Tuesday, October 23, 2018

Crónica: Vida, pasión y muerte de Violeta Parra (por Waldo González López)



«Yo creo que todo artista debe aspirar a tener como meta fundir su trabajo en el contacto directo con el público».
Violeta Parra



En una ficha mínima de la notable creadora, se lee: «Violeta del Carmen Parra (Sandoval, oct.4, 1917-Santiago, feb. 5, 1967). Cantora, pintora, escultora, bordadora y ceramista chilena, es considerada por muchos la folclorista más importante de Chile».

Mas, tan pocas palabras no pueden, ni remotamente, definir a la admirada artista, cuya obra plástica y decimística conocí en La Habana, a inicios de los ’70 del siglo pasado. Veamos o, mejor, leamos:

DEL FOLCLOR


En La Habana de 1971 tuve la suerte de ser testigo de un acontecimiento cultural por partida doble, gracias a la primera exposición en la Isla de arpilleras [sacos tejidos], elaborados por esta creadora ancestral y contemporánea, como la publicación, también por primera vez en la Isla, de sus Décimas.

Así, aquel entonces estudiante universitario de Licenciatura en Literatura Latinoamericana y joven periodista, descubría la sensibilidad, el talento y la gracia de la notable folclorista austral, aunque ella se ha había suicidado en 1967 por su amor belga que la había abandonado.

Con la amplia muestra, pude disfrutar su fabulosa imaginería en ambas vertientes. Aquello era insólito: tanta belleza primigenia llegaba deslumbrándonos. En este sentido, sobre la genuina creación folclórica en la plástica y literaria, escribiría en el diario chileno El Mercurio, el colega Ignacio Valente:
El folclor al que se adscribe Violeta Parra es otro, más subterráneo y profundo, más ligado a las verdaderas raíces del pueblo, más auténtico y, por supuesto, más arraigado a ese fenómeno cultural maravilloso que es la poesía popular, simple, ingeniosa, mágica, heredera de tradiciones antiquísimas que se remontan, según algunos, nada menos que a la poesía de los trovadores provenzales de hace tantos siglos.
Asimismo, del propio 1971, evoco aquella tarde en el Teatro «Amadeo Roldán» el primer recital de sus hijos en la Isla: Isabel y Ángel Parra, quienes desde años atras seguían los pasos de la madre.

Yo conocía, por compartir amistades comunes, desde fines de los ‘60s, al trovador y guitarrista Alberto Faya, quien presentaría esa tarde a los artistas chilenos, a quienes les obsequié mi extenso poema en cuartetas «La flor del bien», dedicado a «La Viola», tal la renombrara con cariño su hermano, el poeta Nicanor, a quien se le otorgaría pocos años atrás el importante Premio «Pablo Neruda».

DE LA ORALIDAD


El sonido del violín, tocado por su padre [quien era aficionado al instrumento] durante los primeros meses de nacida Violeta, debió influir en la musicalidad de la futura cantora. De hecho, no poco se corrobora su prodigioso talento en sus canciones. Entre ellas, por solo ejemplificar con dos: «Volver a los diecisiete», una de las más célebres, rememora su adolescencia, y «Gracias a la vida», cantada por diversos intérpretes hispanoamericanos, corrobora su capacidad poética y musical.

Al respecto, confesaría la propia Viola:
Creo que las canciones más lindas, las más maduras [perdónenme que les diga canciones más lindas habiéndolas hecho yo, pero qué quieren ustedes, soy huasa y digo las cosas sencillamente, como las siento], las canciones más enteras que he compuesto son: «Gracias a la vida», «Volver a los diecisiete» y «Run run se fue p’al norte».
Ambas las grabaría la artista en varios de sus discos, y en las tres piezas, pero sobre todo en las dos primeras, se percibe el inconfundible sonido del hondón y la savia latinoamericana en entrañable fusión con la mejor poesía en nuestra lengua: de Quevedo a Neruda, pasando por Fray Luis, Machado, Lorca, Vallejo y otros latinoamericanos [los subrayados son míos]:
Volver a los diecisiete
después de vivir un siglo
es como descifrar signos
sin ser sabio competente,
volver a ser de repente
tan fragil como un segundo,
volver a sentir profundo
como un nino frente a Dios,

eso es lo que siento yo
en este instante fecundo.
Al valerse de la oralidad [a cuyo cercano pariente cubano: el repentismo, alguna vez denominé «arte mágico del viento»], las de Violeta son décimas que dicen más, por su adopción de cenitales elementos, entre otros, la vox populi, la honda conceptualización y el finísimo lirismo, en tanto asumen a tal punto la entrañable esencia popular, en tanto sus versos dominan las puras expresiones de sus amados huasos, campesinos, gente de pueblo, tal se definiera la popular cantora.

