Friday, January 16, 2015

"Una ciudad en el laberinto" ... Repensar Camagüey en su medio milenio (por Dra. María Teresa Caballero-Rivacoba)



En el 2009 la Editorial Ácana entregó a los lectores camagüeyanos y de todo el país una obra que permite adentrarlos en las especificidades que acompaña la construcción de la ciudad de Camagüey bajo el influjo de la Ilustración, perspectiva desde la cual podemos explicar el porqué de su comportamiento en relación con otras ciudades de la isla. El libro Una ciudad en el laberinto de la Ilustración, de Marcos Antonio Tamames Henderson, no solo viene a ser continuidad de sus estudios referidos a la ciudad, sino también una profunda mirada a la presencia de la Ilustración en el Camagüey de la primera mitad del siglo XIX, movimiento cultural que transcendió las fronteras europeas e inundó el pensar, el decir, el quehacer económico, social, político y la vida cultural de la humanidad.

Para mostrar los resultados de su investigación, el autor se adentra en el análisis de la ciudad como espacio de organización social diferente de lo rural, como una construcción histórico-cultural, en dos niveles estrechamente relacionadas; la primera, más general, bajo el acápite “Versatilidad frente a identidad cultural” estudia el comportamiento de los camagüeyanos en el ámbito de las ideas; mientras, la segunda, en función del arte, “Cultura y simbólica urbanas” resulta un análisis de la expresión de esas ideas a escala arquitectónica y de la ciudad, un espacio donde lo narrado atrapa al lector ávido de conocer de cuántas formas disímiles se manifestó la Ilustración en la ciudad principeña. Tamames vincula la conformación de un pensamiento ilustrado en la localidad y el diálogo de los representantes de este movimiento en el ámbito urbano y cultural.

Un primer punto de referencia con el que ha de contar el lector que desee penetrar en el texto es la potencialidad de la cultura local para recepcionar directamente desde Norteamérica, Inglaterra y Francia las ideas de modernidad en la primera mitad del siglo XIX, sin minimizar con ello ni la influencia de la capital de la isla, ni la que arriba desde una metrópoli que no formaba parte de las vanguardias de este movimiento. El segundo vendría a ser la contextualización de dichas ideas al ámbito nacional, y de forma particular a las peculiaridades de una ciudad que geográficamente mediterránea dista de ciudades marítimas como La Habana y Santiago de Cuba. Ambas aristas, interrelacionadas entre sí, permiten adentrarse en el contenido del texto en pos de comprender una dimensión sociocultural de lo urbano raramente vista en la literatura que sobre el tema se ha publicado.

En el empeño de mostrar la complejidad social del Puerto Príncipe decimonónico, desfilan en el texto las instituciones que tomaban partido tanto en el campo de las ideas como en los proyectos urbanos y culturales, con atención particular en aquellas que desempeñaban un papel significativo en la Ilustración de las ciudades cubanas y, en el caso específico de Camagüey, describe todo lo referente al traslado en 1800 de la primada Real Audiencia desde Santo Domingo, y cómo la llegada de sus funcionarios y familiares impregnó con su presencia modificaciones a la vida urbana, sus tradiciones y costumbres; al tiempo que, en lo administrativo, los barrios recibieron influencias organizativas, de límites, de control mediante el sistema legislativo, una proyección que tendía a una reducción de la autonomía que con anterioridad había disfrutado el Camagüey. Asociada a la Real Audiencia el autor significa la ubicación en Camagüey de la Escuela de Jurisprudencia, impacto unido al ascenso de nuevas generaciones a algunos cargos y puestos, acontecimientos que, sumados al Liceo Calasancio y al Colegio de Humanidades El Siglo hicieron de los años 30 en Camagüey todo un movimiento que impactó notablemente en la vida de los principeños.

