Tuesday, June 10, 2014

El viaje de Sonia Díaz al lugar más recóndito (por Joaquín Badajoz)

 
Hay dos manera de disparar el mecanismo del olvido —eso que un autor llamaría su «mala memoria»—. La primera es intentando recordar el pasado: pleonasmo filosófico, evasiva tautología; la segunda —y definitiva—, escribiendo sobre él. Una vez que se escribe, la historia se tuerce a nuestro antojo. La escritura nunca es confiable como testimonio desde una perspectiva diacrónica. Pero la poesía apunta a otro tipo de verdades: la verdad como anhelo, el pasado como posibilidad. Nadie espera que las narrativas de la poesía se desliguen de esa licencia que durante siglos solo fue atributo del poeta: la percepción por encima de la razón, el asombro por encima de la verosimilitud, la poiesis como una metarrealidad: esa cosmogonía cambiante y sugestiva que alimenta cualquier génesis. Por esa razón puede un lector beneficiarse de la amnesia del poeta como se beneficia de la amnesia de Dios —de su inmensa capacidad de perdón y de olvido hasta el punto de anularse—, al tiempo que mezcla este acto discriminativo: el de la escritura como testimonio, con el de la lectura como ficción. Al final sabemos que toda escritura esconde la obsesión de salvar algunas pertenencias íntimas del naufragio o del desastre de la memoria, pero termina a su vez consumida por otra gran hoguera: la de la memoria colectiva, dejándose devorar por la antimemoria del lector, mutando de esta forma todo cuan-to hubiera permanecido aún de la historia singular bajo las enzimas del olvido y el transformativo recuerdo de otros. A veces uno se siente tentado a asegurar que para escribir es preciso olvidar. Pero el poeta no está diseñado para olvidar. No del todo. Aun cuando la «mala memoria» sea la madre de la ficción, la escritura parte de una reminiscencia, un fogonazo, una imagen insistente, hipnotizadora y provocante como un ojo de víbora. Es fácil entender entonces por qué la poeta escucha, con la mano en trompetilla junto al oído, las noticias del olvido.

Sonia Díaz Corrales (Cabaiguán, Cuba, 1964) pertenece a una generación poética fracturada, rebelde y sincera, que fue lanzada al mundo en la antología Retrato de grupo (1989), y que terminó —quizás por esa misma honestidad— desperdigada por el mundo —ella misma reside en Tenerife, que bien visto es lo más cerca de Cabaiguán que pudo haber viajado—. Una generación que ha ido construyendo una poesía de tránsito, urgente, cosmopolita, pero sobre todo reescribiendo su pasado y aprendiendo a olvidar —o recordar, según sea el caso— con cierto cinismo que amortigüe la nostalgia. Una generación que experimentó con la poesía labrada o ríspida, hermética o irónica, contestataria o militante, lírica o coloquial, que a menudo parece escrita por una misma mano, sacudida por las mismas angustias vividas en masa, dentro de un rebaño poético, pero que es en realidad un manojo de escamas. Una generación, o un amago generacional, que nació con una década de retraso y que se extendería hasta las postrimerías del siglo XX cubano, dando paso, cada vez más, a feroces individualidades. Esa deslumbrante rareza finisecular de la poesía cubana no ha sido fácil de procesar dentro de la geografía del idioma, a menudo embota la mente de los lectores que la escuchan hipnotizados. Nombres hay muchos, algunos raros por naturaleza y otros por afección, por venganza contra una literatura secuestrada por una ideología mojigatamente canónica. También una generación abundante en esas alianzas pseudolegitimantes que han falseado el universo poético, voces alfagremiales que, como en toda generación en su mediocre esplendor, se ungen del poco o mucho capital simbólico.

Pero al margen de esas máculas, hay suficientes virtudes. Junto a esa forma tan particular de codificación metafórica que puede ser producto de la censura y la abulia existencial, también habría que reconocer en esa época la marea de mujeres poetas, tan distintas entre sí, con voces personalísimas y crudas, que inundaron la literatura cubana, para quedarse. Sonia Díaz Corrales ha sido una voz solista dentro de la orquesta generacional, alguien con una marca, que visita la herencia sin poses iconoclastas, que fabrica poesía de la memoria, los sentidos, como un acto de flagelación o lucidez testimonial, por el que pasan desechos, furias, momentos sombríos, amores cometidos por costumbre. Así es como veo yo la poesía: una gesta (o un gesto) que ilumina con la fugacidad de una estrella, arrastrando en la cola todos los desechos cósmicos. Noticias del Olvido aparece ahora editado por Escritura entre las nubes, en las Islas Canarias, tras su primera edición en Editions Hoy no he visto el Paraíso. Sus ilustraciones forman parte de esas joyas caprichosas que produce con empeño artesanal la pintora, escritora y editora Margarita García Alonso desde su refugio en Francia, y que algún día, presumo, serán codiciados libros objetos. Este recorrido breve por quince poemas representativos de la poética de su autora es un libro construido desde la reminiscencia, vislumbrando la memoria como una región recóndita del ser. En eso radica su carácter reflexivo, su pausa y podríamos decir, su madurez. Por eso está la mayor parte del tiempo escrito en pasado. Incluso cuando fustiga la imaginación, avanzando hacia el futuro.

