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Wednesday, February 18, 2026

Re-visitar el ENEC desde la mirada de un testigo. (por Carlos A. Peón-Casas)


Recuerdo que fui parte de aquel gran proceso que se generó primero en las diócesis particulares. En la de Camagüey, gobernada entonces magníficamente por el entonces obispo diocesano, Monseñor Adolfo Rodríguez y Herrera, quien mucho tendría que ver con aquella experiencia, no fue la excepción. Recuerdo los primeros debates que se generaban en mi parroquia de San José de la Vigía, bajo la atenta mirada de los padres jesuitas que la atendían: los padres Nelson Santana; Otto Traber, Edelman Nogueiras, y el párroco de entonces, Mariano Rodríguez, estos últimos ya en la Casa del Padre, un suceso que se repetía en todas y cada una de las parroquias y comunidades de la diócesis y que se extrapolaba a todas las restantes del país. 

Del hecho puedo asumir que muy pocos al interior de la Iglesia tienen memoria, acaso los pocos protagonistas que nos acompañan; y me atrevo a afirmar sin cortapisas, que muchos de los hermanos recién llegados a la fe en estos últimos años, acaso ni tengan una mínima certeza de aquel acontecimiento eclesial, no tan lejano en el tiempo, pero como siempre sucede con lo que se vuelve historia, constreñido a la memoria pasiva que guardan los textos alusivos al hecho que duermen el sueño a veces inmerecido del olvido en los estantes de nuestros libreros y bibliotecas.

La idea genesiaca databa de 1979:
A comienzos del mes de julio de 1979, un grupo numeroso de sacerdotes de Cuba, reunidos en la tradicional convivencia anual del Cobre, reflexionaron entorno a los resultados de la Tercera Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, celebrado en Puebla. (…) en una reunión con intercambio de opiniones, Mons. Fernando Azcárate, antiguo Obispo Auxiliar de La Habana, sugirió la idea de la celebración de un “Puebla en Cuba”. Esta sugerencia fue unánimemente aceptada. Desde entonces, Mons Azcárate ha sido considerado como el inspirador de la Reflexión Eclesial Cubana(1).
En 1980, se activó finalmente el proceso cuando la Conferencia Episcopal, en agosto del aquel año durante su Asamblea General, “pidió a Mons. Azcárate que informara sobre su proyecto”(2).Una Comisión creada al efecto, presidida por Mons Adolfo Rodríguez Herrera, y siete sacerdotes empezó a canalizar: “los deseos, inquietudes, problemas y esperanzas de los católicos en Cuba”(3).

El proceso preparatorio duró cinco años. Una comisión Antepreparatoria, se reunió en Camagüey, el 19 de abril de 1981. De allí emergió un esbozo de lo que se pretendía: “no tanto un documento o un sínodo, sino poner a la Iglesia cubana en pie de reflexión sobre su ser y quehacer en el pasado, en le presente y en el futuro (…)”(4), conocido como “Documento de Camagüey”. Puntos intermedios en el proceso organizativo lo fueron la primera reunión de la Comisión Preparatoria, en el Hogar San Rafael de Marianao, el 9 de marzo de 1982; y su posterior reorganización y cambio de nombre a Comisión Central, en febrero de 1983, desde entonces la COCC designaría a Mons. Jaime Ortega como su Presidente. 

Otro hito importante acaecía en febrero de 1984 cuando sometieron sus indagaciones a la Comisión Central, las Sub Comisiones de Historia y Encuestas, que “permitieron captar cómo la Iglesia en Cuba deseaba renovarse y ponerse al servicio de la comunión con Dios y con el pueblo del que forma parte.”(5). De allí surgiría la propuesta de generar un Documento de Consulta, a cargo de los sacerdotes Rodolfo Lamas, Juan de Dios Hernández y Antonio Rodríguez:
que sintetizara los primeros datos y reflexiones, los organizara y fundamentara teológicamente a fin de presentarlos nuevamente a las comunidades cristianas, con vistas a una ulterior profundización y enriquecimiento del mismo(6)
El paso subsiguiente fueron las celebraciones de las Asambleas Diocesanas, entre el 28 de abril y el 23 de junio de 1985.

Recuerdo la que se tuvo en nuestra diócesis camagüeyana que cerró aquellos años de trabajo. Celebrada muy solemnemente, la presidía el obispo diocesano, y creo recordar que actuaba como su moderador principal el ya citado sacerdote guaimarense Rodolfo Lamas, hoy incardinado en la ciudad de San Juan, Puerto Rico. A ella concurrieron delegados de todo el territorio eclesial, incluyendo entonces a la zona de Ciego de Ávila, todavía no segregada de los dominios camagueyanensis. Recuerdo que mi misión fue justamente como una especie de apuntador que tomaba nota del orden de quienes querían hacer alguna intervención ante el plenario.

El suceso tuvo lugar en la Casa Diocesana de la Merced. Del hecho no tengo hoy mucha memoria, ni cuento tampoco con ninguna apoyatura fotográfica; pero me ayudo de algún documento de la época, para descubrir detalles que a tanta distancia me parecen hoy reveladores. Uno de ellos es apabullante. No quedan muchos que puedan decir que estuvieron en aquel convite. La mayoría de aquel quórum asambleario habita otras regiones de este mundo plural, primordialmente en los Estados Unidos.

Igual pasaría si pasamos lista de los delegados de la diócesis camagüeyana que concurrieron a las sesiones del magno evento eclesial cubano después de 1959, celebrado en la Casa Sacerdotal P. Félix Varela en la Ciudad de La Habana, entre el 17 y el 23 de febrero de 1986. 

En total fueron 173 los participantes, en su mayoría los laicos comprometidos de aquel minuto en las entonces siete diócesis cubanas. El mensaje de su Santidad Juan Pablo II fue leído por el cardenal Pironio, quien fungía como representante suyo ante la Asamblea. Dos lúcidos actos públicos: una visita al Cenotafio del Padre Varela en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, y una Gala Cultural en el Seminario de San Carlos y San Ambrosio, fueron junto a una recepción en la Nunciatura Apostólica: “momentos que favorecieron cordiales encuentros con las autoridades del país y personalidades de la cultura cubana"(7)

Más de cien periodistas acreditados, en su mayoría extranjeros, cubrieron para el mundo las expectativas de aquel encuentro eclesial en verdad inédito, al interior de aquella Cuba monolítica, signada por los aires más conservadores, y que para nada anunciaban las tormentosas realidades del fin del socialismo real que acaecería con la caída del muro de Berlín, sólo tres años después.

