Saturday, November 24, 2018

El día que odié la patria (por Víctor Mozo)


La poca claridad había desaparecido a toda velocidad dando paso a una noche de escasa luna. Cuando llegamos al campamento, el camión en que iba había dado tal frenazo que todos nos zarandeamos de una vez y si no nos caímos fue gracias a lo apiñados que estábamos. Era el frenazo de un chofer que entregaba la última carga, su vehículo y él podrían al fin ir a descansar. Si el camión hubiera sido de volteo, ahí mismo nos habría descargado como deshechos para el basurero.

Estábamos desorientados. La cacofonía de gritos que nos esperaba unida a las luces de las linternas que nos cegaban ponían nuestros nervios a ruda prueba. ¡Arriba, a formar! ¡Rápido, rápido! ¡Qué cojones se creen, que venían de vacaciones! ¡Atención, alineación derecha! Los gritos se entremezclaban con las voces de mando. Cabos de la UMAP y sargentos emulaban entre sí para ver quién gritaba más. Al final solo se oyó una voz. Era la de un sargento cuya figura nos costaba trabajo ver en aquella penumbra ya que las linternas enfocaban más nuestros rostros que los de ellos. Tenían que verle bien la cara al lote de esclavos.

Sin entrar aun en el que sería nuestro campamento el sargento apellidado Rodríguez empezó a torturar nuestros oídos. Como esta revolución es generosa, no los vamos a dejar sin comer. Van a entrar marchando, empezó a decir en alta voz para que lo oyéramos bien. Después irán a descansar. Ni que fueran tan buenos, pensé.

Derecha, dré. De frente, marchen. Un, dos, tres, cuatro… Quien dirigía esta vez nuestra compañía de esclavos era un cabo de la UMAP llamado Manuel Delgado Deillá. Entramos marchando al campamento, a mi derecha vi una especie de parasol de guano bajo el cual se encontraba un recluta armado con su fusil M-52, casco y cananas. A mi voz de mando, ¡compañía, alto! Izquierda, izquier… gritó el sargento Rodríguez dejándonos en atención. Veo que hay dos o tres que no marchan, dirigiéndose a Tomás Muecke y a Lázaro, los dos testigos de Jehová. No marchamos ni nos vestimos de verde oliva, somos testigos de Jehová, dijo Muecke muy convencido. ¡Ah, los famosos testigos de Jehová! Exclamó el sargento Rodríguez añadiendo: Aquí nos cagamos en Dios, en Jehová y todo lo que se nos meta por el medio. Ya verán quién manda aquí. Dicho esto, le cedió el mando de nuevo al cabo Deillá quien nos condujo marchando hasta el comedor.

Entramos en fila y en silencio. Nadie se fijaba en aquella barraca que servía de comedor. Nuestras manos se aferraban a aquellas bandejas de metal que al entrar nos daban garantizando que algo de comer pondrían encima. A cada uno se nos dio un jarro de metal. El cocinero, otro cabo de la UMAP, nos fue sirviendo medio plátano verde hervido y una lata de sardinas. Apenas nos habíamos sentado que ya el plátano, que rociamos con el aceite de las sardinas para que deslizara mejor por nuestras gargantas, y los minúsculos pececillos habían desaparecido. Hubo más de uno que lamió la lata. Fue un festín que entretendría nuestras sonoras tripas por un rato.

La alegría, si la hubo, fue efímera. En fila para lavar los platos en una caldera de agua hirviendo fuera del comedor, oímos a los sargentos y cabos gritándonos de nuevo para formar. Siempre bajo la voz de mando del sargento Rodríguez nos hicieron marchar por todo el campamento. Los testigos de Jehová caminaban.

¡Compañía, al…to! ¡Alineación derecha! ¡Prepareeen fren! ¡En su lugar, descansen! Delante de nosotros teníamos a los sargentos, uno para cada pelotón. Doce cabos UMAP (cautivos del primer llamado), cuatro por cada pelotón. Un teniente de milicia jefe de compañía y un sargento de primera que fungía de segundo al mando. Completaban ese cuadro un sargento, jefe de la guarnición de seis soldados reclutas del SMO, encargada de cuidar y sobre todo de vigilar que nadie escapara.

Van a ir a descansar, empezó a decir el sargento Rodríguez, pero sepan que la alarma - una especie de llanta oxidada que pendía de la rama de un árbol - puede sonar en cualquier momento y eso quiere decir de pie y a formar. Ya vieron donde se encuentran las letrinas. Si quieren ir durante la noche tienen que gritar: “posta, permiso para mear o posta permiso para cagar”. El que no lo haga se le da el alto y si no responde se le dispara. No se puede salir de las barracas bajo ningún pretexto. Como colofón nos vino con el consabido bodrio revolucionario. Sepan que ustedes están aquí para cumplir una tarea que la revolución les ha asignado. Están aquí para trabajar y para trabajar duro. Qué jodidos estamos, qué tarea ni qué revolución. ¿Habría manera de dormir y olvidar todo esto, aunque fuera por unos minutos? Me pregunté a la vez que mi cansancio aumentaba.

¡Compañía atención! ¡Para descansar rompan…! La palabra filas que terminaba la frase no llegaba. Un cabo UMAP gritó patria o muerte. ¡Ah, y encima teníamos que gritar patria o muerte! Caro el precio a pagar para ir a descansar.

¡Para descansar, rompan…! Repitió el sargento Rodríguez. De las bocas de los 120 cautivos salió un desganado patria o muerte. No oigo nada, añadió Rodríguez. ¡Para descansar rompan…! Lo dije prácticamente sin gritar, no tenía fuerzas y tampoco me salía del alma decirlo. Mis compañeros de infortunio y yo repetíamos al unísono aquellas dos palabras cuyo significado nos importaba un comino mientras nuestras mentes le rendían quizás un inmerecido “homenaje” a la madre del sargento Rodríguez. La señora se había ganado la ira de 120 hombres.

No recuerdo qué hora era, pero era tarde. Allí el sargento Rodríguez nos mantuvo parados en atención hasta que repetimos unas diez veces aquella frase que nos torturaba. Al fin la palabra “filas” gritada por él cayó como una bendición.

Entré en la barraca que me asignaron. No sé cómo, pero sin nunca haberlo hecho armé la hamaca que me habían dado. Como todos los demás, me acosté con la ropa puesta, muerto de cansancio y sucio. Quería dormir y olvidar. Ese día odié la patria y me dije que por ella no moriría.


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