Otra institución que significa el autor y que muestra la presencia de la intelectualidad camagüeyana no solo en el contexto cubano sino en el internacional es la Sociedad Patriótica como filial territorial de la Sociedad Económica de Amigos del País creada en 1813, la que promovió una educación útil, científica y formativa, capaz de insertar a la sociedad en una forma nueva de ver el mundo. Dicha filial —describe el autor— posibilitó el impulso a las historias locales como reafirmación de las raíces culturales:
La Ilustración fue, ante todo, un movimiento intelectual y, por tanto, le eran inherentes el debate, la confrontación, los análisis desde la razón para encontrar solución a problemáticas globales en términos territoriales; de ahí que se consolide en la medida en que hombres de diferentes formaciones y posturas se interrelacionan entre sí. Como trataremos de demostrar, en Puerto Príncipe, como en el resto de las ciudades cubanas, la Ilustración fue fruto de una gigantesca red de intelectuales e instituciones que, una vez activa, se ramificó desafiando todo límite espacial pero también de orden político, económico o social, porque su esencia fue, básicamente, cultural(1).
Otros factores de importancia que toman parte en el análisis de la Ilustración en el pensamiento principeño son el desarrollo del comercio, la militarización de la región, el accionar de los capitanes generales en la isla y el proceder de la Iglesia en el terruño, incidencias que son descritas con exactitud en las páginas de esta obra. Interesante resulta el quehacer de los ingenieros militares y la huella que estos dejaron en la modernización de la ciudad en la primera mitad del siglo XIX en contrapunteo con la fuerza de la Iglesia, lo conservador y tradicional del Camagüey. A modo de conclusión de la primera parte del texto Tamames plantea con certeza:
Con la Ilustración, Puerto Príncipe, tiene ante sí el reto, aunque tal vez sin conciencia plena, de incorporarse al progreso, y ello solo sería posible con el paso de un escenario auténtico a una imagen en la que cobrara lugar lo artificioso, lo engañoso, lo falaz: expresiones de un modo de ser distante de la introversión principeña. Preocupada por sí, al grado de circunscribir la familia dentro de la familia, la modernización de la ciudad, encuentra en Puerto Príncipe una resistencia natural a los elementos ficticios. Pero modernizar las ciudades desde el pensamiento ilustrado, significa hacer públicas las diferencias socioculturales subrayadas hasta entonces en lo privado y llevarlas a una escala más arquitectónica que propiamente urbana(2).
En “Cultura y simbólica urbanas” resulta prácticamente imposible abandonar la lectura, pues con un lenguaje ameno el autor describe cómo la modernización promovida por la Ilustración en los espacios urbanos genera nuevas formas y usos, entre los que señala un cambio de concepción de las plazas públicas bajo el principio de un espacio para el ocio, donde se requiere el uso de arbolado, áreas pavimentadas, farolas y un mobiliario en el que los proyectos destacan no solo los bancos, sino también las fuentes y las esculturas. En las zonas de nuevas urbanizaciones surgen avenidas y paseos rectos en contraposición a los irregulares trazados heredados en las áreas más antiguas de la ciudad. En similar sintonía aparecen inmuebles con otras funciones como teatros, escuelas, correos, hospitales y otros servicios que apuntan a una vida más en diálogo con lo público, pero previa a las descripciones de estos procesos, de ejemplificarlos mediante el uso de documentos primarios, el autor anuncia los puntos en los que debemos centrar la atención:
El alcance de la Ilustración como movimiento cultural se manifiesta, esencialmente, en el ámbito social; de ahí que su fundamento esté indisolublemente ligado a una política económica de profundos cambios sociales. La ciudad, por su parte, deviene expresión de las transformaciones que se operan en la estructura social. El desarrollo de la vida cultural durante el siglo XIX, liderado por las oligarquías urbanas provocó considerables innovaciones en la morfología y función del espacio urbano, cambios que se tradujeron en continuos enfrentamientos entre las imágenes del centro y las periferias: ante una intervención central, surgía una respuesta periférica y viceversa(3).
A partir de entonces, el lector puede conocer cómo surge en Camagüey la “Casa del Matadero”, cómo funcionan los “puntos de abastos” y las proyecciones y criterios que sobre este tema sostienen los miembros del Ayuntamiento. De modo que el lector queda sumergido en el modo de vida de los principeños de entonces, en los reglamentos que establecían, incluso en los horarios de su funcionamiento, precios de los productos y las multas designadas a los infractores. Tras la permanente y polémica dicotomía entre tradición y modernidad disfrutamos de verdaderos pasajes costumbristas sobre los cuales podríamos repensar el presente y es que Una ciudad en el laberinto no es la publicación de resultados investigativos que registran el pasado histórico sino también una incitación a comprender las bases del porqué somos de un modo y no de otro. ¿Por qué no tuvo Camagüey un edificio de mercado a la usanza de La Habana, Cienfuegos, Santiago de Cuba o Guantánamo, por ejemplo? Tamames demuestra la importancia del contexto en los procesos de transformación y asimilación de influencias foráneas como puede ser la asimilación de los lenguajes y estilos artísticos y en ese sentido precisa:
El neoclásico es el referente para producir en Camagüey un conjunto de edificios de cierta jerarquía a escala urbana; obras que, de ser posibles, serán tan originales como las generadas en otros contextos pues, además de estar determinadas por el área geográfica y las condiciones ambientales donde se generan, el hecho de tener por base el clasicismo las ubica dentro de un “estilo cultural”, cuya versatilidad les hace auténticas en cualquier espacio ¿Qué factores impidieron entonces la materialización de estos inmuebles en la ciudad de Camagüey? La propia historia de la arquitectura y el urbanismo local revelará el porqué de la defensa de una imagen tradicional(4).
La diversidad de temas urbanos tratados en el libro, desde una perspectiva sociocultural, resulta no solo rica en detalles sino también sumamente diversa. El proceso de establecimiento del alumbrado con su cuerpo de serenos y las implicaciones económicas tanto en recursos como en salario que repercuten en ello; el ferrocarril como modo de inserción de la ciudad en una red comercial marítima de larga data; la existencia de una producción literaria en paralelo con la producción francesa desde el costumbrismo; el análisis del San Juan, donde cobra connotación adicional el texto que Gaspar Betancourt Cisneros publicara en El Aguinaldo Habanero en 1837 a petición de José Antonio Saco, una interesante valoración de estas fiestas a lo largo de su decursar que debe ser leído con detenimiento para reflexionar y considerar ¿qué queda de lo inicial y qué debería conservarse de aquel San Juan? 