De tal suerte, ya en las primeras piezas de su autobiografía lírica [que tal es el corpus de sus décimas], «La Viola» utiliza los chilenismos y modismos empleados por las capas más pobres, a las que asimismo destinara Neruda no pocas páginas de su ciclópeo «Canto General» [del que excluyo el poema dedicado al sangriento tirano Fidel Castro]. De ahí que, en su espinela inicial, Violeta ya corrobora lo que digo:
Pa’ cantar de improviso
se require buen talento,
memoria y entendimiento,
fuerza de gallo castizo.
Cual vendaval de granizos
han de florear los vocablos,
se ha de asombrar hast’el Diablo
con muchas razones bellas,
como en las conversaciones
entre San Pedro y San Pablo.
Y he aquí la primera virtud de sus estrofas: la humildad con que asume el verso sencillo y hondo esta «violeta terrestre», tal la renombrara en su poema a ella dedicado el propio Neruda. Por ello, resulta tan fidedigna su expresión, que no se quiere «fina» ni «culta», sino verdadera, genuina.

Acorde con ello, si bien no tuvo en cuenta la consonancia ni la concordancia de número —entre otros requerimientos de nuestra lengua, como de la rica estrofa—, las suyas poseen una ineludible autenticidad a toda prueba.

Leamos «Muda, triste y pensativa», en la que confiesa el influjo que ejercieran en su quehacer poético el ejemplo y los consejos de su hermano, al que presagiaría su futuro en la primera del conjunto: «De tal palo, tal astilla»: «…si ahora no tiene un templo / lo tendrá tarde o temprano».
Muda, triste y pensativa
ayer me dejó mi hermano
cuando me hablo de un fulano
famoso en poesía.
Fue grande sorpresa mía
cuando me dijo: Violeta,
ya que conocís la treta
de la vers’á popular,
princípiame a relatar
tus penurias «a lo puerta».
En «Pero pensándolo bien», también revela tal influencia, según se comprueba en los siguientes versos:
Pero pensándolo bien
y haciendo juicio a mi hermano,
tomé la pluma en la mano
y fui llenando el papel.
Luego vine a comprender
que la escritura da calma
a los tormentos del alma,
y en la mía que hay sobrantes,
hoy cantaré lo bastante
pa’ dar el grito de alarma.
Así, evidencia su genuina vocación de folclorista que, por sentir —que «es la mejor forma de comprender», para decirlo con el Premio Nacional de Literatura, poeta y cuentista cubano Félix Pita Rodríguez— e integrar el folclor de su pueblo [del que ella proviene], no se aparta del lenguaje popular.

En consecuencia, como tanto disfrutaba su amor al canto, no pudo dejar de expresar en «Yo denuncio a los radiales»:
Cantar es lindo deleite
mucho mejor con guitarra,
quien le hace el quite a la farra
se va como por aceite…
Violeta andaba y desandaba los montes y campos de su mundo austral, acompañándose de sus instrumentos folclóricos, con los que les hablaba y cantaba a «los pobres de la tierra» en su propia lengua sencilla y convincente, como las más hondas verdades; y ellos escuchaban y disfrutaban sus cantos y décimas, al tiempo que iba recogiendo la pureza de ese auténtico lenguaje, «impuro» para los señorones poetas, apoltronados en sus mansiones, los desdeñaran, pues no se interesaban en la rica expresión de esos queridos «labriegos», tal los llamara en sus versos, otro vasto poeta: el español universal Miguel Hernández, cuyos poemas, como los del actual Antonio Machado, musicara, magistralmente, el cantautor catalán Joan Manuel Serrat.

