Monday, November 9, 2009

Por culpa de Candela

Nota previa: Agradezco a Teresa Dovalpage que comparta en el blog Gaspar, El Lugareño, el cuento que da nombre a su libro Por Culpa de Candela, que presentará el próximo sábado, día 14 de noviembre, en Zu Galería.

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Por culpa de Candela

Un hombre en camisa de rayas y bluejeans desteñido venía hacia mí con los brazos abiertos, pisoteando las margaritas tiernas de un césped verdemar. Yo, muy vestida de blanca novia, con velo y cola y corona de azahar, corría a su encuentro. Ya íbamos a encontrarnos, ya se oía a lo lejos la música de Wagner y el coro de las ninfas cuando un violento aullido del teléfono me hizo trizas el matrimonio:

—Encontré el medio de sacar a Odalys de Cuba —la voz chillona de mi amiga Candela me acabó de despertar—. Enseguida paso por ti para que coordinemos, no te muevas de ahí. Chao.

Así empezó todo. Por culpa de Candela. Por su pecado usual de indiscreción, de entremetimiento constante en las vidas de los demás.

No se le puede hacer favores a nadie. Ya lo decía mi abuelo Gabrielito, que en paz descanse. Viene un tipo y le dice a otro: “Fulano, me contaron que Mengano está hablando mal de ti”. Y Fulano responde, sorprendidísimo: “¿Cómo es posible eso? ¡Si yo en mi vida le he hecho el más mínimo favor a Mengano!” Sí, llámenlo cinismo. A mí qué. De todas formas ya me jodieron bien jodía.

Más vale que empiece por el principio. El principio no es cuando Candela llamó, sino unos meses antes. El día en que nos llegó el mensaje súper urgente número ciento dos de Odalys, toda desconsolada. “Mis socitas del alma, a ver cuándo me sacan ustedes de Cuba, que si demoran mucho lo único que van a encontrar de mí es el esqueleto. Manda cohete, qué clase de amigas son ustedes. Se muere una de hambre en La Habana sin que le manden ni para una hamburguesa McCastro. Un día voy a amanecer con la lengua afuera. Entonces van a llorar”.

Candela se horrorizó al leer aquello.

—Ay, tenemos que ayudar a esta muchachita no sea que se suicide o haga cualquier barbaridad —me dijo.

Y yo estuve de acuerdo. Estúpida que soy.

Candela en realidad se llama Candelaria, pero el apócope del nombre la retrata de cuerpo entero. Los hombres, de cualquier edad, raza, estado civil o financiero, la vuelven loca. O, como dice mi madre puercamente, esa niña tiene una llama viva en la florimbamba. Padece de fuego uterino. Vaya, que es una loca sin atadero. Aunque de la cintura para abajo solamente. Dicho sea en honor suyo, no se enamora nunca. A los tipos los llama “servilletas”. Se usan y se tiran, dice ella, porque no sirven para nada más.

No nos parecemos en lo absoluto. Nos hicimos amigas porque somos las únicas cubanas en el programa de maestría de la universidad del estado de California. Aunque Candela nació aquí, en San Diego, parece del barrio más mugroso de Regla por lo chancletera y lo chusma que es. En fin, que se las trae.

El año pasado fuimos juntas a La Habana. Yo vine para acá en el setenta y seis, con mis padres, y no había regresado. Ellos tampoco han vuelto. Mami dice que prefiere mandarle el dinero a tía Sara, su hermana, antes que gastar en un pasaje para estar viendo miseria y jodederas. Pero yo quería tocar de nuevo el tronco de un framboyán que crecía frente a mi antigua casa y oler la tierra de San Anastasio después de un aguacero. Sentimental que soy, además de guanaja.

Le pedí a Candela que me acompañara porque me daba miedo ir sola. ¿Y si no me dejaban regresar? ¿Y si se me perdía el pasaporte? Con mi novio Scott no podía contar, porque nunca tiene un centavo. Hubiera tenido que pagarle el pasaje yo, y ni mi amor ni mi sueldo dan para tanto.

