Thursday, May 23, 2019

Enrique Loynaz del Castillo: el eterno mambí (por María del Carmen Muzio)


por María del Carmen Muzio
(para el blog Gaspar, El Lugareño)


En la década del cincuenta el colegio Baldor celebraba la culminación de otro curso. En esta ocasión en un teatro; además de que se trasmitía por la incipiente televisión. El general Loynaz era invitado permanente a dichas celebraciones. Anciano agradable el director lo reservaba para que colocara las medallas a los estudiantes más sobresalientes. Una niña de primera enseñanza, que generalmente ganaba las distinciones por disciplina, al demorarse la fila de estudiantes le dio pena ver aquel venerable viejito sin que nadie se le acercara y decidió hacerlo. El General sonrió y cruzó durante un segundo una mirada con el director quien le hizo un gesto de asentimiento. Luego supo el porqué de aquella vacilación: no le correspondía que el antiguo mambí la condecorara.

En aquel mismo colegio tenía una compañerita de aula, destacada por su preciosa y abundante cabellera negra, algo huraña, llamada Hilda Loynaz del Castillo. Después de 1961 se perdieron las pistas sobre las antiguas alumnas.

Años después, ya adulta, una investigación sobre tres poetisas la llevó a sostener una breve correspondencia con «la hija del General». Las cartas se atesoran y el ensayo duerme desde el siglo pasado en los fondos de una editorial. No obstante, otras investigaciones recientes la han llevado a leer documentos escritos por aquel ancianito mambí.

Aunque Enrique Loynaz del Castillo (1871-1963) dejara escrita sus Memorias de la guerra, –por desgracia inconclusa– merece una recopilación de sus textos dispersos por periódicos de la época además de una biografía; porque no fue únicamente el amigo de Martí, el salvador de la vida de Maceo en Costa Rica o el autor del Himno Invasor.

El 29 de agosto de 1949 leía su discurso de ingreso en la Academia de la Historia: «La ruta de un héroe: el Mayor General José María Rodríguez». Cuenta hechos de heroicidad extraordinaria como si narrara sucesos cotidianos en un lenguaje muy criollo. Quien fuera jefe del Estado Mayor del general Mayía le duele el olvido en que cayera aquel después de la Intervención norteamericana de la que no aceptó ningún cargo hasta morir en 1903 en la pobreza; aquel mismo que herido en una rodilla durante la Guerra de los Diez Años le pidiera al médico que se la dejara curvada para poder seguir montando a caballo y desde entonces tuvo el sobrenombre de «el renco». También salva la memoria de su jefe ante incomprensiones anotadas en el Diario del Generalísimo, cuando el Gobierno civil y el mando militar sostenían opiniones contrarias.

Otro que es rescatado de discrepancias es el general Quintín Bandera. Loynaz cumple la orden de llevarle la orden de deposición y hacerse cargo de su infantería por no acatar el mandato de marchar a Matanzas. De proféticas resultaron las palabras de Quintín a Loynaz, quien le entrega su tropa sin chistar; pero, advirtiéndole, que los llevaban al matadero por la difícil situación en esa provincia; y así ocurrió.

De las tantas anécdotas narradas vale destacar una:
Oyendo cercano tropel, volví la cara, vi nuestra guardia en fuga. Me le atravesé delante, y revólver en mano, amenacé matar al que huyera. “¡Por su madre. Teniente Coronel!”, clamó el sargento. Apuntándole, le grité: “¡Por la Patria, alto! ¡De frente al enemigo, fuego!” Este violento grito, contábame Iribarren haberlo oído a más de cien metros de distancia. Refrenando al enemigo, comenzó confundido a disparar. En ese instante llegó a la carrera el Comandante Secundino Silva, con unos veinte jinetes de la escolta. “Cundi, a cargar, ¡que sólo es una vanguardia!” Y cargamos. Tan rápido arrollar, que viraron, a escape hacia su columna, ya muy atrás. Allí, desplegados, nos encontró el General Mayía, que con las fuerzas, que pudo reunir, confundidas y mezcladas, corrió a nuestro auxilio.
En esta otra narración nos muestra la personalidad de su Jefe:
En todas direcciones salieron los exploradores: por todas partes columnas enemigas. El General Mayía, que estaba jugando una partida de ajedrez con el ayudante Lavarthe, rodeado de los generales Carrillo y Monteagudo y otros Jefes y del doctor Negre, Jefe de Sanidad, me dijo: “Lleva la infantería del Teniente Coronel Carrillo, a la avanzada que domina el camino por donde viene el enemigo. Yo estaré allí, en seguida del mate que estoy dando dentro de una juagada”.
Por último lo caracteriza:
Aquel grande hombre, sobrecargado de energía, que frente al peligro, o a la humana flaqueza, estallaba en rayos, era bueno y tolerante en las relaciones sociales, sólo inflexible ante los dictados del honor. En el mando no admitía charla. “Limítese a responder a lo que se le pregunte”. “Y a informar sin comentarios”. Discípulo de Maceo, así decía a los verbosos.
En la contestación requerida por los estatutos de la Academia, Néstor Carbonell le responde: «Con él entra un héroe. Un héroe es una llama que no se apaga. El contacto con un héroe tonifica, hace renacer energías, despertar esperanzas».

Y aún nos quedan más escritos de Loynaz para acercarnos a esa figura de nuestra guerra, perdidos en archivos y viejos periódicos. Durante la investigación sobre la Delegada de Maceo en Vuelta Abajo, Magdalena Peñarredonda, encontré cartas cruzadas entre ellos a principios de siglo; y después, sobre la capitana del Ejército Libertador, también de Vuelta Abajo, Luz Noriega, hallé su defensa a ultranza de maledicencias, publicada en octubre de 1901 en el periódico «La Discusión».

Cuánto no nos queda por conocer, aún por estudiar, de este General, aquel viejecito de sonrisa dulce que Aurelio Baldor sentaba en la presidencia como invitado de honor y había coadyuvado, con su revólver y el filo de su machete, a ofrecernos la Patria.


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María del Carmen Muzio Zarranz (La Habana, 1947). Tiene publicadas las novelas El camafeo negro (1989), Sonata para un espía (1990), La Cuarta Versión (2000) y Dios no te va a entender (2015), así como los ensayos Andrés Quimbisa (2001), María Luisa Milanés: el suicidio de una época (2005) y el libro de cuentos para niñosLos perros van al cielo (2004). Ha merecido varios galardones y reconocimientos entre los que destacan su mención en el Concurso Internacional Relato Policial, Semana Negra, Gijón, España (2002) y la del centro “Juan Marinello” por su ensayo sociocultural sobre la figura de Andrés Petit.

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