Friday, October 10, 2008

Seis décadas de una Compañía cubana.

Texto de Roberto Méndez Martínez (para el blog Gaspar, El Lugareño)

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Los Alonso: Alberto, Alicia y Fernando
por los años fundacionales del ballet
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Alicia Alonso en la primera ocasión que aparece en la TV cubana
junto a su ballet, en la obra Sinfonía clásica de Alberto Alonso
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El Ballet Nacional de Cuba cumple el 28 de octubre sesenta años de fundado. La compañía surgió en 1948, cuando Alicia y Fernando Alonso, quienes formaban parte de las filas del American Ballet Theatre de New York, supieron que una temporada había sido cancelada por problemas económicos y decidieron probar suerte, junto a otros bailarines de la agrupación, de diversas nacionalidades, en La Habana, en una temporada que se extendió dos meses, en el escenario del Teatro Auditórium, protagonizada por el nuevo Ballet “Alicia Alonso” con un repertorio que incluía obras tradicionales como Giselle, Coppelia y el tercer acto de La bella durmiente y contemporáneas como La siesta de un fauno y Apolo. El tercero de los Alonso, Alberto, aportó algunas creaciones coreográficas suyas como La valse, un estreno mundial basado en el poema sinfónico de Maurice Ravel.

La novel entidad logró sobrevivir y, aunque cambió su nombre pocos años después por el de Ballet de Cuba y por fin, en 1959 por el de Ballet Nacional de Cuba, han tenido una continuidad, encarnada sobre todo en la figura emblemática de Alicia Alonso, a pesar de que la agrupación estuvo disuelta desde el verano de 1956 hasta inicios de 1959, en protesta por haberle sido suprimida la subvención estatal al no aceptar el integrarse al Instituto Nacional de Cultura que dirigía el Dr. Guillermo de Zéndegui.

Sin embargo, la historia comienza mucho antes. En 1931, cuando la directiva de la Sociedad Pro Arte Musical se vio en apuros económicos tras la costosa construcción del Teatro Auditórium y decidió, para sanear sus fondos, abrir en su seno academias de ballet, música y declamación. Se contrató como primer profesor de ballet a Nicolás Yavorski, un ruso emigrado que había quedado en La Habana, sin recursos, al disolverse la compañía con que había viajado. En esa academia se formaría Alberto, Fernando y Alicia. El primero formó parte del Ballet Ruso de Montecarlo y los otros dos, a partir de 1938 de diversas compañías de Estados Unidos, hasta llegar en 1940 al American Ballet Theatre neoyorkino, donde tomaron contacto con grandes maestros como Fokin, Balanchin, Massine y Nijinska.

Hasta 1931, el ballet en Cuba era una especie de mito, algunos informados sabían de aquellas legendarias funciones que la estrella romántica Fanny Elssler había ofrecido en el Teatro Tacón, en las temporadas de 1841 y 1842; otros habían podido pagar los billetes – no demasiado económicos- para las funciones que otra mujer – mito, Anna Pavlova, ofreciera en tres giras, entre 1915 y 1919; pero esas golondrinas, sin duda hermosas, no hacían verano.

En 1949, desde las páginas del Diario de la Marina, el poeta José Lezama Lima, con su habitual lenguaje barroco e hiperbólico, reconocía esta labor fundacional:
No había entre nosotros la tradición de la danza, ni la del ritmo elemental en las ceremonias de la invocación o de lo genesíaco. Pero Alicia Alonso se adelanta en la posesión de muchas tradiciones, allí donde la danza era cultura, un ejercicio de gracia y de números para apresar la llama y el instante. (...) ¿Cómo usted, Alicia Alonso, pudo hallar esa tradición, hacernos pensar a todos en las posibilidades secretas de expresión y de forma que algún día podrán ser estilo, aclaradas por la danza y aseguradas en sus números de ejercicio?
Poco años después, en 1951, el narrador y ensayista Alejo Carpentier, quien pudo contemplar la compañía en una de sus visitas a Caracas, iba a caracterizar así a Alicia: “Esta mujer riente y sencilla en la vida cotidiana, cobra de pronto, con una total sumisión de la fisonomía a la sintaxis del gesto, con una cierta impasibilidad del rostro, que se hace perfil estatuario cuando, vuelto hacia un hombro, remata la plástica de un movimiento, un carácter de ser intangible, situado fuera de nuestro ámbito, que resulta la suprema conquista de una técnica puesta al servicio de la intuición y la inteligencia de la danza”.

