Thursday, June 11, 2015

de las lecturas de tabaquería


(Cadena Ser) El tabaco fue una de las principales industrias cubanas desde el siglo XVI, como nos recuerda en el audio el intelectual Reynaldo Gonzalez, autor de una biografía íntima del puro habano que prologó Manuél Vázquez Montalbán y a su alrededor se han concentrado muchos aspectos vitales de la isla, su economía y su historia.

En 1865, Saturnino Martínez, cigarrero y poeta, tuvo la idea de publicar un periódico para los trabajadores de la industria cigarrera, en el que vieron la luz no sólo artículos políticos sino también otros sobre ciencia y literatura, además de poemas y relatos breves. La Aurora publicó trabajos de los escritores cubanos más importantes del momento, así como traducciones de autores europeos de la talla de Schiller y Chateaubriand, reseñas de libros y obras de teatro, y también denuncias contra la tiranía de los propietarios de las fábricas y los sufrimientos de los trabajadores. "¿Saben ustedes –pregunta a sus lectores en el número del 27 de junio de 1866– que en las afueras de La Zanja, según cuenta la gente, el dueño de una fábrica pone grilletes a los niños que utiliza como aprendices?" Pero como Martínez descubrió muy pronto, el analfabetismo era el obstáculo más grave para que La Aurora llegara a ser verdaderamente popular; a mediados del siglo XIX apenas el 15 por ciento de los trabajadores cubanos sabía leer. Con el fin de que todos ellos tuvieran acceso al periódico, a Martínez se le ocurrió utilizar lectores. Se eligió a uno de los trabajadores como lector oficial, pagándole los demás de su propio bolsillo. Entre los libros leídos figuraban el compendio histórico Batallas del siglo, novelas didácticas como El cocinero de su Majestad de Fernández y González, hoy completamente olvidado, y un manual de economía política .

Fue tal el éxito de aquellas lecturas públicas que al cabo de muy poco tiempo se las acusó de "subversivas". El 14 de mayo de 1866, el gobernador de Cuba publicó el siguiente edicto: 1. Se prohíbe distraer a los obreros de las fábricas de tabaco, talleres y tiendas de todas clases con la lectura de libros y periódicos, o con discusiones ajenas al trabajo que realizan. 2. La policía ejercerá vigilancia constante para asegurar el cumplimiento de este decreto, y pondrá a disposición de mi autoridad aquellos dueños de talleres, representantes o gerentes que desobedezcan esta orden de manera que puedan ser juzgados según lo requiera la gravedad del caso.

A pesar de algunas lecturas clandestinas, desaparecieron, aunque no fueron olvidadas. Resucitaron en suelo norteamericano hacia 1869, por obra y gracia de los propios trabajadores. Estados Unidos apoyó la independencia cubana de España, y Nueva York, Nueva Orleans y Key West abrieron sus puertos a miles de cubanos huidos. El resultado fue que, en pocos años, Key West pasó de pequeño pueblo pesquero a importante comunidad productora de cigarros, nueva capital de los tabacos habanos. Los trabajadores que emigraron a Estados Unidos llevaron consigo, entre otras cosas, la institución del lector: una ilustración del American Practical Magazine de 1873 muestra a uno de esos lectores, con gafas y sombrero de ala ancha, sentado con las piernas cruzadas y un libro en las manos mientras una hilera de cigarreros se dedican a enrollar puros, totalmente absortos en lo que están haciendo.

El material para aquellas lecturas, acordado de antemano por los trabajadores abarcaba desde opúsculos políticos y libros de historia a novelas y colecciones de poesía tanto modernas como clásicas. Tenían sus libros preferidos: El Conde de Montecristo, por ejemplo, llegó a ser tan popular que un grupo de obreros escribió a Dumas, poco antes de su muerte en 1870, pidiéndole que les permitiera dar el nombre de su personaje a uno de los tipos de cigarros. El novelista francés accedió. Mario Sánchez, un pintor de Key West entrevistado por un diario local en 1991, recordaba las lecturas de finales de los años veinte, en completo silencio, y sin observaciones ni preguntas hasta que terminaba la sesión. "Mi padre –recordaba Sánchez– fue lector de la fábrica de cigarros Eduardo Hidalgo Gato desde comienzos de siglo hasta los años veinte. Por las mañanas leía las noticias, que traducía de los diarios locales. Las noticias internacionales las leía directamente de los periódicos cubanos que llegaban diariamente desde La Habana. Desde mediodía hasta las tres de la tarde leía novelas. Se contaba con que interpretase los personajes imitando sus voces, como un actor".

Trabajadores que habían pasado varios años en los talleres de la fábrica eran capaces de citar de memoria largos pasajes de poesía e incluso de prosa. Sánchez recordó a una persona que recordaba en su totalidad las Meditaciones de Marco Aurelio. Disponer de alguien que les leyera, como descubrieron los cigarreros, les permitía compaginar la actividad mecánica y monótona de enrollar las aromáticas hojas de tabaco con aventuras que podían seguir, ideas que considerar, reflexiones que hacer suyas. (Leer texto completo en Cadena Ser)

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(Cuba) La lectura de tabaquería, patrimonio cultural de la nación

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