Friday, November 30, 2018

Pedro Díaz: de Esclavo a General (por María del Carmen Muzio)


Nuestras guerras independentistas rebosan de nombres gloriosos, algunos mambises más conocidos unos que otros, pero todos necesitados del recuerdo agradecido. Así, en el Museo de los Capitanes Generales, en la sala donde se conserva el bote en que el Lugarteniente General Antonio Maceo burlara la Trocha Mariel-Majana al cruzar en él la bahía, se lo debemos al general Pedro Díaz, quien lo atesorara por su importante significado. También, en una esquina de la misma sala se observa un retrato de este general bastante ignorado.

Pedro Antonio Díaz Molina nació el 17 de enero de1850 en Yaguajay de madre esclava y cuya condición y apellido heredó. En 1869 se incorpora a la manigua; prestó servicio en el Cuerpo de Sanidad y lo mismo atendía a los heridos españoles que a los cubanos. Tuvo, entre otros jefes, a Carlos Roloff y Fernández Cavada. Fueron muchísimas las acciones de guerra en que participó durante la Guerra de los Diez Años en las provincias de Camagüey, Oriente y Las Villas. Terminó la guerra bajo las órdenes de Francisco Carrillo y con el grado de comandante.

Pero no estaría mucho tiempo fuera del campo de batalla, pues se incorpora a la Guerra Chiquita; al concluir, en 1880, había sido ascendido a teniente coronel. Después, durante la tregua, alcanzada su libertad a punta de machete, residió en Remedios donde trabajó como obrero en diferentes ingenios de la zona.

En 1895 se alza en armas, su antiguo jefe Carrillo es detenido, y Pedro Díaz se incorpora a las tropas de la Invasión. Al año siguiente, con Gómez y Maceo, entra en Güira de Melena y Alquízar, entre otros pueblos habaneros. El Generalísimo lo mantiene bajo su mando en La Habana y lo asciende a brigadier. Por otra parte, Maceo lo solicita para su campaña en Vuelta Abajo. Primero lo eleva a jefe de División de Pinar del Río y luego lo asciende a General de División. Muchísimos son los combates en que participa: El Rubí, Tapia, y Ceja del Negro, considerado el más sangriento ocurrido en la zona vueltabajera. Encargado por el Lugarteniente recibió las expediciones de Leyte Vidal y Rius Rivera, las que llevó sin contratiempos hasta el campamento del Titán de Bronce.

Por la necesidad de Maceo de dirigirse a Las Villas, por los problemas históricos bien conocidos, lo selecciona para que lo acompañe y se haga cargo de la 1era. División del 4to. Cuerpo de Ejército. Atravesó en el bote la bahía con Maceo y estuvo presente en el triste combate de San Pedro. El Lugarteniente le había ordenado, durante la batalla, por la impedimenta de la cerca que se adelantara junto con otros para derribarla. Sobre la caída del Titán son innumerables las versiones existentes a las que, desgraciadamente, pocas pueden considerarse fidedigna; lo cierto que atestiguan los testimonios es el implacable e intenso fuego español.

A Pedro Díaz aún hay quien defenestra sobre él: que si corrió en el combate, que Miró Argenter y él le dijeron al Generalísimo que este último había rescatado los cadáveres, versión desmentida más tarde, ya que fueron las tropas de Santiago de las Vegas al mando de Juan Delgado las que encontraron los cadáveres… Son tantas las diferencias que pudiera escribirse una novela, desde que Zertucha (creo que con razón) exclamó ante el cuerpo inerte del Lugarteniente «¡Se acabó la guerra!». Lo cierto es que todos salían heridos, Nodarse, Miró, e iban a buscar refuerzos porque, inexplicablemente, no podían con el cuerpo muerto del General. Entonces, no echen la culpa toda sobre el antiguo esclavo.

Recuperado el cadáver, Pedro Díaz perteneció al selecto grupo conocido como del «pacto del silencio» quienes mantuvieron en absoluto secreto el lugar exacto donde habían sido enterrados los cadáveres de Maceo y Panchito Gómez Toro. Conservó un retazo de la camiseta ensangrentada del Lugarteniente.

Cumplió la misión que Maceo le había dado de marchar a Las Villas; sin embargo, cuando Rius Rivera –quien sustituyera al Titán en la jefatura del 6to. Cuerpo– cae prisionero, Gómez le encomienda que se haga cargo del ejército occidental. Desde que entra en Vuelta Abajo, el 9 de mayo, activó las operaciones militares, fortaleció las redes de información a las que contribuyeron, en Artemisa, Magdalena Peñarredonda y el párroco de San Marcos Evangelista, monseñor Guillermo González Arocha. También ayudó a la población civil víctima de la Reconcentración dictada por Weyler, y aplicó con denuedo la tea incendiaria. Opuesto a los planes autonomistas, durante la Intervención organizó la Junta de Veteranos y Patriotas.

Ya en la República fue electo representante a la Cámara por Artemisa, cargo que desempeñó hasta 1906. Fiel a los ideales independentistas perdidos, se retiró de la política republicana al poblado de Candelaria donde vivió con su compañera de la guerra, Hilaria Bocourt, de cuyo matrimonio nacieron seis hijos. Falleció en Caimito, a los 74 años.

Resulta difícil hallar una acción importante vinculada al Lugarteniente en que no participara este antiguo esclavo por su valentía devenido general. Merecedor de un estudio biográfico, es de los nombres imprescindibles de nuestra historia.



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María del Carmen Muzio Zarranz (La Habana, 1947). Tiene publicadas las novelas El camafeo negro (1989), Sonata para un espía (1990), La Cuarta Versión (2000) y Dios no te va a entender (2015), así como los ensayos Andrés Quimbisa (2001), María Luisa Milanés: el suicidio de una época (2005) y el libro de cuentos para niños Los perros van al cielo (2004). Ha merecido varios galardones y reconocimientos entre los que destacan su mención en el Concurso Internacional Relato Policial, Semana Negra, Gijón, España (2002) y la del centro “Juan Marinello” por su ensayo sociocultural sobre la figura de Andrés Petit.

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