Tuesday, October 8, 2013

Crónica: Del santoral al jarabe (por Waldo González López)

Los nombres fascinan a los humanos. Cuando el hombre se apropió de la palabra, quiso nombrar las cosas, como diría en excelente poema y libro el asimismo excelente poeta Eliseo Diego.

Desde muchos siglos atrás, las parejas que esperan hijo(s), se debaten entre la duda y la incertidumbre a la hora de escoger la nominación que identificará, para el resto de su vida, al nuevo ser. 

Entre los cubanos, en particular, esta situación muchos años atrás devenía conflicto de padres, abuelos, tíos, primos: y el árbol genealógico se convertía en lugar común, entre los más comunes lugares, durante los meses que anticipaban la llegada del vástago al mundo. Y así se confeccionaban enormes listas con el santoral completo… 

Sí, escribí la mágica palabra: santoral, según comprobaría en algunos almanaques redescubiertos, tras ser relegados al olvido en la Isla. Este adminículo fue, a lo largo de los años, el ábrete sésamo, la cábala, la ouija, una suerte de Aladino manuable que no requería de frotación —sino apenas un simple vistazo (ojeada y hojeada, mediante) a la nómina— para que apareciera el salvador nombre del pequeño. 

La carencia de calendarios hizo que, durante no pocas décadas, se inventaran los más increíbles nombres para los bebés. Así, primero fue el aluvión eslavo: Yorkanka, Katia, Vladia y tantos otros. Luego vendría otra etapa, aún activa: la mezcla de la madre y el padre en la identificación nominal de los hijos. De tal suerte, las primeras sílabas de sus nombres integrarían las más insólitas y sorprendentes denominaciones de que se tengan noticias en el reino de este y otros mundo(s), y que, en muy escogidos casos, se salvarían del ridículo, para la futura y quizás eterna vergüenza de los ingenuos e inculpados chicos…, si no se los logran cambiar durante la mayoría de edad. 

En consecuencia, desde los descocados Yanislei, Pablana y Rumilda hasta otros aún más insólitos, los pobres, inocentes niños deberán sufrir los embates tan ‘imaginativos’ de sus progenitores, quienes se aproximaban a marcas de jabones anticatarrales, pastillas anticonceptivas y antidiarreicas, como marcas de polvos para cucarachas, en sus desafueros nominales sin límites. 

Sin embargo, desde un tiempo atrás, parece mejorarse el panorama, para que luego no avergonzaran los ahora recién nacidos, mañana muchachos y pasado adultos. En consecuencia, ya de un tiempo a esta parte, se escuchan de nuevo las Alejandras, Claudias y Gabrielas, como los Gustavos, Arieles, Pablos y otros dignos de ser llevados por el mundo con la frente alta, sin tener que cargar con el arduo peso de la ignominia. 

En mi caso, tuve la dicha de que mi padre —ávido lector y hondo admirador del escritor y pensador norteamericano Waldo Frank, amigo de varios cubanos ilustres— me obsequiara un nombre que me place desde que tengo uso de razón. No obstante, siempre pensé que cuando tuviera un hijo, nunca lo repetiría, pues no me gusta esa vieja costumbre de hacer bis el nombre de abuelo a biznieto: de Carlos a Carlos V —como reyes sin corona— existe un muy cercano ejemplo en mi patria chica Las Tunas: mi colegamigo Carlos Tamayo, ensayista e investigador. 

Incluso en mi familia también hay un ejemplo de ello: del Raúl de mi padre al de mi sobrino se cuentan tres, si bien ya la saga o retahíla raulesca ¿se detuvo? para beneplácito de los futuros chicos del actual benjamín raulero. 

Por eso, mi hijo lleva sendos nombres castellanos que, por un lado combinan nominaciones cercanas por las sílabas iniciales (no escapé al influjo mágico, ¿eh?), pero que lo salvaron de las absurdas y ridículas nomenclaturas medicinales, anticonceptivas o anticucarachas que antes les mencionaba. 

Mi hijo, pues, se llama Darío Damián, como un triple homenaje al conquistador persa y al gran poeta Rubén Darío, como al también destacado poeta cubano Félix Pita Rodríguez y su clásico cuento «Cosme y Damián», en obvia muestra de admiración y cariño a uno de los primeros Premios Nacionales de Literatura en la Isla.

Mas, siguiendo la tradición paternal, décadas más tarde, Darío Damián y su linda esposa Raysa, escogieron para su niño (en la víspera de su arribo), un hermoso y digno nombre: Rodrigo, en homenaje a El Cid Campeador. 

Y bueno, tras la lectura de mi crónica sobre un tema siempre interesante, estimado ciberlector, te pregunto: ¿ya escogiste el nombre del futuro o ya próximo hijo o nieto? 



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Waldo González López. Poeta, ensayista, critico teatral y literario, periodista cultural. Publica en varias páginas: Sobre teatro, en teatroenmiami.com, Sobre literatura, en Palabra Abierta y sobre temas culturales, en FotArTeatro, que lleva con la destacada fotógrafa puertorriqueña Zoraida V. Fonseca y, en el blog Gaspar, El Lugareño.  

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