Friday, December 18, 2015

Un personaje secundario (por Eduardo F. Peláez)


¡Me ha puesto en la lista! Somos varios. Estoy seguro de que no voy a ser uno de los principales, pero tampoco voy a ser relleno. Ya tengo un nombre y me están asignando un perfil. Es mejor que sea así.

Esa responsabilidad de llevar todo el peso de la narración es demasiada carga emocional. Conozco a muchos que han sido distinguidos con ese papel y después de haberse publicado el libro, han sentido los azotes de la crítica, el llanto de las mujeres y el rencor de los hombres. Los que han muerto en el último capítulo me han confesado que debieron haberlos matado mucho antes y haber acabado temprano con la angustia de cargar en cada página con el peso de la obra para luego haber desaparecido con un punto y aparte. Otros se han quejado del final que les asignaron. Poniéndome de parte del autor me imagino lo difícil que es escoger una muerte que satisfaga a todos. A casi ninguno le gusta morir de una enfermedad larga, de un suicidio cobarde, o de un crimen sangriento. La mayoría prefiere morir como héroes o desvanecerse sin una explicación al lector. La idea de retornar en otro libro, en forma de serie, es la meta de muchos. Es muy difícil aceptar la desaparición completa. Cuando el escritor no es bueno, siempre se corre el riesgo de lo efímero que conduce a la desaparición total. Don Quijote, Robinson Crusoe, Gulliver, Hamlet, Madame Bovary, Ana Karenina y tantos otros han tenido la inmensa suerte de haber sido creados por autores buenos, pero han vivido y seguirán viviendo esas vidas trágicas cargadas de dolor. Hay tantos de nosotros salidos de malos escritores que hemos disfrutado de pocos lectores, que son los que en definitiva nos alimentan y nos proporcionan el aire que respiramos. Ser personaje secundario de cualquier obra maestra es la meta a alcanzar. Vivimos siempre con la ilusión de que unos dedos abran el libro de nuestra vida y poder actuar ante el lector el papel que nos han señalado con las mismas palabras, las mismas letras... una y otra vez.

En ocasiones pienso lo horrible que sería nunca haber aparecido en un libro y nunca haber sentido la caricia de los ojos de una mujer bella. El vagar por los rincones del cerebro del escritor sin que se produzca la creación nos crea una ansiedad que nos destroza. Necesitamos oler la tinta en esa sábana blanca, dulce y acogedora que es el papel y vivir reproduciéndonos en cada lectura, y que lloren y rían con nosotros, o al menos quedarnos en una pequeña nota escrita en cualquier parte, ya sea en el recibo de la luz, en una transferencia, o en el comprobante del pago de una cena. El no presentarse, aunque sea en una forma humilde en el teatro del mundo, es devastador.

No quisiera tocar el tema de los pocos que han querido rebelarse contra su autor. Nuestro compañero Augusto Pérez intentó zafarse de su creador e increpó sobre su destino a ese señor que hacía pajaritos de papel para luego tener que morirse junto a su perro, impotente y desilusionado, aunque anda un cuento por ahí, creo que de un argentino, que tiene que ver con un parque que continúa, donde por medio de un sortilegio inesperado, el personaje se libera de las páginas y asesina al lector. Se dan a veces tantas cosas descabelladas que uno no se puede explicar.

Tenemos que aceptar que vivimos en la fantasía que tiene sus propias leyes muy difíciles de entender. Nos vamos desarrollando ante la vista del lector, nos toman cariño, nos desean que ayudemos a los actores principales, que triunfemos; nos buscan en cada página llenos de ansiedad, y aunque mucho tratemos de complacerlos dependemos de esa mano que nos escribe, de esa fuerza todopoderosa que nos ilumina o nos aniquila. 

Todavía no estoy seguro del papel que voy a tener. Casi siempre he sido el amigo del personaje central o algún familiar. Estoy acostumbrado a moverme sin hacer ruido entre las páginas con esas etiquetas. No me gusta ser figura antagónica ni tampoco que me cambien de sexo pero, si ese es el caso, me resignaré como he tenido que hacerlo en otras ocasiones.

Otra cosa que me mortifica es que me ubiquen en una trama de misterio, ya sea de asesino o de asesinado. Hay tantas cosas agradables en la vida y no hay por qué regresar eternamente ante los ojos de nuevos lectores con la ignominia de lo macabro.

Ha vuelto mi autor a la mesa de trabajo. Está revisando la trama. Ha comenzado a apretar el botón de delete en varios párrafos. Me ha dejado solo con un signo de interrogación. Qué pretende hacer? Está meditando. Se ha vuelto a alejar de la mesa. Regresa con una taza de café. Continúa trabajando, escribe nuevas páginas. El timbre del teléfono ha sonado y no lo contesta. Está absorto en su trabajo. Me ha tomado con un copy and paste y me ha llevado a la primera página. ¿Qué está pensando? ¡No lo puedo creer! Parece que me va a quitar de secundario para darme el papel principal. ¡NO, no, noooo! Yo soy de relleno, soy feliz así. No estoy preparado para responsabilidades, no quiero que se fijen en mí, soy mediocre, promedio, del montón...

Ha dejado el ordenador. Me ha dejado aplastado por el peso descomunal de la responsabilidad. Ha apagado la luz y se retira a dormir. Mañana con el alba, cuando el sol asome por detrás del mar buscando las montañas, yo asumiré mi calvario.

No he podido dormir, pero creo que ha sido beneficioso. He podido meditar largas horas sobre mi futuro y estoy dispuesto a aceptarlo. Asumiré con alegría y determinación todas las cargas que me obliguen a llevar. Mi autor se ha ganado premios de editoriales y de importantes instituciones, y ha sido candidato varias veces para El Cervantes, Príncipe de Asturias, La Otra Orilla, Biblioteca Breve y otras más. Es una oportunidad única en la vida para trascender, ser importante, codearse con Amadís de Gaula, Sherlock Holmes, Don Vito Corleone, James Bond, D'Artagnan, Raskolnikov, Celestina, y tantos otros que han alcanzado la cumbre y nos humillan con su mirada altiva, desdeñándonos. Sí, es mi turno en la historia, mi verdadero nacimiento.

La luz de su oficina se ha encendido. Ha conectado el ordenador. Está ahora revisando. Va a la cocina y vuelve con su café. Ha comenzado a escribir un largo párrafo. No estoy ahí. Ha cambiado mi nombre. Es otro personaje que no conozco. ¿Será posible que esté jugando con mis sentimientos? Ha vuelto a la página auxiliar de los perfiles y me ha movido de posición llevándome adonde estaba originalmente, donde he estado toda una vida, designado a ser transparente, a que nadie se acuerde mí, a que no se me nombre...

¡Escúchame! Sí, es a ti, autor indeciso: ¿Por qué me has hecho probar la dulzura de la gloria para ahora regresarme a la oscuridad? Después de haber vivido unas horas en la cima, ya no acepto volver atrás. ¡Ojalá que no te publiquen nunca y acabemos los dos en un cesto de basura para toda la eternidad!

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