Saturday, February 9, 2019

De aquí no se fuga nadie (por Víctor Mozo)


Si de algo se enorgullecía el sargento Rodríguez era de la disciplina militar que imponía a base de marchas y de lecturas del código penal militar haciendo hincapié sobre todo en el párrafo y correspondientes incisos que trataban los casos de fuga. A falta de tratar nuestro campamento de fortaleza inexpugnable que a fin de cuentas solo era atacado por hormigas y otras alimañas, se complacía en mencionar que de allí no se fugaba nadie, y si por casualidad alguien lo intentaba iría directo para una compañía disciplinaria, algo que no dejaba de infundir temor. Si en la nuestra se sufría, cómo sería pues en una compañía disciplinaria, comentábamos a veces.

El sargento tapón, como algunos lo habían apodado a causa de su físico había disminuido el ritmo de sus “patria o muerte” que nos daban el merecido pase al descanso nocturno. Nunca supimos si era porque también estaba cansado o quizá harto de repetir lo mismo y ver nuestras caras de “ya sabes por donde puedes meterte tu patria o muerte”.

Fue un día entre semana. El de pie dado bruscamente como de costumbre a las 5 de la mañana, nos sacó de buenos o malos sueños quizás y cada cual, con humor bueno, malo o regular entró en la rutina habitual hasta que empezó el pase de lista.

Todo transcurrió bien entre los pelotones 1 y 2, todos habíamos gritado “aquí” al mencionar nuestros respectivos números. No sería así en el pelotón 3, precisamente el pelotón dirigido por el sargento Rodríguez, alias Tapón. Faltaban dos confinados. El “aquí” reglamentario no se escuchaba cuando se mencionaban los números y el nerviosismo del sargento Rodríguez se hizo latente cuando ordenó a los cabos buscarlos por todo el campamento Nosotros no dejábamos de mirarnos y de murmurar aquella frase que nos regocijaba porque alguien lo había logrado “se fugaron”.

Toda la compañía se mantenía en formación y el nerviosismo se había amparado de toda la oficialidad. Veíamos a los cabos y soldados del SMO que iban y venían sobre todo con cara de desconcierto. Eee-esto se-se va a-a po-po-ner malo, se apresuró en comentar el gago Montejo. Con lo rodeao de hijoeputas que estamos no van a ir lejos, comentó pesimista Manolo, el 24, otro camagüeyano. Lo que nos va a caer encima va a ser de tranca, murmuró Castillo, el 20.

A la voz de atención, se dio la orden de conducirnos al comedor para desayunar el acostumbrado remedo de pan y café. Se nos ordenó guardar silencio hasta que salimos y entramos en las barracas donde las lenguas pudieron soltarse no sin cierto temor. ¿Por dónde carajo se escaparon? ¿Cuándo lo hicieron? Eran algunas de las preguntas que nos hacíamos a la vez que nos preocupaba el hecho, al menos a algunos de nosotros, de lo que les pasaría si los agarraban. Los fugados no eran de nuestra barraca.

Si bien los sargentos gritaron un poco más de costumbre, la faena del campo transcurrió como un día cualquiera, excepto con más vigilancia. Segundo, mi ángel de la guarda, nunca estaba lejos y eso me tranquilizaba.

Al regreso del trabajo, después de haber conversado con uno de los reclutas del SMO que nos cuidaba, nos enteramos de que los fugados, del pelotón 3, eran holguineros, uno se llamaba Denis y el otro Roberto. El recluta del SMO a quien conocíamos por el científico porque le gustaba la química, nos dijo que ellos también tenían miedo si no los agarraban porque el muerto se lo iban a echar a ellos, sobre todo al que estaba de guardia esa noche un negrito de apellido Cárdenas que no era mala gente.

La fuga de Denis y Roberto no pasó de las 72 horas. Al domingo siguiente después de habernos formado una vez más vimos llegar a los dos confinados en un camión escoltados por seis soldados armados más los oficiales venidos expresamente del batallón para presentarnos la captura de los ya mencionados y lanzarnos de paso la severa advertencia de lo que nos esperaba si alguien más intentaba fugarse.

Puestos delante de todos nosotros para que los viéramos bien, pude por primera vez ponerles rostros a los nombres. Denis, de apenas unos 20 años era un guajirito con cara de jodedor y sonrisa contagiosa. Me dio la impresión al verlo que todo le importaba un comino y que aceptaba su suerte. Roberto, más serio era un mulato también joven y al parecer amante del boxeo. En fin, no eran criminales y estaban en la UMAP, vaya Ud. a saber por qué, como muchos de nosotros.

No recuerdo el nombre del capitán jefe del batallón, pero sí que hizo énfasis en el hecho de que no valía la pena fugarse porque tarde o temprano seríamos atrapados. Razón tenía, con la ayuda de los haitianos conocedores del lugar que vivían cerca, todos milicianos y algunos de ellos participantes en la llamada lucha contra “bandidos”, fugarse era prácticamente imposible.

No pudo faltar la consabida arenga revolucionaria para terminar con aquel show de mal gusto. La revolución es muy generosa con ustedes, no lo olviden, había dicho el capitán antes de gritar el consabido patria o muerte y que respondiéramos venceremos. Nosotros los carneros gritábamos venceremos frente a aquel par de jóvenes corajudos que nos daban ejemplo de rebeldía. Eran ellos los vencedores.

Los vi partir en un camión escoltados por soldados armados como si fueran criminales de guerra. Meses más tarde compartiríamos la misma barraca en otro campamento y un Denis sonriente me daría detalles de la fuga, pero nunca me hablaría de su paso por la compañía disciplinaria.


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