Thursday, August 30, 2018

Consideraciones oportunas acerca del matrimonio (por Mons. Dionisio García Ibáñez, Arzobispo de Santiago de Cuba)


Dirijo estas breves palabras a Ustedes, queridos hermanos sacerdotes, diáconos, religiosas, religiosos y fieles de nuestra Arquidiócesis de Santiago de Cuba. También a todas las personas que se han acercado a nosotros y a los interesados en conocer el pensamiento de la Iglesia sobre el matrimonio.

En Cuba estamos inmersos en el proceso de redactar una nueva Constitución de la República. Se han cumplido varias de las etapas previstas: un grupo de trabajo redactó un Proyecto que fue presentado, discutido y aprobado por la Asamblea Nacional. Actualmente estamos en la etapa de consultar a la población lo propuesto para, a partir de las opiniones expresadas, modificar el texto que deberá ser aprobado por la Asamblea Nacional en diciembre próximo y que posteriormente, será sometido de nuevo a consulta popular en un referendo, para que sea aprobado o rechazado por ésta.

La constitución es la ley fundamental de un Estado que fija la organización política del mismo y los derechos, deberes y garantías de los ciudadanos. De ahí que refleje “los principios y valores esenciales y mínimos, lo que implica no abarcar y expresar en detalle todos los ámbitos de la vida política, económica y social”(1). Se reforma una constitución cuando es necesario hacerle cambios sustanciales a la anterior. En la nueva redacción propuesta hay modificaciones en varios aspectos, entre otros: El económico, la definición de ciudadanía, organización política del Estado, derechos, deberes y garantías de los ciudadanos.

Es precisamente en éste último punto donde se introduce un cambio sustancial en la definición del matrimonio. Por lo novedoso e inesperado, y el alcance posterior que puede tener este tema es por lo que comparto estas ideas con Ustedes. En vez quedar definido como en la Constitución actual: “la unión voluntaria de un hombre y una mujer”, expresión que recoge el sentir y la sabiduría del pueblo, se introduce una nueva definición: “la unión voluntariamente concertada entre dos personas con aptitud legal para ello”. Este cambio es el que preocupa a muchos, pues como la Constitución es una norma que establece “Valores y principios mínimos”, posteriormente se podrían hacer leyes complementarias que por Ej. Legalicen el matrimonio entre dos personas del mismo sexo, se les permita adoptar niños o niñas privándoles a éstos desde el nacimiento de tener un padre o una madre, o se modifique el contenido educativo en la escuela, medios de comunicación, ámbitos culturales, para adaptarlos a esa nueva propuesta.

Los otros contenidos del texto constitucional propuesto ya han sido iluminados de una manera u otra en otros documentos de la Iglesia(2)  y cada persona debe usar, en conciencia y responsabilidad, su capacidad de juicio y el derecho de opinar para aprobar o rechazar lo propuesto buscando siempre lo que sería mejor para el futuro de nuestro pueblo.

¿Qué pensamos los cristianos sobre el matrimonio?

Hemos oído, expresado de manera superficial y parcializada, que el rechazo a definir como matrimonio la unión entre dos personas del mismo sexo proviene casi solamente de los cristianos, es decir, de los que creemos en Dios y manifestamos que Jesucristo es el Camino, la Verdad y la Vida. Esta expresión es simplista y falsa, pues entre los que rechazan este tipo de unión hay hombres y mujeres, creyentes y no creyentes, cristianos y no cristianos, científicos y personas con menos preparación, del campo y de la ciudad, civiles y militares, adultos y jóvenes. Es un abanico en el que está representado todo nuestro pueblo y es natural que sea así, pues esta postura está avalada por la experiencia, la historia y las ciencias que estudian al ser humano y su comportamiento.

La institución del matrimonio es tan antigua como la humanidad, está en el mismo origen del hombre y de las primitivas formas de organización social. En el trascurso de la prehistoria e historia de la humanidad y en las diferentes culturas ha habido diversas formas de concebir y realizar la unión matrimonial pero, en todas, están presentes y relacionados entre sí los dos sexos, hombre y mujer. Esto es debido a que la naturaleza del matrimonio es la convivencia y ayuda mutua entre los cónyuges y la procreación y educación en común de los hijos. Así ha sido concebido y vivido el matrimonio en todas las culturas y pueblos.

