Friday, September 14, 2012

(desde el estudio de Viera) El odio a los gringos

por Félix Luis Viera

En la mañana del 11 de septiembre de 2001 llamé por teléfono a una señora conocida, aquí, en la ciudad de México, según habíamos acordado, para que me confirmara una gestión que estaba haciendo a mi favor. En cuanto la saludé me hizo saber su alegría: dos aviones comerciales de gran envergadura se habían estrellado contra las Torres Gemelas, en Nueva York. Yo no había estado al tanto de las noticias esa mañana, me había pasado buena parte de las primeras horas de la madrugada en vela; estaba agobiado por motivos personales. Ella me explicó levemente: las torres habían caído por el impacto de los aviones y había no pocas víctimas, según las informaciones preliminares.

Si la había llamado esa mañana, aun sintiéndome mal, fue porque la gestión que ella estaba haciendo a mi favor resultaba para mí decisiva.

Unos minutos después conecté el televisor y supe de la gran tragedia que hoy, 11 años después, recordamos.
En la medida en que las noticias iban detallando la masacre, me preguntaba si la señora en cuestión, ya con más datos, estaría aún eufórica porque los gringos habían sido atacados, de modo que habían muerto aproximadamente tres mil inocentes, por sorpresa y con alevosía.

La señora militaba en la Izquierda mexicana. Debo decir que en la Izquierda irracional, si bien intelectual. Este segmento de la Izquierda de mente crapulosa, es capaz, como hemos visto, de tener estos sentires para con los estadounidenses; aunque debo decir que si es cierto que después me he encontrado en esta ciudad a no pocas personas parecidas a aquella, ninguna tan biliosa.

Creo que el rencor letal de esa Izquierda que se caracteriza sobre todo por la confrontación con los gringos, los yanquis, el “imperialismo”, tiene su origen, está bien, en razones ideológicas y políticas. Pero, después de auscultar todo lo que me ha sido posible el panorama, hay en el fondo, también, una buena dosis de complejo de inferioridad.

Antes y después yo me he encontrado en esta ciudad a no pocas personas que odian a los gringos, pero nunca, claro, a una tan biliosa como aquella señora; aunque algunas sí, muy cerca de ese rango. Odian aún a los yanquis por causas ancestrales que no creo necesario explicar, y por razones más recientes, como pueden ser la sujeción que mostraron los mandatarios mexicanos a los diferentes gobiernos estadounidenses durante todo el siglo pasado.

He visto aquí, por ejemplo, cómo queman una bandera de la Unión Americana durante un acto de protesta por la construcción de un aeropuerto, en México y planeada por el gobierno de México. Es exacto que todos los septiembres, durante la celebración del Grito de Independencia, cuando venden banderas nacionales que los ciudadanos portan en automóviles, oficinas, casas, etcétera, en algunas de estas enseñas esté inscrito: “Viva México, cabrones”. Los cabrones son los gringos, que en verdad tanta política de rapiña y tanto mal de conjunto le hicieron a esta nación. Pero son los gringos de ayer, de hace siglos, y también los de hace menos tiempo, pero hace tiempo. No olvidar puede ser recomendable, convivir con el odio, y alimentarlo, no.

El odio entre pueblos o hacia un pueblo, cuando no tiene su origen en fanatismos religiosos, casi siempre es causado por la envidia, o por ese complejo de inferioridad que la propulsa.

El nacionalismo exacerbado, el patrioterismo, quizá sea uno de los puntos flacos de buena parte de la sociedad mexicana. Nada descubro al afirmar que el nacionalismo, llevado a extremos, incide negativamente aun en la economía de un país; eso ocurre en México, por ejemplo, con la idea de algunos políticos de no permitir la inversión privada en la explotación petrolera. “El petróleo es de los mexicanos”, dicen. Mientras, la corrupción, la ineficacia y los malos manejos en general continúan en Pemex (Petróleos Mexicanos).

“Tan lejos de Dios y tan cerca de EEUU”, dijo en _________ __________. Con este lamento vivimos desde hace_____. Es más fácil echarle la culpa a la cercanía con Estados Unidos de las tantas calamidades ancilares y las que aún sobreviven. Y olvidarnos de la corrupción, la desidia, la apatía en muchos casos en lo individual y también en lo colectivo. Y no pasarle la cuenta de la deshonestidad ambiente al Partido Revolucionario Institucional (PRI), que durante 71 años y hasta el 2000, estableciera las bases y las cúpulas para una sociedad putrefacta de arriba abajo; el PRI es responsable aun de la inmoralidad que se advierte en tantas, muchas personas; es el causante del deterioro a fuego lento de la moral individual. “El PRI roba, pero deja robar”, sentencian por aquí y por allá unos y otros ciudadanos, lo que demuestra un intercambio mutual de impudor.