En La Habana nos encontramos a Odalys, que había sido mi vecina y mejor “amigüita”, así nos decíamos entonces, de la infancia. Después que yo me fui nos escribimos por un tiempo cartitas bobas, pero ya de adolescentes nos distanciamos y hacía un montón de años que no tenía noticias de ella. Esto no impidió que se nos pegara como una lapa, lo que le fue muy fácil porque todavía vive en el mismo edificio que tía Sara.

Candela y yo la invitamos a comer, a ir a la playa en turistaxi, a comprarse unos trapos a La Maison, una boutique habanera con precios de Manhattan... Hasta el show de Tropicana la llevamos a ver. Se nos convirtió en una sombra, aunque siempre más cerca de Candela que de mí. Dios las cría y el diablo las junta.

Por lo demás, el viaje fue un desastre. El framboyán lo habían cortado hacía diez años y no llovió ni un solo día así que de tierra mojada, ñinga. Los únicos olores de que disfrutamos fueron el humo asquerosísimo de unos ómnibus enormes que se llaman camellos, la peste a gas de la escalera del edificio, la fetidez de los inodoros tupidos y un cierto hedor a cucaracha en la cocina de tía Sara. Fatalidad.

Cuando Candela y yo regresamos a California, las tres nos mantuvimos en comunicación, por correo regular o por emilios cuando Odalys conseguía dólares para comprar tarjetas de Internet. Hace unos meses empezó con la candanga de que si ustedes me pueden por favor sacar de aquí. Que no hay comida, que no hay electricidad, que no hay agua, que hace tres días que no me lavo la tota, que ay ay ay.

Las cosas en Cuba están de madre, yo no se lo discuto a nadie. Es verdad que no hay comida, ni agua, ni luz, ni jabón ni nada. Pero los listos sobreviven. Hacen sus bisnes. Montan una paladar, que es un restaurancito clandestino dentro de la casa, arreglan uñas, o venden artesanías. Cualquier cosa. Pero Odalys, a sentarse y esperar que el dinero le cayera del cielo. Del bolsillo de alguien, quiero decir.

Nosotras no podíamos mandarle el oro y el moro. Veinte dólares un mes, treinta el otro. Goticas, vaya. Pero los mensajes seguían. Por cartas, por emilios, por cablegramas. Nada más le faltó una paloma mensajera. Y la idea de traer a Odalys se me convirtió en obsesión. Cuando iba manejando por el centro de San Diego me la imaginaba en el carro y yo de cicerone: “Mira, Odalys, un supermercado. Ahí trabaja mi novio.” En el freeway se me ocurría que si me tiraba en un Hummer al Golfo de México, a lo mejor llegaba a Cuba chapoteando. A Candela le pasaba lo mismo. Es que el bombardeo psicológico a que nos sometía la chamaca con sus mensajes era mucho con demasiado.

Traerla legalmente era imposible. Las visas sólo se dan ahora por reunificación familiar o por persecución política. Odalys no tiene siquiera un tío tercero aquí y jamás le ha tirado ni un hollejo de naranja a un retrato del barbudo. Contratar a alguien que la fuera a buscar en una balsa podría haberse considerado si estuviéramos en Miami, pero desde San Diego, ni de broma. Aquí hay gente que no sabe ni dónde queda Cuba. A mí me han preguntado si allá se habla el tagalo, como en las Filipinas. Entonces fue cuando se nos ocurrió (es decir, se le ocurrió a Candela) meter en danza a Scott.

Scott. El Escotito. Otra buena percha, por cierto, pero quién iba a imaginárselo. Con su aire jipiteco, sus bluejeans desteñidos y su carita de yo no rompo un plato. Con su gorra che guevariana y su aire de quijote urbano. Scott y yo llevábamos un año saliendo juntos. Yo esperando a que me propusiera matrimonio como Dios manda —aunque hubiese tenido que comprarme yo misma el anillo, vaya. Pero él más mudo que un bidet. Tímido que es el pobrecito, pensaba entonces. Ja.

