Tuesday, March 6, 2012

Desde el estudio de Viera

“¡El que no salte es yanqui!”


por Félix Luis Viera


Seguramente los cubanos de la contemporaneidad recuerden este emplazamiento que lanzó, hace ya unos años, quien fuera, primero, Primer Secretario de la Unión de los jóvenes Comunistas de Cuba y luego Ministro de Relaciones Exteriores, Roberto Robaina. Recuerden, recuerden que se encontraban en una Tribuna Revolucionaria un buen piquete de jefes comunistas, entre ellos Fidel Castro quien, al convite de Robaina, también saltó —todo lo posible—para que no lo fueran a tildar de “yanqui”. Bueno, el compañero Fidel no lució bien en estos saltos, más bien se vio, como dicen en el argot boxístico, “lento pa´ su peso”. Aseguran fuentes allegadas que a partir de esa noche —era de noche—, Castro comenzó a desconfiar de Robaina: ¿acaso el joven revolucionario no había lanzado el requerimiento para que el Comandante, alguna vez en su vida, al fin, trastabillara en público?

El lector no avisado sobre la actualidad cubana del último medio siglo, no tiene por qué saber sobre los florilegios de aquel joven Ministro de Exteriores. Era Roberto Robaina entonces jefe de la Unión de Jóvenes Comunistas de Cuba, un muchacho dinámico que gustaba de andar en bicicleta por las calles de La Habana, para dar el ejemplo de austeridad; había inventado eslóganes rejuvenecedores para la agotada publicidad castrista; usaba pulóveres (playeras) negros –que, por cierto, se pusieron de moda entre los mancebos revolucionarios de su generación—; abogaba por la humildad, la sencillez, la igualdad; y en fin, era el prototipo de un revolucionario que revoluciona a la revolución. Así fue creciendo hasta que llegó a Ministro y a la par a los más altos cargos políticos de la Cuba castrista.

Sin embargo, ya desde aquella noche en que invitó a saltar a sus compañeros allí en la tribuna para así dar fe de que no eran “yanquis” (ya sé lo que está pensando el lector no avisado: coño, chingao, diantres, joder, híjole, arrecho, cuántos ridículos hacen los comunistas), mi amigo psiquiatra Luis Manuel Conde Ferreiro le vio la veta. Estábamos mi amigo psiquiatra y yo en mi casa precisamente viendo el asunto “del que no salte es yanqui” por televisión. Dijo Conde Ferreiro —solo para mí y a hurtadillas, como era de rigor, aunque no hubiese nadie más en la casa—: “Su rostro, bien lo sé, es de un hombre comilón, y las personas comilonas pierden la fe con relativa frecuencia; las personas comilonas, asimismo, padecen de un entusiasmo exacerbado”.

En su época de jefe de la Juventud, decía yo, creó Roberto Robaina varios eslóganes muy combativos y que optaban por el proselitismo revolucionario. Uno de ellos, “Súmate”, que acostumbraba llevar inscrito en una cita que adornaba su frente. En el año 1989 lanzó una consigna que tuvo mucho eco entre las personas más pasionales de la Patria: “31 y pa´lante”; con esto, informo a las personas menos enteradas de nuestro proceso revolucionario, Roberto Robaina convocaba a seguir la lucha socialista a pocos meses del 31 aniversario de la revolución.

Otra de las convocatorias de Robertico, como solían llamarlo, en sus tiempos de líder de la Unión de Jóvenes Comunistas fue “Sígueme”. No lo seguimos, para nuestro infortunio. Si lo hubiésemos hecho, hoy tendríamos en La Habana dos paladares y venderíamos pinturas de nuestra autoría a precios respetables; a precios respetables no por nuestra facundia artística, sino porque a las personas que han sido políticamente famosas se les suele pagar bien las obras de arte por ellas concebidas.

Informo al lector no avisado lo que es un paladar. Esta definición tiene su origen en una telenovela brasileña que se presentó en Cuba hace unos 25 años. La señora brasileña protagonista de la novela logra salir de su pobreza relativa cuando se le ocurre crear una cadena de restaurantes, muy asequibles económicamente, a la que llamó Paladar. Agrego al lector no avisado que los cubanos —y sobre todo las cubanas— son fieros consumidores de telenovelas (aunque el gobierno solo les ponga una diaria por la televisión, toda estatal), lo cual, claro, se debe al gran nivel cultural que ha alcanzado la población gracias a la revolución socialista. 

