Saturday, July 21, 2018

de la Cuba reciente (por Abel Quintero Fuentes)


Se llamaba Jesús Mira y le decíamos “el Gallego”, pero en realidad era Catalán y vivía en Barcelona.

Viajaba cada tres meses a Cuba y me compraba todos los cuadros que yo pudiera realizar en ese período. Tenía galerías en España, México y me estaba representando aquí en Miami.

Jesús era además de mi representante, un amigo. Le regalaba botellas de buen vino a mi padre, nos invitaba a viajar con él por varias provincias y un día incluso me llevó un buen trozo del famoso jamón de jabugo, (desconocido hasta hoy en Cuba) para que probáramos los exquisitos manjares que se disfrutan en España.

Una tarde, mientras hacíamos los trámites para legalizar un grupo de obras que se llevaba, le pedí que me ayudara a sacar un teléfono celular. Accedió aunque pensaba que el favor era solo manejar hasta el lugar.

Llegamos a la oficina y cuando supo que los trámites debían ser a través de él, se sorprendió.

- Hey maja... yo soy extranjero, el nacional es él.

- Señor, si no le explicaron... los celulares solo pueden ser adjudicados a extranjeros que necesiten tener contacto con cubanos. Usted se lo deja a quien desee, tiene derecho a dos líneas.

Jesús me miró consternado y le dije bajito:

- Recuerda que los cubanos somos extranjeros... mundialmente.

La mujer, sin mirarme, farfulló:

- Así funciona compañero.

Luego de adquirir mi primer teléfono Nokia, le puse una tarjeta de diez dólares. El minuto de salida costaba creo 60 centavos CUC y el de entrada, un poco menos. Los mensajes también costaban, mandarlos y recibirlos.

- “Eso es un robo”. Me decía mientras viajábamos de regreso hasta el hotel donde se hospedaba.

Ya en el lobby del Habana Libre quiso que subiéramos a la habitación para organizar las obras, al frescor del aire acondicionado, pero los oficiales me prohibieron pasar al ver que yo era cubano.

El gallego montó en cólera y empezó a clamar por los responsables y a moverse de un lugar al otro del hotel. Simplemente su cerebro no concebía como racional lo que estaba pasando.

No resolvió nada. Intentando calmarlo, los encargados le ofrecieron una oficina en los bajos del hotel donde yo sí podía estar... pero sin aire acondicionado. Las gotas de sudor mojaban la superficie de los lienzos esparcidos por el suelo.

Esa tarde al marcharme, Jesús me dijo:

- Tienes que irte de Cuba... ¿por qué los humillan así?

En el viaje de regreso a mi pueblo pensaba en lo ocurrido. Ya me había adaptado a ver los menús para nacionales y la diferencia con el de los turistas, incluso me habían expulsado de una calle en Varadero por transitar por zonas turísticas en un auto de los 50s (experiencia real) ya era algo cotidiano.

Viviendo aquí, tuve dos encuentros con Jesús... pero un día no supe más de él.

En Aragón 260, Coral Gables, todavía cuelgan en sus paredes mis cuadros, que son de su propiedad... pero ni siquiera los dueños del lugar saben que fue del “gallego”.

Hoy día mis amigos en Cuba ya pueden ir a los hoteles. Pero es solo una concesión, un permiso con precios inaccesibles al ciudadano común. Permiso que puede revocarse si al líder se le ocurre pensar que hay que apretar la tuerca de nuevo.

Con frecuencia pienso en Jesús y comprendo de lleno su desconcierto al recordar aquella mirada que con ira y lástima me decía... “te tratan como paria en tu propia tierra, tienes que irte.“

Y eso que él no lo sabía todo.


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