Saturday, January 5, 2019

El primer surco (por Víctor Mozo)


Con mi primer surco empezarían los problemas. Llegado casi a la mitad y creyéndome ya tan experto como cualquier guajiro me sentía feliz de poder avanzar porque cada confinado tenía una norma que cumplir. ¡Me cago en Dios y en la Virgen puta, 28! Me gritó de repente el sargento Vicente salido de no sé dónde. ¡Esto es una mierda, 28! ¿Y qué hice mal, le pregunté inocentemente? ¡Me cago en Dios, coño! ¡Te vas a podrir aquí hasta que no lo hagas bien! ¡Hay que cortar el bejuco de raíz, 28! ¡Te tengo echao el ojo, 28 pa que lo sepas! ¡Dale p’atrás y empieza desde el principio!

Dicho en buen cubano, el tipo se había encarnado en mí, no sé si era porque era católico o porque sencillamente no le caía bien. Solo me gritó, no me enseñó cómo debía hacerlo, y, de hecho, nunca aprendería a guataquear un surco como se debía. No era guajiro y por mucho que me salieran callos en las manos, nunca lo sería. El trabajo era duro y para guajiro experto. Limpiar un cañaveral con la hierba a veces hasta la cintura más los dichosos bejucos era tarea casi imposible para muchos de nosotros.

Hubo al principio quien se rebeló como el negrito Valero, conocido allí por el 18. Era contestón y como yo muchas veces vio llegar la carreta alrededor del mediodía con unos calderos llenos de potaje de chícharo y algún boniato o plátano verde que cuando tocaban la boca ya estaba frío, sin podernos mover del surco porque el sargento Vicente nos decía que no nos habíamos ganado el almuerzo. Valero no quería entender que estábamos allí castigados por puro capricho de una dirigencia inepta y estúpida y siempre argumentaba con frases revolucionarias como si estas fueran a aliviar el problema. Al sargento Vicente le importaba un carajo la revolución y se regocijaba cuando nos dejaba sin comer. Como todo buen guardián de la revolución su comida siempre estaba asegurada.

No sé cuántas veces me quedé sin almorzar, pero siempre recordaré que en una oportunidad me desmayé. Ese día había hecho un calor espantoso y para colmo el agua de las cantimploras se calentaba en cuestión de minutos convirtiéndose en purgante. Cuando volví en sí tenía a mi lado al cabo de la UMAP Eric, un guajiro de alguna parte de las Villas que me repetía sacudiéndome, ¡despierta 28, despierta! No sé cómo llegué a la carreta, lo que sí recuerdo es que tenía mucha hambre y gracias a un par de boniatos cocidos que se robó de la cocina el 27 pude continuar el día. Por la noche, el cabo Eric, a quien nunca olvidaré, me dio a escondidas una lata de leche condensada que para desgracia mía me la bebí en un santiamén ocasionándome idas más que rápidas a las letrinas.

Los días pasaban con más penas que alegrías y entre las penas vi llorar a moco tendido a Valero, el 18. El sargento Vicente lo había llevado ante el teniente jefe de compañía para quejarse de su bravuconería. De regreso, al entrar en la barraca, rodeado por Peix, Castillo, Montejo y yo que estábamos inquietos por su ausencia, nos dijo entre sollozos que el teniente le había dicho que si no cambiaba de actitud lo iba a trasladar a la compañía de los maricones. Aquello nos erizó a todos. Chantajear a un niño de 16 años como yo, era criminal. Peix siendo el más viejo, lo consoló como pudo. Cierto es que desde ese día Valero cambió, pero más tarde se convertiría también en uno de los tantos chivatos que pululaban en las UMAP.

Dos días más tarde hubo traslados, y los homosexuales, algunos menos tapiñados que otros fueron trasladados a la compañía 2 mientras que algunos fueron reemplazados por presos de La Cabaña. Pedro Valero Caballero, el 18, se había salvado en tablita.

Entre los presos de la Cabaña se encontraba, Rey Domínguez García connotado ladrón, al que le dieron el número 15. Cosa curiosa, parece que el 15 nunca le robó a nadie en la barraca, quizá por aquello de respetar cierta ética que solo él conocía. Se hizo conocer en el campamento porque cuando el calor apretaba en medio del surco se exclamaba diciendo: ¡sopla ventilador de los pobres que me estoy muriendo, coño! Por esas casualidades de la vida, conocí más tarde a una de sus víctimas, un habanero, católico, por cierto, al que le habían robado su maletín mientras esperaba transporte en Esmeralda para regresar de pase al campamento. Recuerdo el detalle porque el 15 se jactaba de haber “encontrado” un maletín con ropa, que a fin de cuentas no le servía y la semejanza con el maletín de mi nuevo amigo, según la descripción que me había hecho, así como su contenido era notable.

El hecho de trasladar delincuentes comunes de la prisión de la Cabaña, confirmaba una vez el objetivo de las llamadas Unidades Militares de Ayuda a la Producción. La situación era más que clara, éramos considerados igual que ellos, éramos presos, no reclutas y como tal había que tratarnos.


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