Una ciudad en el laberinto plantea, desde sus inicios hasta el final, la polémica entre tradición y modernidad en el Puerto Príncipe de la primera mitad del XIX, y tiene desde la ciencia la virtud de mantener esta tesis e irla demostrando con solidez, sin repeticiones, con claros argumentos hasta su conclusión. Este texto evidencia cómo hacer historia no solo desde hechos políticos y pone en manos del lector la posibilidad de convencerse de que solo desde la cultura, del conocimiento intrínseco de la obra humana tangible e intangible se genera el sentido de pertenencia, se construye la identidad: aquello que nos distingue de los otros, al tiempo que nos inserta como partes de un todo nacional y universal.

A las puertas del medio milenio de la fundación, en días en que se festeja un aniversario especial de la existencia de la Villa de Santa María del Puerto del Príncipe, donde la cultura posee el lugar protagónico porque es ella raíz y fruto de la vida cotidiana de cada principeño, veamos este libro como homenaje a los fundadores, a nuestros antepasados, a aquellos todos que desde diferentes posiciones crearon la obra que heredamos y que estamos obligados a preservar y desarrollar pues como concluye su autor: “Camagüey sigue siendo hoy, probablemente gracias a un elevado valor ontológico sostenido ante la Ilustración, un misterio en la vida de sus gentes y, sobre todo, para cuantos se aproximan a ella. Cuidemos del misterio”(5).

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• Este trabajo tiene como punto de partida la presentación del libro Una ciudad en el laberinto de la Ilustración realizada en el Museo Provincial Ignacio Agramonte y Loynaz el 3 de febrero de 2010.
  1. Marcos Tamames: Una ciudad en el laberinto de la Ilustración, Ed. Ácana, Camagüey, 2009, p. 21.
  2. Ibíd., p. 49.
  3. Ibíd., p. 52.
  4. Ibíd., p. 61.
  5. Ibíd., p. 109.

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