Wednesday, June 3, 2015

El turismo americano no minará al régimen de Castro (por José Azel)

Foto/Blog Gaspar, El Lugareño (por Rodrigo de la Luz)
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La proposición parece intuitivamente razonable: los turistas americanos ayudarán a impulsar un proceso de democratización en Cuba. Pero es una proposición demostrablemente falsa.

La idea de que los turistas americanos, imbuidos de nacimiento con normas y valores democráticos, reflejarán con orgullo y transmitirán esos valores cuando viajan al extranjero, es una premisa auténtica. Así, vemos a los turistas americanos como embajadores por la democracia y poderosa fuerza transmitiendo las virtudes del gobierno democrático. Mientras que ese puede ser el caso, no se deduce con certeza silogística que tal función potencia a la ciudadanía en un régimen totalitario.

En el caso de Cuba, dos millones de turistas de Canadá, Europa, América Latina y otros lugares han viajado anualmente a la Isla sin impactar en absoluto al régimen cubano. El argumento más empíricamente válido es que los gastos de los turistas contribuyen a la longevidad del régimen, porque el dinero fluye hacia empresas controladas por los militares cubanos. Además, los dólares de los turistas le posibilitan evitar reformas políticas y económicas significativas.

El turismo internacional no ha llevado reformas políticas a Cuba o al remanente universo de regímenes totalitarios. Por ejemplo, China y Vietnam reciben respectivamente 130 y 8 millones de turistas cada año, sin impacto en su forma de gobierno.

Los defensores del turismo como camino para un gobierno democrático arguyen que Cuba es diferente, y sugieren que lo importante no es el número de visitantes, sino que sean americanos. Nunca se explica la lógica detrás de esta visión chauvinista de los turistas americanos como únicos mensajeros efectivos de valores democráticos. Se plantea solamente que esos turistas, por alguna vaga afinidad cultural e histórica, están mejor dotados para transmitir los valores del gobierno democrático al pueblo cubano. Pero si tal afinidad cultural e histórica existiera, se aplicaría mucho mejor a turistas hispanoparlantes de América Latina y España.

De hecho, los turistas americanos solamente tienen limitados contactos con la población cubana. La mayoría de los centros turísticos están en áreas aisladas, controladas por los aparatos de seguridad, y fuera de los límites del cubano promedio. La mayoría de los americanos encuentran la barrera del lenguaje, y no está claro si considerarán su tiempo de vacaciones como oportunidad para subvertir al régimen cubano. Más probablemente, los americanos, como la mayoría de los turistas, preferirán relajarse con mojitos en las bellas playas de Cuba. En los casos del turismo de cruceros, los pasajeros desembarcarán unas pocas horas para comprar ron y tabacos, y regresarán al buque. De nuevo, no queda claro cómo esto contribuye a guiar hacia un gobierno democrático, a menos que el argumento dependa de algún misterioso proceso osmótico.

Sin embargo, más que rechazar los argumentos del “turismo americano” solamente por falta de méritos lógicos, busqué comparaciones estadísticas para probar la hipótesis. El turismo americano representa solamente el 1.6% de las llegadas de turistas a China. En Cuba, los turistas de Estados Unidos constituyen el 3.3% del turismo total. En otras palabras, el turismo en Cuba tiene el doble de “intensidad americana” que en China. Ninguno de los dos países está comprometido con reformas políticas, y es justo preguntar: ¿Qué porcentaje de turistas tiene que ser americano para validar la tesis de que “el turismo americano llevará la democracia”? Respuesta: desconocido.

Otra comparación reveladora es relacionar el número de turistas americanos con la población de los países receptores. China, con una población de 1,300 millones, recibe 2 millones de turistas americanos al año. Cuba, con una población de 11.2 millones, da la bienvenida a 90,000 americanos. Por consiguiente, en base al per cápita, Cuba recibe un visitante americano por cada 124 cubanos, mientras China recibe uno por cada 650 ciudadanos chinos. Teóricamente, al menos, eso significa que la concentración per cápita de turistas americanos en Cuba es cinco veces mayor que la de China, y no son visibles reformas democráticas en esos dos países. De nuevo, es justo preguntar: ¿Qué porcentaje de turistas tiene que ser americano para validar la tesis de que “el turismo americano llevará la democracia”? Respuesta: desconocido.

El propósito de todo esto es simplemente mostrar que la proposición de la nueva política cubana de la Administración, de que “los turistas americanos ayudarán a llevar democracia a Cuba”, no supera el más elemental examen de coherencia lógica. Merecemos un pensamiento más analítico y riguroso de nuestros políticos.




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José Azel. Investigador Senior en el Instituto de Estudios Cubanos y Cubanoamericanos de la Universidad de Miami, y autor del libro Mañana in Cuba.

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