Monday, September 12, 2011

Entrevista a Mons. Pedro Meurice sobre la única restauración que ha tenido la imagen de la Virgen de la Caridad Cobre

A continuación la entrevista que concediera Mons. Pedro Meurice a Maria Caridad Lopez Campistrous, para la revista católica cubana Verdad y Esperanza (Segunda Época. Año 2, No. 2. 2010).

Agradezco la cortesia de facilitar la publicación en el blog Gaspar, El Lugareño de este importante testimonio de Mons. Meurice, donde narra en primera persona y con lujo de detalles el proceso de restauración a que fue sometida la imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre en el año 1982.

Además, la entrevista contiene en su nota introductoria, una interesante descripción de como Mons. Meurice organizó su vida a los pies de la Virgen, luego de su retiro como arzobispo titular. Mons. Meurice falleció el pasado 21 de julio de la ciudad de Miami. y fue enterrado en Santiago de Cuba, el domingo 31 de julio.

Gaspar, El Lugareño


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Restaurando la Belleza 
Conversación con Mons. Pedro Meurice Estíu,
 arzobispo emérito de Santiago de Cuba



por Maria Caridad Lopez Campistrous


Desde hace dos años, Mons. Pedro Meurice Estiú, arzobispo emérito de Santiago de Cuba, tiene su casa a unos escasos metros del Santuario y Basílica Menor de Nuestra Señora de la Caridad. A los pies de nuestra Madre, como en sus años de niño y joven seminarista, vive y sirve a todos los que hasta allí llegan en busca de un sabio consejo, una palmadita en el hombro o una ocurrente y profunda conversación. Como celoso y amoroso guardián, sube cada día hasta el Santuario, ya sea temprano en la mañana para la celebración de la eucaristía, o en las tardes de adoración eucarística, sube para ver a la Madre y dejar ante ella las súplicas de todos. Así, en una tarde de este octubre que amenazaba lluvia y justo a las tres con la puntualidad del carrillón del reloj del Santuario, iniciábamos esta conversación, que el “Padre Meurice” había accedido a tener con nosotros.

En el año 1982 la imagen de Nuestra Patrona fue sometida a un exquisito proceso de restauración, tras el cual recuperó la belleza sin igual de su rostro moreno; ese rostro amado y venerado por decenas de generaciones de cubanos, cuya belleza el tiempo y retoque tras retoque habían escondido. Mucho no se dijo entonces, ni tampoco después y este fue el pretexto para la charla cordial.

Monseñor ¿cómo surge la idea de la restauración de la imagen de la Virgen de la Caridad? ¿Qué le motivó a iniciarlo?

Por este tiempo había estado de administrador apostólico de la arquidiócesis de La Habana durante dos años el padre Santiago Fernández, párroco de Santa María del Rosario en La Habana y amigo mío, muy entendido en materia de imágenes religiosas, en la valoración de los ornamentos, imágenes y vasos sagrados, me ayudó a encontrar ciertas obras de arte religioso de mi interés.

Él estaba interesado en la imagen de la Virgen de la Caridad, a la vez, yo le había expresado mi preocupación y deseo de hacerle una restauración. Una de mis mayores preocupaciones en aquel momento era el problema de los insectos, del comején, que habían afectado la imagen en el pasado. Yo quería ver si estaba ahí o no.

Le hice un poco la historia que sabía de cuando había estado en La Habana para el Congreso Católico Nacional en el año 1959; y al salir de la parroquia de La Caridad, tropezó con un cable eléctrico que la decapitó. Allí mismo, la Hna. Nicoleta HS, la “remendó” como pudo, y así se quedó.

Me parecía que había llegado el momento de ir sobre esto con más tiempo y seriedad, y en general, hacerle una restauración a la imagen. Proceso al que nunca había sido sometida durante sus ya más de tres siglos y medio de presencia entre nosotros.

¿Quién fue el encargado para tan amorosa y delicada labor?

Entonces en La Habana había dos o tres personas, en Santiago de Cuba desgraciadamente no había en aquel momento ningún especialista, que se dedicaban a restaurar imágenes y altares. El P. Santiago escogió a Francisco Figueroa Marrero, habló con él, fijamos una fecha y determinamos venir al santuario y comenzar la tarea.

¿La restauración se realizó en secreto? ¿Cómo se realizó el proceso?

