Saturday, February 2, 2019

Muecke, Lázaro y Marino (por Víctor Mozo)


De todas formas, esto no va a durar mucho porque el Armagedón se anuncia para el año 1970, me dijo Tomás Muecke Serrano para cerrar una conversación que habíamos empezado en uno de esos escasos momentos dominicales en que podíamos estar un poco más libres. Muecke siempre trataba de llevar la conversación adonde él quería, o sea, a lo suyo, a su verdad única vehiculada exclusivamente por los Testigos de Jehová. Muecke, era cabezón y yo también. A veces se unía a la conversación Lázaro, pero solo para escuchar. Lázaro tenía el sufrimiento y la aceptación reflejados en la cara. Era de poco hablar y muy trabajador. No era cazador de posibles adeptos como esos que vemos a menudo de puerta en puerta. Completaba el trío de los Testigos de Jehová del campamento, Marino, un guajiro rubio, casi albino, bajo de estatura y con físico acostumbrado a la fuerte labor.

Quiso la suerte que cayeran en un campamento donde no los llevarían tan mal, en otros lugares los Testigos de Jehová sufrirían mucho. En la mayor parte de los campamentos de la UMAP orden había sido dada de sacarles el jugo, de torturarlos y vejarlos. Si por una parte la mayoría de los confinados los tildaba de locos, por la otra se les respetaba probablemente porque eran los únicos que de cierta manera se rebelaban.

Mi amigo Osvaldo Betancourt Sanz, en otra parte de sus escritos me narraría la suerte que corrieron tres de sus compañeros testigos de Jehová en un campamento que llevaba el irónico nombre de La Fortuna. “…Tuvieron durante 72 horas a tres testigos de Jehová en condiciones inhumanas. Luego de haber trabajado todo el día, fueron obligados a pasar sin abrigo toda la noche de pie en el patio del campamento. Así estuvieron tres días hasta que uno el más alto terminó por desmayarse. Esa noche despertaron al sanitario quien después de haberle tomado el pulso constató que estaba vivo. El jefe de compañía, cual chacal al lado de su presa, ordenó que lo medicaran. El practicante le contestó que eso no se arreglaba con medicamentos y que lo que sufría era de un agotamiento extremo. Nuestro siniestro oficial, ex combatiente de la Sierra Maestra ordenó al escolta que vigilaba a los tres infelices para que estos cumplieran con el suplicio de mantenerse de pie y que despertara al que estaba en el suelo, lo cual fue imposible porque no respondía a los estímulos nada delicados que le propiciaron terminando la noche en el suelo”.

Pedro Manuel Bencomo Sarmiento otro de mis compañeros del batallón 30 me narra lo siguiente: “Sobre los Testigos de Jehová te diré que teníamos 3 en mi compañía del Bon 24 en la granja Ramiro Echemendía, cerca de Sola. El tratamiento que les daban era básicamente el de no personas. Todos los días les preguntaban si querían trabajar, decían que no, y les levantaban un acta, creo que al cabo de un tiempo debían tener cada uno un expediente del grueso de la guía telefónica de NY. A la hora de la comida eran dejados para últimos y si quedaba comida comían, si no, ayunaban. Eran 3 muchachos de La Habana, y no les permitían recibir paquetes, correspondencia o darle pases o visitas familiares. Teníamos la suerte de que nuestro sanitario, Joaquín, un señor bajito en los 40 más o menos, era enfermero titulado y había trabajado en el célebre hospital de Mazorra. Un día, aproximadamente a las 10 de la noche, uno de los Testigos de Jehová, un muchacho de unos 20 años, era asmático. Por lo que aprendí después, como terapista respiratorio, su condición era bien avanzada pues tenía una malformación pectoral llamada cifosis, con una deformación del esternón que le producía una concavidad en el pecho. Una noche se le presentó una crisis asmática que tenía los bronquios bien contraídos e inflamados, apenas estaba oxigenando y recuerdo que los ojos casi se salían de las órbitas. No había nada para tratarlo y lo único que podíamos hacer era abanicarlo y verlo retorcerse tratando de respirar. Joaquín le pidió al Teniente Sablón que llamara una ambulancia para llevarlo al hospitalito del Central Senado a lo que Sablón se negó sin siquiera ir a mirar al muchacho. Pues la crisis de asma continuaba, ya el muchacho estaba cianótico y por lo que sé ahora posiblemente en etapa inicial de acidosis metabólica. Un grupo fuimos a ver a Sablón y le rogamos le prestara atención al caso. Sablón, inamovible, nos amenazó con levantarnos acta por insubordinación, motín, y que sé yo cuantas cosas más, como si estuviéramos en un ejército de verdad. Pero bueno, al fin mandó al segundo al mando, un viejo sargento de 2da veterano de la Sierra cuyo nombre no recuerdo, pero buena persona obligado a tratar mal a gente que él sabía no lo merecía, quizá tan víctima del sistema como nosotros mismos. Regresó casi enseguida y le dijo a Sablón que el muchacho está bien malo de verdad y se nos va a morir aquí. Bueno, al fin lo montaron en un jeep y Joaquín se fue con él al central Senado, donde nos dijo Joaquín que lo habían entubado y dejado ingresado. Nunca más supimos de él, así que puede haberse salvado o puede haber muerto, con lo que sé en retrospectiva tengo una visión pesimista del asunto”.

El tercer testigo de Jehová de mi campamento, Marino, cuando llegó la zafra se volvió machetero de vanguardia y renegó a los Testigos de Jehová. El gobierno le dio amplia publicidad al asunto publicando incluso su foto. Siempre he pensado que aquello fue puro teatro desde el principio, Marino formaba parte del elenco.

La gran mayoría de los testigos de Jehová confinados en las UMAP fueron condenados posteriormente a penas de cárcel de diez años. Tomás Muecke vive actualmente en los Estados Unidos y sigue esperando el Armagedón.


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Ver textos anteriores de Víctor Mozo, en el blog

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