Wednesday, November 19, 2014

Elisa Armstrong Bengough: otra norteamericana de paso por el Camagüey de 1905 (Por Carlos A. Peón-Casas)



Los visitantes foráneos de la ciudad agramontina, que no han sido pocos: famosos unos como es el caso de Thomas Merton, orante y meditativo en las penumbras sacras de la iglesia de la Soledad, o recogido y extático en el bello patio del otrora Hotel Camagüey; otros, de menos prosapia, pero todos empero: reporteros impenitentes, viajeros consuetudinarios, admirando en la ciudad las prestancias medioevales que le hacían sin igual.

La viajera que da motivo a esta crónica: Elisa Armstrong Bengoug, estuvo de paso allá por el año 1905, y dejó para la posteridad, un reporte periodístico(1) publicado en su momento en la prensa norteamericana, y que hoy puede leerse en formato digital, acompañado de unas excelentes fotos de época. 

El párrafo de apertura de su crónica, leído hoy, a más de una centuria, nos parece delicioso, dice la cronista:
Camagüey, la ciudad más pintoresca y desconocida, entre sus hermanas cubanas, es un almacén de delicias para el visitante casual y una fuente de gozo perpetuo para el que mira detrás de la cámara, pues en Camagüey, lo siglos dieciséis y veinte se dan la mano, por entre callejas tan estrechas que los cocheros deben poseer una licencia especial para navegar entre ellas(2).

Con tal mirada, podemos entender, el asombro de la norteña ante los peculiares espacios citadinos de aquella ciudad, que recién estrenaba el nombre de Camagüey, el mismo que ya definía al de la provincia, la otrora y siempre extensa comarca, y que desde 1903, sustituía el antológico de Puerto Príncipe. 

Porque lo que sigue en sus elucubraciones sobre nuestra añosa urbe nos remite a ese inevitable accidente de nuestra mediterraneidad, que parafraseando al poeta es lo mismo que “la maldita circunstancia de la llanura por todas partes”(3)
Hasta hace muy poco, Camagüey estuvo tan aislada, y las facilidades de alojamiento para los viajeros fueron tan peculiares en su incomodidad que la mantuvieron definitivamente inexplorada. Aún hoy es desconocida para el viajero invernal promedio, aunque es fácilmente alcanzable desde la Habana o Santiago por medio del ferrocarril, que tiene sus oficinas en esas ciudades(…)(4)
Lo que sigue en su reporte nos parece, verdaderamente, el motivo primordial de aquella crónica que indefectiblemente estaba dirigida al potencial turismo norteamericano que pasaba de largo ante la belleza singular de nuestra ciudad, un inevitable gancho periodístico para que mediante el recién estrenado Cuban Railroad, poder atraer nuevos visitantes:
Un grande y confortable hotel ha sido inaugurado recientemente para los turistas, y pronto las medievales calles, resonarán con las voces de los visitantes norteamericanos, disfrutando los atractivos de una ciudad que hasta ahora sólo ha sido el privilegio de unos pocos que se han atrevido a soportar los horrores de un hotelucho cubano en busca de lo novedoso y atrayente(5).
La viajera no deja de reconocer que la ciudad acusa ya algunas influencias modernizadoras a saber luego del periodo de ocupación norteamericano: “su gran limpieza, las calles pavimentadas y la llegada del teléfono y la electricidad”(6). Pero los mayores atractivos para los potenciales turistas, los lectores norteños de sus crónicas, estarían en:
las interesantes tiendas de souvenirs del antiguo régimen español, y poder acaparar en sus cámaras las novedades de nuevas figuras, vehículos y paisajes en su periplo invernal(7).
Igualmente podrían admirar:
una pelea de gallos, o una partida de chicos jugando lo que ellos imaginan ingenuamente como beisbol, y a un grupo de lavanderas blanqueando las sábanas de la familia en el río y secándolas sobre los cercanos arbustos(8).
Pero de todas las maravillas por descubrir para el potencial turista norteño, todavía quedarían por ver las no pocas iglesias locales, las verdaderas “joyas de la corona” de una comarca donde proliferaron tantas como se pudieran imaginar en un espacio limitado de ciudad, gracias al sentido religioso y al peculio singulares de sus habitantes. 

Así las describe la cronista de un modo que por momentos, nos parece que excede los límites del hecho real para recrear a su gusto un escenario con tintes de ficción:
La historia de esta ciudad se escribe siempre a través de sus iglesias y otros edificios religiosos, y no hay otra que le lleve la delantera. La Iglesia Mayor, ha servido como fuerte, en su torre se ha desplegado una pieza de artillería, y la soldadesca ha habitado el mismo lugar donde los fieles rezan, y en sus recias puertas se aprecian las marcas de las balas(9)
 