Sin embargo, más en la sombra quedaba la actividad de Fernando. No es un secreto el que este no tenía dotes de gran bailarín, fue partenaire de Alicia durante unos años, pero pronto la estrella requirió a su lado de figuras más relevantes como Igor Youskevich. Por esta razón, a partir de 1950, Alonso limita su presencia escénica y se consagra a la dirección de la novel compañía y a regir la recién creada Academia de Ballet Alicia Alonso. Desde entonces comenzó algo así como una carrera sin aplausos: trazó la política de repertorio de institución, se hizo cargo de supervisar clases y ensayos, colaboró en las versiones coreográficas de los grandes clásicos: Giselle, Coppelia, La fille mal gardée y sobre todo, dejó su impronta en la formación de varias generaciones de bailarines, a él le deben muchísimo figuras tan variadas como Josefina Méndez, Mirta Pla, Aurora Bosch, Marta García, Jorge Esquivel, Ramona de Sáa. Sólo hay alguien que podría disputar a Fernando la condición de maestro fundador de la enseñanza profesional de ballet en Cuba y es su hermano Alberto, quien dirigió durante décadas la escuela de Pro Arte.

¿Existe realmente una “escuela cubana de ballet”? Algunos especialistas internacionales lo niegan, pues afirman que para ello hacen falta siglos de labor artística, otros aseguran que existe una “manera cubana de bailar” pero que es ecléctica pues toma elementos técnicos e interpretativos de las diversas escuelas. Sin embargo, ya en 1976, defendiendo la existencia de una “escuela cubana de ballet”, Fernando Alonso aseguraba que uno de sus aspectos principales era “la amplitud de criterio en cuanto a las nuevas coreografías”. Efectivamente, el ballet cubano puede reconocerse no sólo por detalles técnicos que lo diferencian de otras escuelas como la inglesa, la rusa o la danesa, ni siquiera en el temperamento que los bailarines de la Isla ponen en sus interpretaciones, sino sobre todo en el surgimiento de un repertorio propio. Si han sido esenciales para el ballet cubano las versiones hechas por Alicia Alonso de clásicos como La fille mal gardée, Coppelia, Giselle, no lo ha sido menos el surgimiento de obras originales, que han llegado a convertirse en arquetípicas como la Carmen de Alberto Alonso, Tarde en la siesta y Muñecos de Alberto Méndez o La casa de Bernarda Alba de Iván Tenorio, gracias a la feliz conjunción en ellas del lenguaje académico con la experimentación contemporánea.

Sin embargo, en la actualidad podría afirmarse que la vitalidad del ballet cubano se apoya sobre todo en la profusión de maestros y bailarines de alta calidad que propagan por el mundo su ciencia y virtuosismo. Es raro que exista un punto del universo – desde Madrid a Filipinas, desde Los Ángeles a San Petersburgo- donde no se haya aplaudido a alguna figura de la Isla o al menos haya sido contratado un profesor insular en alguna mínima academia de provincias. Se ha roto el relativo aislamiento que los intérpretes cubanos tenían en las dos primeras décadas de la Revolución respecto a los concursos internacionales, hoy pueden acceder sin dificultades a los eventos, sean en San Francisco, Tokio o Edimburgo. Muchas compañías de relieve se disputan a sus intérpretes que rápidamente han ganado las primeras planas de la crítica: desde figuras ya consagradas como Rosario Suárez, hasta Lorena Feijóo, José Manuel Carreño y Carlos Acosta.

Al margen de esto, en cuanto a la renovación de su repertorio coreográfico, la compañía no vive momentos tan brillantes como en las décadas del sesenta y el setenta del pasado siglo. Parece haberse fortalecido en ella el aspecto técnico y el interés por ampliar su repertorio con obras tradicionales, quizá porque son las que distinguen a las huestes de Alicia Alonso en sus continuas giras internacionales.

¿Hacia dónde va el Ballet Nacional de Cuba a seis décadas de fundado? No se debería olvidar la lección histórica de la escuela de Milán en el siglo pasado. En esta ciudad italiana se formaban la mejores bailarinas del mundo y tantas, que podían darse el lujo de abastecer la Opera de París, los Teatros Imperiales rusos y otros escenarios europeos en cada temporada, su virtuosismo era legendario, casi insuperable, pero llevaban consigo un repertorio banal, absurdo, indigno de sus dotes. No fue extraño pues que, a inicios del siglo XX, la escuela rusa, al mostrarse a Occidente con su estela de grandes coreógrafos desplazara a los italianos de la escena. No tenemos respuestas, como no las tenían los espectadores que aplaudían aquella ya legendaria función del 28 de octubre de 1948.

(Las fotos son del archivo personal de Roberto Méndez Martínez)

3 comments:

Anonymous said...

Será familia de Alberto Méndez, el coreógrafo, muy bueno al artículo y las fotos históricas, gracias Gaspar.
Saludos de la moronera

Joaquín Estrada-Montalván said...

Moronera, siempre muchas gracias por tus visitas y saludos. No creo que Roberto sea pariente de Alberto, pero si coincido contigo en que sus textos son excelentes

saludos

Eufrates del Valle said...

Excelente. Ya paso por aqui la Reina de la Noche? Gran sorpresa para ella!

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