SUS DÉCIMAS


La summa de sus espinelas resulta una suerte de «autobiografía en versos chilenos», toda vez que en ellas «surge el lenguaje popular con la inteligencia docta, donde plasma sus impresiones y experiencias, triunfos y fracasos», tal subrayara Juan Andrés Piña en su artículo: «Violeta Parra, la flor y el fruto» —publicado en la revista chilena Hoy (1977)—; la sensible artista, asimismo, supera una íntima ansiedad y la desesperación de su angustiante existencia, para crear una síntesis original y viva.


Su hermano, Nicanor, al que amaba como al padre —que tal fue para ella, por sus consejos y afecto—, le escribiría en el excelente poema que le dedicara, pleno de ternura: «Defensa de Violeta Parra», muy bien la definiría al decirle: «… hablas la lengua de la tierra / Viola chilensis», aunque ya antes la había nombrado «Viola piadosa». Y poco después la nombra «Violeta de los Andes», para ya pedirle:
Cántame una canción inolvidable
Una canción que no termine nunca
Una canción no más
una canción
Es lo que pido.
El poema de Nicanor es una de las tres introducciones en verso con que se abren sus Décimas, en cuya redición cubana, incluiría un breve prólogo del folclorista e investigador Alberto Faya, quien escribe:
Violeta Parra es uno de los grandes mitos de las artes y pensamiento latinoamericano, entre otras razones, porque, en su ser más profundo compartió y comprendió el saber y la suerte de su pueblo: ese ancho camino que ella misma adornara con un arte que brotaba como las sencillas flores de los caminos.
Otros poemas se incluyen en esa edición, como la excelente «Elegía para cantar», de Neruda, y en ese texto, el gran autor de un poema que marcaría una intensa y extensa época en Hispanoamérica: «Veinte poemas de amor y una canción desesperada», la define tanto como su hermano, cuando escribe: «De cantar a lo humano y lo divino, / voluntariosa, hiciste tu silencio / sin otra enfermedad que la tristeza», para enseguida añadir:
En vino alegre, en pícara alegría,
en barro popular, en canto llano,
Santa Violeta, tú te convertiste,
en guitarra con hojas que relucen
al brillo de la luna,
en ciruela salvaje
transformada,
en pueblo verdadero,
en paloma del campo, en alcancía.
Por su parte, solo tres años antes de la muerte de Viola, en el París de 1964, escribía otro gran poeta de la tierra austral: Pablo de Rocka de esta suerte:
Saludo a Violeta, como a una cantora americana de todo lo chileno, chilenísimo y popular, entrañablemente popular, sudado y ensangrentado, y su gran enigma, y como una heroica mujer chilena.
Al margen de sus propios versos antes presentados, como los de otros poetas que atestiguan su valía, he aquí otra décima que evidencia no solo los rasgos apuntados en torno al rigor autobiográfico, sino además la fuerza con la que asumia la estrofa: con un conceptualismo, que nos recuerda a los clásicos, en especial, Francisco de Quevedo. Leamos la primera del conjunto «Mas van pasando los años»:
Mas van pasando los años,
las cosas son muy distintas:
lo que fue vino, hoy es tinta;
lo que fue piel, hoy es paño;
lo que fue cierto, hoy engaño;
todo es penuria y quebranto,
de las leyes de hoy me espanto;
lo paso muy confundida
y es grande torpeza mida
buscar alivio en mi canto.
En la cuarta décima de este haz, concluye con un verso digno de Fray Luis y otros clásicos. Dice Violeta: «…y el dolor que es el vivir».

