Saturday, December 30, 2017

Fragmento de la novela "Un loco si puede" (por Félix Luis Viera)

Nota: Agradezco a Félix Luis Viera, que comparta con los lectores un fragmento  de su novela mas reciente,  Un loco si puede (Editorial Verbum, España 2017).



             
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Y así como tal, doctorcito, como un hijoeputa calibre 45, como un objeto, cual un loco-máquina, ya le contaba, actué en el momento fatal de esa noche del último carnaval con disfraces de la isla de Cuba. Justo, justo: Leticia unos quince o veinte pasos a mi derecha, en ese callejón lateral de la Catedral, que usted me asegura conocer y ubicar perfectamente, estaría dándose un enganche letal con el disfrazado de elefante. El pobre elefante: se sentiría seguro de que iba a desfogar dentro de esa mujer disfrazada de Muerte, a quien tanto se había arrimado y conversado a ras de oreja allí en la acera del Parque mientras contemplábamos pasar las comparsas, creo que como doce y más de la mitad explayando congas exponentes de estribillos que dicen somos comunistas, palante y palante y al que no le guste que tome purgante, o, Fidel, seguro, a los yanquis dales duro, etcétera. Sin imaginar ese elefante que únicamente podría lanzar su leche encendida al vacío, al suelo del callejón. Hay que aprovechar, se escuchaba aquí y allá… que este es el último carnaval con disfraces. Leticia, de voz promedio, de voz promedio de mujer digo, no la fingía como, sabía yo desde mi niñez, lo hacía la total mayoría de los disfrazados en los carnavales, el elefante sí: simulaba una voz honda, carrasposa, quizás como de elefante real, mascaritas, veía yo pasar por allí en la calle que corta al callejón de la Catedral a tantos mascaritas disfrazados a quienes se los estaría comiendo esa vehemencia esa euforia esa angustia agónica de ser los últimos disfrazados en los carnavales de Cuba socialista puesto que el gobierno de mi Comandante en Jefe nuestro glorioso Partido Comunista de Cuba estaban clarísimos como siempre en cuanto a la batalla revolucionaria por la emancipación de nuestro pueblo de que el disfraz podía esconder a un enemigo de nuestra libertad de nuestro luminoso porvenir un agente de la CIA un enviado del imperialismo yanqui que llevase en su negra entraña una bomba que hiciese explotar en medio del vasto público pues esas personas inclementes enemigas mortales de la emancipación de los pueblos como ya habían demostrado en no pocas ocasiones de nuestra naciente revolución de los humildes y para los humildes estaban aptos y activos para sonar una bomba en medio de la multitud sin que les importase que se reventaran en sangre niños niñas mujeres viejos perros perritos y pájaros y volaran por los aires hechas trizas las muletas y dientes postizos de los viejos o la única pelotica de un niño o el único blúmer de una compañera la pieza musical más de moda era Pastilla de menta y allí la interpretaban en una tarima como a diez metros de mí en la calle que cortaba el callejón y oh vino a mi mente cuánto me gustaban las pastillas de menta ya desaparecidas debido al bloqueo imperialista gracias a Dios mi psiquiatrico que uno tiene en la memoria el recuerdo del sabor y yo de vez en cuando desde hacía tiempo traía el recuerdo de las pastillas y era casi o igual o un ochenta por ciento como si las estuviera realmente chupando ah la menta riquísima fenomenal solamente la gente cretina que no ha leído ni pasado en la vida la carencia capitalista y ahora la socialista que he pasado yo sufren con el recuerdo de un manjar perdido gente imbécil que buscan y sacan de su memoria olores y sabores para sufrir no para gozar disfrutar reproduciéndolo como sé hacer yo lechazo blanco el olor vivificante de la menta sí hombre efectivamente como ya le repetí esa noche de nuevo Leticia no se había lavado sus partes este tonto y onanista que le habla no pudo sacar ni una cubeta de la cisterna en la mañana porque el nivel del agua estaba muy bajo y tenía yo instrucciones de no hacerlo en el caso de que debiera inclinarme en exceso para llenar la cubeta y mire guayabito blanco que a veces quise violar esta orden de Leticia y dejarme caer hacia el fondo de la cisterna y terminar esta jodedera que es vivir y salir de esto de la jodedera del vivir le digo ya de una vez salir de esta trampa que es la vida como decían los poetas románticos y varias veces me había dicho la misma Leticia estar vivo es una frivolidad pero ella como tantos mortales promedio le cogió el gusto a esta trampa de la vida que en fin de cuentas te invita a singar follar jalar coger piravear cachar templar pisar es la libido lo dijeron y tenían razón aquel de Austria y aquel de Suiza la que te impulsa a sembrar una flor para en