No, no fue un proceso público, ni clandestino, ni misterioso, pero tampoco se voceó… a las personas que venían de visita al santuario y preguntaban, se les decía con claridad que la imagen de la Virgen se estaba restaurando. Claro está, era algo inédito pues una restauración como esta nunca se había realizado, ni después del robo y profanación de la imagen a finales del siglo XIX, ni cuando se dio el golpe en La Habana en 1959 (que no fue un golpe sobre el rostro sino sobre la corona).

Para la restauración se bajó la imagen de la Virgen y, en su lugar, se colocó en el altar una imagen de aquí del Cobre, llamada la imagen Hermana. Permaneció allí, durante todo el mes que aproximadamente duró la restauración.

Francisco Figueroa Marrero fue asistido en todo momento y acompañado por el P. Santiago, quien llevó una bitácora de todo el proceso recogiendo paso a paso, día a día lo que se iba realizando. Todos los trabajos se realizaron allí mismo en el santuario: se bajó, se estudió la imagen y se vieron los problemas que tenía, de qué estaba hecha… A mi me estremeció mucho, Dios perdone mi irreverencia, el verla “desnuda”… la imagen es fundamentalmente una carita y las dos manos, en su mano izquierda tiene un hoyo.

Se trabajó entonces con sumo cuidado en el rostro, su pequeño rostro (cabeza) que parece estar confeccionada de una pasta de maíz, material este muy usado en aquella época en América para confeccionar imágenes (Perú, México, Ecuador…); una pasta que se vuelve tan dura como la madera o más. El tronco es de madera, los brazos llegan hasta media pierna, esa es la imagen; de ahí son seis varillas que están incrustadas al tronco y descansan en la base.

Con mucho cuidado le fueron removidas las diversas capas de pintura de un retoque sobre el otro. Luego fuera de Cuba se consiguieron las mejores pinturas para retocar el rostro y las manos, y luego el material recomendado para cubrirlas, para protegerlas.

Era necesario también arreglar el pelo; esto se le pidió a Zenón, un famoso peluquero santiaguero de entonces, quien fue el encargado de hacer, peinar y colocarle la nueva peluca.

En aquel momento, la imagen cambió sus vestiduras, dejando el uso de diversos mantos que en una y otra fotografía pasada observamos, por este vistoso y rico que luce hasta hoy…

Sí, antes de comenzar la restauración, se habían tomado las medidas para hacerle un manto nuevo. El mejor manto que tenía la imagen entonces, es el que yo llamo el manto histórico y del que se hace mención en la historia de Onofre de Fonseca, que según narra fue confeccionado en México con hilos de oro, ya estaba un poco deteriorado; este luego se envió a España con una persona especialista en restauración de tejidos para recuperar su belleza, quien descubrió las veces que anteriormente se le había cambiado el forro interior, y de ahí hizo una deducción de su antigüedad, que se estima sea de principios del siglo XVIII.

El nuevo manto se confeccionó en Madrid. Las religiosas de la congregación de las Hermanas Reparadoras de Cristo Sacerdote, congregación contemplativa fundada por Mons. José María Lahiguera, que dedican su vida de oración a rezar por los pecados de los sacerdotes, lo cosieron y bordaron. Ellas eran muy conocidas por hacer estos trabajos con hilos de oro y plata: trajes para toreros que llevan estos trabajos y trajes de reparación o confección para imágenes de vestir. El P. Pedro González Capdevila, sacerdote cubano y sanluisero que vivía en Madrid, las conocía y se puso en contacto con ellas para pedirles la realización del traje. Yo quise que las Hermanas lo firmaran, le pusieran una contraseña de que ellas lo habían hecho, pero no quisieron hacerlo.

Ya al terminar la restauración se vistió con la nueva túnica y manto, y es el que lleva hasta hoy.

En este momento se realizaron otros trabajos para su conservación: la Virgen se colocó dentro de una urna, con climatización y deshumificación que mantiene temperatura y humedad constantes para protegerla de los cambios climáticos que tanto afectan la madera y las pinturas; se le colocaron las luces adecuadas para el realce de su rostro y se instaló un dispositivo electromecánico para su rotación. José Couso fue quien realizó todos estos trabajos.

Han pasado casi veinte años, y aunque quizás ya necesita algún retoque y acomodo, sigue desde su altar del Cobre, sorprendiendo y admirando a todos sus hijos llegados desde más cerca o desde más lejos, por su belleza y dulzura. Sigue prodigando su mirada de amor, que se transforma en rayos de luz al corazón de cada cubano, que solo alcanza a balbucear quedamente ante Ella palabras de súplica y agradecimiento, de alegría y dolor…

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