Referente a la hermosa Iglesia de la Merced, por su parte, apunta:
Quizás más interesante aún es la Iglesia de la Merced, construida en 1748, por lo monjes de aquella orden. El altar está ricamente decorado en plata, lo que produce un magnífico efecto bajo la luz de los candelabros ubicados en la arcada. Aquí, como en otras partes las mujeres forman parte importante de la congregación, pero más allá de esos umbrales, en el monasterio colindante, no son admitidas(10)
Lo que sigue de su interesante relato, tiene que ver con la apariencia de los entornos citadinos, el colorido de las fachadas de las casas, y alguna que otra costumbre de ocasión de los principeños, y que la visitante hace constar, como evidencias de la vida de nuestra añosa comarca:
Los colores de las casas son extremadamente pintorescos; con tonos muy vivos: azul, anaranjado malva y rosado. Las casas pintadas de blanco se prohíben por ley, porque bajo el reverberante sol pudieran ocasionar daños a la visión. Las ventanas están dotadas de rejas de hierro forjado, o persianas moriscas pintadas o ya deslustradas, y las cocinas con su estufa de azulejos azules y blancos y el fuego avivado por el carbón vegetal, es algo digno de verse y recordarse(11)
Muchas de otras costumbres ancestrales, llaman la atención de la sorprendida viajera en su recorrido por la ciudad de antaño, como por ejemplo, la muy raigal costumbre del cortejo amoroso a través de las ampulosas ventanas o balcones coloniales, donde la dama requerida en amores, esperaba cada tarde noche a su pretendiente:
Camagüey hace gala de su conservadurismo; el cortejo amoroso todavía sucede con la dama en su balcón y su novio en la calle, algo que en nuestros ambientes es inimaginable ya. Quizás por ello, la escena de la plaza cuando toca la banda en las tardes establecidas, es especialmente alegre. Alrededor de la plaza circulan carruajes con damas ataviadas como para una fiesta, mientras en aquella pasean otras con sus chaperonas, y son admiradas a una distancia decorosa por grupos de jóvenes de punta en blanco(12).
Mirando las fotos de esta singular crónica-reportaje, uno se percata de la acuciosa mirada, que tiene esta especial cronista norteamericana, para descubrir esas esencias tan particulares que distinguían la vida de la ciudad de entonces, detalles que quizás pasaran desapercibidos, por su trivialidad para los que habitaban el terruño. Una de tales instantáneas corresponde a la de un infaltable vendedor callejero, con su atestada carretilla o su mula, colmada de los artículos más inimaginables. Así recrea esta escena:
El vendedor ambulante es un personaje necesario en Camagüey: un visitante bienvenido en cada puerta. El mantiene sus recorridos regulares como hombre de negocios. A veces es un vendedor de carbón, con su mercancía bien atada al lomo de su mula; otras, es un vendedor de aves y huevos; estos últimos acomodados en una gran cesta que porta en su brazo; y las primeras atadas vivas, pero indiferentes a su suerte. El vendedor de zapatos se le ve tan a menudo que tal pareciera que todos en la ciudad compraran sus calzados en las puertas de sus casas. Sus mercancías las porta en un gran marco de madera acomodados en filas. Los zapatos son de sorprendente buena apariencia, entre los que destacan las zapatillas en rojo, azul o amarillo(…) Otros llevan tiendas en miniatura a sus clientes, en pequeñas carretas, arrastradas por un robusto chivo, y donde apilan desde encajes hasta utensilios de latón, y desde percal hasta polvo facial(13).
Otros detalles, de la cotidianeidad no le quedan indiferentes como acaso los cortejos fúnebres de los más pobres, portando el humilde sarcófago en hombros de camino al camposanto, y sólo atendidos por hombres, pues las mujeres no solían sumarse a aquellos. Y la presencia de los más pequeños y más desfavorecidos: correteando mientras juegan por las polvorientas callejas: ”disfrutando una agradable inmunidad de ropajes, con el atuendo de la Naturaleza en perfecto confort y edénica inocencia”(14); gracias al tórrido ambiente que no es perturbado por vientos gélidos, porque en Camagüey, acaba acotando, pensando otra vez en sus potenciales lectores norteños, siempre es verano.



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Citas y Notas

  1. OLD CAMAGUEY. A Survival of the Centuries in Interior Cuba By Elisa Armstrong Bengough. Published in the June 1905 issue of "The Four-Track News—An Illustrated Magazine of Travel and Education," Vol VIII, No. 6, by George H. Daniels, New York (.Las fotos que se incluyen son las que ilustraron aquella crónica iniciática. La traducción de los textos citados es de mi autoría)
  2. Ibíd.
  3. Paráfrasis del famoso verso de Virgilio Piñera alusivo a nuestra ínsula: “la maldita circunstancia del agua por todas partes”
  4. Ibíd.
  5. Ibíd.
  6. Ibíd. Justo sería acotar que la llegada del teléfono a la ciudad ocurre justamente en mayo de 1905, el mismo de la visita, pero suponiendo que la tecnología fuera norteamericana “la concesión para una red de servicio público en la ciudad…se le otorga al español Lorenzo Coll Mora, vecino de Cienfuegos…Hasta 1912 no empiezan a funcionar realmente los teléfonos” En Índice Histórico de la Provincia de Camagüey. 1899-1952. Respecto a la llegada de la electricidad si pifia la autora si nos atenemos a lo que se explica en el ya citado Indice Histórico donde leemos: “desde 1890 la ciudad tiene una planta, propiedad de la Empresa de Alumbrado Eléctrico de Puerto Príncipe(…)”
  7. Ibíd.
  8. Ibíd.
  9. Ibíd.
  10. Ibíd.
  11. Ibíd.
  12. Ibíd.
  13. Ibíd.
  14. Ibíd.

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