Una de aquellas voces reporteriles, lo fue la periodista Araceli Cantero, enviada especial del diario La Voz Católica, de Miami, y quien dejaría evidencia de los sucesos allí acaecidos. Su testimonio resulta elocuente:
Informar sobre aquel Encuentro Eclesial no fue una tarea fácil debido a las limitaciones. Los periodistas no teníamos acceso a las sesiones. Había docenas de cubanos inscritos como periodistas(…) Cada día, durante más de dos horas (Mons. Carlos Manuel de Céspedes) y ante una sala repleta, el sacerdote mantenía absorto a los periodistas haciendo un resumen de la actividades del día y contestando preguntas de todo tipo. Con gran habilidad se escurría ante los temas político o invitaba a que la misma pregunta se la hicieran a alguien del gobierno(8).
La sagaz informadora, sintió de cierta manera el gardeo a presión, a que la sometieron los oficiales “que la atendieron”, desde su misma llegada, uno de ellos estaba inscrito como “periodista”, pero de cualquier modo, pudo hacer bien su trabajo. Antes de venir a la Habana, había dejado preparado un grupo de artículos que explicaban los pormenores del suceso, basados en el Documento de Trabajo preparado para el cónclave. Cubriendo el evento pudo percatarse de muchos detalles como que:
en 1986 los católicos cubanos estaban resignados a vivir su fe en un país socialista –marxista.(…) Detecté miedo y mucha cautela en la gente a la hora de emitir opiniones. Pero se notaba un cierto respiro para hablar de la práctica religiosa y asuntos de la Iglesia(9)
Recuerdo la euforia con que reaccionábamos entonces cuando veíamos a nuestros dignatarios eclesiales y a nuestros hermanos de fe, aparecer en los reportajes televisivos estatales, que con cierta moderada profusión, reportaban los pormenores de aquella inusitada reunión de católicos cubanos, a la que el propio estado, hasta entonces ateo, le hacía si no una reverencia, por lo menos, una discreta venia, tras largos años de desencuentros, malas caras, y una muy clara política de hostilidad, digamos de baja intensidad, pero hostilidad al fin y al cabo, a la que fuimos sometidos todos, de una u otra manera, los que mantuvimos las banderas de nuestras fe católica sin plegar.

A cuarenta años de aquel trascendental suceso, la realidad eclesial pudiera ser considerada una muy otra: al menos si no asumida del todo en el tejido social cubano, al menos tolerada, en sus ya no pocos espacios de influencia, léase primordialmente la acción caritativa y asistencial, aunque aún de cualquier modo todavía insuficientes; y en otros campos más específicos como el de la participación en los procesos educativos y el quehacer de los medios de comunicación, con pequeñas realizaciones, pero todavía segregada de tal accionar, bajo control únicamente estatal. Tales detalles, señalados con su nombre en 1986, son todavía, acaso con mínimas variaciones sobre el tema, una verdadera asignatura pendiente para la Iglesia cubana:
La Iglesia Católica, sin ninguna participación en el sistema educativo, ni acceso a los medios de comunicación social (prensa, radio y TV), carece en la práctica de las posibilidades normales y habituales ene l mundo moderno para entrar en contacto con los mismos creyentes y para anunciar el mensaje de Cristo a nuestros hermanos, viendo limitadas en este aspecto su acción evangelizadora al templo y a los contactos personales. Esta privatización de la religión puede difícilmente adecuarse a la idiosincrasia de nuestro pueblo y no es conforme con el carácter social de la fe(10)
El otro tema álgido, con actualidad constante, era el de la creciente e imparable migración del pueblo cubano, y de los católicos en particular que despoblaban cíclicamente las comunidades de fe, en oleadas sucesivas: primero en 1980 con los sucesos de la Embajada de Perú y Mariel; luego en los duros años 90’s con la “Crisis de los Balseros”, ahora mismo con esa otra riada indetenible de conciudadanos nuestros atrapados en Costa Rica con destino a las fronteras de Estados Unidos, que algunos llaman ya eufemísticamente: “balseros caminantes”, o “Mariel a cuenta gotas”.

El Documento ya citado llamaba la atención de un fenómeno que parece llamado a perdurar por mucho tiempo:
Una constante en la vida de nuestra Iglesia como parte de nuestro pueblo, ha sido el abandono del país de católicos activos y comprometidos: catequistas, seglares de seria formación, o simples fieles, e incluso algunos agentes pastorales cualificados: sacerdotes y religiosas(…)La separación de las familias incide sobre los cristianos en cuanto a su estabilidad en el país(…)(11)
Mi mirada actualizadora a aquel innegable suceso, se topa ahora con un texto que creo es fundamental hoy día para seguir remontando las hondas raíces de nuestra catolicidad, se trata de Presencia en Cuba del Catolicismo, de Manuel Fernández Santalices, donde el autor, ya tristemente fallecido en España, y a quien hube de tener el gusto de conocer acá en Camagüey, en el marco de una de las ediciones del Encuentro Nacional de Historia, se acerca con mirada crítica, a aquel ENEC y refiere con aguda mirada a las coyunturas y los intríngulis de aquel convite, y lo esboza en una anécdota que pone en boca de un funcionario gubernamental, y que transcribo al lector por su innegable singularidad:
En cierta ocasión, alguien comentó ante un funcionario gubernamental de Cuba, que poco había que temer de una Iglesia que como la cubana había llegado a ser pequeña y débil. El funcionario replicó, no sin reticencia, que no era tan pequeña y mucho menos débil; que se hallaba organizada y extendida a lo largo y ancho de la isla, tenía importante conexiones internacionales y no había podido ser integrada a los fines del estado socialista”(12),
Para el autor, se hace innegable que aquel convite presupuso una presencia para nada desestimable del obrar de la Iglesia, con un “realismo político-entendido el término político(…), según la definición del Concilio Vaticano II como la búsqueda del bien común-(…)"(13)

De igual forma, reconoce como lo hace el propio Documento Final, que la situación actual de Cuba, no sólo se halla lejos de una eventualidad revolucionaria, sino que se ha instalado en la historia y se ha constituido en un universo cultural que supone continuidad, evolución y a veces ruptura con la cultura cubana tradicional(14)

Un punto de por sí difícilmente asumible, según su opinión para los que habitan la diáspora cubana, que según su propio criterio:
(…) no han entendido,- o no han querido entender-esta instalación histórica del régimen engendrado por la revolución cubana en el último tercio del siglo y han pretendido o ignorar esa realidad o ponerla entre paréntesis para después borrarla de un plumazo; como si la historia propicia o adversa, no dejara huellas que marcan irreversiblemente el destino de un pueblo(15).
Para dar consistencia a su punto de vista cita brillantemente a ese gran pro-hombre y pensador nuestro, Jorge Mañach, para nada sospechoso de izquierdismos, quien afirma en su obra póstuma: Teoría de la Frontera: “la historia de un pueblo no está hecha solo de las cosas que hace, sino también de las que le pasan sin que pueda evitarlas”.

A los diez años de aquel magno suceso, en febrero de 1996, con un telón de fondo de lo más controvertido posible en cuanto al tema socio político, y las muy precarias y tensas relaciones con el vecino del Norte tras el derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate, la Iglesia cubana celebraba el ECO, Encuentro Conmemorativo, de aquella reunión de la ENEC, que buscaba resaltar las realidades eclesiales ad intra, con luces, pero también con sombras, justo un decenio después.

