Wednesday, February 25, 2015

Hemingway celebra su cumpleaños 35 en La Habana (por Carlos A. Peón-Casas)


Foto tomada del libro Hemingway’s Boat. Paul Hendrickson. 
Vintage Books. 2013. p. 221
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Ese pudo acaso ser el titular que el Havana Post, el por entonces único diario norteamericano en La Habana, pudo publicar de un hecho, acaso fortuito en la vida del famoso escritor, o acaso no tanto, porque su presencia aquel día en la capital cubana, tenía las coordenadas precisas que lo conectaban con una de sus mayores pasiones: la pesca de la aguja, off shore, a la altura del Morro, o un poco más al este si era preciso, bordeando el mítico hondón del Gulf Stream que corre imparable hacia el este no muy lejos de la desembocadura de la bahía habanera.

Lo cierto es que aquel 21 de julio del año 1934, Hemingway celebraba aquí su onomástico, echándose al coleto, algún trago apropiado de media mañana, en un sitio bien renombrado de la entonces mítica ciudad de las columnas, y otras hierbas: los portales sombreados y convidantes del Hotel Inglaterra, antaño la archifamosa Acera del Louvre, por el café que le daba nombre.

La foto(1) que deja testimonio del hecho, y que acompaña estas notas, forma parte de la valiosa colección que se atesora en la Biblioteca Presidencial JFK en la ciudad de Boston.

Acompañado por su segunda esposa Pauline, y por un entonces inseparable Arnold Morse Samuelson(2), a quien Hemingway reconocía con los apodos del Maestro o Mice, posa para la instantánea que según se nos dice, tomó un “…desconocido fotógrafo ambulante, sin nombre para la historia…”, (que al pasar ante los “retratados”) “se detuvo y congeló el tiempo dentro de su cámara de cajón…(3)”

El Havana Post, empero, en un artículo firmado por el columnista regular de aquel diario Jack O’Brine, si apuntaba aquel mismo día en su títular: Ernest Hemingway regresa a sus cotos pesqueros de Cuba(4), y remarcaba los detalles de su llegada:
sin mucho ruido y sin anunciarse…Mr. Hemingway ha hecho su regreso a la ciudad…sólo unos pocos tuvieron noción de su presencia ayer por la mañana cuando obtuvo la autorización de entrada para su yate Pilar, en el que arribó con problemas técnicos, en la noche del Jueves(5)
El viaje, a bordo del recién adquirido yate Pilar, le tomó todo el día 19, saliendo desde Key West, para recorrer las míticas noventa millas del Estrecho de la Florida, navegando al sur, y dejándose llevar por la poderosa corriente que corre con rumbo este.

Justo al atardecer, cuando estaban a pocos millas de la ciudad, la bomba de agua que enfriaba el potente motor Chrysler del Pilar, habría colapsado, el trayecto restante, que según acota Hendrickson en el su libro ya citado “era cosa de veinte minutos terminó tomando dos horas”(6). Su descripción del incidente, que pudo no tener un final feliz dada la convulsa situación política en la Habana de entonces, no deja de ser interesante, a la par que reveladora:
Entraron a la bahía entre la vieja fortaleza del Morro y el malecón habanero. Un barco artillado, lleno de soldados en uniforme color kaki y portando carabinas, se acercaron a ellos. (Los guardias en el Morro, al ver al Pilar acercarse tan lentamente, sospecharon que pudiera tratarse de un contrabando de armas para los revolucionarios locales, intentando desembarcarlo en las penumbras de la noche.) El dueño de la embarcación les gritaba en su poco fluido español, que era un yate pesquero de los Estados Unidos con problemas en el motor. Las tropas casi estaban listas para abordarlos cuando desde una pequeña lancha, que apareció de la nada en medio de la oscuridad, se oyó una voz potente que dejó escuchar el grito de “El Hemingway”. Era Carlos Gutierrez(7) …quien salvó la situación(8).
Esa noche fue imposible cumplimentar los trámites de la aduana, a pesar de que los recién llegados, estaban dispuestos a pagar un extra de veinticinco dólares para tal fin, pero finalmente tuvieron que conformarse con pasar la noche a bordo del Pilar.

Al amanecer, y luego de cumplidas las normativas aduanales(9), Hemingway se hizo presente en su hotel de siempre: Ambos Mundos, y se instalaba en la habitación que ya reclamaba como suya en el quinto piso del ya por entonces afamado hospedaje de la calle Obispo en su tramo final, muy bien ubicado, en las cercanías de las Plaza de Armas y la de San Francisco, esta última colindante con el fondeadero de su yate Pilar.

Antes, había pasado un cable a su esposa, y junto a Carlos, como sigue contando Hedrickson, se dio a la tarea de “cazar” un mecánico que pudiera reparar la bomba de agua averiada. Los detalles de aquella faena los transcribimos desde la descripción del citado autor:
El sobrenombre del mecánico era “Cojo”(…) El le dijo a Hemingway que conocía en La Habana a unos metalúrgicos que podrían reponerle el latón en las partes interiores de la bomba sin tener que mandarla a una fábrica en los Estados Unidos, y que el se encargaría que estuviera lista para el mediodía siguiente. Cumplió con su palabra, y por si fuera poco, se negó a cobrarle(..)(10)
La mañana siguiente, ya el 21 de julio, y junto a Pauline, que desembarcara la noche anterior, y a su protegee Samuelson, Hemingway, luego de chequear el estado de las reparaciones en su yate, realizó un periplo ya habitual desde sus primeras visitas a bordo del Anita, en sus recorridos desde el puerto habanero, en las inmediaciones de la Plaza de San Francisco, hasta los alrededores del Parque Central.