definitiva sembrar no más que un coito por venir el pétalo quemado en un acoplamiento por venir la libido psiquiatrico mediocrísimo que potencia lo mismo el pedal del acelerador de un camionero que la lupa de un filatelista que afina el ojo de un astrónomo quien indaga por la estrella inencontrada ¿comprendes mortal? sin lavarse el bollo eso es mi psiquiatra estrella estrella fugaz apagada mustia y perdida en el hastío de este cosmos antillano de croquetas revolucionarias de pasta de sebo Libreta de Racionamiento y discursos monologantes y congas revolucionarias no alcanzo yo tampoco me dijo ella cuando intentó con la cubeta y así salimos sin bañarnos ella sin siquiera lavarse la vulva quise decir el bollo el chumino la panocha el bizcocho la papaya la concha el coño el bollo lo más sagrado que posee una mujer y lo más sagrado que puede recibir un hombre de todo lo que pueda recibir en esta tierra como solía decir aquel canalla de las Chinches Perdidas Urbano Ronsard lo que demuestra que este era un hombre de ley alejado de esa onda machista que tanto daño nos ha hecho según sabemos y según encampaña mi Comandante en Jefe por todas sus emisoras de radio y televisión que son todas las que hay hoy en Cuba y todos sus periódicos que son todos los que hay hoy en Cuba de soldados rebeldes de comandantes en jefe de pistoleros del Oeste de mambises es decir de guerreros de nuestras guerras de independencia de árboles de marajás de mujeres culonas varios hombres de hombres levantadores de pesas mujeres de diablos de princesas rijosas de Supermanes Tarzanes odaliscas musulmanes te conozco mascarita me decían algunos al pasar según la frase acuñada por más de un siglo aunque ni remotamente supieran quién sería ese disfrazado de loco recostado a la entrada del callejón lateral de la Catedral o sea yo con una especie de antena en la cabeza confeccionada con un trozo de una de las antenas de los televisores desahuciados del castillo provinciano en ruinas una careta de cartón gris hecha en casa con trazos negros de largas ojeras y cejas desparramadas que hacían intuir una mirada quizás más de diablo que de demente un pañuelo rojo que agarraba toda la cabeza contadas las orejas overol verde oscuro brillante que tapaba casi las botas negras fulgentes de gala de policía de mi Coronel con una cinta roja carmesí como cinturón cabrón sí de paso le estoy diciendo cabrón a usted doctorcito pesetero asalariado dogmático culero de a montón poseído por la quincallería marxista-leninista pero el primer cabrón que acabo de decir era para el elefante que ni sospechaba que ese bollo que ahora ahí en el callejón de la Catedral estaría traqueteando traqueteando acaso aplicando una masturbación en compás de desespero porque poseerlo de a de veras con su falo jamás podría ni él ni nadie excepto yo el elegido por el destino la casualidad la que manda que masturbación igual pero didáctica y técnica acaso estaría recibiendo él de manos de la Muerte experta en el trámite y los espermatozoides baldíos de él cayendo iluminando la noche del callejón mientras su mano sus dedos estarían dedaleando en esa vagina fluvial cabrón y ja ja ja recibiendo en su narizota ese olor de últimamente que tanto yo he olfateado últimamente alejado del paradisiaco de mi menta amada y recordada para mi supervivencia ese olor elefante semejante a los túneles que se han quedado sin agua exterior pero que valen por sí solos por la humedad salvaje y bienhechora que conservan.


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Si bien entonces ya tenía conciencia de que no estaba loco, puesto que pensaba en frío, como un hijoeputa, ya lo he dicho, un pragmático, un político, un comunista, no no, un comunista no, perdón, me lo reafirmé esa noche del último carnaval con disfraces de la isla de Cuba, cuando regresábamos al Parque Central, el elefante y Leticia, la Muerte, delante, y yo, disfrazado de loco, detrás de ellos..., y tuve un pálpito.

Ha quedado comprobado que los enfermos mentales, ni aun quienes lo están a medias, los leves, se hallan aptos para sentir un pálpito.

Algo, de pronto, me iluminó, o mejor dicho se iluminó frente a mí, cordones de lucecitas en la acera, sus bordes, en medio, en el empalme de la pared con la acera. “En unos minutos nos van a descojonar”, pensé, o no, no lo pensé por deducción, sino que este sentir se escribió en mi pensamiento; es decir, un pálpito.

De modo que cuando llegamos al Parque y el elefante fue directamente hacia cuatro tipos no disfrazados que estaban en el desemboque de la calle, y nos señaló, como si nos entregara a Leticia y a mí a estos cuatro, y de inmediato despareció, más bien grité: “¡Efectivamente...!, ¡nos jodimos!”.

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