Tuesday, September 24, 2013

Crónica: Evocación de Onelio Jorge Cardoso, "El Cuentero" (por Waldo González López)

En Cuba, el nombre de Onelio Jorge Cardoso, entraña con justicia el canon del mejor cuento, el del realismo poético, ese que tanto apreciaran en el recordado escritor que, fallecido en 1986, es uno los mejores narradores latinoamericanos desde el lejano 1945, cuando publicara en México su primer libro: Taita, diga usted cómo.

Y de Onelio —con quien que tuve el placer de compartir encuentros y conversaciones en eventos literarios, como en su morada y en la de otro colegamigo: el poeta, narrador y Premio Nacional de Literatura y de Periodismo Félix Pita Rodríguez— corren todavía muchas anécdotas. Hoy narraré la que siempre he preferido. 

Como tantos, yo había reído de lo lindo con esta suerte de cuento oneliano que parecía extraído de uno de esos monólogos en monte adentro de «El cuentero», ese Juan Candela, acaso alter ego, otro yo del autor de tantos buenos relatos. 

Pero en este caso es sobre la literatura para niños, ‘género’ en el que también descolló con varios ejemplos, tales su noveleta Negrita y Caballito blanco, donde reuniera sus relatos. Ante todo, debo decir que me resisto a llamarla «infantil», por lo que de peyorativo implica el término para algunos sofisticados. 


Porque estas letras exigen respeto, sabiduría (de la que son capaces los lúcidos chicos) y sensibilidad, sin olvidar una buena dosis de ternura junto con ese aviso o detector de mierda de que hablaba Hemingway, útil no sólo para sus cuentos, sino para todas las expresiones literarias. 

Algunos, sin embargo —sobre todo, algunas buenas señoras, maestras o no, abuelitas tan dulces y simpáticas ellas…—, se empeñan en empequeñecerlo todo con el diminuto diminutivo que tanto molesta a los pibes —como los llaman los argentinos—. Vamos, que lo echan a perder todo con esa minúscula pupila edulcorada que suele ver a la infancia como bajo el trasluz ínfimo de Gulliver en el país de los enanos, por supuesto, en versión particular. 

Así escriben poemitas, cuentecitos y obritas de teatro que son cualquier cosa menos literatura, porque si ya de entrada te sueltan aquello de: Señor, ¿puedo leerle este poemita?, qué puede esperar uno de aquel engendrito, señor mío. 

Y lo peor del caso es que se les explica con sutileza —por supuesto, suave ironía— y tacto, mucho tacto. «Mire, señora, la literatura para niños exige respeto, sabiduría, sensibilidad, y otras etcéteras»…, pero nada, sigue la cosa. Lo más triste es que siguen empeñándose en ser poetas, cuentistas y dramaturgos con esa visioncita, pupilita y miradita… a los 70 y más años. 

Pero yo empecé hablando de una anécdota que si bien no la oí de viva voz de Onelio en ninguno de nuestros encuentros, sí tuve la suerte de escucharla en la deliciosa versión de Raquel Abreu, la fiel compañera del narrador, ensayista e historiador Raúl Aparicio. Si mal no recuerdo, me parece que fue por los ’80, cuando, a instancias del ya fallecido narrador y editor Imeldo Álvarez, yo preparaba una selección con los cuentos aparicianos que se publicaría en 1981 por la lamentablemente desaparecida Colección Ocuje de la Editorial Letras Cubanas, en cuyo título (Oficios de pecar y otras narraciones) rendí homenaje al más publicado relato del asimismo recordado historiador de Hombradía de Antonio Maceo

Raquel, con su menos deliciosa sonrisa, me contó aquella anécdota ya clásica para quienes escribimos para/por los niños. Y yo, que nunca la olvidé, la conté en innumerables ocasiones a lo largo de la isla, cada vez que fungí como jurado en concursos y talleres literarios (y tantas veces, lo confieso ahora, juraba no hacerlo más…, si bien, al final, siempre cedía a la tentación de descubrir nuevos talentos y, claro, recordar, ante algún mediocre principiante setentón y sus terribles textos, que no se deben «excribir» ciertas cosas, so pena de devenir «excretor»). 

Bueno, la cosa es que estando en Checoslovaquia de Consejero Comercial Aparicio con Raquel y su entonces pequeña hija Leticia (fíjense que no escribo Leticita, ¿eh?), llegó a visitarlos Onelio, de paso entonces por la tierra de Jan Neruda. Al parecer, interesado porque se fuera a dormir la nena para poder hablar “cosas de personas mayores” con sus grandes amigos, «El Cuentero» le pregunta: «Leticita, ¿quieres que te cuente un cuentecito de animalitos?» Y va y se lo suelta…



Al final, imagínense qué le respondió la linda niña. Sus palabras serían tan tajantes, como este brevísimo ejemplo de cómo no debe ser esta literatura:

-Tío, ¿tú crees que yo soy comemierdita?



Con el narrador cubano Manuel Pereira en 1978
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 En un Sábado del Libro (1977), 
Onelio con Dora Alonso y Ernesto García Alzola
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Waldo González López. Poeta, ensayista, critico teatral y literario, periodista cultural. Publica en varias páginas: Sobre teatro, en teatroenmiami.com, Sobre literatura, en Palabra Abierta y sobre temas culturales, en FotArTeatro, que lleva con la destacada fotógrafa puertorriqueña Zoraida V. Fonseca y, en el blog Gaspar, El Lugareño.  

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