Tuesday, January 12, 2010

El viejo Parque Japonés de Camagüey.

Foto/Flickr by Orhvy
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por Carlos Peón-Casas
(para el blog Gaspar, El Lugareño)



Tendría unos nueve años cuando lo pusieron a punto, en un área por entonces alejada de la ciudad buscando la salida sudoeste, rumbo al conocido poblado de la Yaba y el marítimo enclave de Santa Cruz del Sur. Para entonces era todo un suceso, dotado de aparatos de una gama de colores brillantes y tecnología de “punta” importada desde el lejano Japón, en aquella Cuba de mediados de los setenta, y todavía bajo el “esplendor” de la era soviética. Sin dudas era todo un acontecimiento concurrir a aquel sitio a montar aquellos aparatos sofisticados en un parque jamás visto por la grey infantil de la que entonces era parte. Todo era colorido y atrayente, y por doquier abundaban los expendios de sabrosas golosinas en muy módicos precios de por entonces, donde no faltaban entre otros, los famosos “peters”, aquellas sabrosas barras de chocolate fabricada con el mejor cacao de Baracoa, hoy día sólo disponibles en moneda dura o en su equivalente de muchos pesos cubanos. En las noches, los destellos de una gigantesca “estrella mirador” giratorio desde la que se contemplaba con altura de vértigo toda la antigua ciudad y un poco más allá, era visible igualmente desde los sitios más altos del centro citadino. Todos anhelábamos poder visitar aquel territorio único, impregnado de cierta magia que sólo a los niños les es dada avizorar, y vivíamos contando las horas para que llegaran el sábado y el domingo, los días de mayor afluencia.

Tres décadas después lo que viene quedando de aquel sueño no es precisamente un buen recuerdo, creo más bien que se trata de una mala pesadilla. Visitarlo como hacíamos antaño tiene ya limitaciones muy específicas, la primera es la del transporte, pues a pesar de quedar incluído dentro de un área densamente habitada de la ciudad, llegar hasta allí es toda una odisea que ni el mismo Ulises estaría dispuesto a revivir si no dispusiera de un medio propio de locomoción. Un recorrido de unos pocos kilómetros es todo un suplicio de escalas obligatorias, donde hay que echar mano de desvencijados y siempre atestados ómnibus locales, coches de caballos o bicitaxis, estos últimos con precios de ocasión que muy pocos pueden darse el lujo de pagar. Alcanzado el sitio luego de muchas maromas, la visita se reduce al disfrute por parte de los más pequeños de casa, de unos arcaicos y bartábicos aparatos que se pueden contar con los dedos de una mano y sobran dedos…, el único remanente de aquellos primeros sofisticados artilugios, la mayoría ya desmontados y apilados por doquier como chatarra inservible, avisándonos del próximo fin de los que todavía sobreviven: el impertérrito carrousel ya sin música ni luces, los avioncitos o las “tazas” giratorias, sin dejar de mentar los “elefanticos voladores” que ya no levantan ni un palmo del suelo. La vieja “estrella” es todavía una imponente estructura que soportó en su sitio los terribles vientos del huracán Ike de triste memoria, pero corroída hasta la medula por los elementos que la azotan sin piedad, no necesita en verdad de otro vientecito moderado para caerse por su propio peso. Del antiguo y vistoso deslizador acuático, quizás la atracción más sonada del antiguo parque, sólo queda el recuerdo, lo mismo que de los “carritos locos” con sus colores sugerentes, y asediado siempre por los pequeños. Ni hablar de las antiguas áreas verdes, hoy descoloridas y marchitas, ni del viejo trencito a vapor que serpenteaba el perímetro, hoy desvencijado y achacoso en su inoperancia total, ni mucho menos mentar el pequeño parque zoológico anexo, donde no queda ni el rastro siquiera de sus antiguos moradores venidos de tierras lejanas y ya extintos para todo recuerdo. Lo demás se completa con largas colas para conseguir algunas confituras como los “paqueticos de sorbetos” tan populares entre los niños de hoy, que allí se expenden a diez veces menos su precio normal, pero que para conseguirlos hay que pugilatear muy duro con los “revendedores” que acuden en masa en busca de una ganga para seguir lucrando con la irrefrenable ansia infantil por las chucherías, que de ninguna manera muchos padres se pueden permitir a los precios del actual mercado.

La vuelta a casa es triste. El recuerdo de lo que alguna vez fue y ya nunca será nos atenaza el alma. Dada las penurias que ya nos corroen el alma nacional,la ciudad no verá otro parque igual en mucho tiempo. Los que alguna vez fuimos sus asiduos visitantes hoy sólo vivimos de la antigua nostalgia de lo que fue y ya nunca tristemente volverá a ser.

4 comments:

Anonymous said...

Muy buenos recuerdos que me trae este parque y su descripción me hacia volver a esos anos maravillosos que mucho disfrutamos.
Yo tuve la posibilidad de conocer a una pareja de Alemanes millonarios que querian hacer un parque muy sofisticado en Santa Lucia y decidieron no invertir el dinero en eso por las presiones oficiales para hacer el parque en Varadero.
Mis amigos despues de tener el proyecto listo desistieron de la idea porque ellos amaban Santa Lucia y querian hacer el parque no solo por las ganancias economicas sino por regalarla al lugar que amaban algo que lo animara. Otra buena idea de nuestros gobernantes

Mar said...

Yo, de niña,fui feliz en el Parque Japonés. Pude ir a visitarlo desde que lo abrieron, hasta bien entrados los años '80. Luego más nunca fui. Quizás fue mejor así, para no ver la destrucción paulatina de la que sufría, ni qué decir de como está ahora. Le debo una visita. Creo que cuando vaya otra vez, iré por allá.

Saludos

Janet de los Angeles said...

Que recuerdos! Esa fue la mejor de las distracciones y nuestras alegrias infantiles ahora convertida en recuerdos, eramos felices con casi nada. Gracias por evocar tan lindos recuerdos de nuestra infancia.
Un abrazo!

Fantomas said...

Estuve alli de pequeño, me recuerdo que hacia un frio tremendo . nunca habia visitado Camaguey. fue una experiencia inolvidable
fue en los 75-80 no recuerdo bien

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