La timidez le desapareció en cuanto olió un negocio fácil. “Oh, con gusto voy a buscar a tu amiga. Sí, me caso con ella para que le den visa. Conste que es sólo por hacerle el favor,” decía el muy zorro, guiñándome los ojos. “Pero alguien tiene que pagarme el pasaje y darme algo, una pequeña comisión, ya que voy a perder días de trabajo.”

Entre comisión y pasaje la cuenta se montó en cinco mil dólares. Y yo caí en la trampa como una ratoncita. En cuanto Odalys llegara se divorciarían, acordamos. O unos meses más tarde, para que la chiquita agarrara su green card. Fíjense si soy buena gente que hasta por su residencia americana me preocupé. Claro, también tenía mis motivos ocultos. Cuando Scott firme los papeles y vea que casarse no es nada del otro mundo, a lo mejor se anima para hacerlo de veras, me decía sonsamente.

La dificultad estaba en conseguir toda esa plata de una vez para pagarle a Scott su muy valiosa y gringa mano. Dificultad que se solucionó gracias a Philly Feline, una amigota de Candela que se gana la vida como médium de gatos. Sí, médium dije. Ella jura que se comunica telepáticamente con cualquier maullante. Cuando un ama de casa de La Jolla quiere saber algo de su minino, manda a llamar a Philly. “¿Y qué le pasa a Fluffy? ¿Por qué araña mis Manolo Blacknick y no los tenis de mi hijo? ¿Por qué se hizo caca encima de la alfombra persa? ¿Quiere a su mamá, la quiere, sí?”

Philly, que sabe de telepatía gatuna lo que yo de física nuclear, le saca lasca a todo. Hay que oírla perorar muy seria: “Señora, su gato tiene un trauma por aquella lámpara Tiffany que rompió sin querer. Usted lo regañó demasiado. Tiene que ser más comprensiva con él o lo va a desestabilizar emocionalmente.” Así va progresando. Ya compró casa en Mission Bay. Un día voy a meterme yo a domadora de chihuahuas a ver si tengo la misma suerte.

Seguro. Como que la suerte mía era verde y se la comió un chivo.

Philly tenía reservada una mesa en la Feria Psíquica que se celebra en el Old Town de San Diego. De pronto la llamaron de Nueva York para que diera una charla en un congreso de médiums de mascotas. Como la cosa era con avión y hotel pagados, cuota de comida y honorarios, arrancó para allá. Y le dijo a Candela que podía ocupar su lugar durante los tres días que duraba la Feria. Fue ahí cuando a la otra se le ocurrió la idea de participar y me llamó para decirme que “había encontrado el medio de sacar a Odalys de Cuba.”

—Vamos a recoger plata a burujones —me dijo—. En cuanto me anuncie como consultante, la hacemos.

—¿Consultante de qué, chica?

—Consultante sexual. Tú sabes que yo he tenido muchas relaciones, suficientes para darle consejos a medio mundo. La gente siempre tiene problemas en ese departamento. Puesto que es una Feria Psíquica, yo los ayudaría a resolver sus dificultades en la cama de una manera astral.

—¿Y cuándo has estudiado tú astrología o sexualidad?

—Estudiar como tal no, pero he tenido un montón de parejas. Experiencia empírica me sobra. Y la astrología me la invento por el camino.

—Estás como el tipo que se creía que porque comía huevos y tomaba leche, cagaba flan.

—Qué grosera eres. Mira, yo me anuncio y esperamos a ver por dónde salta la liebre. Pero necesito que me acompañes ese día para que cobres a los clientes y me tires un cabo si me veo en aprietos.

