Wednesday, September 5, 2018

Carlota Vidaud: "yo no veo los defectos, porque Dios perdona los defectos”


Carlota, mi catequista



por Lic. Pablo Miguel Marrero Álvarez
Texto publicado originalmente en el Boletín Diocesano de Camagüey, julio-agosto 2018.



“Éste es el mismo discípulo que da testimonio de estas cosas,
 y que las ha escrito. Y sabemos que dice la verdad”
(Jn. 21, 24)



Pertenezco a la parroquia de Nuestra Señora de La Caridad y aunque cambié la dirección hacia el centro del mundo hace unos años, aún guardo un profundo afecto por la diócesis que me vio crecer y un cariño especial por la parroquia en donde nací y crecí como persona y como cristiano. Por eso cuando mi padre me dijo que en esta revista diocesana habían dedicado una sección a los laicos, no me quedó más remedio que atender la petición de mi viejo para compartir con ustedes mi experiencia de vida al lado de una de esas personas que en los momentos más difíciles para la Iglesia estuvo siempre presente.

En mi infancia conocí en la parroquia a una señora de cabello gris, piel blanca y ojos claros que transparentaban lo que decía, enseñaba y vivía. Esta señora de dulce carácter, pero de energía inagotable pasaba cada sábado, lloviera, tronara o relampagueara por mi casa para llevarme a la catequesis, y yo no era el único a quien ella recogía de camino a la iglesia. Otra cosa que de niño también me causaba asombro sobre ella es que casi todo el mundo en las demás comunidades de la ciudad también la conocían, tal pareciera que ella pertenecía a todas las parroquias. Cuando crecí, entendí por qué todo el mundo sabía quién era Carlota Vidaud Rodiles. Y es que Carlota, aunque es natural de la ciudad de Guantánamo, fijó su residencia en la ciudad de Camagüey en el año 1946, y desde entonces se fue ganando el respeto de todos los sacerdotes y laicos que la conocieron a fuerza de su entrega al trabajo pastoral de la parroquia de la Caridad y de la diócesis.

A su llegada a Camagüey se incorporó como catequista de la comunidad parroquial de la Caridad, apostolado que mantuvo por espacio de 70 años. También se integró al grupo “Madre Mazzarello” de la Juventud de Acción Católica (JAC), rama femenina de esta parroquia. En 1950 formaba parte del grupo diocesano de la JAC, donde resultó electa, primeramente como secretaria y más tarde como presidenta.

En la década de los sesenta, cuando fue disuelta la Juventud de Acción Católica Cubana, pasa a colaborar en el consejo de redacción de la revista Documentación, primera publicación diocesana de Camagüey después de 1961, que para su impresión solamente contaba con un viejo mimeógrafo manual. Ya en los 80 reinició su trabajo el Secretariado Diocesano de Liturgia del cual pasa a ser miembro fundador y, donde por encargo del Siervo de Dios Monseñor Adolfo Rodríguez, se ocupó de la distribución semanal de la hoja de Animación Litúrgica.

Aparte de su casa particular, donde se le veía muy poco hace unos años atrás, también tenía su residencia durante el día en la Casa Diocesana de La Merced. Allí prestó por muchos años el servicio como guía de los turistas que visitaban las catacumbas. Trabajo que se le daba con mucha facilidad gracias a su dominio de la lengua francesa, de la cual era profesora en las noches en la escuela de idiomas Mijail Lomonosov, de la ciudad de Camagüey. Vale la pena resaltar su honradez con la ayuda que recibía de los turistas puesto que “nunca tomó nada para ella a pesar de sus austeras condiciones de vida. Estas “ayudas” siempre las entregó al sacerdote de la Merced por lo que varias veces escuché de ellos palabras de agradecimiento para la incomparable Carlota”. Así contaba mi padre cuando en conversaciones familiares salía a relucir el tema. También fui testigo que las ayudas que ella recibía de los turistas que no eran económicas, muchas veces las entregaba a la catequesis de la parroquia de La Caridad para que las rifaran o se las dieran a los niños que las necesitaban.