Apartándonos de condicionamientos históricos y otras causas más bien fortuitas, ya sabemos que Estados Unidos supera a México de manera exponencial en todos los órdenes, social, económico, político, legal, etc.. Muchos “intelectuales” o personas intelectualizadas, con ligereza tanta, atribuyen al atraso en varios órdenes de este país a cuestiones de etnias, a inferioridad innata. Lo real es que los adjetivos negativos que se les endilgan a los mexicanos —holgazanería, doblez, impuntualidad, la falta de ese sentido del Otro, de la existencia del otro, de que el Otro existe, ánimo de traición, desconfianza mutua, entre otros—, aparte de razones que pueden perderse en los orígenes, tienen su alimento principal, como decía antes, en la política que llevó a cabo el PRI durante su dictadura partidaria. Más de cuatro generaciones se nutrieron del engaño, el arribismo, el ventajismo, del “no pasa nada”, del “todo se arregla”, del irrespeto a las leyes, del golpe bajo para escalar. Y esto hoy forma parte en muchos casos de la moral individual.

No puedo dar fe de lo que ocurre en otros estados, pero sí asegurar que en la Zona Metropolitana —conformada por __________—las incorrecciones relacionadas en las líneas anteriores son el pan de cada día. Más un sentido olímpico de la arbitrariedad y de la falta de palabra, y gran abundancia en cuanto al incumplimiento de la palabra empeñada.

Veamos que el racismo es otro de los males que, aunque no está en la letra de la Constitución, es tan palpable como las alcantarillas habitadas por los pobres. Las personas blancas tienen, estas sí de nacimiento, una ventaja de arrancada que muy rara vez podría alcanzar un “moreno”, una “morena”, un “indio”, “india”. “El que nace blanco y con ojos claros, salva a la familia”, reza en un triste refrán. Veamos si no: se podrían contar desde lejos los policías y las policías blancas; y los médicos “morenos” en los hospitales privados; y las “morenas” ejecutivas; y las “morenas” y “morenos” en la clase alta; y las blancas y blancos en la Seguridad Privada, por ejemplo. Y las morenas chaparritas” y “morenos chaparritos” en algún cargo ejecutivo. Nadie tiene que decirme que esto tiene su explicación por los ancestros, por el desarrollo social lógico, por la ascendencia de los padres fundadores. Solo sé que existe y nadie lo dice en público o lo escribe para el público, creo que porque no es “políticamente correcto”. ¿O tendría razón aquel novelista —mexicano, blanco—que me replicó?: “Escucha, nada más ocurre que las blancas y los blancos son más hermosos, así de sencillo”.

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Félix Luis Viera (Santa Clara, Cuba, 1945). Poeta, cuentista y novelista. Ha publicado los poemarios: Una melodía sin ton ni son bajo la lluvia (Premio David de Poesía de la Uneac*, 1976, Ediciones Unión, Cuba), Prefiero los que cantan (1988, Ediciones Unión, Cuba), Cada día muero 24 horas (1990, Editorial Letras Cubanas), Y me han dolido los cuchillos (1991, Editorial Capiro, Cuba), Poemas de amor y de olvido (1994, Editorial Capiro, Cuba) y La patria es una naranja (Ediciones Iduna, Miami, EE UU, 2010, Ediciones Il Flogio, Italia, 2011); los libros de cuento: Las llamas en el cielo (1983, Ediciones Unión, Cuba), En el nombre del hijo (Premio de la Crítica 1983. Editorial Letras Cubanas. Reedición 1986) y Precio del amor (1990, Editorial Letras Cubanas); las novelas Con tu vestido blanco (Premio Nacional de Novela de la UNEAC 1987 y Premio de la Crítica 1988. Ediciones Unión, Cuba), Serás comunista, pero te quiero (1995, Ediciones Unión, Cuba), Un ciervo herido (Editorial Plaza Mayor, Puerto Rico, 2002, Editorial L´ Ancora del Mediterraneo, Italia, 2005), la noveleta Inglaterra Hernández (Ediciones Universidad Veracruzana, 1997. Reediciones 2003 y 2005) y El corazón del Rey (2010, Editorial Lagares, México). Su libro de cuentos Las llamas en el cielo es considerado un clásico de la literatura de su país. Sus creaciones han sido traducidas a diversos idiomas y forman parte de antologías publicadas en Cuba y en el extranjero. En su país natal recibió varias distinciones por su labor en favor de la cultura. Fue director de la revista Signos, de proyección internacional y dedicada a las tradiciones de la cultura. En México, donde reside desde 1995, ha colaborado en distintos periódicos con artículos de crítica literaria, de contenido cultural en general y de opinión social y política. Asimismo, ha impartido talleres literarios y conferencias, y se ha desempeñado como asesor de variadas publicaciones.

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