La poeta se pregunta los misterios de la vida y se responde de esta suerte en la siguiente redondilla de su grupo «Acario, huaso chileno»:
Hay cosas en este mundo
tan faltas de explicación,
que causan meditación
o pensamientos profundos.
Ante los trabajos y los días que, tal Hesiodo, debió sufrir por la incomprensión de muchos, como de la insensibilidad de tantos, escribiria en la primera de sus «Décimas sueltas», para asombrarnos una vez más por el conceptualismo y el carácter de su verso «humano, demasiado humano», tal diría el filósofo:
No lloro yo por llorar
si no por hallar sosiego,
mi llorar es como un ruego
que nadie quiere escuchar,
del ver y considerer
la triste calamidá
que vive l’humanidá
en toda su longitú;
l’escasés de la virtu
es lo que me hace llorar.
Amante de la sencillez, con ese lenguaje primigenio de los pueblos niños, tan auténtico como la vida misma, en la última pieza de «Yo denuncio a los radiales», confiesa en un arrebato de confesionalismo y auto de fe:
Si escribo esta podesía
no es solo por darme gusto,
más bien por meterle un susto
al mal con alevosía;
quiero marcar la partí’a,
por eso prendo centella,
que me ayuden las estrellas
con su inmensa claridad
pa’ publicar la verdad
que and’ala sombra en la tierra
Como parte de ese saber vivir que revela haber aprendido y aprehendido a lo largo de su compleja vida llena de pobreza y penuria, ires y venires, incomprensiones y desamores, ya en la cuarta de las cinco piezas que integran su quevediano poema final [«Volví del profundo sueño», con la que concluye sus Décimas], escribe con el ímpetu que sí tuvo para luchar contra tantos, pero que le faltó para combatir la desidia, el desamor y el olvido, a pesar de esos dos últimos versos, que entrañan una fortaleza superior en esta amante de la existencia, finalmente negados por su infausto suicidio [¿Acaso es necesario recordar su hímnico, humanísimo y alentador poema coral «Gracias a la vida»?]:
De tres o cuatro empellones
y en menos de una semana
impávida, salva y sana
crucé noventa estaciones
la luz de mis ilusiones
me trajo sin saber cómo
volando cual un palomo
no quise andar en desvíos
mujer que tiene sentido
traquea con pies de plomo.

DE SU HOMENAJE A GABRIELA

Antes de concluir, quiero mencionar el homenaje que le brindara Violeta a la gran poetisa chilena y primer Premio Nobel Literario de Latinoamérica: Gabriela Mistral. Ese texto, integrado por cuatro décimas, constituye otra muestra de respeto de la universal cantora austral a la maestra, mujer y enorme hacedora de versos que, por su espartana sencillez, de algún modo se emparienta con la Viola. Leamos la primera del conjunto, en la que evidencia su admiración por la inolvidable autora de poemarios como «Desolación» y «Ternura»:

HOY DÍA SE LLORA EN CHILE 
A Gabriela Mistral 
«verso por despedida» «mochito»

Hoy día se llora en Chile
por una causa penosa
Dios ha llamado a la Diosa
a su mansion tan sublime,
de Sur a Norte se gime
se encienden todas las velas
para alumbrarle a Gabriela
la sombra que hoy es su mundo
con sentimiento profundo
yo le rezo en mi vihuela.
Aquí se corrobora otra vez el influjo popular, los tópicos musicales y literarios de su gente que tanto conocía Violeta por escucharlos desde la infancia.

Bien nos reafirma en su ya mencionado prólogo Alberto Falla sus humildes orígenes y su afán por el folclor: «Ella no entró en ese acervo siguiendo el común rastreo del erudito, sino que floreció desde aquel saber compartiendo el amor por personas que se le parecian tanto».

Cierto: de tal cultura terrenal y alada [que es la de su pueblo], se nutriría la sensible y áurea cantora, cuyas maduras parras le aportarian —con el vino y las uvas que tanto amara el otro Nobel chileno, Pablo Neruda—, su auténtico verso, bebido junto a sus queridos «huasos», en las genuinas fiestas populares, al son de la cueca, tocado por guitarras, charangos y bombos.







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Waldo González López (Las Tunas, Cuba, 1946) Poeta, ensayista crítico teatral y literario, periodista cultural. Graduado en la Escuela Nacional de Teatro (ENAT) y Licenciado en Literatura Hispanoamericana (Universidad de La Habana). Autor de 20 poemarios, 6 libros de ensayo y crítica literaria, varias antologías de poesía y teatro. Desde su arribo a Miami (2011), ha sido ponente y jurado en eventos teatrales y literarios internacionales. Merecedor de 3er. Premio de Poesía en el X Concurso “Lincoln-Martí” 2012. Colaborador de las webs: teatroenmiami.com (Miami) y Encuentro de la Cultura Cubana (España), Boletín de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (New York), y los blogs OtroLunes (Alemania), Palabra Abierta (California), Gaspar. El Lugareño, y el diario digital El Correo de Cuba (ambos en Miami).

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