En aquel minuto, el enviado papal, el cardenal Furno leía un mensaje muy sentido de su Santidad, el hoy San Juan Pablo II, donde se traslucían, entre otras:
las grandes transformaciones que han marcado nuevas pautas en la sociedad y en las relaciones internacionales. Entre ellas, la caída, en Europa del Este, de un sistema político basado en una filosofía marxista, el cual tenía su influjo en otros continentes(16)
Sucesos diversos, muchos de ellos encontrados marcaban la continuidad de aquellos propósitos del ENEC, así lo sigue recordando la periodista Aracely Cantero:
El texto describía dicho sistema ateo y el trato que dio a la Iglesia en aquellos países al considerar irrelevante y nociva la profesión de la religión y dar un trato burocrático, excluyente y severo a la Iglesia, instituciones y creyentes(…)(17)
Respecto a las condiciones, muy particulares del accionar eclesial, muchas veces cuesta arriba signada por contradicciones diversas con el propio estado cubano, todavía estaba fresca en la memoria aquella tremenda carta pastoral: El Amor todo lo espera, firmada por el episcopado cubano en 1993, en lo más álgido de lo se llamó Periodo Especial. Así lo recuerda la reportera:
En los últimos años las diócesis en Cuba han creado sus propias publicaciones con medios sencillos y grandes dificultades. Pero recientemente ha circulado una carta instruyendo a las empresas que venden materiales de computación e impresoras que no le venda a la Iglesia estos equipos(18)
En el discurso de clausura del aquel convite, el Cardenal Jaime Ortega Alamino hacía patente la experiencia de una Iglesia ajena a todo poder mundano:
El poder de la Iglesia está en su falta de poder real en el orden humano…Frente a los reclamos de esperanza de tantos hermanos nuestros que no hallan sentido a su andar por la vida, la Iglesia y los cristianos sólo contamos con el poder de Dios (…)
Y enfatizaba más adelante:
Hay que tener los ojos muy abiertos para no confundirse. El Poder puede ponernos de rodillas ante el mal”. Y señaló que la Iglesia en Cuba, en su experiencia de estos últimos años “ha confrontado los mismos desafíos a los cuales dio respuesta el Salvador en sus cuarenta día de ayuno, esgrimiendo la Palabra de Dios, no como solución ya dada, sino como indicadora de un camino a seguir(19)
En específico, para cualquier futuro escenario político social en Cuba el Cardenal apostaba desde ya por que la Iglesia:
consciente de la insuficiencia del materialismo marxista y su fallo existencial, no pone la mirada en otro materialismo consumista, hijo de un capitalismo feroz, que no llega a dar participación real a la inmensa mayoría desposeída(…) para que desaparezca el hambre y la miseria…no solo es necesario que haya pan, se requiere primero crear las condiciones humanas y dignas para producir ese pan(20)
Quizás, en este hic et nunc que vivimos, estas palabras pronunciadas décadas atrás nos puedan sonar realmente proféticas de cara a los muchos escenarios posibles a donde parece encaminarse el entramado socio económico del país. Lo que se aviene, de cualquier modo deberá corresponderse, con un escenario renovado y renovador.

De cualquier modo, la Iglesia, llamada a acompañar al pueblo en su andadura hacia el bien común, tiene como misión no precisamente hacer de gurú, más bien, como brillantemente siguiera apuntando el Cardenal en aquella memorable homilía que venimos reseñando, y con la que damos por cerrada esta andadura rememorativa:
Los cristianos cubanos y nuestra Iglesia, por presentar ante nuestros hermanos de modo profético la doctrina de Jesús sobre el hombre digno, libre y dueño de su destino, no nos consideramos imbuidos de un nuevo y siempre sospechoso mesianismo. La Iglesia es servidora de la humanidad, no pretende tener todas las soluciones ni monopolizar la verdad en cuanto a las cosas factibles(…) Cuando aportamos nuestra visión del hombre y de la historia, la Iglesia Católica quiere trabajar como decía nuestro apóstol Martí: “Con todos y para el bien de todos"(21)


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Citas y Notas

  1. La Reflexión Eclesial Cubana camino del ENEC. En Encuentro Nacional Eclesial Cubano. Documento Final e Instrucción Pastoral de los Obispos. La Habana, 1987. p. 17
  2. Ibíd.
  3. Ibíd
  4. Ibíd.
  5. Ibíd. p. 19
  6. Ibíd.
  7. Ibíd. p.22
  8. Cuba Una fe que abre caminos. Araceli Cantero Guibert. Ed. Universal. Miami. p. 29
  9. Ibíd. p.30
  10. Ibíd. Cap. II: Situación Actual de la Iglesia en Cuba.No.185. pp. 62-63
  11. Ibíd. Nos: 145 y 146.p. 57
  12. Presencia en Cuba del Catolicismo, apuntes históricos del siglo veinte. Manuel Fernández Santalices. Fundación Konrad Adenauer, ODCA, 1998. p.87
  13. Ibíd. p.88
  14. Ibíd. p.89
  15. Ibíd. p. 89
  16. . En Cuba una fe que abre caminos, Convocar a los cubanos sin odios, op cit. p.139
  17. Ibíd.
  18. Ibíd. p.140. A la anécdota puedo aportarle otros detalles. No sólo fue la prohibición de vender los susodichos equipos e insumos, sino igualmente, se pretendió, la devolución, por parte de la Iglesia, de otros equipamientos ya adquiridos, previa expedita autorización y desembolso de ingentes sumas en moneda dura, aduciendo, según acotaban los suministradores: “ que se había procedido de manera indebida”. Hasta donde conozco, la posición de los obispos fue firme, y no se transigió con tan desafortunada e improcedente “gestión”
  19. Ibíd. El desierto lugar de alternativas. p. 144
  20. Ibíd.
  21. Misa de Clausura del Encuentro Conmemorativo del Décimo Aniversario del Encuentro Eclesial Cubano. En Te basta mi gracia. Card. Jaime L. Ortega Alamino. Edit Palabra, Madrid, 2002. p. 531

Saturday, May 25, 2024

Celebran en Camagüey el quinto aniversario del Hogar de Ancianos "Mons. Adolfo Rodríguez"


Este sábado 25 de mayo, fue celebrada la misa en acción de gracias por el quinto aniversario de la fundación del Hogar "Monseñor Adolfo"

La eucaristía fue presidida por Monseñor Domingo Oropesa, obispo de Cienfuegos y concelebrada por el arzobispo de Camagüey,Monseñor Wilfredo Pino, y los sacerdotes José Grau, capellán del Hogar, y Ernesto Pacheco, Vicario General de la Arquidiócesis. 

(Información y fotos tomadas de la página de Facebook del Arzbispado de Camagüey)



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Ver en el blog

Sunday, May 5, 2024

(Miami) Invitan a la celebración del centenario del nacimiento del Siervo de Dios Mons. Adolfo Rodríguez

Mons. Adolfo Rodríguez
(Abril 9, 1924- Mayo 9, 2003)
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El domingo 19 de mayo, a las 3 p.m., el P. Ernesto Pacheco, Vicario General de la Arquidiócesis de Camaguey, presidirá la Eucaristía en la Ermita de la Caridad.

