Tuesday, September 10, 2013

Crónica: Mis Doradas Quimeras (por Waldo González López)

Cómo no recordarte, si eres ese amigo infaltable que siempre tuve y tengo en la lluvia, el tiempo y la memoria, tal ansiaba uno de mis poetas de cabecera.

Sí, el brasileño Drummond de Andrade quien —no por azar llamado igualmente Carlitos— te definiría como nadie. Por eso, te diría, en su «Canto al hombre de pueblo Charlie Chaplin»: eres espiritual y danzarín y fluido. Y amas, claro, con fervor de diamante y delicadeza de alba.

Cómo no recordarte, amigo de la infancia, cuando los días insólitamente transcurrían ante tu imagen en el polvoso cine del viejo y ahora tan lejano pueblo de mi niñez y adolescencia. Allí, entonces, eras la esperanza y la risa. La poesía con su sencillez y misterio. El callado discurrir de la existencia.

Desde siempre te admiré por tu genio y tu ternura a toda prueba. Por tu capacidad genuina de soñador y auténtico poeta, pero no de esos que lo son apenas en página fría, extenuada, muerta.

Desde aquella niñez ya tan distante, te sigo mirando, Charlie, con la salvaje nostalgia que siempre acontece, como ahora mismo, cuando vuelvo, una y otra vez, a revisitarte, a amar tus filmes, a reír y emocionarme. Con esa inenarrable forma tuya de motivar con lo emotivo, por profundamente humano.


Te sigo viendo junto al chicuelo, loco y universalmente errático enamorado que, ya sólo al final, obtiene el añorado beso de la bella chica, tan pobre como tú.

Saltabas y saltas de la pantalla hasta nosotros, ahora, otra vez y siempre adolescentes locos, soñadores y enamorados.

Y te sentabas y sientas entre la pandilla a contarnos tus cosas, que no mucho se diferenciaban de las nuestras. Pero fíjate: aunque no reíamos de todo y por todo —como acontece en esa edad sin fronteras ni limitaciones—, contigo siempre teníamos un aparte, vamos, que te preferíamos por representarnos en esa dulce e ingenua rebeldía de muchachos sin horarios ni ocupación ni deberes fijos. Vivías, como nosotros, entonces y ahora, en la nube de Valencia. 

Y mira, esas quimeras doradas que te obsesionaron son las mismas que me salvan todavía de las miserias, mezquindades y envidas de algunos escritores… ¿o excretores? 

Porque son, a fin de cuentas, como la necesaria catarsis, ese útil rompimiento que —triste sonrisa mediante— me devuelve al optimista cauce que desde décadas atrás, me lleva, río caudaloso, siempre adelante. 

Ahora, cuando el cine anda cerca de sus 120 años, cómo no voy a recordarte más que nunca. Si eres dos zapatones y un mínimo bigote caminando en aquella calle de polvo y esperanza que jamás dejaré de andar.
Allí, a lo lejos, te vas (sólo alejando, nunca perdiendo), porque me dejas amarrado a tu humanísima imagen de roto feliz, el más común de los mortales inmortales. 

Por todo, inolvidable amigo, la humanidad te agradece tus picardías y torpezas. Porque la vida, a pesar de tanta violencia y odio —tal te dijo Drummond en su hermoso poema—: apenas está amaneciendo y las criaturas del mundo te saludan.



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Waldo González López. Poeta, ensayista, critico teatral y literario, periodista cultural. Publica en varias páginas: Sobre teatro, en teatroenmiami.com, Sobre literatura, en Palabra Abierta y sobre temas culturales, en FotArTeatro, que lleva con la destacada fotógrafa puertorriqueña Zoraida V. Fonseca y, a partir de ahora, en Gaspar, El Lugareño.

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