se incluyó el efecto del “cruzamiento” de ambos sin tocarse, que tan bello efecto causa en el público, y para mejorar el efecto de la desaparición de Giselle, se podía haber pegado más la tumba al árbol adyacente (se vio claramente como Gretel se “escabullía” por el lateral), pero ello no empaña el gran triunfo que representa montar este ballet tan bello, tan romántico, en Miami, gracias al enorme esfuerzo de Eriberto Jiménez y de todos los talentosos bailarines y personal técnico involucrados en hacer realidad este sueño.


Baltasar Santiago Martín
Hialeah, 15 de junio de 2019

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