La segunda semana de esta cuadragésima edición del Festival Internacional de Teatro Hispano de Miami (FITHM) trajo a nuestros escenarios tres interesantes propuestas provenientes de Uruguay, España y Chile, permitiendo como siempre disfrutar la diversidad teatral que este encuentro ofrece, el cual no es aprovechado plenamente ni por parte del público ni de los propios miembros del amplio colectivo de teatristas que viven en nuestra ciudad -los cuales debieran abarrotar las salas de presentación- perdiéndose así esta magnífica oportunidad.
La propuesta llegada del Uruguay, “Zombi manifiesto”, es una obra escrita y dirigida por Santiago Sanguineti e interpretada por Paula Lieberman, Rogelio García, Carmen Laguzzi y el propio Sanguinetti. Dicha producción fue el resultado de la colaboración entre la compañía Abuela Katiuska y la Sala Verdi de Montevideo, ambas uruguayas, así como de Pozo da Cultura de Narón, de Galicia, España. Por este texto dramático su autor ha sido premiado en diversas oportunidades por instituciones culturales uruguayas. Dicha pieza tuvo sus presentaciones los días 10, 11 y 12 en el Westchester Cultural Arts Center.
La obra fue concebida dentro del contexto por el aniversario cincuenta del golpe de estado ocurrido en 1973 en Uruguay. La pieza que es una denuncia a tales hechos utiliza un lenguaje teatral el cual se mueve entre el absurdo y lo esperpéntico, aprovechando de manera metafórica ideas y conceptos directamente extraídos de ideólogos comunistas como Karl Marx y neo existencialistas como Mark Fisher. Lo arbitrario del argumento, permeado de un constante humor negro, es utilizado como material discursivo para criticar a un sistema capitalista que presuntamente provoca ‘muertos vivientes’ según el propósito conceptual del texto.
Esta comedia estructurada en once escenas, las cuales se muestran separadas unas de otras con toda intencionalidad mediante la colocación o retirada de elementos escenográficos, utiliza la sátira para abordar temas tales como la traición, la venganza, la ausencia de valores y la llamada conciencia de clase, mostrando por medio de una reiterada y desacertada introducción de largos textos del Manifiesto Comunista, una estética casi al borde del panfleto ideológico. Que suba a escena en este evento una obra que trate acerca de los trágicos sucesos ocurridos durante la sucesión de dictaduras militares en América del Sur, no debe ser causa de preocupación alguna y constituye un serio tema a tener presente; pero que se presente en Miami, a donde tantas víctimas de regímenes opresores comunistas han arribado, una obra donde se pretende exaltar por contraposición los valores de la ideología marxista -aunque procurando mostrarlo mediante un tratamiento humorístico, que finalmente se los traga a ellos mismos- resulta irresponsable, falta de tacto y de respeto por parte de la organización del festival hacia todos los miles de personas que viven en esta ciudad, que sufrieron y aún sufren las consecuencias de esas también cruentas dictaduras. Muchas posibles e inaceptables comparaciones nos vienen a la mente acerca de temáticas que constituirían un enorme agravio si fueran presentadas sobre un escenario ante comunidades afroamericanas, judías e indígenas.
No obstante, el tan evidente propósito ideológico de la obra, el trabajo de los actores acierta en el manejo de las intenciones del lenguaje sobre el que se construye la misma. Un buen manejo tanto de los diálogos como de sus movimientos en escena hace que los actores mantengan en todo momento un acertado desempeño que contribuye al persistente y logrado ambiente de comedia negra, que impregna toda la obra. Sin embargo, no podemos dejar de destacar la labor del actor Rogelio García, que realiza una estupenda incorporación del militar zombi resucitado, la cual es asumida con gran destreza y concientización de las características de tal esperpéntico personaje, atrapando con verdadera eficacia la esencia del mismo mediante un magnífico trabajo tanto de voz como corporal, lo que evidencia la diversidad de reconocimientos recibidos por parte de este intérprete en la incorporación de dicho rol.
Otra de las obras presentadas en esta segunda semana de festival llegó proveniente de Chile, “Historia de un jabalí o algo de Ricardo III”, texto de Gabriel Calderón, dirigida por Cristian Plana, con las actuaciones de Marcelo Alonso y Francisco Reyes, en una producción de Fundación Teatroamil, la cual efectuó sus funciones en el escenario el Carnival Studio Theater at The Adrienne Arsh Center for the Performing Arts, durante los días 11, 12 y 13.
Esta puesta estructurada en la siempre interesante concepción del ‘teatro dentro del teatro’, toma como pretexto el supuesto trabajo de una agrupación teatral que prepara el montaje de la tragedia de William Shakespeare “Ricardo III” -posiblemente la más trágica de dicho autor- como escenario para hablarnos acerca de la ambición, el poder, los bajos sentimientos y la crueldad, desde el mismo ambiente artístico. De muy inteligente manera el autor de la pieza expone descarnadamente los conflictos que le son inherentes al teatro como hecho aglutinador de ideas, personalidades, egos, conceptos, estrategias. A través de un texto que se mueve constantemente entre la prosa y el verso, entre las palabras del autor de la puesta y las del original texto shakesperiano, se pone en evidencia la contradictoria mirada sobre la validez de un teatro que respete línea por línea a su autor o de aquel otro que recoja sus ideas, se embriague de ellas y las devuelva cargadas de nuevos significantes invocadas por la entrega del intérprete. El discurso dramático enfrenta texto con actor, mostrando a este último como responsable absoluto por la trascendencia de aquel y a la vez como víctima y verdugo de su propio ego.
