Tuesday, May 19, 2009

Eloy

por Susana Della Latta
(Le agradezco a Susana, por comparitr este cuento
con los lectores del blog Gaspar, El Lugareño)



En el patio el viejo Eloy golpeóse hasta donde no hay oreja. Casi cuello o nuca, eso sería. Resbaló sin poder gritar, y quedó bajo los jazmines contemplando aquel andamio.

Yo era un niño. Y ha de saberse que un niño observa, luego el susto. Factual, el viejo Eloy, mi abuelo, intentaba acordar una expresión, que llamémosle: socorro.

Casa sola, todos salidos. A comprar. Domingo del calor en la cruenta villa. Pero mira la sangre del abuelo borboteándole la frente. Y el andamio aquel, de un constructo a semanas de derrumbe.

No te vas a detener. Y eso sería contar aquellas horas. Qué angustias para nonagenarias ideas deben haberlo torturado entonces. Morir así en día no pensado.

“Abuelo, anda levántate y sale del jazmín”. Pero el abuelo nada. Terquedad del dolor-cuchillo.

Serían las 11 cuando quiso llover, lugar extraño. Al viejo lo vi moverse. De modo que no es la muerte, pensó: niño que aun soy recordándole los hechos.

Después serían las 12 y hasta las 13 dieron en algún reloj. Pero Eloy sólo respiraba la colcha del jazmín. Sangre que no cesa. Y ahí entro en acción. Cojo al viejo de la manga, grito. Hombre casi-obeso, me advierte: “Déjalo, alguien llegará”.

Miro andamio. Sangre en la madera por donde baja el agua. Llovizna de lápiz sobre el patio escribe.

Instante que le sigue al infortunio. Mágica llegada, y eran tres. Acaso programaron partida de naipes y fueron descubiertos por el niño, yo. Pasarían rumbo al comité. El olor de Eloy tan familiar para el ajeno.

Andamio, jazmines teñidos de rojo -algunos-, y las palabras desaparecían. Porque esos tres, ahí, reconociendo la artimaña, limpiaron restos, agitaron pañuelos, tocando el pulso del viejo para constatar si hay vida. Y aunque no religiosos por decisión marxista, los octogenarios estos, despojaban rastros de Lucifer en el ambiente y como si el día hubiese comenzado ahora, circundaron la mesa y sentaron a Eloy en una esquina.

También diríase con certeza que se traían segundo plan para el encuentro. Barajas sin asomar de los bolsillos dieron espacio a interminables panfletos partidistas. Sabían que Eloy resucitaba con la Marsellesa. Hubo que mostrarle camino a casa sin detenimientos. Y casa era historia, en esta oportunidad. Entonces desplegaron periódicos, noticias.

Demasiados muertos por la causa. Tan luego un tropezón así –me dijo recordándome los hechos- no habría de dinamitar la paz de aquella tarde. Otros fueron cadáveres, otras sostuvieron huesos, amputaciones, despedidas. Entendí lastimaduras del hombre, en este caso, como diferentes dolencias en la historia del mundo.

Luego, parientes llegaron uno a uno. Niño que observas aún lo incomprensible del comportamiento humano.

Hubo que relatar suceso cronológicamente. Andamio, dejó evidencia. Simple era lo material para interpretación del que llegaba. Escombros, manchas rojizas en el patio, jazmines aplastados todavía por peso del cuerpo. Y sin embargo Eloy no era otro que Eloy, rescatado del barro por dos de su corriente. Yo era un niño.

Ocurrió transformación. Se recogieron los trozos sin rastros del golpe, más que por derrumbe y rajadura occipital.

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