De Carlota se pudieran contar muchas anécdotas, pero hay dos que no quisiera dejar de compartirlas, ya que en ellas se reflejan su amor por los niños y su vocación de catequista, engendrado por el amor a Jesús resucitado. La primera fue allá por los 80 cuando estrenaron en los cines la película de dibujos animados titulada “Yaltus”. Quiero aclarar que era muy habitual que Carlota nos llevara al grupo de la catequesis al cine los domingos al medio día. Esa vez recuerdo que salimos para el cine alrededor de las dos de la tarde, y como la película estaba “muy buena” yo le insistía a Carlota cada vez que terminaba una tanda para quedarnos a ver la otra película. En resumen, estuvimos en el cine hasta que se terminó la última tanda a las diez de la noche. No recuerdo que ninguno de mis compañeros de grupo se quejara por ver tantas veces la misma película, parece que a ellos también les gusto tanto como a mí. Al llegar de regreso a la casa y ante la gran preocupación de mis padres por la hora de la noche que era, ellos le preguntaron qué había pasado, recuerdo que esta santa mujer les contestó con una sonrisa en su rostro: “es que le gustó mucho la película y quiso ver todas las tandas ¿cuándo a ustedes les gusta algo no lo ven varias veces?” La verdad no sé cómo hizo para justificarse ante los padres de los demás, supongo que todos confiaban tanto en ella como los míos.

La otra anécdota fue ya en sus últimos años como catequista mientras explicaba apasionadamente, como siempre lo hacía, un pedazo del evangelio. Uno de sus niños del grupo de la catequesis al escucharla hablar con tanta propiedad y como quien habla por haber vivido en primera persona lo que contaba, admirado y con gran intriga le preguntó: “¿usted es del tiempo de Jesús?” Quizás en ese momento la pregunta de aquel niño le sonó a chiste a más de uno, pero para ese pequeño no lo fue. Hoy, que me gano la vida trabajando con niños como aquel que preguntó, puedo afirmar que su pregunta fue muy en serio, ya que la imaginación de un niño no tiene límite. Obviamente, la pregunta vino en parte por la falta de sabiduría propia de la edad, mas no con la intención de faltar al respeto a su catequista.

Muchas veces hablamos de fe y discipulado y nos parece algo muy abstracto e imposible de vivir, pero ¿qué más necesitamos ver? ¿Cuántos testimonios necesitamos comprobar? bueno… aquí hay uno más, que dice mucho de las vivencias de fe de una persona, de su forma de vivir la vida en Cristo y de actualizar el mensaje de Jesús en nuestros tiempos.

¡Qué bendición para esta diócesis ha sido el regalo que Dios nos hizo en Carlota!
¡Qué gracia para la parroquia de la Caridad es tenerla!
¡Qué satisfacción tan grande para mí, fue haber sido su alumno en el catecismo!
¡Qué hermoso testimonio de vida!

Gracias, Carlotica, por todo lo que eres y haz hecho por tus hermanos, especialmente por los niños de la catequesis.

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Preguntas del Boletín Diocesano a Carlota

(Carlota, ahora con 94 años vividos, nunca ha buscado el protagonismo. Por eso nos costó trabajo que quisiera responder estas preguntas y se dejara tomar una foto)

Boletín Diocesano: ¿Cuál es la virtud que más aprecia y cuál el defecto que más le molesta?

Carlota: “En cuanto a la virtud: la misericordia. Y yo no veo los defectos, porque Dios perdona los defectos”.

Boletín Diocesano: ¿Qué consejos les daría a los jóvenes católicos de Cuba?

Carlota: “No me pida eso. Yo no sirvo para dar consejos. Soy yo la que necesito consejos”.

Boletín Diocesano: ¿Qué lugar ocupó Monseñor Adolfo en la vida de usted?

Carlota: “Grande. Fue un obispo maravilloso. Venía a la casa a ver a mi mamá anciana. Yo ahora le rezo todos los días”.

Carlota y Beatriz Goenaga
Iglesia de la Caridad. Camagüey
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Pablo M. Marrero. Sirvió como Animador Diocesano de la Pastoral Juvenil en Camagüey, su ciudad natal. En su comunidad fue coordinador del Centro de Salesianos Cooperadores Pedro Pescatore. Actualmente se desempeña como Responsable de Formación del Centro de Salesianos Cooperadores María Auxiliadora en Guayaquil, Ecuador.

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