El primer día de feria Candela botó toda la parafernalia felina que había dejado Philly y decoró la mesa con dibujos de ying y yang, de Venus y Cupido, velas aromáticas, copias del Kamasutra y una escultura sospechosamente erecta. Detrás de la mesa había una cortina que se cerraba sobre la consultante y sus clientes (privacidad garantizada). Enfrente estaba yo, con una maquinita para cobrar en tarjetas de crédito y cien dólares en billetes sueltos. Sobre la mesa había una pancarta enorme que decía en letras escarlata:
AFRODITA DE DELFOS, CONSULTANTE ASTROSEXUAL

SÓLO CINCUENTA DÓLARES

VEINTE MINUTOS POR SESIÓN
Cualquiera creería que con esos truenos no habría zopenco que cayese. Pues no señor. Hasta cola se formó delante de la mesa. Y la gente a sacar sus MasterCards, sus Visas y sus billetes como si estuviesen en Sears en tarde de liquidaciones.

La primera clienta fue una cincuentona a la que el marido había botado para enredarse con una muchachita de diecinueve años. La pobre lloraba y moqueaba al referir la historia. Candela se las arregló para venderle unas velas rosadas “con propiedades de atracción” a diez dólares cada una. Las mismas velas que se pueden encontrar en cualquier tenderete a cincuenta centavos.

Dicen que todos los días sale un bobo a la calle. ¡Un bobo no, un carajal de comemierdas! Luego le tocó a un tipo que no podía ejecutar y poco faltó para que se sacara el aparato allí mismo y se lo enseñara a Candela, a ver si averiguaba cuál era su problema astral. En medio de aquel despelote, lo único que pensaba yo era que mejor nos hubiéramos quedado con el negocio de los gatos.

La cosa siguió hasta que cerraron la feria, a las diez y tantas de la noche. Los organizadores estaban encantados porque “hasta ahora nadie ha mantenido una mesa con público constante, como lo has hecho tú” le decían a Candela. Y ella, la más modesta: “¿de veras?” “¿Contamos contigo para la próxima? Te hacemos promoción individual y una rebaja del setenta por ciento en el precio de la mesa.” Y ella, la más modosa: “es que yo, vaya, como soy estudiante…” “¡Te damos la mesa gratis!” Y al fin la más zorruna: “bueno, si insisten...Está bien.”

Al otro día fue lo mismo. Gente y más gente. Cola y más cola. Candela amplió el negocio. Empezó a ofrecer ungüentos milagrosos, azabaches (los compró a tres por un dólar en una botánica mexicana y los revendió a quince cada uno), cadenitas de plata falsa para el tobillo y estampitas supuestamente bendecidas por el Papa. Un sacrilegio aquello. Y una desvergüenza total.

Cerramos la caja con seis mil pápiros de beneficio. Cinco mil, por supuesto, fueron al bolsillo de Scott. Candela y yo nos dividimos los otros mil. Yo guardé mis quinientos en el banco (para el día que me toque casarme de verdad, suspiré) y Candela despilfarró los suyos en una tarde en Nordstrom.

Le compramos a Scott un tuxedo de uso, aunque bastante presentable, que bien podía aguantar dos bodas sin problemas. Encontramos en TJ Maxx un vestidito blanco para Odalys. Cuando todo estuvo a punto, la llamamos por teléfono para darle la gran noticia. Lo único que no le dijimos fue que Scott era novio mío no fuera a ser que, por delicadeza, se negara a aceptar la oferta. Ella se echó a llorar de la emoción:

—Tener amigas es un lujo. Nunca voy a olvidar lo que han hecho por mí.

A Scott lo llevamos en el carro de Candela al aeropuerto de Tijuana. Debía regresar en quince días. Tendría tiempo suficiente para pedir cita con un notario y casarse, y hasta para dejar a Odalys encaminada en sus trámites de salida.

—En cuanto puedas, dame un timbrazo para quedar tranquila —le pedí al abrazarlo.

Tranquilidad viene de tranca, dicen. Tremendo trancazo el que me llevé.