Es un libro de recuento, pero no de capitulación. Visto el olvido-pasado como una región ambigua, este cuaderno viene a ser lo que en psicología sería la búsqueda de un closure, la necesidad de una superación, pero lo cierto es que uno nunca tiene las cuentas claras con el pasado. Por eso sus textos aún buscan respuestas, llegando hasta el límite del mea culpa poético cuando dice: «Pero la vida estaba en todas partes/ y no la vi/ y no lo supe/ llené todo de silencio/ todo de la luz agobiante y densa/ de pasado» («Llenos y vacíos»). Frente a un tema como el recuerdo, el tratamiento del tiempo juega un importante rol conceptual y la autora lo explora desde diferentes ángulos. Uno de los más sugerentes es el juego temporo-espacial creado en el poema «Seis horas de diferencia», que a pesar de estar escrito en presente, acusa el desfasaje existencial del emigrante que aun regresando a la tierra de sus ancestros, la fuente de su identidad, no logra asimilarse, y sigue viviendo con «seis horas de diferencia», porque alguien siempre se encarga de recordarle «de modo despecti-vo/que aunque despierte seis horas antes/ en realidad sigo siendo de allá/del otro lado del mundo» («Seis horas de diferencia»).

Noticias del olvido está escrito «aparentemente» también desde la «necesidad» o el impulso de olvidar: «Yo quería olvidar/ como esos locos geniales/ que se olvidan de todas las palabras» («Aparente olvido»). Pero como el título confirma, esa necesidad de amnesia es ilusoria, lo real es la imagen que vuelve de rebote, que persigue nuestro presente ad infinitum, en su obsesión mnemotécnica. Esa versión de olvido como una región remota en la geografía del ser, a la que me he referido, una tierra lejana desde la que aún llegan noticias, implica una falsa distancia. Por mucho que la poeta se esfuerce, el cerebro sigue reservando un área destinada a almacenar imágenes, desde donde regresan luego como un bumerán para cerrar este verso sublime: «Yo quería el olvido/ lo quería como el de esa gente/ que olvida con tanta rapidez/como si se ensañara en olvidar/y lo consigue/y luego/ cuando parece que ya no puede más/sigue olvidando» («Aparente olvido»).

Del olvido, la nada, ¿las frustraciones? y el goteo de los días, Sonia Díaz Corrales exprime poemas breves y contundentes —ninguno supera las tres cuartillas—. Poemas vividos con clarividencia y que por tanto nos iluminan con su filosofía vital. La poesía no necesita enseñar algo más que la sensibilidad humana, pero Sonia Díaz no es una poeta que se conforma con describir estados, también los prescribe, los analiza y los devuelve bruñidos, como auténticas y modernas parábolas. Un texto antológico, como «Apología de la nada», alude a ese espíritu y ese ímpetu. Nos dice la poeta con una sapiencia bíblica que sobrecoge: «Amo los caballos cuando van veloces hacia la nada/ amo el mar cuando llega a la nada de la arena».

Amores pasados, anhelos utópicos, «mujeres que se desvisten por costumbre», barcos que pasan y se dibujan como brumosos puertos posibles, sensualidad ajena que hace «sentir miserable y vieja/ espantosamente llena de envidia...» van dando pinceladas estructurales a un cuaderno breve pero esencial. Sonia Díaz Corrales tiene derecho a realizar este acto de fe de vida, a la mirada larga por sobre el hombro e incluso al abrazo, ese que describe con la precisión de quien ha amado mucho y sufrido hondamente las despedidas: «Un cuerpo que abraza/ se hace atroz/ monstruoso en el intento/ de hacer del cuerpo abrazado su amuleto/ contra la siguiente soledad» («Preludio para las partes del abrazo»). Después de leer varias veces los textos reunidos, de disfrutar ese mirar hacia adentro, recordando incluso como la libertad poética suplió durante más de dos décadas la falta de la otra, alimentando espíritus rotos de la reforma, incendiando jóvenes decapitados de una generación de ruptura que buscaban —quizás aún buscan— algún «abrazo que los salve», es fácil entender su dolor fantasma, por qué la poeta escucha, con la mano en trompetilla junto al oído, las noticias del olvido.

The Roads, abril de 2014



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