La concepción escénica dispuesta como si estuviéramos en presencia de un colectivo de actores dispuestos a comenzar la lectura de la obra, nos sustituye a estos por sus sillas vacías, pero con algún supuesto libreto u otro objeto personal o de vestuario sobre ellas, que colocadas en un gran círculo, nos van anunciando estar en presencia de un mundo controlado, cerrado, que al igual lo estará en aquel sangriento reinado, lo estará ahora por la autoridad impositiva del director teatral.
El trabajo llevado a cabo por Francisco Reyes en el rol de Pancho -el atormentado actor- y Marcelo Alonso, responsable de interpretar al supuesto director, así como a otros personajes -la madre del actor, la reina Margarita y la joven Lady Anne, estos dos últimos de la obra de Shakespeare- muestra sobre escena a dos profesionales de larga trayectoria no solamente sobre las tablas, sino además en cine y televisión, los cuales conocen los secretos del muy complejo mundo de la interpretación, los incorporan en descarada convivencia y los muestran en un juego de total complicidad. Ambos actores realizan un excelente manejo del lenguaje poético isabelino traducido al español, con una muy acertada proyección de sentimientos y emociones llevados en ocasiones hasta límites extremos de la entrega interpretativa.
Aunque comúnmente expresamos nuestras quejas ante la utilización de micrófonos corporales sobre los actores, en esta oportunidad los mismos son acertadamente utilizados con la intención de crear excelentes efectos sonoros donde en oportunos momentos, cuando la garra dramática de los textos lo requieren, generar un ambiente dentro del cual las voces de los actores se expanden en un profundo eco, exaltando de esta forma el significado de los parlamentos.
Sin duda alguna estamos en presencia de una inteligente puesta en escena, construida sobre exigentes parámetros artísticos, intelectuales y teatrales, convirtiendo su disfrute en todo un privilegio.
La tercera propuesta teatral en subir a los escenarios del festival durante esta segunda semana fue el unipersonal “A fuego”, escrito e interpretado por Pablo Macho Otero, con la dirección compartida entre éste y Emma Arquillué, en una producción de la compañía catalana La Bella Otero, llegada en representación española y la cual se presentó los días 11, 12 y 13 en el Koubek Center Theatre.
Este trabajo en solitario, el cual concebido totalmente en verso, con intención -como bien apuntó su intérprete- de ‘llamar la atención’ en tiempos donde todos pretendemos hacerlo a cualquier precio, convierte al actor sobre las tablas en una especie de contemporáneo juglar enfrentado a un provocador diálogo con el espectador , quebrando la llamada cuarta pared a la vez que construye un juego metateatral con el cual nos lleva a imaginar que desnuda parte de su propia identidad y pensamiento, en lo que podrían verse rasgos de la tan manoseada ‘autoficcion’, término al que algunos consideran un género, debe ser considerada en realidad como una herramienta dramatúrgica más.
A través de la pieza el autor-intérprete se toma libertades tales que rozan el tan conocido concepto del ‘stand-up comedy’ manejado a la perfección, efecto que se sobredimensiona al hablar todo el tiempo dentro de un estricto canon de una composición poética correspondiente al soneto clásico -el cual en su estructura se encuentra compuesto por catorce versos endecasílabos, agrupados en dos estrofas de cuatro, llamadas cuartetas junto a otras dos de tres versos, denominadas tercetos, presentando rima consonante- labor desarrollada dentro de un perfecto juego con el lenguaje contemporáneo, llegando incluso a crear una atrevida sonoridad léxica que desborda el trabalenguas, provocando con ello el aumento de la musicalidad expresiva que va a acompañar toda el trabajo del actor. No es de extrañar que el dramaturgo haya concebido la idea de escribir una obra de estructura y argumento tan contemporáneo en verso, si partimos de su propia afirmación al considerase ante todo poeta.
El argumento de este interesante unipersonal toma la figura de Eróstrato, un pobre pastor que decidió quemar el monumental templo dedicado a la diosa Artemisa en la antigua ciudad griega de Éfeso -en la Turquía actual- con el único propósito de tomar notoriedad y ser recordado, hecho que sin duda ha trascendido hasta nuestros días a pesar de que después de haber sido ejecutado se prohibiera mencionar su nombre bajo pena de muerte, lo que a pesar de dicha férrea censura obviamente no sucedió. Partiendo de tan lejana historia es que Macho Otero se apropia de ella para introducirnos en un diálogo acerca de la fascinación provocada por tal histórico personaje, provocando que la misma megalomanía y narcisismo que recorre a la sociedad actual salga a flote proponiéndonos una introspectiva mirada sobre nosotros mediante una constante provocación inteligentemente manejada, por medio de la que se nos conduce hacia el inevitable y lógico final. Las preocupaciones por perdurar más allá de la muerte física y a su vez el miedo a ella, marca definitivamente este brillante ejercicio interpretativo de Pablo Macho Otero con el cual nos obsequiara una noche de excelente teatro.
Hasta aquí nuestra andadura por esta segunda semana teatral que el Festival Internacional de Teatro Hispano de Miami nos ha proporcionado, expectantes de lo que sobre los escenarios nos deparará la próxima.
Wilfredo A. Ramos.
Miami, septiembre 14, 2026.




















































