Tuesday, May 1, 2012

(desde el estudio de Viera) Intolerancia (2, final)


Intolerancia (2, final)


por Félix Luis Viera


Me escribe la socióloga Gaby en su réplica —ya por mí comentada en estas mismas páginas—a mi texto Luminarias que ella “aprende” de “todo lo que ve”, aun de las telenovelas mexicanas. No deja de tener razón. Solo que viviendo aquí, en México, no creo necesario ver telenovelas para constatar la desidia, la holgazanería, la falta de sentido en cuanto al Otro, la impuntualidad, la ineptitud, la arbitrariedad, el ánimo de traición, la mentira como sustento alimentario casi, la torpeza, la ingratitud, etcétera. Y tómese en cuenta que, contradictoriamente, esas telenovelas donde los rubios representan a los personajes importantes —porque rubios y blancos son en la llamada vida real— y las morenas a las criadas y otras personas venidas a menos —porque morenas y morenos son mayoritariamente los venidos a menos en la vida real—no reflejan, las telenovelas digo, todos los lamentables rasgos característicos antes señalados. De manera que mejor “aprendo” metabolizando el entorno y escuchando a los buenos amigos y buenos conocidos que por acá tengo.

Ya sabemos hace tiempo que, en buena medida, son los medios de comunicación los que “cultivan” el gusto de la población; sin embargo, ese cultivo no tendría destino si las personas no fuesen ignorantes. Por eso las grandes corporaciones cosechadoras de la pendejez humana, en coordinación en muchos casos con los gobiernos, no se ocupan del desarrollo educacional y cultural de determinados segmentos de la población; si así fuera, a ellos se les acabarían los millones que reciben gracias al oscurantismo reinante. Da pena ver cómo cada día, por ejemplo, la cadena Televisa sube la parada en cuanto a la oferta de telenovelas y otros espacios televisivos abominables.

Súmese que editoriales prestigiosas se han vendido a la pacatería, el comercio —que ya vienen siendo lo mismo—, al ánimo de consumo condicionado por los poderosos, quienes, sin embargo, van a las óperas, exposiciones de artes plásticas, conciertos de música sinfónica, etcétera.

Claro, la solución no estaría en que todo el mundo consumiera las mismas artes, las denominadas bellas artes y sus conexos. La solución sería que las llamadas masas no se alimentaran del bagazo con que hoy las inundan los fabricantes de ignorantes vitalicios. Aquí en esta ciudad he visto, por ejemplo, a una fanática de una telenovela ejemplarmente deplorable, Abismo de pasión, burlarse de un hombre que cría canarios. Y es que las telenovelas, sobre todo, carecen de ternura, si no consideramos como ternura el melodrama vacuo. En mi humilde opinión, aquel criador de canarios dejará sedimentos que realcen al género humano; la fanática de Abismo de pasión, no.

Otro de los males que aqueja a esta sociedad es el patrioterismo, el cual lleva a muchos de sus ciudadanos a enarbolar lemas como “Como México no hay dos” o “Soy orgullosamente mexicano”. Ya lo escribí y lo dije en otro sitio y en otra tertulia: ¿habrá dos naciones, dos civilizaciones iguales?, ¿por qué insistir en que se es orgullosamente mexicano o polaco o abisinio? ¿Qué complejo subyace en esos dos lemas? Yo lo veo claro: quienes han manipulado las estufas y las almas de los mexicanos en etapas anteriores —sobre todo el PRI (Partido Revolucionario Institucional)– le han hecho creer a buena parte de la población que ella es el paradigma mundial, para así poder esquilmarla de manera más efectiva. Naturalmente, si no existiera la ignorancia antes aludida, no se hubiese creado esta situación.

Será por lo anterior que la profesora Gaby, en el mensaje de réplica referido, y antes, por otras vías, me ha expresado que le ha llamado la atención mi “falta de inserción en esta sociedad”. Lo que ella ha querido decir con esta frase, me ha aclarado al fin, es que no asumo la terminología, los giros, la pronunciación, el acento de la ciudad donde hoy habito. Ahora le contesto de manera un poco más explícita —espero que ella lea este texto—: jamás voy a decir “güey”, “checar”, “obviamente”, “¡a poco!”, “¿a poco?”, “aventar”, “no manches”, “voltear”, “al ratito”, “¿sabes qué?”, “tantito”, “padrísimo”, “güero”, “garash”, “baiii”, “recámara”, “órale”, etcétera; ni voy a pronunciar las consonantes intermedias ni las finales ni mucho menos las equis finales de las palabras, porque... Porque soy de otra tierra, solo por eso, doctora Gaby, o Gabriela, que es como debe decirse.

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