Seguidamente,  se invita a un encuentro en el salón P. Félix Varela, con Sor Beatriz Chune, Superiora de la Orden de las Hermanas Camelianas en Camagüey, Directora del Hogar de Ancianos Monseñor Adolfo Rodríguez Herrera. 

Los asistentes podrán disfrutar de un refrigerio.

Unámonos en oración por Cuba al celebrar el Centenario de nuestro querido Mons. Adolfo.

Camagüeyanos Católicos, Inc.




Domingo, mayo 19, a las 3. 00 p.m.
Ermita de la Caridad
3609 South Miami Avenue
Miami, FL 33133
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Ver Mons. Adolfo Rodríguez, en el blog

Saturday, January 20, 2024

¿Con polvito o sin polvito?


Conversar con Mons. Adolfo incluía una taza de café. "¿Con polvito o sin polvito? ¿Ahora o después? ¿Con polvito y sin polvito? ¿Ahora y después?

Le respondía: "con polvito, ahora"

En un instante llegaba Padilla (siempre amable y sonriente), con el café y una historia, o un cuento o una anécdota.

Se salía del despacho de Mons. Adolfo, con una hoja amarilla de su bloc, con lo conversao anotao.

El polvito era crema pal café. En el Camagüey de los 90s se consideraba "gourmet". (JEM)

Friday, July 14, 2023

Homilía del P. Camilo de la Paz en la misa de exequias y reinhumación de los restos de Mons. Pedro Claro Meurice Estíu

Fotos/Facebook del 
Arzobispado de Santiago de Cuba. 
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Transcripción de la homilía del P. Camilo de la Paz Salmón Beatón, párroco de Santa Lucía. SBMI Catedral de Santiago de Cuba, 12 de julio de 2023.



Queridos hermanas y hermanos,

En esta tarde preciosa y calurosa de nuestra Arquidiócesis de Santiago de Cuba, iniciamos la predicación de la misa de reinhumación y de exequias de nuestro queridísimo pastor, Mons. Pedro Claro Meurice Estíu, recordando aquello que él mismo nos dijo en el arzobispado en el mes de febrero del año 2007, a las puertas ya de su retiro. ¿Recuerdan ustedes lo que mandó a preguntarle Juan el Bautista en la cárcel a Jesús? ¿Eres tú el que ha de venir? Díganle a él, que los ciegos ven, los cojos andan, se predica el evangelio y a los presos se les da la libertad. Si nosotros somos capaces, decía Pedro, de contestar esto en este tiempo presente, nosotros somos iglesia.

Ése es el espíritu de Mons. Pedro, y por eso damos gracias hoy, Monseñor por tu presencia a la luz del cirio pascual. Porque esa iglesia que recibiste por orden de Jesucristo y de la mano de Mons. Enrique Pérez Serantes. Esa iglesia que sostuviste, como muy bien nos recordaba nuestro Arzobispo por 39 años, dando testimonio de Cristo y de su misterio pascual; esa iglesia que tú entregaste humildemente al actual Arzobispo. Esa iglesia, esa iglesia Monseñor está viva. Esa iglesia tiene muchas comunidades, esa iglesia atiende a muchos y muchos pobres y presos; esa iglesia tiene el valor de hablar de la libertad, esa iglesia en las manos de quién la dejaste es una iglesia fiel, es una iglesia iluminada por ese cirio, es una iglesia unida, es una iglesia toda, completa, presente en este clero cubano joven y adulto, y en ustedes.

Hoy todos al acercarnos a la Catedral, con aquel sonido precioso del Ángelus a Nuestra Señora que marca las seis de la tarde, después de escuchar tu voz, siempre, cada uno, y los mayores que aquí contemplo tienen muchas experiencias de ti. Muchas experiencias preciosas y agradables de tu persona como pastor. Yo solamente tengo una sola experiencia con la persona de Mons. Meurice, y con esa experiencia, a la luz de la palabra de Dios, damos inicio a la predicación.

Era una misa de Santa Teresa de Calcuta en mi parroquia. Recuerdo la predicación de Mons. Pedro. Decía, en un aeropuerto de Estados Unidos nos encontramos, y yo pensé que la Madre Teresa no me iba a reconocer, la Madre Teresa se acercó a mí, con paso muy apurado porque ella me vio primero y me dijo, tú eres Pedro, el Arzobispo de Santiago de Cuba.

A la altura de los quinientos años, este V centenario de la fundación de nuestra iglesia en Cuba, ese tipo de Mitra Primada tiene gran peso. Mitra Primada, Báculo Primado, Catedral Primada, desde el 22 de octubre de 1523, día además en que hoy la Iglesia Universal celebra la fiesta de SS el papa San Juan Pablo II, al cual Mons. Pedro le presentó como dijo él aquel día en la plaza de la revolución, el alma indomable del cubano.

Cuando yo escucho en mi memoria ese encuentro con la Madre Teresa, me recuerdo de aquello que decía San Antonio María Claret a la luz de la obra de Mons. Pedro, esta es una diócesis para hombres probados en el Espíritu, porque esta diócesis está llena de malezas y espinas. Y Pedro supo defender, muy bien, su diócesis, y es además la vigencia de su pensamiento y su obra en cada uno de nosotros, como persona y como comunidad.

Hermanos, hoy la primera lectura nos habla primeramente de una situación de pecado en ese libro del Génesis. Fíjense que el hambre de estos hijos de Israel, nace por la iniciativa de entregar a José. De entregar a José a la muerte. Y los Padres de la Iglesia, los representantes de la Patrística como San Agustín, San Juan Crisóstomo, han visto en la figura de José la persona de Cristo. Esa persona de Cristo que, al ofrecerse y entregarse a la muerte, todos sus discípulos se dispersan. Esa figura de Cristo que aun en la cruz, y nosotros negándolo, tenemos una fortísima hambre de Él. Lo cual me hace pensar en lo que alguien me dijo, si vas a predicar sobre Mons. Pedro Meurice, como primer punto después que hables de su sentido de Iglesia, es hablarle al pueblo de su vivencia de Dios como el Absoluto. Santo Tomás de Aquino es el que nos enseña, y San Alberto Magno, textos que Mons. Meurice los sabía de memoria, que Dios es nuestro único Absoluto, no hay más. No hay en lo absoluto ningún acto puro del ser, que no tenga a Jesucristo; no hay persona que ocupe en nuestro corazón el lugar de Dios, porque el Señor es el Creador, el Señor es nuestro Redentor. Qué bien lo entendió San Juan de la Cruz cuando decía, que las almas que no poseen el amor de Dios, son amas sedientas, hambrientas, destruidas.

Hoy nuestro Pastor, Mons. Pedro lo presentamos en el altar como un alma de luz, un alma que ha sido transformada en Dios, un alma que por su obrar y su caridad participa de Cristo en el Reino de los cielos. Hermanos, para vivir el amor de Dios con la magnitud que lo vivió Mons. Pedro, hay que tener una responsabilidad muy grande, como decía San Pablo en su texto epistolar, de no negar a Cristo en el mundo. Es una tentación grande, y se lo quiero transmitir a ustedes, y con mucho amor y respeto a nuestros hermanos sacerdotes. Mons. Pedro siempre dio testimonio fiel de Cristo, pero de Cristo llagado, el mundo que le tocó vivir. Mons. Pedro no tenía complejos de decir la verdad, Mons. Pedro estaba comprometido con la verdad de Jesucristo. Mons. Pedro no tenía respeto humano, de públicamente frente a los poderes de este mundo, decir, Cristo es mi único Rey.