Mi amigo psiquiatra Conde Ferreiro, tal vez por comprobar su vaticinio, se convirtió en un persecutor digamos que implacable de Roberto Robaina. Así, el psiquiatra amigo, que hoy se halla exilado en República Dominicana, de donde me ha escrito, me comunica que el exjefe de la Unión de Jóvenes Comunista de Cuba y ex Secretario de Exteriores, cuando, ya defenestrado, e instalado su primer paladar, fue expulsado de este al poco tiempo por su propia familia. Resultó que Roberto Robaina comía caballalmente y esto, según sus familiares, copropietarios del restaurante, daba pérdidas. De modo que acordaron nombrarlo gerente, pero de lejos; cargo que ocupa asimismo en el segundo paladar familiar. 

En sus cartas electrónicas más recientes, mi amigo Luis Manuel Conde Ferreiro enfatiza sin descanso en otras de sus sentencias clínicas que yo hasta hace algún tiempo desconocía, puesto que ya me había ido de Cuba: no puede ser buen pintor, un buen artista quien coma tanto.

Y me hace una confesión el psiquiatra amigo. Resulta que un día antes de irse de Cuba, él, Conde Ferreiro, visitó el paladar Número Uno de Roberto Robaina, a quien alabó suficientemente, como pintor, con los que allí trabajan. De modo que no le resultó extraño a uno de los empleados que el psiquiatra le dejase un sobre cerrado para el exministro, mientras le pedía que por favor se lo hiciera llegar personalmente. No hay problema, hoy mismo le llega. Respondió el empleado mientras el psiquiatra le entregaba una propina inusitada.

Me escribe Conde Ferreiro que el sobre contenía una sola hoja, y una sola línea: “Yo sabía que tus saltos aquella noche eran fingidos, cabrón”.


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Félix Luis Viera (Santa Clara, Cuba, 1945). Poeta, cuentista y novelista. Ha publicado los poemarios: Una melodía sin ton ni son bajo la lluvia (Premio David de Poesía de la Uneac*, 1976, Ediciones Unión, Cuba), Prefiero los que cantan (1988, Ediciones Unión, Cuba), Cada día muero 24 horas (1990, Editorial Letras Cubanas), Y me han dolido los cuchillos (1991, Editorial Capiro, Cuba), Poemas de amor y de olvido (1994, Editorial Capiro, Cuba) y La patria es una naranja (Ediciones Iduna, Miami, EE UU, 2010, Ediciones Il Flogio, Italia, 2011); los libros de cuento: Las llamas en el cielo (1983, Ediciones Unión, Cuba), En el nombre del hijo (Premio de la Crítica 1983. Editorial Letras Cubanas. Reedición 1986) y Precio del amor (1990, Editorial Letras Cubanas); las novelas Con tu vestido blanco (Premio Nacional de Novela de la UNEAC 1987 y Premio de la Crítica 1988. Ediciones Unión, Cuba), Serás comunista, pero te quiero (1995, Ediciones Unión, Cuba), Un ciervo herido (Editorial Plaza Mayor, Puerto Rico, 2002, Editorial L´ Ancora del Mediterraneo, Italia, 2005), la noveleta Inglaterra Hernández (Ediciones Universidad Veracruzana, 1997. Reediciones 2003 y 2005) y El corazón del Rey (2010, Editorial Lagares, México). Su libro de cuentos Las llamas en el cielo es considerado un clásico de la literatura de su país. Sus creaciones han sido traducidas a diversos idiomas y forman parte de antologías publicadas en Cuba y en el extranjero. En su país natal recibió varias distinciones por su labor en favor de la cultura. Fue director de la revista Signos, de proyección internacional y dedicada a las tradiciones de la cultura. En México, donde reside desde 1995, ha colaborado en distintos periódicos con artículos de crítica literaria, de contenido cultural en general y de opinión social y política. Asimismo, ha impartido talleres literarios y conferencias, y se ha desempeñado como asesor de variadas publicaciones.


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Ilustración/Alen Lauzán

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