Pasaron tres días, cuatro, cinco y Scott sin resollar. Haciéndome un hueco en las finanzas porque la larga distancia a Cuba sale carísima, llamé a casa de Odalys. No estaba. Insistí a la tarde siguiente. Lo mismo. Al otro día (y ya se cumplía una semana) llamé a tía Sara. Me dijo con mucho misterio que Odalys se había enredado con un extranjero y se lamentó de que una chica tan decentica hubiera terminado en jinetera. Aquello tranquilizó a Candela, pero no a mí. Al menos Scott había llegado y se había encontrado con Odalys, decía ella.

—Yo llegué a creer que el tipejo se desaparecería con los cinco mil dólares y luego ¿a quién le íbamos a reclamar? —confesó Candela.

—¡Cómo se te ocurre! —me indigné en nombre del cabrón—. Scott es honrado, bueno…

—Sí, buenísimo —se burló Candela—. Como todos los hombres. La mala fue la comadrona que no lo ahogó al nacer.

Pasó otra semana en el Orinoco —tú no sabes ni yo tampoco. A paso de tortuga llegó la santa hora de recoger a Scott. Nos zumbamos de nuevo al aeropuerto de Tijuana. Yo estaba tan nerviosa que se me torció un tobillo y me caí de culo en medio del estacionamiento.

Cuando nos encontramos, Scott me saludó con un besito friolento que me dio mala espina y subió al carro en silencio de funeraria. Yo estaba sobre ascuas.

—Viejo, acaba de contarnos cómo te fue —lo pinchó Candela mientras esperábamos turno para cruzar la frontera—. ¿Trajiste el certificado de matrimonio para empezar los trámites de la reclamación?

—Oh…yo…el problema es…—empezó a cancanear el descarado.

—¿Qué? —se escamó Candela. Yo no podía mover los labios—. ¿Ella no quiso?

—De querer, sí quería. Quería muchas cosas. Paseos a la playa de Varadero y por los cayos del norte de Cuba, ropa buena y comida… Aquí tienen una carta que les mandó.

Candela se la arrebató de la mano. Por encima del hombro de ella, empecé a leer. Scott miraba por la ventanilla, evitando mis ojos. O a lo mejor disfrutando el polvoso paisaje tijuanense, no sé.
La Habana, 9 de abril de 2007.

Queridas amigüitas:

Por favor, no se coman vivo a Escotico. No fue culpa de él, se los juro. Fui yo quien lo convencí para que me llevara una semana a Varadero y tres días a Cayo Coco y dos tardes a la piscina del Hotel Capri. ¡Lo que es la buena vida! Yo no conocía Cuba. Las tres veces que salí de La Habana fue para la escuela al campo en Pinar del Río y allí no encontré más que matas de tabaco, hierba mala y plastas de vaca a tutiplén.

Gracias a Escotico y a ustedes, queridísimas, conocí la otra cara de la isla. Comí, bebí y paseé como si fuera extranjera. La comida era de high life y los empleados tan atentos. Nadie me racionaba nada ni me preguntaba adónde iba. Bueno, una vez sí, en el hotel de Cayo Coco, pero Escotico le dijo al seguroso que él era mi marido. El imprudente se tuvo que guardar la lengua en el intestino grueso. Me sentí súper importante ahí.

Ya sé que arriesgo mi futuro, pero esos quince días que disfruté no me los arrebata nadie. Que me quiten lo bailao. Además, el gringo se enamoró de mí como un bobo. ¡Yo tengo tremenda sandunga, socias! Me prometió que iba a trabajar para sacarme y pagarles a ustedes, porque después de gastar tanto no nos quedaba para el matrimonio, que cuesta dos mil dólares ente pitos y flautas.

Él no habla bien español pero igual nos entendimos de lo mejor. Sobre todo en la cama, que es donde importa. Yo sé que va a cumplirme. Pronto vamos a estar las tres en la casa de Escotico allá en las playas de La Jolla, comiendo bistés y tomando Coca Colas con hielo.