Por eso hoy, con la oración de la Iglesia, nosotros entregamos el alma de Pedro; y el Señor en su misericordia dirá, ven, ven a disfrutar que tú has sido mi siervo fiel y solícito. Y eso lo resumen sus ansias de contemplar a Cristo en su lema episcopal: ¡Ven Señor Jesús!

Quiero hablarles en la lectura del evangelio, de lo que todo el mundo me ha señalado amorosamente de Mons. Pedro Meurice, y así comencé la predicación porque somos iglesia. Somos una iglesia, somos la iglesia. El amor ferviente de Mons. Pedro a esta iglesia cubana, siempre obediente a la iglesia universal de sus tiempos bajo el pontificado de SS el papa san Juan Pablo II. Hoy contemplamos a Cristo nombrando apóstoles, y el primer nombre de la lista, Simón, Pedro, hoy se nos habla que la iglesia se sustenta de la sucesión apostólica. Hoy se nos habla de que Pedro llega a su sede episcopal, porque es la voluntad de Dios; como hemos escuchado en la lectura del evangelio, que quiere prolongar por amor, la presencia de su Hijo en los apóstoles, que hoy son los obispos.

Quiero hablarles ahora desde lo más profundo de mi corazón, porque este es el punto que verdaderamente cobra en mí, importancia. Y vamos a analizarlo. Cuando se me comunicó que debía de predicar, yo el más joven, el enano, el pequeño, sobre un gigante, inmediatamente se me ocurrió tratar de comunicarme con sus hermanas. Y su hermana Clara amorosamente me dijo, yo no te diré quién fue Pedro en la iglesia, ni para la iglesia, pregúntaselo a la Virgen de la Caridad que él era su hijo amado, y Ella era su Madre querida, y no te olvides que el discurso a San Juan Pablo II, termina, el último párrafo expresando, tu Rostro será nuestro escudo, nuestro amparo tus Gracias serán.

Mons. Pedro Meurice con ese amor inefable a la Virgen de la Caridad, comienza el Seminario en el año 1944 bajo el episcopado de Mons. Fray Valentín Zubizarreta y Unamunzaga. Era un niño. Mons. Meurice perdió a su padre muy niño, y su madre Narcisa Estíu educó, a él y a todos sus hermanos, bajo los principios radicales del evangelio. Con ese carácter que todos veíamos, con esa personalidad, y con esa impronta que escondía un gran corazón, capaz de decirle a cada pobre cuando ayudaba, prefiero pasar por tonto antes que faltar a la caridad.

Esa personalidad, y esa espiritualidad fue recibida con los brazos abiertos, de Mons. Enrique Pérez Serantes. No se puede entender a Mons. Meurice, si no leemos las cartas pastorales de Mons. Enrique Pérez Serantes, no podemos tampoco entender nuestra historia, ni como pueblo ni como iglesia. Si leemos esas cartas, que fueron vientre que gestó a esa persona que conocemos y de la cual estamos hablando, vamos a crecer en amor y en compromiso con nuestro pueblo, como fue Mons. Meurice. La iglesia y Dios, por ejemplo, ¿Roma o Moscú?, etc. En ese ambiente Mons. Meurice se forjó como sacerdote. Y en ese ambiente estudió tanto en el Seminario de San Basilio, como en la Universidad de Santo Domingo; estudió en Vitoria, España, Humanidades y Espiritualidad, y finalmente a la altura de ya casi acabando la década de los 50, estudió Derecho Canónico con excelentísimas notas, en la Universidad Gregoriana de Roma.

Ahora les contaré las circunstancias en las cuales fue nombrado Obispo. Dice un autor llamado Ignacio Uría, biógrafo de Mons. Enrique Pérez Serantes, que después de un largo viaje a Europa de ambos, llegan a Santiago de Cuba, y al pasar los días Mons. Pérez Serantes, que a él lo llamaba siervo fiel, prudente y sabio cirineo, le dijo en su oficina con aquel carácter, con aquel tamaño de Mons. Pérez Serantes, arrodíllese ahí. Y él inmediatamente se arrodilló y le dijo, irás a la Nunciatura, a La Habana, y dirás que sí a todo lo que te digan. Y él pensó, me mandarán a terminar estudios, y solamente expresó, deme su bendición.

Arrancó para La Habana alternándose con el chofer, porque era un excelentísimo chofer, y cuando llegó al otro día a las tres de la tarde, nada más y nada menos estaba el Nuncio, todo un personaje, César Zacchi. Cuando lo recibió le dijo, en la terna has sido nombrado Obispo, y él dijo, no, yo no puedo. Y Mons. Zacchi le contestó, mira si yo que no soy cubano, que hubiese podido desarrollar una carrera diplomática excelente en Roma, estoy aquí por voluntad del Santo Padre, que parezco más jefe de negocios que un Nuncio Apostólico, le he dicho que sí al Papa por amor a Dios, a la iglesia y a este pueblo, cómo tú, siendo cubano, no vas a aceptar la propuesta de la cruz que te llevará a amar a este pueblo, a esta iglesia y a Dios. Y Mons. Meurice dijo que sí.

Inmediatamente regresó para Santiago de Cuba. Cuando llegó, en aquella sala, le dijo a Mons. Enrique Pérez Serantes, Sí. Mons. Enrique Pérez Serantes gritó a su secretaria Olga Ros, Olga ya tenemos Obispo Auxiliar para Santiago.

La consagración episcopal fue el 30 de agosto, y dicen los que estuvieron presentes, que el Cobre, estaba repleto de gente, rebosaba de gente, y que apenas Mons. Meurice pudo agradecer dirigiéndose a su madre, porque el llanto no lo dejaba hablar. Dicen que aquello fue una Consagración Episcopal.

Ahora concluyo con lo siguiente. Dando gracias a Dios por el misterio pascual de Cristo en nuestras vidas. Esta misa la ofrecemos, como muy bien se ha explicado en el guion, por eterno descanso de Mons. Pedro, pero a la luz de ese cirio pascual, lo hacemos con el Espíritu de la Vigilia Pascual del Sábado Santo, para rescatar al esclavo, has entregado al Hijo. Creemos en la vida eterna, pidamos por su eterno descanso, y pidamos también por todos nosotros los sacerdotes más jóvenes, para que siempre seamos perseverantes y tengamos la vida y obra de Mons. Meurice vigentes, actuales en nuestra vida. Porque Mons. Meurice es un don, ha sido un don, y lo es para nuestra Iglesia y nuestra Patria, lo es.

Y concluyo con esta frase. Dice Pilar, nunca en mi vida he visto a un cura que toque, que sostenga con más unción y respeto al Cuerpo de Cristo, el Cáliz con el vino que ya no es vino, es sangre; no hay hombre que lo haya tocado con más unción que mi hermano Pedro. Que así sea.


