Saturday, December 22, 2018

Cuando el verdugo fortalece la Fe (por Víctor Mozo)


Mis primeros tiempos, en aquel campamento de Méjico, no fueron fáciles. El sargento Vicente Nodarse Pérez, aquel mismo que había acogido a los once de Jaronú entre los que yo me encontraba, había decidido, por obra y gracia de no sé quién, hacer de mí su cabeza de turco.

¡Me cago en Dios y en la puta Virgen, 28! ¡Me cago en Dios y en todos los santos, 28! Cada vez que me tropezaba con él mi número siempre iba precedido de una palabrota, de una blasfemia. Ni el 34, Carlos Balseiro, ni Luis Peix, el 33, siendo tan católicos como yo eran tratados de esa manera. Aquel sargento, al que nunca le vi los grados, de apenas unos 20 años, rubio, bajito y de ojos azules tenía una mirada que destilaba odio. Lo que no sabía él susodicho sargento era que mientras más maldecía más me sentía yo reconfortado en mi fe. En la época en que ya muchos comenzaban a darle la espalda a la religión cualquiera que fuese esta, siempre me mantuve firme en mis convicciones. No faltaban tampoco las burlas y las indirectas de otros confinados que se jactaban de no creer en nada y cuyas bocas eran a veces émulas de hasta las mismas letrinas.

Peix, Balseiro y yo aprovechábamos cada vez que podíamos para intercambiar sobre todo tipo de temas y la religión siempre estaba presente. Estábamos allí porque éramos perseguidos por nuestra religión y por ella estábamos dispuestos a dar la vida. Por eso, cuando el pase se acercaba, ya nos veíamos de nuevo en nuestras respectivas parroquias compartiendo, participando, y saboreábamos aquella espera que nos daba fuerza para seguir.

Recuerdo con especial atención el pase de las Navidades de 1966. Las Navidades, esas santas y tradicionales fiestas olvidadas por el calendario revolucionario. Para los capataces y verdugos el pase era algo magnánimo que se nos daba para conmemorar un año más de la mal llamada gloriosa revolución. Era un pase de unos diez días. El tiempo para dejar atrás voces de mando y sobre todo improperios. Una semana para olvidar y para perdonar también. Entre cercas y guardias armados vivíamos el Adviento.

Una vez llegados a nuestros hogares, tanto Peix como Balseiro y yo, sin ponernos de acuerdo, nos dábamos como primera opción ir a la iglesia y hacer como si nada hubiera pasado. Una parte de nuestras vidas estaba centrada allí.

Con mucha alegría me recibieron en la Catedral tan pronto puse los pies en ella. El P. Villafuerte, quien en más de una ocasión iría a visitarme al campamento a pesar de las veces que se atascaba con su VW, o cucarachita como le decíamos entonces, no sabía cómo complacerme. “Villilli”, como le decía el Dr. José Benito, un abogado muy conocido, tenía entre sus pocos defectos hablar demasiado en las homilías y amonestar a los fieles por cualquier cosa, pero era un alma noble y a mí me lo probó varias veces.

No faltaba el momento para compartir con los buenos amigos de infancia y adolescencia, pero todas mis noches y una gran parte del día la pasaba en la iglesia y el entonces obispado. Recuerdo que en esa época el coro de la catedral entre una “Noche de Paz” y un “Adeste fideles” cantaba una versión en español de villancico “Joy to the world”, que en un par de ensayos me aprendí y canté con ellos.

Esos escasos días de pase fueron para mí como el nombre del villancico “Gozo en el mundo”. No falté a la misa de gallo y participé en todo lo que podía en esa iglesia que prácticamente me había visto nacer. Y a pesar de las escaseces que se vivía en mi casa como en muchos hogares, la Navidad, al menos, en nuestros corazones, fue Navidad, no gozo revolucionario.

El domingo 2 de enero, día en que regresaría al campamento, no dudé un minuto en ponerme mi uniforme, aquella camisa gris y aquel pantalón verde oliva que significaba esclavitud, para ir a misa. Ese día me sentí más que honrado de vestir el uniforme de la UMAP. Allí estaba en la Catedral, en la iglesia mayor, como decían los viejos, en plena misa. A escasos metros del comité militar les mostraba una vez más que a pesar de los gritos, los malos tratos y las injurias que mi fe estaba intacta y que mi menosprecio por la llamada revolución estaba muy lejos de atenuarse.



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