Presumiblemente subieron por la mítica Obispo, liderados por un Hemingway conocedor de la zona, según lo acota Hendrickson hasta alcanzar el sombreado portal del Hotel Inglaterra donde hemos encontrado anteriormente al trío, según la ya mítica foto que sobrevive en los fondos de la Biblioteca Presidencial JFK de Boston.

El propio Hendrickson pone en boca de Hemingway aquella mañana, una frase que hoy nos sonaría casi profética: “No me importaría si no vuelvo a ver los Estados Unidos otra vez”(11)

Su joven acompañante, Arnold Samuelson, a quien Hemingway solía llamar Maestro, porque sabía tocar el violín, dejaría constancia posterior de aquel momento en un libro de memorias titulado With Hemingway:
Era una vida muy maravillosa, yo lo pensaba, cuando puedes hacer del vivir un negocio por el simple placer que vas a obtener de él, y yo la estaba pasando muy bien(12)
Luego de agotadas las bebidas, el trío recorrió el camino inverso hasta el fondeadero del Pilar, pero esta vez agilizaron el viaje tomando un taxi, y antes del mediodía estaban listos para la incursión pesquera del aquel día a lo largo de lo que es conocida como la “milla Hemingway”: un área que comprende, según la caracteriza Norberto Fuentes en el imprescindible Hemingway en Cuba, desde la salida de la boca del puerto, y hasta la altura de la desembocadura del Río Bacuranao y la playa homónima.

Justo al remontar la corriente, hubo suerte para Pauline quien según lo recuerda Hemingway en la primera entrada de la bitácora aquel verano: “se subió a bordo un pequeño marlin a cinco minutos del Morro. Pauline lo pescó en su tercer intento”(13)

Después de esa feliz faena no hubo más suerte en esa tarde de cumpleaños, y según nos sigue contando el ya referido Hendrickson:
fondearon el barco en la playa Bacuranao(…)Arnold, Ernest y Pauline subieron a una antigua torre y nadaron en las cálidas aguas, mientras Juan y Carlos cuidaban del yate. De regreso a bordo, el capitán sirvió vino de Castilla en vasos con hielo y brindó por su esposa. Juan sirvió la comida(…) El grupo cantó junto a Jimmy Durante, algo así como hot potatas, cuya interpretación les llegaba desde el fonógrafo portátil ubicado en el puente junto al timón.
De regreso al puerto, navegando hacia el oeste, volvieron a ejercer las artes de la pesca, resguardados por la sombra protectora de la cabina, y luego de dejar atrás Cojimar, arribaron al muelle sobre las seis de la tarde.

La celebración del cumpleaños terminó como Hendrickson sigue narrando en el restaurant El Pacífico, sitio ya desde entonces preferido por Papa, y en compañía de dos amigos de la pareja: los Mason (Jane y Grant). Terminada la sobremesa, los Hemingway fueron a dormir al yate, y no al hotel, acomodándose en la cabina principal.

Hemingway celebraría otros onomásticos en su larga estancia habanera. Las coordenadas celebrativas de esas otras ocasiones, retomarían muchas veces las antiguas prácticas de un paseo marítimo por Bacuranao y otras playas anexas, con chapuzón incluído y muchas y abundantes libaciones, no precisamente del Wine of Wyoming, sino de otros mostos y licores de allá y acullá, que regarían el suculento almuerzo con pescado fresco y las infaltables frutas de estación de la Finca Vigía. Aquel de 1934, empero, seguirá detentando por derecho propio, la inevitable nombradía de la primera vez.




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  1. En Hemingway’s Boat. Paul Hendrickson. Vintage Books. 2013. p. 221
  2. Arnold Samuelson según nos cuentan Paul Hendrickson y también el propio Baker, era un joven aspirante de escritor de solo 22 años, quien un buen día rasgó una foto de Hemingway de un periódico de Minneapolis y salió en autostop a la búsqueda del héroe, justo en el momento que Hemingway se hacía del Pilar. Durante nueve meses, desde finales de la primavera de 1934 y hasta el invierno de 1935, se convirtió en el vigilante nocturno del yate y por los días en improvisado marinero y acólito a los pies del maestro, de quien recibía un dólar diario como salario. En Hemingway’s Boat ibíd. p. 134
  3. Ibíd p.223
  4. Ibíd. p. 225
  5. Ibíd. p.226
  6. Ibíd.
  7. Por una época patrón del yate Pilar. “Hemingway lo había contratado para ser su compañero de pesca por el resto del verano…descrito por Hemingway en las páginas de Esquire, el año anterior, como el mejor pescador de marlins y agujas alrededor de Cuba. Ibíd. pp. 195-196
  8. Ibíd.
  9. Hendrickson en su ya citado Hemingway’s Boat narra el hecho con profusión de detalles que transcribimos para el curioso lector en su voz: “Los agentes de la cuarentena habían ido y venido. Los oficiales de inmigración, a su manera casual e insolente, habían hurgado en algunas gavetas. Con un poco más de intención habrían dado con la escopeta de repetición calibre 12, o con el fusil austriaco de caza Mannlincher Schoenauer, y con el colt Woodsman, con cañón extra largo, todos ellos con sus municiones, envueltos en sus fundas de piel de carnero escondidos bajo el colchón de las literas, saturadas con aceite Fiend, de modo que la sal no las oxidara. Cuando el médico abandonó el yate, y la bandera amarilla fue arriada, Carlos Gutiérrez, esperando en un bote en cuya proa se leía el nombre de Bumby, ataviado con traje marinero blanco y el nombre del Pilar bordado en el pecho, remó hacia el lado del yate(…)” p.221
  10. Ibíd. p. 222
  11. Ibíd. p.223
  12. Ibíd. p.227
  13. Ibíd. p. 228

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