Monday, February 16, 2009

El rapto de las principeñas (por Roberto Méndez)

por Roberto Méndez
(versión abreviada -por el autor- para el blog Gaspar, El Lugareño,
del texto incluido en su libro Leyendas y tradiciones del Camagüey, Editorial Ácana, 2003)



La historia de Puerto Príncipe aparece ligada desde sus orígenes a los piratas. No porque la villa estuviera ubicada tierra adentro, quedaba libre de tan incómodos visitantes. Todavía hay memoria de la incursión en marzo de 1668 de Henry Morgan y sus hombres, quienes tras saquear la villa, la pusieron fuego.

Once años después, en 1679, fue el filibustero francés Granmont, quien tenía su base de operaciones en el Petit Goabe, Haití, quien desembarcó por la Guanaja con unos seiscientos hombres, los que, de modo subrepticio, lograron llegar hasta las cercanías de la cabecera del territorio, a un lugar llamado La Matanza. En aquel sitio fueron descubiertos por un sacerdote, Francisco Garcerán, quien regresaba de un paseo por una hacienda vecina. Al intentar uno de los invasores detenerle, echó a correr despavorido y entró al galope en la ciudad, gritando: “Ingleses en La Matanza, que lo dice el Padre Garcerán”. Eso permitió que la mayor parte de los vecinos se pusieran a buen recaudo.

En una acto de audacia, a pesar de haber fracasado el golpe sorpresivo, entraron los invasores en la población y se establecieron, unos en la Iglesia Mayor, otros en una casa vecina. Dispusieron partidas de fusileros y lograron aprehender algunos de los vecinos que huían, incluidas catorce mujeres entre las que se encontraban la esposa del Alcalde Ordinario Don José Agüero y dos hermanas del cura de la Parroquial Mayor, Don Francisco de Guevara y Zayas.

No era mucho lo que los principeños en su huida les habían dejado, pero además, comenzaron a temer los filibusteros ser víctimas de una emboscada, sobre todo cuando descubrieron que esa población tenía mucho mayor número de habitantes de lo que habían creído. Quisieron entonces negociar su salida de allí: estaban dispuestos a entregar a los rehenes e inclusive el botín, si se podían marchar con sus armas sin ser molestados.

Mas el alcalde, tal vez confiado en la capacidad de resistencia de los hombres a su mando, o simplemente lleno de un orgullo novelesco, respondió a los invasores “que si por la presa de las catorce mujeres presumían que él, y su pueblo habían de admitir pláticas, y capitulaciones ignominiosas, vivían muy engañados, porque aunque se las llevasen todas, y la primera la suya, no cederían un punto del valor, y honrosidad de la nación española”. Desde luego, ni unos ni otros consultaron el parecer de las mujeres.

Nada caballerosos, por su parte, los franceses decidieron retirarse sin insistir y pusieron a las rehenes como escudo en la vanguardia, se internaron así en la Sierra de Cubitas para procurar regresar a la Guanaja. Los principeños por su parte, tampoco se cuidaron del peligro que corrían sus esposas, hijas y hermanas, y acometieron a los raptores en esa zona, donde en un combate sumamente violento lograron hacerles muchas bajas a los galos, pero estos, aprovechando la superioridad de su fusilería lograron llegar al embarcadero y llevarse las mujeres a bordo.

La actitud de los vecinos pasó entonces de la gallardía a la desesperación y se dedicaron a juntar el crecido botín que exigían los captores para devolver sus presas, por lo que llegaron hasta a mendigar en lugares vecinos para poder reunir la suma. Se dice que el cura Guevara tuvo que empeñar las lámparas de la parroquia para rescatar a sus dos hermanas. Más de treinta días tomaron estas gestiones, hasta que pudieron acumular una cantidad satisfactoria y entonces, se cuenta que “los Franceses pusieron en tierra a las prisioneras colmadas de obsequios, y muy agradecidas del sumo respeto con que las trataron, y levando las anclas se hicieron a la vela”.

De lo que no se habló fue de lo ocurrido en aquel barco. Las mujeres tuvieron buen cuidado en callarlo y los hombres prefirieron pensar que, aunque herejes y piratas, aquellos podían comportarse como caballeros. De todos modos, el asunto fue silenciándose poco a poco. En la nota que se escribió en el Libro de Enterramientos de la Parroquial Mayor, se habla del combate entre filibusteros y vecinos en Cubitas, y de las bajas ocurridas, mas el rapto no se nombra, era mejor no divulgar ciertos asuntos locales…

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