Texto tomado del Facebook del  Arzobispado de Santiago de Cuba.


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Sunday, June 25, 2023

Los restos mortales de Mons. Pedro Meurice serán trasladados a la Catedral de Santiago de Cuba


Queridos hermanos y hermanas.


Fieles laicos, religiosas y religiosos, sacerdotes, pueblo de Santiago de Cuba y aquellas personas que conocieron y compartieron con nuestro recordado y querido arzobispo Mons. Pedro Claro Meurice Estiú, su preocupación y desvelo por el bien de las almas, de la Iglesia y de Cuba, para comunicarles que el miércoles 12 de julio próximo, a las 6:00 pm se celebrará una misa de exequias y se procederá a reinhumar, en la Santa Basílica Metropolitana Iglesia Catedral de Santiago de Cuba, sus restos mortales.

Recordemos las palabras en la que les daba la triste noticia de su fallecimiento, el día 21 de julio de 2011.
En medio de la pena por su partida nos invade también el sentimiento de gratitud por haberle conocido y trabajado al lado de él. Fue un sacerdote y obispo digno, hombre de Dios y de Iglesia, de fe y oración intensa, muy cercano a su pueblo con el que quiso compartir su vida. Murió rodeado de cariño, entregándose a Dios al amparo de Ntra. Sra. de la Caridad del Cobre, consciente de que el encuentro con el padre se acercaba.

Estos mismos sentimientos de gratitud y justicia hacen que depositemos sus restos en el Templo Madre de esta Iglesia de Santiago de Cuba, desde donde él nos santificó con los sacramentos, nos iluminó con la Palabra de Dios y nos cuidó y defendió como el rebaño que Dios le había confiado. Esta acción es una manera de hacerlo presente como ejemplo de pastor digno de imitar a las próximas generaciones de cristianos y cubanos.

Les convoco a hacer lo posible para participar comunitariamente en esta Santa Misa, en esta acción de gracias por el don de su vida. En ella le encomendaremos al Señor y pediremos por su familia, por nuestra querida arquidiócesis y por todo nuestro pueblo de que él siempre puso en manos de la Virgen de la Caridad para confiarlo a su Hijo Jesús, como lo expresó en la Plaza Antonio Maceo cuando dirigiéndose a la Virgen dijo: “Y tu nombre será nuestro escudo, nuestro amparo tus gracias serán”. Esa es nuestra confianza.

Con mi bendición

+ Mons. Dionisio García Ibáñez
Arzobispo de Santiago de Cuba




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Tuesday, May 9, 2023

(Catedral de Camagüey) Misa en homenaje a Mons. Adolfo Rodríguez


En la Catedral de Camagüey, se celebró una misa a las 5 p.m., de hoy 9 de mayo, en homenaje al Siervo de Dios Mons. Adolfo Rodríguez, al cumplirse 20 años de su paso a la Vida Eterna.


La liturgia tuvo lugar en el espacio de la Catedral, donde descansan los restos mortales de Mons. Adolfo.

La Eucaristía fue presidida por Mons. Wilfredo Pino, arzobispo de Camagüey. (JEM)



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Recuerdan a Mons. Adolfo en encuentro en su Casa Museo

 

En el 20 aniversario del fallecimiento del Siervo de Dios Mons. Adolfo Rodríguez, se celebró en la mañana de hoy 9 de mayo, un encuentro conversatorio sobre su vida. 

El evento tuvo lugar en la Casa Museo ubicada en la calle Cisneros #104. Estuvo presidido por Mons. Wilfredo Pino, arzobispo de Camagüey y el Diac. Miguel Angel Ortiz. (JEM)


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Sunday, January 22, 2023

El micrófono de Juan Pablo II en el Aula Magna de la Universidad de La Habana



En el momento que Juan Pablo II, el 23 de enero de 1998 en la Universidad de la Habana, se disponía a iniciar su discurso al "Mundo de la Cultura", se percató que su micrófono estaba "descabezado", y no apareció quien fuera capaz de resolver el accidente técnico.

La solución a la que echaron mano, fue la mano del jefe de la Guardia Suiza, que una vez metido debajo y dentro de la mesa presidencial, le sostuvo el micrófono a Su Santidad.

Cuando pudo por fin salir nuevamente a la magna superficie, debido al parecer a la presión sanguínea, emergió con la cara colorá. (JEM)


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Con un saco que me prestaron Joel Jover e Ileana Sánchez Hing, me arropé para asistir al encuentro con Juan Pablo II en la Universidad de La Habana, el 23 de enero de 1998.


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... por Camagüey asistimos a este encuentro:


- Roberto Méndez Martínez
- Luis Alvares 
- Ileana Sánchez Hing
- Mirtha Hidalgo Pedroarias
- Florentino Miguel Rivero Mojer
y yo. (JEM)

Tuesday, August 10, 2021

La Iglesia Católica celebra hoy 10 de agosto, el día del Diácono Permanente.


Mons. Adolfo, con los primeros diáconos permanentes de Camagüey. Vicente Pérez, Freddy Gan, Miguel Viera, Rosendo García, Mons. Adolfo Rodríguez, Ramón Castro, Oscar  Valdés, José Figueredo, Vicente Acuña. (Foto cortesía de Janet Figueredo)

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El 16 de julio 1988, Mons. Adolfo Rodríguez celebró sus Bodas de Plata como Obispo, en la parroquia de La Caridad y ordenó a Vicente Pérez como diácono permanente, el primero en Cuba. (JEM)

Friday, February 19, 2021

(Febrero 17, 1986) Discurso inaugural del ENEC, por Mons. Adolfo Rodríguez




Introducción

Cuando en 1979 Mons. Azcárate, con ocasión de una convivencia de sacerdotales en El Cobre, en que trataron precisamente el tema de la esperanza, propuso el proyecto de una reflexión nacional, que él mismo denominó entonces “de quijotada”, nadie pudo imaginarse en aquel momento que aquella “quijotada” iba a convertirse un día en realidad; y que aquella titubeante idea iba a ser la chispa primera de una gran hoguera espiritual que envolvería a toda nuestra iglesia cubana, y de la que hoy nosotros, aquí reunidos, somos como una prueba. Verdaderamente, lo que alguna vez ha sido pensado, es ya desde este momento una realidad.

Ya desde aquel momento fue una realidad este ENEC que se celebra hoy aquí, providencialmente dentro de este Año Internacional de la Paz; a los XX años del Concilio Vaticano II; en el 50 aniversario de la coronación canónica de la Virgen de la Caridad; en momentos en que una cruz que nos entregó el Papa y que es réplica de la primera cruz que en 1514 se plantó en tierra americana, recorre nuestra isla y hace alto aquí para presidir esta asamblea; y en el 133 aniversario de la muerte del P. Varela, el cubano de quien se dijo que mientras se piense en Cuba, se pensará en el primero que nos enseñó a pensar.