Las quiere y las besa,

Odalys
—Ven acá, cacho de cabrón —chilló Candela—, ¿así que fuiste a Cuba a templar de gratis? ¿Y ni siquiera te casaste? ¡Suelta el dinero que te dimos!

—Cálmate, por favor —se asustó el hijoeputa—. Yo te voy a pagar en cuanto… en cuanto consiga un trabajo fijo. Tú sabes cómo está la situación.

—¡La situación, tarros! —se sulfuró Candela—. A ver, ¿por qué engañaste a la chiquita esa? ¿Cuándo coño has tenido tú una casa en La Jolla? Ya quisieras... Que yo sepa, vives en un apartamentico mierdero en Logan Heights.

—Yo no le dije que tenía casa. Debe haber sido un error lingüístico.

Error las palabras de Scott me llegaban como de lejos lingüístico. Como a través de una nube de algodón. Error lingüístico. Error.

—Mira, mejor bájate —lo cortó Candela—. ¡Bájate antes de que te dé una patada por las nalgas y caigas en San Diego sin pasar por inmigración!

Scott la obedeció con aire de perrito triste y salió caminando sin mirar para atrás. Las calles de Tijuana se lo tragaron como los agujeros negros se tragan a los cosmonautas despistados. Yo me eché a llorar a moco tendido.

—Al menos te libraste de ese zángano, chica —me consolaba Candela cuando se le bajó la furia—. Ahora, ¿no te había dicho yo que el mejor hombre merece que lo ahoguen al nacer? Hay que usarlos y tirarlos, como las servilletas sucias.

No volvimos a verle el jipiteco pelo a Scott, aunque Candela pronostica que el cerdo me llamará el día menos pensado. Odalys nos sigue mandando mensajitos de urgencia, pero ya no los leo. Cuando me llega carta de ella, la tiro a la basura sin abrirla. Si es un emilio, lo borro de inmediato. Y si un día se le ocurre mandarme una paloma mensajera, me la como en fricasé. Que se muera de hambre, por estúpida y puta.

Un hombre en camisa de rayas y bluejeans desteñido viene hacia mí con los brazos abiertos, pisoteando las margaritas tiernas de un césped verdemar. Yo, muy vestida de blanca novia, con velo y cola y corona de azahar, corro a su encuentro. Ya vamos a encontrarnos, ya se oye a lo lejos la música de Wagner y el coro de las ninfas cuando la camisa empieza a caérsele a pedazos. El pantalón se le hace trizas. Y me encuentro frente a un torso desnudo que termina en una escultura sospechosamente erecta. Me acuerdo del sultán de Las mil y una noches, transformado en piedra de la cintura para abajo. El teléfono suena, pero no pienso contestarlo.

Tomo una servilleta, me limpio la nariz con ella y la tiro al cesto de la basura.



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Teresa Dovalpage nació en La Habana y ahora vive en Taos, Nuevo México. Ha publicado las novelas Muerte de un murciano en La Habana (Anagrama, 2006; finalista del premio Herralde), A Girl like Che Guevara (Soho Press, 2004) y Posesas de La Habana (PurePlay Press, 2004), así como la colección de cuentos Por culpa de Candela (Floricanto Press, 2008). Su novela corta El difunto Fidel ganó el premio Rincón de la Victoria en Málaga en marzo del 2009 y será publicada este año en España por la editorial Renacimiento. Es también autora de las obras de teatro La hija de La Llorona (2006) y Hasta que el mortgage nos separe (2009), representadas en Chicago por Aguijón Theater. Sus artículos, reseñas y cuentos han aparecido en Rosebud, Latino Today, Afro-Hispanic Review, Baquiana, La Peregrina, Letras Femeninas, El Nuevo Herald y otras publicaciones. Tiene un doctorado en literatura latinoamericana y enseña español, inglés y escritura creativa.

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