Saturday, December 8, 2018

Entre cercas (por Víctor Mozo)


El campamento de Méjico tenía historia, y muy triste. Los del primer llamado que nos habían precedido sufrieron construyéndolo y algunos de ellos fueron vejados de forma inhumana. “…el campamento estaba rodeado por una cerca cuyos postes de madera eran de caiguarán de unos 3 metros de alto, que llevaban en la punta una Y de cabillas, para poner por ambos brazos de ella 3 pelos de alambre de púas. Para cercar se usó tela metálica de cuadros que se superpusieron en número de tres”. Así lo describe muy bien mi amigo de muchos años y también compañero de las UMAP Osvaldo Betancourt Sanz, hoy médico retirado en España.

Contrariamente a otros campamentos, en el nuestro no había garitas elevadas con sus respectivos guardias armados. Según el sargento Rodríguez, era imposible fugarse y en sus arengas no dejaba de recordarlo. Aquel cercado no era el de un campamento militar normal, sino el de un campo de trabajo forzado, una suerte de mini gulag. No éramos reclutas, éramos confinados, éramos sencillamente mano de obra barata.

A solo 48 horas de nuestra llegada, los militares nos organizaban la vida, de formación en formación y de marcha en marcha. De las filas salieron los que serían cocineros, barberos ocasionales, el sanitario y un oficinista que sería Luis Peix Riverón con el número 33. En los escasos tiempos de descanso, algunos cabos de la UMAP, dando razón al refrán de que no hay peor cuña que la del mismo palo, unían sus voces a las de los sargentos utilizando siempre un vocabulario soez para pararnos en atención por cualquier cosa y verificar si había un botón desabrochado, una gorra mal puesta. Eran momentos de provocación constante. Los 45 primeros días a partir del lunes que ya asomaba a toda velocidad serían consagrados al trabajo por la mañana y a la marcha, que los sargentos llamaban entrenamiento militar, por la tarde.

Llamaba la atención no lejos del comedor un espacio cercado en lo que parecía haber sido una cochiquera. Una vez más Osvaldo Betancourt explica para qué estaba destinada esa parte del campamento y en lo que terminó. “… había un hueco cuyo destino era convertirse en una fosa, pero como nuestro SS de la compañía tenía una puerquita que se fugaba con frecuencia del campamento, condenó el animalito a guardar reclusión en el hueco destinado para la fosa convirtiéndose esta en chiquero. Pronto se convirtió aquello en un lodazal donde se mezclaban fango, excretas y restos de sancocho. En una oportunidad un confinado que había cometido una indisciplina fue sancionado a trabajar escoltado de día y a dormir por la noche en el chiquero. Era a principios del invierno, con una llovizna que caía de manera intermitente. Vi llorar a ese hombre como una magdalena, fue un espectáculo muy triste”.

Nuestra compañía sería la número 3 adscrita al batallón de Navarro, adscrito a su vez a la Agrupación Esmeralda. La compañía 1 tenía su campamento en el mismo batallón. La compañía 2, exclusiva para homosexuales y la compañía 4 se encontraban a escasos kilómetros de la nuestra.

Un largo y tortuoso camino se vislumbraba a la vez que poco a poco nos íbamos acostumbrándonos unos a otros. Los grupos se hacían voluntariamente por lugares de origen. Había confinados que se conocían entre ellos. Por mi parte, sin conocer a nadie, rápidamente entablé amistad con Peix, el 33; con Balseiro, el 34 y con Montejo que sería el 26. Montejo había sido cliente habitual de la cafetería. A ellos se añadirían luego Castillo, el 20 y el negrito Valero, el 18. Todos, menos Valero, teníamos una cosa en común: no aceptábamos nuestra condición de confinados y en mayor o menor grado maldecíamos la revolución y sus dirigentes. Valero vivía convencido de que había una equivocación porque él y toda su familia eran revolucionarios según explicaba. Bocón y provocador, pasaría el gran susto de su vida pocos días después.

El domingo 26 de junio por la tarde, luego de formarnos, el jefe de la compañía, el teniente de milicia Puro Ester Medina Cruz, un mulato de unos 50 años y pelo canoso se dirigió a nosotros de forma paternalista, pero con la mano derecha siempre descansando sobre su pistola P-38. A mí me gusta mucho la emulación, empezó a decir. Mientras más trabajen mejor, la revolución lo tendrá en cuenta. Aquí estamos para trabajar, para que la revolución sea más grande… Otra vez el sentimiento de pensar en la progenitora de sus días resurgió como un rayo en nuestras mentes. Bastaba con mirar de reojo a los demás confinados. El “rompan filas” fue bienvenido con agrado, pocos fueron los que no salieron echando pestes.

Por el momento, la dieta seguía siendo la misma. Según los comentarios salidos de los futuros cocineros, en el pequeño almacén contiguo al comedor había arroz, chícharos y carne rusa enlatada. Si bien ese día nos volvimos a acostar con la panza medio vacía, salivábamos ya la posibilidad de poder comer otra cosa. Con tal de variar, cualquier cosa sería buena. Aprendíamos a ilusionarnos con poca cosa.

Si la primera y la segunda noche caímos en las hamacas rendidos por el sueño, a la tercera empezamos a darnos cuenta de que conviviríamos además con ratas, tarántulas y otras alimañas que hacían de la barraca su terreno de juego. Revisar las botas cada mañana, se me hacía tan obligatorio como encomendarme cada noche a Dios y a todos los santos.


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Ver textos anteriores de Víctor Mozo, en el blog.

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