Aquí se encuentran hermanos de Pinar del Río y de La Habana, de Matanzas y de Cienfuegos-Santa Clara, de Camagüey, Holguín y Santiago, en un extraño encuentro que no reúne pinareños con holguineros, santiagueros con villaclareños, laicos con sacerdotes, sino católicos cubanos a secas, sin divisiones artificiales, que vienen trayendo algo de sus vidas para buscar juntos cómo puede la Iglesia construir en Cuba la comunión con Dios y con el pueblo cubano del que formamos parte.

Detrás de cada sacerdote presente están todos los sacerdotes de Cuba ausentes; detrás de cada religiosa presente están todas las religiosas de Cuba ausentes; detrás de cada laico, hombre o mujer, joven, adulto, obrero, campesino, profesional, estudiante… están todos los laicos cubanos católicos. A ellos los representamos; a ellos nos debemos; sin ellos nuestra presencia aquí no tiene sentido. Menos aún lo tendría al margen de ellos o contra ellos: contra sus anhelos, sus expectativas, sus opiniones, sus esperanzas que no podemos defraudar.

Largo y no fácil ha sido el camino de estos cinco años de reflexión eclesial para una Iglesia con muchos problemas, de solo 200 sacerdotes, con medios escasos, recursos pobres, elementos sencillos; pero que, a pesar de sus limitaciones, ha logrado realizar este acontecimiento histórico, una Iglesia que no puede decirle al Señor, y menos en este día: “Señor, tú a nosotros no nos has dado nada”, porque este encuentro nos prueba que nos ha dado el milagro mayor, el más misterioso y difícil, el llamado “milagro de las manos vacías”, que son las manos capaces de dar aun lo que no tienen. La primera sorprendida por este encuentro y por este documento de trabajo, ha sido la misma Iglesia.

Los dos ejes orgánicos del ENEC

El ENEC nació con dos ilusiones fundamentales en su corazón: la ilusión de ser imagen fiel de nuestro maestro, Jesucristo, de quien la Iglesia es inseparable porque de Él recibe su esencia y su existencia y con ellas su misión; de quien es sacramento universal de salvación porque ella ocupa el lugar de Él sin desplazarlo; y nace también con la ilusión de servir mejor a nuestro pueblo cubano: a su felicidad, a su unidad nacional, a su progreso, a su carácter y su historia, sus sacrificios y esperanzas, sus peligros y problemas. Este pueblo a quien, como cristianos, tenemos algo que aportar que entronca con las raíces mismas de nuestra nacionalidad cristiana, mestiza, isleña y cubana.

Estas dos actitudes de fidelidad a Cristo y a Cuba, quieren ser los ejes orgánicos de nuestro ENEC, y en esta inauguración los obispos de Cuba, en cuyo nombre hablo, y cuyos sentimientos expreso, quieren exhortar con sincero afecto a todos a actuar siempre en sintonía con esta institución que está en el origen mismo del ENEC.

El ENEC como celebración

Durante estos cinco años hemos oído repetir a sacerdotes, religiosas y laicos, y con mucha insistencia, que el ENEC no debe ser una reunión más sino una celebración de la Iglesia cubana. Estamos ya en esa celebración, en esa fiesta que es de todos los cubanos, porque la historia demuestra que cuando la Iglesia está contenta, los pueblos están contentos también.

Una celebración que proclama su fe en Cristo, en quien creemos más que en todo; incluso más que en este mismo ENEC. En Él, en sus palabras y hechos, queremos buscar juntos nuestras actitudes de Iglesia para hoy y para aquí. El ENEC no puede tener otra intención que la de seguir la misma ruta de Cristo, que es el mismo siempre, pero tiene mil modos diferentes de llamar a su Iglesia para que cumpla su misión en este mundo, conociendo todas las posibilidades, aún las más dolorosas, hasta que llegue a su plenitud.

Una celebración que proclama nuestra fe en el evangelio como la gran noticia para cualquier hombre por muy vulnerable que sea, porque este evangelio nos da la prueba del amor del Padre, tal como lo describe la parábola del padre misericordioso.

Una celebración que proclama lo que Pablo VI llamaba: “la fe en el hombre y en la fuerza innata del bien”, que es más fuerte que el mal, como el amor es más fuerte que el odio; como la vida es más fuerte que la muerte.

Una celebración que proclama, sin bajar de pena la cabeza, el respeto a nuestra identidad cristiana, como hizo el hombre del tesoro del evangelio que, para no perderlo, está dispuesto a perderlo todo.

Una celebración en fin, que proclama nuestra fe en la Iglesia, pero no en la Iglesia abstracta, teórica, ideal, planetaria, de meras palabras teológicas, sino en la Iglesia concreta, práctica, real, que se llama la Iglesia de Dios en Cuba, hermosa o arrugada, contenta o apenada; santa y a la vez pecadora, perfecta y a la vez perfectible; por tanto, una Iglesia continuamente juzgada por el Evangelio y llamada a la conversión y a la santidad de vida a cuyos méritos nosotros apelamos día a día cuando le decimos al Señor: “no mires nuestros pecados sino la fe de tu Iglesia”.

Las claves del ENEC

Una Iglesia que quiere ser misionera porque si no lo fuera sería como una secta que va derecho al fariseísmo y dejaría de ser la Iglesia. Que quiere ser signo de comunión porque si no lo fuera sería como un arca de Noé, con una parejita de cada especie, y dejaría de ser la Iglesia. Una Iglesia que quiere ser encarnada porque si no lo fuera, entonces sí sería “el opio del pueblo” y dejaría de ser la Iglesia.

Y si como lo han intuido todas las asambleas diocesanas, nuestra Iglesia en Cuba quiere ser misionera y signo de comunión, entonces tiene que ser necesariamente la Iglesia de la apretura, del diálogo, de la participación, de la mano extendida y de las puertas abiertas, del perdón, de la diaconía; la Iglesia que “lava los pies” como el maestro (Jn 13, 5), que camina dos millas con el que le pide caminar una; que da el manto también al que le pide la túnica y que pone “la mejilla izquierda al que le pega en la derecha” (Mt 5, 39), es decir, la Iglesia que sale en esta vida con algo siempre inesperado: la serenidad, la comprensión, el amor.

Cuando leemos el “Documento de Trabajo” nos parece que no se trata de buscar en este ENEC criterios ni principios nuevos; nos bastan los de siempre, que son los del evangelio y que son los mismos que vienen de las asambleas diocesanas. 

Se trata, más bien, de buscar cómo aplicarlos pastoralmente a la realidad concreta nuestra. Se trata de que toda la enorme experiencia de fraternidad, servicio, unidad, solidaridad, alegría, esperanza contra toda desesperanza… que llevamos 27 años viviendo intraeclesialmente, la abramos a todos los demás y la brindemos para que los hombres se sirvan de esta experiencia en la medida que su libertad personal lo reclame.

Cuando leemos las “líneas de fuerza” de nuestras asambleas diocesanas, comprobamos que nuestros católicos no han hecho otra cosa que cambiar acentos, enfatizar aspectos, renovar perspectivas, leer signos nuevos dentro de una fundamental continuidad con el pasado y con el evangelio para cumplir mejor nuestra misión en esta tierra cubana que es la tierra buena del evangelio donde basta tirar la semilla para verla crecer y florecer.

