Monday, December 18, 2017

De los pequeños y grandes milagros (por Carlos A. Peón-Casas)

Carlos y su hijo Francisco Javier
Foto/Blog Gaspar, El Lugareño
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Para Francisco Javier Peón Diaz,
 por tanto…


Vivir tiene sus riesgos. La enfermedad ronda nuestra frágil condición humana. Lo he experimentado en carne propia, como acaso cualquier hijo de vecino en una u otra circunstancia existencial parecida a la mía.

Por tanto, no puedo adjudicarme ningún mérito extra por esta singular experiencia vivida, pero he tenido una suerte sin par que me ha devuelto literalmente a la existencia, re-naciendo inequívocamente después de un complejo pero exitoso transplante renal, luego de experimentar la penosa circunstancia de una enfermedad renal crónica en su estadio terminal que he padecido en los seis meses precedentes.

Si no es un milagro, entendido teológicamente, si lo es acaso para mi, cargado como está, con toda la lógica aplastante que tales hechos significan cuando son manifiesta e inequívocamente de naturaleza sobrenatural.

Esta mi personal experiencia lleva algo de igual o muy parecida significación, y antes que nada doy gracias a Dios que ha guiado la mano experta de los cirujanos y especialistas para que esta intervención haya tenido tan feliz desenlace.

Al final, igual de trascendente han sido las oraciones de tantos amigos y hermanos en la fé, en tantas y disimiles partes de este mundo, que fueron ciertamente escuchadas, y tengo la convicción profunda que desde el Cielo, fueron mis seguros intercesores el inolvidable y querido Monseñor Adolfo Rodríguez, primer arzobispo de nuestra diócesis, y mi entrañable papa Nicolás.

Mi hijo Francisco Javier lo ha protagonizado desde el silencio genial de su generosa entrega, él, sin dudas, ha sido el héroe de esta jornada, haciendo veraz la impresionante y ciertamente difícil y exigente frase evangélica, aquella, que reza que nadie tiene más amor que aquel que da la vida por otro, donándome con toda incondicionalidad, y a costa de su propia integridad, uno de sus riñones.

Su gesto no tiene parangón en la inmediata circunstancialidad de la materialidad que nos consume. Vivimos, como se sabe, un minuto de la peor de las desvalorizaciones éticas y morales, un fenómeno para nada singular de nuestra realidad, sino de vasto signo global, donde lo fugaz, lo banal, y cualquier otra parecida actitud que apunte al tener y no al ser, es siempre deseable y desafortunadamente, lo absoluta y políticamente correcto.

En otro sitio y lugar, que ya se sabe que en todas partes se cuecen habas, y en nuestra casa, si se pudiera igual, a calderadas, el gesto donador, llevaría implícito un inevitable interés pecuniario, y aun así, muchos en agobiante, extremosa y desesperada necesidad se lo pensarían muy bien antes de hacerlo.

Frankie, mi hijo primogénito, sin dudarlo un segundo, ha elegido donar algo sustanciosamente suyo, necesario e imprescindible para el mantenimiento de su vida, compartiendo lo mas preciado que posee, su salud, para paliar, mi nefasto pronóstico de una vida invalidada en hemodiálisis permanente, el último asidero que hasta aquí, ha posibilitado mantenerme vivo, y al que he tenido que recurrir como último argumento, en los últimos seis meses de mi vida de enfermedad.

Gracias a mi hijo vuelvo a nacer, y como ya lo he repetido antes, el asunto tiene el inequívoco gesto de la Providencia Divina, entendida como regalo mayor de un Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, que una vez me dio el más preciado regalo en la persona de mi hijo Francisco Javier, y que, hoy, él mismo me devuelve en un gesto, y se inmola por mí, y me regala otra vida a partir de este instante, una existencia que ahora comparto doblemente con él, llevando en mis entrañas, esa parte salvadora que ha querido regalarme, confirmación mas que plena del Amor que nos reúne y nos conforta desde y para siempre. AMEN.


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Ver en el blog 
(Camagüey) Primer trasplante renal de donante vivo. Francisco Javier a su padre Carlos Peón-Casas

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