Saturday, November 3, 2018

Viernes 24 de junio de 1966 (por Víctor Mozo)


El día se presentaba caluroso. Fui a esperar la guagua que me llevaría al campamento militar en la parada que quedaba casi enfrente de la Catedral en la calle Independencia esquina a Luaces. Serían apenas las 5:30 de la mañana y el aroma de pan recién horneado en la no muy distante antigua panadería y dulcería El Roxi del gallego Eusebio Cal, llegaba hasta la parada. Me comería un buen pedazo de pan caliente, me dije. Soñaba despierto, la que había sido una magnífica panadería y dulcería solo fabricaba ya un remedo de pan que solo era distribuido según el racionamiento impuesto.

En fracciones de segundos me vi años atrás en ese mismo lugar vestido con camisa azul, corbata blanca y pantalón kaki, esperando la ruta no 1 que me llevaría al colegio de los Hermanos Maristas. Camisas azules y corbatas blancas, ese es el Marista, había dicho una vez el Hermano Julio, rector del colegio. De repente, todo me resultaba tan distinto. La ruta no 9 que me llevaría a mi destino disminuía su velocidad para detenerse. Sin querer, empezaba a comprender el sentido de la palabra preocupación.

La guagua inició su rutinario recorrido atravesando calles, me pareció que iba más rápido que de costumbre o quizá era yo quien quería que fuera más despacio. Me acompañaban algunas cabezas rapadas sin que ninguna me fuera conocida, lamenté. Siempre el mismo aire de desconfianza. En los asientos del fondo alguien pasaba la borrachera de la víspera. Este vive en otro mundo, me dije. Mejor para él, no sé si ahogaba penas o alegrías.

Eran casi las 6 cuando la guagua llegó a nuestro destino. Me bajé sin pensarlo mucho, total, no había vuelta de hoja. Éramos apenas unas diez personas. Sin mediar palabra entre nosotros fuimos entregando la citación al militar que nos esperaba en la puerta de entrada. Si en las marchas dominicales acostumbradas notaba que había mucha gente, estaba vez aquel terreno enorme estaba prácticamente cubierto por una nube humana casi estática que trataba de buscar su rumbo. Ese 24 de junio de 1966 éramos probablemente más de mil.

Tratando de buscar a alguien conocido, me encontré con un viejo amigo de la infancia. ¿Y a ti por qué te citaron? Le pregunté.
- Pues ná, dejé de ir a la escuela y empezaron a citarme. ¿Y a ti?
- Por ir demasiado a la iglesia, creo.
- Tú siempre fuiste muy católico.
- Fui no, lo soy. Afirmé convencido.
Me alegró ver a alguien conocido, fue recíproco, era apenas un año mayor que yo. Robertico, le llamábamos. Buen muchacho, de buena familia. Tratamos pues de permanecer juntos y así pasar el poco tiempo que tendríamos haciéndonos conjeturas sobre el futuro.

Esta vez había muchos militares. En su mayoría se trataba de oficiales del Ministerio del Interior con sus inconfundibles uniformes y sus rostros impasibles. Como si de ir a al combate se tratara había además muchos soldados armados con armas largas. Los Sacker, Arroz Blanco y otros pasaban a un tercer plano. Me pareció ver al “sargento” Aguilera.

Al cabo de una hora empezaron a llamarnos por nuestros nombres a través de un altavoz. El que lo hacía era un oficial del Ministerio del Interior. Así se fueron formando compañías de 120 hombres. Por suerte Robertico y yo caímos en el mismo grupo, nos sentíamos menos aislados.

Mientras tanto una caravana de camiones Zil soviéticos con barandas de madera hacía su entrada en el campamento, nunca antes había visto tantos. Robertico y yo nos miramos, en esos vehículos nos transportarían.

Aquel pase de lista parecía no tener fin hasta que a eso de las 11am nos hicieron marchar militarmente hasta donde esperaban los camiones. No se nos permitía hablar, no se nos había permitido tomar agua y el calor no daba tregua. A lo lejos percibí una ambulancia, no sé si llegaron a utilizarla, ¡éramos tantos!

La orden de subir a los camiones fue dada y los encargados de arrearnos como si fuéramos ganado eran los “sargentos”. Sacker y compañía se dieron gusto gritándonos para que subiéramos rápido a los camiones. No nos daban tiempo ni de tener miedo. ¡Rápido, muévanse! ¡Arriba, arriba, partida de vagos! Vago el coño de tu madre, respondió entre dientes uno de los que subía.

No sé cuánto tiempo estuvimos parados en el dichoso camión, poco era el espacio donde podíamos movernos. Al menos, podíamos fumar y hablar, unos se encerraban en un silencio sepulcral y otros maldecían bajito la hora en que allí estábamos. El último en subir fue un miliciano con metralleta en mano y cara de pocos amigos que no dejaba de fijarnos con la mirada.

Desde donde estábamos ubicados pude ver que un jeep del Ministerio del Interior iría al frente de la larga caravana de camiones que nos llevaría a un destino aún incierto. Le seguía un camión posiblemente del Ministerio del Interior también lleno de soldados armados. Cada 4 o cinco camiones se situaba otro jeep con militares.

Nuestro camión se puso en marcha con un zarandeo que puso a prueba nuestras piernas que perdían equilibrio. Podíamos hablar, pero de pronto, a medida que íbamos saliendo, un silencio extraño invadía todo el espacio. Que sea lo que Dios quiera, me dije.





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