Wednesday, July 16, 2014

Se vende o La Avellaneda cambia de casa natal (por Carlos A. Peón Casas)


Ahora mismo, el revuelo sobre la posibilidad de que la que hasta ahora fuera su casa natal, en el número 22 antiguo de la calle homónima, antes de San Juan o de las Carreras, no lo sea más, es la comidilla de todos los corrillos intelectuales de la otrora villa principeña donde Doña Tula tuviera a bien nacer. 

La algarabía no es para menos, a las puertas del segundo centenario de su natalicio, en medio de las barahúndas sin término aparente de las “intervenciones” y reparaciones en los predios citadinos que no alcanzan precisamente esa añeja casona donde presumiblemente, luego de ciertas “nuevas evidencias” aún no muy claras, la trajeran al mundo. 

Resulta singular que la “preocupación” de ciertas “vacas sagradas” del mundillo cultural en este polvoso Camagüey, por “dilucidar” el sitio exacto donde Gertrudis Gómez de Avellaneda y Arteaga vio la luz primera de su terruño, llegue justamente en es este preciso instante y no antes. El asunto apunta claramente a otro leitmotiv

Bien miradas las cosas, al preguntarnos el por qué de esta inusitada revelación sobre el sitio correcto de su alumbramiento, habría que ponerlas en contexto. Y al parecer todo apuntaría a una muy reciente decisión de los dueños actuales de la propiedad (que no creo tengan ya parentesco con la excelsa poetisa), de ponerla a la venta, a tenor de las actuales regulaciones al uso sobre el tema de la compraventa de bienes inmuebles.

Este cronista fue testigo ocular del hecho como lo fue medio Camagüey que al deambular por esa concurrida arteria, visualizó el cartel con el inequívoco lema de: Se Vende sobre la fachada de la vivienda de marras. 

En su momento circuló más de una “leyenda urbana” sobre el futuro paradero de la casa: que si se destinaría en manos de nuevos propietarios para un hostal con sala de fiesta y piscina incluidas, que si un nuevo restaurant con todas las de la ley se instalaría en el espacioso habitáculo, hasta vaya a saberse que otro uso o función imaginable o no en los tiempos del cuentapropismo sin ton ni son que padecemos día a día. 

Incluso se habló del precio exorbitante de cientos de miles de CUC, y hasta se escuchó por ahí que había ya, a pesar de lo elevado de la cifra, potenciales compradores interesados, incluyendo a más de un nouveaux riches local.

Se dijo igualmente que para evitar el penoso destino de la otrora casa natal de nuestra Avellaneda, el estado tomaría cartas en el asunto, declarando el sitio como de interés patrimonial, o que si la propia Oficina del Historiador se interesaría en obtener su propiedad, aunque no podría adjudicársela por la vía de la compra….todo quedó allí, y pasó como siempre pasa “un pájaro sobre el mar…”

Ahora mismo, los enterados sobre los entresijos de la cuestión del lugar correcto del nacimiento de Tula, luego de un rastreo en los atestados archivos de la memoria colonial en la otrora villa del Príncipe, han dado con el quid del asunto, la casa natal que era no es, y en salomónica y bizantinísima discusión han llegado a conclusiones muy convenientes. 

La Avellaneda, a partir de este instante, nació en casa de su abuelo materno Don Luis Jerónimo Arteaga y Agramonte, antiguo Regidor de la villa, sita en la otrora calle de La Candelaria, a pocos pasos de la Parroquial Mayor, en un sitio conocido hoy día por Centro de Gestión Cultural adscrito a la propia Oficina del Historiador local ya citada. 

Mejor, ni mandado a hacer, así que donde decía “digo” ahora ponen “Diego”. Y no se discute más del asunto. Para los próximos doscientos años por venir habrá tiempo de sobra para “vender” esta nueva “leyenda” de sabroso color local, y lo habrá igualmente suficiente para enmendar los viejos libros parroquiales de la Soledad donde quedó registrado el bautizo de Tula, que a tenor de la nueva locación, debe corresponder a los registros de la Mayor, y mandar a grabar toda prisa, una bonita y nueva lápida que diga Aquí fumé, digo Aquí nació Doña Tula…… Se verán horrores, digo mejor, errores. Que Dios nos coja confesados

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