Los seres humanos somos seres sexuados, hombre o mujer, cada sexo con sus particularidades y diferencias genéticas, físicas, biológicas y psicológicas, de tal manera que se complementan. Esta complementariedad se expresa de manera única y singular en el matrimonio. Ignorar lo que por naturaleza nos ha sido dado o ir en contra de las leyes y procesos inscritos, incluso genéticamente, en nuestro ser trae siempre consecuencias lamentables ya sea de inmediato o con el correr de los años. El ser humano no es solamente razón, sentimientos, deseos, libertad sin límites, capacidad de ilusionarse; es también materia, biología, genética, con la que tenemos que contar y que nos condiciona. No se puede tratar de simplificar este problema ni querer ridiculizar, como se ha hecho, a los que pensamos de esta manera.

Los datos que aportan la experiencia y las ciencias son patrimonio de creyentes y no creyentes. Los cristianos añadimos que creemos que en Dios está el origen de todas las cosas y del género humano y que Él nos creó sexuados. Esto lo expresamos de la siguiente manera: “varón y hembra los creó” (Gen 1, 27), ninguno de los dos es superior al otro, los dos son iguales en dignidad y derechos y están llamados a unirse de tal manera que ya no sean dos sino “una sola carne”. (Gen. 2,24)

Hay otras muchas razones que nos llevan a rechazar la definición del matrimonio como “la unión de dos personas”. Como hemos dicho anteriormente entre ellas están las posibles consecuencias que esto traería consigo y que ya se hacen presentes, aunque no se hable de ello, en los pocos países que han adoptado una definición de esta naturaleza:

La posibilidad de aprobarse en el futuro leyes que admitan el matrimonio entre dos personas del mismo sexo, tal como ya lo han expresado algunos de los que promueven esta nueva definición.

La posterior autorización a la adopción de niños y niñas, ya que de por sí una unión de esa naturaleza no puede ser fecunda.

Esto traería la consecuencia injusta de privar a estos niños, desde el mismo día de su nacimiento, de tener un padre o una madre; los niños no sólo necesitan que se les quiera sino que necesitan también a un papá y una mamá. Si actualmente constatamos que la ausencia del padre o de la madre en el hogar puede crear situaciones de inestabilidad en los hijos, esto se ampliará mucho más con el matrimonio entre dos personas del mismo sexo.

Preocupa a los padres también que se modifique el contenido educativo en la escuela, ámbitos culturales y medios de comunicación para adaptarlo a esa nueva propuesta.

¿Nos damos cuenta del innecesario cambio cultural que esto generaría?

Una de las razones que se alega para este cambio es que hay que hacer justicia a las personas que conviven y comparten sus bienes y no son un matrimonio. Si el dilema es no dejar desvalidas a estas personas, se deben buscar los medios legales que protejan a quienes se encuentren en esos casos, pero esto no debe tomarse como argumento para cambiar la definición de una institución de orden natural como es el matrimonio que ha resguardado la continuidad de la humanidad, a lo largo de los siglos.

¿Qué ventaja tendría en estos momentos proponer un cambio de esta magnitud que genera cuando menos reserva y cuando más rechazo firme? Es falso alegar que es propio de una revolución hacer cambios como este, romper con las tradiciones. La manera de celebrar un matrimonio si puede ser considerada una tradición, pero no el matrimonio en sí. En el caso del matrimonio no se puede aplicar este concepto ya que la unión matrimonial siempre ha sido entre personas de ambos sexos, hombre y mujer. Esto no es una tradición, sino que es un hecho inherente a la naturaleza humana.

Nos podríamos preguntar ¿De dónde surgen y nos llegan estas ideas tan ajenas a nuestra cultura? De países en los que existen grupos poderosos con gran capacidad económica y de influencias. Se valen del creciente proceso de globalización y tratan de influir para crear una cultura uniforme que acepte y adopte sus criterios descalificando a los de los otros. Es lo que entre nosotros a veces se ha llamado el “imperialismo cultural”. Han penetrado los organismos internacionales, de tal manera, que muchos de éstos y gobiernos de países ricos influyen en países menos desarrollados necesitados de ayudas económicas, financiando en ellos a grupos afines a sus ideas y presionando a los gobiernos de los mismos hasta el punto de condicionar, en muchas ocasiones, la ayuda económica, para que apliquen políticas como estas. Es un nuevo colonialismo ideológico.

Nos sentimos agradecidos de que el tema de la familia esté generando tantos intercambios, inquietudes y preocupación, es muestra de compromiso cívico. Esto nos obliga también a tomar conciencia de nuestra responsabilidad en su cuidado, crecimiento y estabilidad.

Deseando la bendición de Dios para Ustedes, sus familias y para todo nuestro pueblo.


+ Mons. Dionisio García Ibáñez
Arzobispo de Santiago de Cuba
Santiago de Cuba, 29 de agosto de 2018



(Tomado del website de la COCC)


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Ver Proyecto de Constitución de la República de Cuba, en el blog

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