Wednesday, November 25, 2015

Una anécdota de El Chorrito (por Carlos A. Peón-Casas)


Foto/Blog Gaspar. El Lugareño
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Les debo de entrada una aclaración a los lectores que no sean oriundos de la antigua villa puertoprincipeña, nuestra ciudad agramontina de hoy, pues si no se es natural de aquella, poco o nada les dirá mi título. A lo que aludo hoy en rememoración jocosa, es al establecimiento que con aquel nombre, acogía en la popular calle de Cisneros y Hermanos Agüero, al famoso bar-cafetería homónimo, que en la época que narro era atendido por unos empleados chinos.

Al susodicho sitio concurrían no sólo los impenitentes bebedores, sino un personal variopinto que allí hacían sus consumiciones, en su mayoría el staff de turno de la vecina y antigua Audiencia, ya en aquel tiempo Tribunal en funciones: picapleitos, jueces y fiscales…

Uno de aquellos, era el muy famoso abogado local Javier Calderón, conocido por otras razones por haber estado matrimoniado con la famosa vedette Rita Montaner, un hijo de la cual está bautizado en la parroquia de La Soledad, según me cuenta mi fuente, el nunca bien ponderado memorioso Enrique Palacios.

Calderón gustaba de las libaciones fuertes en el mentado Chorrito, a cuya barra se le veía siempre acodado en compañía de algunos de sus inveterados colegas, también dados a los placeres de Baco, frente a su habitual consumición, un bien servido trago doble del ron de ocasión, llámese Castillo, Bacardi o Matusalén.

Pero ya decíamos antes que en el mentado Chorrito, en su condición de cafetería, se servía no sólo bebidas espirituosas, sino cualquier otro refrigerio: refrescos, bocadillos, y por supuesto también el aromático café cubano de a tres centavos la taza humeante y recién colado. 

Otro de los parroquianos habituales del sitio lo era el Dr. Antonio Pola, juez de bien ganada reputación en sus desempeños en el Tribunal Correccional, ubicado en los bajos del Tribunal en la calle Cisneros, donde según me sigue ilustrando mi amigo Palacios, se ventilaban asuntos judiciales de menor cuantía, que casi siempre eran zanjados con alguna multa, y excepcionalmente con alguna sanción de seis meses y un día, el límite que marcaba al convicto con antecedentes penales.

Pola, tenía pues fama de hombre recto y cabal, igualmente era un católico práctico. Cuando concurría al Chorrito, se acomodaba alejado de los tertuliantes y beodos, en la parte más extrema de la larga barra, y siempre se le veía beber absorto, el contenido de una taza grande, que todos tomaban por café, pero cuyo contenido permanecía oculto a los viandantes. El chino que lo atendía, le preparaba su bebida debajo del mostrador, y sólo después se la colocaba delante con una frase: que aploveche, Dr.

Pero un buen día, y aquí viene el desenlace de mi anécdota, estando ya Pola frente a su bebida, apareció de pronto, en el bar, en el minuto más concurrido del día justo a la caída de la tarde, el ya mentado Calderón, acompañado de algunos amigotes y una juma proverbial. Al descubrir al bueno de Pola en un extremo de la barra, llamó la atención de todos los parroquianos al decirle, casi a grito pelado, al dependiente más próximo: ¡Óyeme chino! ¡Me pones un doble del ron de siempre, pero me lo sirves en un vaso, que yo si me los doy a la vista, no se te vaya a ocurrir echármelo de contrabando en una taza como se lo sirves a Pola! Y allí mismo ardió Troya……

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