Saturday, May 18, 2019

El Batallón 30 (por Víctor Mozo)

Nota del blog: Sección semanal a cargo de Víctor Mozo. Cada sábado comparte un texto, de lo que será un libro sobre sus vivencias durante los primeros años de la llamada "revolución cubana" y su cautiverio en los campos de trabajo forzado, conocidos como UMAP.

Los textos anteriores se pueden leer en este enlace.


Al batallón 30 llegamos un sábado. Acercarse a la ciudad de Camagüey era anhelo de muchos de nosotros y de sus correspondientes familias que en lo adelante se ahorrarían mil y un problemas para viajar grandes distancias y la mayor parte de las veces en condiciones difíciles.

La llegada se hizo de día lo que favorecía hacerse una idea de este nuevo entorno que nos esperaba. El campamento se encontraba en la llamada Doblevía detrás de lo que era una fábrica de pienso. A una distancia relativamente corta se encontraba una parada de guagua que podía conducirnos a la ciudad. Afortunadamente, estábamos bien lejos de aquel fango rojizo de los comienzos.

Las barracas eran hechas de losas prefabricadas, tejas de fibrocemento y piso de cemento. Las literas con delgadas colchonetas nos harían olvidar pronto aquellas hamacas a la que tanto nos habíamos acostumbrado.

Acostumbrados al campamento sencillo y a sus dos barracas nos sorprendía aquel sitio que nos parecía inmenso ya que albergaba cuatro compañías conformando así un batallón al que todo el mundo conocía como el Bon 30.

El comedor era espacioso y sobre sus paredes se habían pintado consignas revolucionarias como aquella de “seremos uno, dos, tres muchos Vietnam” pintadas por quien sigue siendo mi amigo desde aquel entonces, Pedro Bencomo quien era confinado, digo yo, por ser rebelde con causa.

Al fondo se encontraban las duchas que por suerte funcionaban, aunque siempre había, a pesar del calor, quién le huía al baño o simplemente se lavaba diciendo de aquello “se bañó para carnet”, o sea, de la cintura para arriba.

Al fondo, nunca supe si hubo en una época una prisión militar porque se podían ver calabozos, aunque nunca vi a nadie dentro.

Aquello era enorme, como batallón al fin y al cabo albergaba cuatro compañías, o sea 480 confinados más lo oficiales, sargentos y los llamados políticos que no podían faltar. Entre cada barraca habían construido bancos de cemento de forma circular. Donde nos sentábamos a fumar o a conversar cuando podíamos. Estábamos todos mezclados ya que se habían eliminado las compañías exclusivas para homosexuales. La mayor parte de los confinados venía de Camagüey y de sus alrededores, aunque había habaneros y matanceros, sobre todo del primer llamado.

El jefe del batallón era el 1er teniente Pineda, un mulato que en el primer llamado había tenido fama de mandón y muy dado a la disciplina militar según me había contado un cabo que había conocido en el campamento de Méjico. Al subteniente Juan Bautista Rodríguez Díaz, más conocido como JB se le veía con cierta frecuencia y se complacía en manejar la moto de uno de los confinados que siempre le había sacado lasca a su vehículo motorizado sirviendo de mensajero.

Luego estaban también los políticos, entre ellos otro mulato de apellido Colina. Luego venían los jefes de compañías, el de la uno era el Tte. Verdecia un trigueño refunfuñón, el jefe mi compañía era un teniente, Oberto Anzardo López Pérez, aficionado al pilotaje de avionetas, hasta que un día, dicen, se fue tan lejos que aterrizó en cielos capitalistas para no volver. Había también un teniente de milicia que tenía una Santa Bárbara tatuada en uno de sus brazos que no era mala gente, pero el personaje que siempre me dejaría su pintoresco recuerdo sería el jefe de mi pelotón, el sargento Hipólito Ramos Ross, un mulato del Cobre con su típico “cantaito” oriental. Día memorable fue aquel en que después de darnos la voz de atención nos dirigió la palabra diciendo más o menos esto: Nojotro aquís semos los único que tenemo la protetas para mandarlo a utedes. Ya puede imaginar el lector para qué fue aquello y cómo manteniéndonos siempre en atención tratábamos de ocultar risas crispando todos los músculos de nuestros cuerpos para no atraer la ira del sargento que a fin de cuentas no era más que un pobre tipo.

El jefe de la compañía 4 era un capitán gordito y bajito como un tonel al que un buen día después del trabajo los jodedores de su compañía le echarían pica-pica en su cama. Al capitán se le vio correr desesperado hacía las duchas con apenas una toalla encima para calmar la picazón. Nunca supe si hubo represalias. Para suerte nuestra los tiempos de los grandes castigos quedaban atrás.

Luego de un domingo de descanso y adaptación al nuevo campamento nos esperaría otro trabajo. De trabajadores agrícolas pasaríamos a ser obreros de la construcción.

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