Friday, April 30, 2010

historias del Camagüey profundo

Del antiguo Cheque Bar de la calle Ignacio Sánchez y otras anécdotas anexas

por Carlos A. Peón-Casas
(para el blog Gaspar, El Lugareno)


La otrora ciudad camagüeyana que hoy habitamos con un desconocimiento casi innato de su pasado, tuvo también su memoria de hechos y sucesos, que hoy parecen asuntos de olvidadas circunstancias. Al que hoy aludo, pudiera parecerles a muchos, de una trivialidad rayana en lo intrascenedente, quizá rozando las aristas de lo impublicable, dada su conección con un tema tabú, todavía hoy: el de la prostitución, esa realidad que creímos por algún tiempo desterrada de nuestras actuales circunstancias, pero que inevitablemente pasó del estado de vida más enquistado, a las coordenadas de este aquí y ahora, con otros afeites que le dan las nuevas realidades, pero inevitablemente la convierten en la misma y más antigua ocupación de siempre.

A las prostitutas que hoy aludo, poco o nada les podrá decir este artículo, han pasado ya cinco décadas de los hechos y sucesos que conformaron sus vidas (muchas ya han fallecido) y si algunas o pocas llegaron hasta aquí, tendrán tanta edad, que ya nada o casi nada recordarán de sus alegres andanzas en aquel entramado citadino del Camagüey no tan legendario, pero sí famoso por sus archi conocidos bares de postín de las calles Ignacio Sánchez, Santa Rosa, y Progreso, con sus respectivas “ocupaciones”, el nombre que por entonces se les daba a los cuartuchos de mala muerte donde aquellas émulas de Mesalina (con perdón de la matrona romana), ejercían su ancestral oficio.

Para empezar aludiré a un sitio que todavía sobrevive como antigua edificación de dos plantas, en el pedazo de cuadra que va desde Santa Rosa hasta la intersección de la línea del ferrocarril, justo donde empieza el tramo norte de la calle San Ramón, que también lleva el nombre de Enrique José Varona, noble varón y filósofo al que supongo poco le interesaría saber que su calle principiaba en aquella zona de tolerancia: aludo al conocido por entonces como el Cheque Bar ya mentado en el título.

El sitio no era muy diferente del resto que proliferaban en aquel entramado de tanto movimiento de mercaderías por vía ferrea en la ciudad de antaño, algo así como el equivalente mediterráneo de la zona del puerto habanero, tal hábilemente retratada en el documental P.M de Sabás Cabrera, aunque les llevaba ventaja en el tamaño del local y en la cantidad de “ocupaciones” que se alargaban hasta colindar con la mismísima línea ferrea.

En la planta baja se acomodaba la rústica barra donde la clientela pedía los necesarios tragos iniciáticos a base del Ron Castillo que para entonces era muy inferior al Bacardí, pero también se podían degustar otros tragos fuertes como los famosos destilados de uva, importados de la Madre Patria, de las marcas Blázquez, Domecq y Fundador; igualmente se podían saborear otros de factura nacional y precio más módico como era el caso de los “coñac” Don Diego y Tres Toneles. También corría la cerveza de factura nacional y de precio tan módico como una peseta. A las prostitutas se les invitaba a un trago antes de iniciar con ellas el trato carnal, pero aquellas sólo bebian un especie de “refresquito” que simulaba al contenido de aquél, pues en realidad recibían al final del día un porciento del monto monetario de aquellas “invitaciones”, que por supuesto eran beneficio del dueño del negocio. Anexo al improvisado bar se abría un salón de bailes, también improvisado, donde los pretendidos clientes podían bailar algunas piezas por el módico precio de diez centavos, que se le pagaban directamente a las danzantes, y que podría ser el preludio o no de un futuro trato carnal con las implicadas. El baile era animado en aquel sitio por una especie de órgano oriental de manivela, al que hacían sonar un par de fornidos hombres de piel muy negra, y algo amanerados, mostrando sus torsos descamisados y brillosos por el sudor.

El bar se hacía anunciar por un peculiar cartel que simulaba una flecha torcida, que precisamente se curvaba sobre la puerta de acceso al sitio. El hecho fue motivo para una jocosa improvisación de mi abuelo Don Nicolás, hombre de afiladas dotes humorísticas, y autor de más de una cuarteta, quien decía aludiendo al detalle del significativo anuncio del bar:

Si tu vas al Cheque Bar
Y la llevas muy derecha
Se te puede jorobar
Como le pasó a la flecha

Era costumbre muy de la época que las señoras casadas no frecuentaran aquella zona de tolerancia, a pesar de que justo al frente del mentado bar y colindante con otros sitios de igual impronta, abría sus puertas un moderno y capaz mercado de abastos. De preferencia eran los caballeros quienes se acercaban al sitio por las provisiones, o lo hacían las domésticas al servicio de muchas familias de la zona de los repartos Beneficencia y La Vigía, donde igualmente se acomodaban muchas casas de decencia probada.

En los bares proliferaba una cliéntela diversa y variopinta, pero regularmente se componía de personas con pocos haberes, muchos de ellos simples dependientes, y algún que otro trabajador por su cuenta; otras capas sociales de más ingresos, no acudían a tales lugares, sino que se dirigían a otras casas de cita ubicadas en otros sitios más centricos de la ciudad, como era el caso de Enedina, matrona muy conocida, que tenía su negocio bien servido con prostitutas más caras en la calle Pobres, o igualmente donde Paquito Prada, famoso travesti ya casi un anciano, que tenía un próspero negocio, según se me dice en la calle Medio, y que según algunos asiduos parroquianos, brindaba el servicio, con mucha más discresión, a través de un servido catálogo, donde las malas lenguas aseguran se alineaba más de una señora de buena posición social, muy bien ganada a golpes de cadera.

Las prostitutas de la zona del Cheque Bar eran conocidas popularmente como de “café con leche” por lo barato de sus servicios. Normalmente sus tarifas no pasaban de unos pocos centavos, y al final del día no sumarían más que unos míseros pesos que les serían arrebatados de inmediato por sus respectivos “chulos”. Muchas de ellas se “anunciaban” al paso desde sus pequeñas covachas, alineadas frente a la línea del tren. Una de aquellas sugerentes invitaciones me la remitió un testigo del hecho, quien al pasar un día por la zona en una motocicleta, escuchó aquello de “Ven, Pipo para que me lo hagas…con motocicleta y todo”.

El Cheque Bar sobrevivió como tal hasta el año 60, cuando las nuevas medidas revolucionarias intervinieron aquellos sitios, y re-ubicaron a sus moradoras en otras labores, incluyendo la de taxistas. El sitio se convirtió entonces en una cuartería, donde muchas de aquellas mujeres , siguieron viviendo. A algunas las conocimos luego cuando ya no eran ni la sombra de lo que acaso fueron un día, como aquella muy famosa que se hacía llamar “La Guajira”, una señora gruesa y acabada por la mala vida, que habitaba por la zona en una de aquellas pobrísimas casas de vecindad, y que en sus conversaciones aludía a su triste pasado. Hoy su recuerdo me ha acompañado al redactar estas notas alusivas a una parte de la memoria colectiva que como pueblo estamos obligados a preservar, amén de lo ríspidas y fuera de lugar que puedan parecer a algunos “puritanos” del momento, que al decir de Macaulay en su Historia de Inglatera, están más empeñados en “odiar al que golpea al oso, no porque le hace daño al animal, sino porque le da placer a los espectadores”
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Ver textos anteriores de Carlos A. Peón Casas en el blog

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