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Wednesday, February 27, 2013

Las mujeres tienen el derecho de ser putas (2 y final) (por Félix Luis Viera)


Decía que trabajar como putas es un derecho que tienen las mujeres que no puedan ganarse la vida de otra forma en medio de una sociedad injusta, inicua, como diría Carlos Marx; y esas otras que lo son por vocación y por derecho propio puesto que los hombres, condenados por orden de la Naturaleza a ser los subalternos del Sexo, se entregan a ellas, les pagan. Antes de seguir, déjenme hacerles llegar una aclaración que me hiciera saber en su momento el maestro Robertón Pérez: “Recuerda, hijo, no lo olvides nunca, que las putas peores son las que se casan por dinero; las cuales, sin embargo, no son enjuiciadas”. Dicho lo cual argumento eso de que los hombres son, elegidos por la Naturaleza, como los subalternos del Sexo: se calcula que en las más pobladas zonas metropolitanas del mundo todo, alcanzan los dedos de una mano para contar los bayúes de hombres para mujeres; bayúes que, por cierto, son tan pocos debido a que, por cuatro que se inauguran, cuatro quiebran. Es mi deber agregar que, según las estadísticas, las mujeres que acuden a estos prostíbulos, por lo general, son ancianas o mayores de 50 años que, de pronto, se han dado cuenta de la mojigatería en que vivieron e ipso facto se lanzan a hacer, o mejor dicho, a que le hagan el sexo de manera digamos profesional, algo que nunca conocieron en sus mustias camas de esposas (de lo cual, claro, casi nunca ellas han tenido la culpa).

Volviendo al caso de la prostitución, fíjense que en varios países de Europa la putería es algo que se reconoce como una labor cualquiera, como podría ser el trabajo de costurera, conductora de tranvías o senadora de la república. Allá las sexoservidoras pagan sus impuestos, tienen sindicatos (rara vez algún chulo), atención médica y suelen exigir sus demandas laborales. Lo cual demuestra, de nuevo, que hay demanda: infinidad de hombres serían nada sin las putas.

Pero bueno, un detalle que no debe escapársenos, es que no basta con necesitar o querer ser puta: algo de hermosura, de plante, debe tener la mujer-objeto. Desgraciadamente, cuando una mujer no está más o menos “buena”, como se dice vulgarmente, sería excepcional que fuera aceptada como puta por la comunidad de varones consumidores. Es decir, en los casos de mujeres pobres que únicamente podrían sobrevivir metiéndose a putas, pero que no cuentan con los requisitos físicos, pues tenemos que el mal social y la Naturaleza han coincidido para dejarlas sin salida.

Todo lo dicho anteriormente creo que forma parte de las tantas tragedias humanas a las que pasamos por alto, inmersos en esas abstracciones de escribir poemas, novelas y esas cosas. Quizás los gobiernos de estos países plataneros y aun de otros poderosos que mantienen la misma doctrina, más que dedicarse a perseguir a las pobres sexoservidoras, deberían poner su atención en destinar un subsidio para las mujeres en estado de pobreza y de suma pobreza, y a quienes la Naturaleza no les dio ni siquiera los mínimos atributos para salvarse por medio de la putería. Un subsidio. Sería lo más justo.

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Félix Luis Viera (Santa Clara, Cuba, 1945). Poeta, cuentista y novelista. Ha publicado los poemarios: Una melodía sin ton ni son bajo la lluvia (Premio David de Poesía de la Uneac*, 1976, Ediciones Unión, Cuba), Prefiero los que cantan (1988, Ediciones Unión, Cuba), Cada día muero 24 horas (1990, Editorial Letras Cubanas), Y me han dolido los cuchillos (1991, Editorial Capiro, Cuba), Poemas de amor y de olvido (1994, Editorial Capiro, Cuba) y La patria es una naranja (Ediciones Iduna, Miami, EE UU, 2010, Ediciones Il Flogio, Italia, 2011); los libros de cuento: Las llamas en el cielo (1983, Ediciones Unión, Cuba), En el nombre del hijo (Premio de la Crítica 1983. Editorial Letras Cubanas. Reedición 1986) y Precio del amor (1990, Editorial Letras Cubanas); las novelas Con tu vestido blanco (Premio Nacional de Novela de la UNEAC 1987 y Premio de la Crítica 1988. Ediciones Unión, Cuba), Serás comunista, pero te quiero (1995, Ediciones Unión, Cuba), Un ciervo herido (Editorial Plaza Mayor, Puerto Rico, 2002, Editorial L´ Ancora del Mediterraneo, Italia, 2005), la noveleta Inglaterra Hernández (Ediciones Universidad Veracruzana, 1997. Reediciones 2003 y 2005) y El corazón del Rey (2010, Editorial Lagares, México). Su libro de cuentos Las llamas en el cielo es considerado un clásico de la literatura de su país. Sus creaciones han sido traducidas a diversos idiomas y forman parte de antologías publicadas en Cuba y en el extranjero. En su país natal recibió varias distinciones por su labor en favor de la cultura. Fue director de la revista Signos, de proyección internacional y dedicada a las tradiciones de la cultura. En México, donde reside desde 1995, ha colaborado en distintos periódicos con artículos de crítica literaria, de contenido cultural en general y de opinión social y política. Asimismo, ha impartido talleres literarios y conferencias, y se ha desempeñado como asesor de variadas publicaciones.

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