Saturday, December 29, 2018

El pan, como la esperanza, o con una ilusión (por Víctor Mozo)


En estos días de escasez de pan en Cuba, recuerdo los días de hambre que fueron muchos durante aquellos primeros seis meses en el campamento de Méjico. La comida era escasa para aquellos que trabajábamos de sol a sol. Entre el mendrugo de pan que nos daban por la mañana y en el almuerzo y la comida la carne rusa más algo dentro de unas latas chinas que decían en la etiqueta que era pato y donde el más mínimo huesecillo era triturado por nuestras mandíbulas hambrientas, no había mucho que escoger. Si vi un día plátano maduro frito siempre fue en la bandeja del sargento segundo al mando de la compañía. Tampoco le faltaba a menudo la carne de res y así era su dieta. Era un negro fornido, de pocas palabras, pero en honor a la verdad, nunca se metió con nadie. Uno de los tantos que allí estaba porque no le quedaba más remedio.

Días alegres serían aquellos en que en medio de un surco nos encontrábamos un melón gigantesco que los sargentos cortaban con sus machetes para agarrar las primeras tajadas, el resto se compartía entre todos a pedacitos y cada uno de ellos sabía a gloria. Nos sentíamos como niños desesperados a la hora de la merienda. El hambre tenía la cara fea, muy fea.

Y repitiendo siempre aquello de que Dios aprieta, pero no ahoga, nos cayó el maná del cielo el día que vimos llegar un guajiro cargando en su mula dos grandes alforjas de guano llenas de pan. Sin exageración alguna aquello podría haberse interpretado como un espejismo, pero era verdad. La llegada de aquel personaje, afable quizás porque quería vender su mercancía fue una bendición. Ese día, como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, dejamos caer las guatacas y avanzamos sin pedirle permiso a nadie para comprar al menos una flauta de pan. La compañía entera devenía ráfaga de hambrientos. Fue tan inesperada la forma en que lo hicimos que los sargentos solo se contentaron en decir nada más que nos apuráramos.

Ya con en aquel tesoro en mis manos, aprendí gracias a Ercilio a exprimir la caña encima del pan y darle así un gusto azucarado. Sin saberlo, hacía guarapo artesanal y aquel pan embebido en aquel jugo se volvía el néctar de los néctares. A Ercilio no le hizo falta machete para arrancar de cuajo un par de cañas, que, si bien no habían alcanzado su madurez, Ercilio sabía que en los canutos más cercanos a la cepa se encontraba el dulce que necesitábamos para nuestro pan.

Había quien había abierto la flauta a la mitad y una vez rociado el interior con el jugo de la caña se comía aquel pan como si fuera un bocadito, pensando quizás que aquello le sabía a jamón con queso o imaginando también unas lascas bien finas de puerco asado. Alberto Cabrero, el 14, otro que no debía estar allí porque a todas luces se notaba que no estaba bien de la cabeza, era quien babeaba como un niño ante un helado de chocolate comiendo aquel bocado gigantesco.

Desgraciadamente, nuestro amigo el vendedor de pan no venía todos los días. Me imagino que con la cantidad de confinados que nos encontrábamos en la zona, no daba abasto para satisfacer tantas barrigas hambrientas, pero cuando volvíamos a verlo el regocijo y la algarabía eran algo grande.

Gracias a ese guajiro portador de ese maná, maté el hambre muchas veces o al menos la entretuve. De cada flauta siempre guardaba celosamente en mi maleta un pedazo y así lo consumía poco a poco a medida que cada día se iba poniendo más duro. Un pedazo podía durarme una semana y al final debía convertirme en roedor para no desperdiciar hasta la mínima migaja. Como reza bien el refrán, cuando hay hambre no hay pan duro.

A veces por las noches, ya antes de dormir, Peix, Montejo y yo organizábamos una pequeña tertulia en torno a un viejo pedazo de pan, recordando tiempos pasados y aquellas panaderías como la Espiga de Oro que nos deleitaba con especialidades como pastelitos de carne todos los días y de pescado, solo los viernes, porque era día de guardar abstinencia de carne. Ah, sin olvidar los palitroques. Así entre acemitas y otras delicias que en otra época deleitaban los paladares camagüeyanos, íbamos conciliando el sueño en espera de un día mejor terminando ese como acostumbraba a decir desde el principio nuestro amigo Castillo: Señores, un día más que le rompimos a la UMAP.

Nunca me pareció tan verdadero aquello escrito por Juan Ramón Jiménez en Platero y yo: “A mediodía, cuando el sol quema más, el pueblo entero empieza a humear y a oler a pino y a pan calentito. A todo el pueblo se le abre la boca. Es como una gran boca que come un gran pan. El pan se entra en todo: en el aceite, en el gazpacho, en el queso y la uva, para dar sabor a beso, en el vino, en el caldo, en el jamón, en él mismo, pan con pan. También solo, como la esperanza, o con una ilusión... »


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