Nuestros cristianos optaron desde el primer momento por el diálogo, cuando el diálogo no era todavía más que una nostalgia. Optaron por la apertura cuando las puertas parecían estar cerradas y las cortinas bajadas; optaron por la evangelización cuando no íbamos en nuestra pastoral más allá del llamado “testimonio silencioso”; optaron por la encarnación cuando se decía que la religión no puede formar ciudadanos buenos porque su carácter sobrenatural los hace sospechosos en asuntos de carácter natural.

Por tanto, ningún acontecimiento anterior al ENEC tuvo que cambiar precipitadamente el giro de las opciones originales de los católicos cubanos, como ningún acontecimiento posterior al ENEC, sea adverso o favorable, debiera cambiar estas voluntad unánime e intuición evangélica de los católicos cubanos que dijeron: 

sí a la apertura, que se abra espacios nuevos al evangelio; sí al diálogo, que sea sincero y realista, hacia fuera y hacia adentro; sí a la encarnación que sea no como dogma abstracto; sí a la evangelización… como también dijeron sí al respeto irrestricto a la propia identidad cristiana. Si nada hubiera sucedido en el camino, aquel ENEC hubiera sucedido exactamente igual a este. Cualquier signo posterior o anterior no haría más que reformular lo ya formulado, reexplicitar lo ya explicitado.

Algunos presupuestos

Antes de empezar nuestra asamblea, los obispos consideramos conveniente recordar o clarificar tres puntos, que son propiamente nuestros, porque vienen del mismo sentir de las asambleas diocesanas:

1.- El ENEC no va detrás de un documento deslumbrante, aunque habrá un documento que pertenecerá al tesoro de la Iglesia cubana y en el que la Iglesia cubana quiere inscribir su acción pastoral. El ENEC tampoco va detrás de una fiesta, aunque es una celebración festiva de la Iglesia.

El ENEC nació como un espíritu nuevo en nuestra Iglesia y este espíritu es más importante que los papeles y que la fiesta. El ENEC cumplirá realmente su objetivo cuando este espíritu penetre en el corazón de la Iglesia, en su vida, instituciones y personas. El ENEC es el pulmón de la Iglesia cubana, su conciencia reflexiva, su respuesta bajo la inspiración docente del Espíritu Santo a las necesidades nuevas; y este espíritu es el que evitará la parálisis, la anarquía y la falsificación en nuestra acción pastoral, que es el objetivo priorizado de esta reflexión.

De más está decir que el ENEC tampoco debe pasar a la historia como un juicio, que pertenece solo a Dios. No es seguro que un hombre o una institución o un sistema puedan cambiar desde fuera el rumbo de otro mediante la fuerza o mediante la condena. Todavía pesan en la memoria el recuerdo costoso de épocas en que pretendimos combatir el error mediante la Inquisición, y tampoco dio resultado. Finalmente, mediante la apologética, y tampoco dio resultado. En nombre de la verdad o de la eficacia no se puede abdicar del amor y “el amor aventaja siempre al juicio” (Sant 2, 13).

2.- El ENEC significa solo una etapa intermedia, orientada hacia otras etapas intermedias, hasta la meta que nos trasciende y que trasciende a la Iglesia misma. No es un final sino un nuevo comienzo. Quiere ser profético, sugerente, programático: mirando a largo plazo. Por tanto, la intuición profunda del ENEC hay que realizarla en la paciencia de la Iglesia, que espera siempre, aun en la noche.

Dios no lo da todo en esta vida. Y el ENEC tampoco. Nada en esta vida es hasta hoy y desde hoy: la vida se teje de pasos y el ENEC también. No puede el ENEC tratarlo ni agotarlo ni resolverlo todo. Lo único que el ENEC puede es cumplir lo que enseñó el Señor: “Caminar hoy el camino de hoy y mañana el de mañana, sin pretender ver el camino entero”.

La pregunta está latente: ¿qué pasará históricamente en la Iglesia cubana después del ENEC? Tal vez mañana nos pueda parecer que no ha pasado nada; que el sol sigue saliendo por donde ha salido siempre; que todo sigue igual: como en la bendición del ministro; como en la consagración de la eucaristía, que parece que no ha pasado nada, pero sí ha pasado.

Se puede fallar en esta vida por ir despacio, pero también por ir de prisa. Este es el primer ENEC. ¿Por qué tiene que ser el último? Los católicos cubanos tienen fama de ser muy generosos, siempre será más fácil pedirle paciencia a los generosos que pedirle generosidad a los impacientes.

3.- Si alguien tuviera aquí alguna preocupación por el clima que reinará en esta asamblea, es porque ha olvidado muchas cosas. 

Ha olvidado el clima que reinó en las asambleas parroquiales, vicariales, zonales y diocesanas durante cinco años. 

Ha olvidado que somos cubanos, hijos de este pueblo educado en tradiciones muy liberales y muy tolerantes, capaz siempre de oír, de atender, de respetar.

Habrá olvidado la calidad humana y espiritual de nuestros sacerdotes, religiosas y laicos cubanos, de quienes la Iglesia se siente muy orgullosa, capaces de elaborar un documento de trabajo como éste, que es el más eclesial y a la vez el menos clerical de nuestra historia cubana.

Son muchos los motivos para asegurar de antemano que aquí nadie viene a oírse a sí mismo, a pescar para sí, a tocar trompetas precipitadas en esta hora que no es de clarinadas sino de coherencia, de realismo y de servicio.

Muchos son los ojos del mundo entero puestos hoy en la Iglesia cubana que parece convertida en este momento como en un eje universal. Y es que Cuba, su Iglesia, su estado, sus hombres, tenemos una oportunidad y responsabilidad compartida de ayudar a una evolución general del mundo.

Tenemos confianza en Dios, pero tenemos también confianza en ustedes. 

Durante estos 27 años la Iglesia cubana ha puesto en las manos de los laicos las cosas más queridas y más santas; las cosas a las que la Iglesia le da la máxima importancia; les puso en las manos la eucaristía para que la llevaran a los enfermos; la Sagrada Escritura para que la leyeran en la asamblea; las celebraciones de la Palabra para que las presidieran; la economía de las parroquias para que las administraran. Con la misma confianza, la Iglesia cubana les pone ahora en las manos su futuro, segura de la responsabilidad y seriedad, de la serenidad y coherencia, de la obediencia y objetividad de ustedes.

La buena voluntad de la Iglesia se prueba en admitir la diversidad de la unidad y la igualdad en la diversidad, bajo esta regla universal de oro de la Iglesia: “In certis unitas, in dubis libertas, in omnibus charitas”. (‘En las cosas ciertas: unidad; en las cosas dudosas: libertad; en todas las cosas: caridad’.)

La reflexión del corazón

Hermanos: necesitamos reflexionar en este ENEC con la cabeza pero sin ahogar las razones del corazón. Primero, porque el Señor nos enseñó a ver con el corazón lo esencial, lo profundo, y se queja cuando el hombre piensa solo con la cabeza: “no hay quien piense con el corazón”, dice Isaías; pero, además porque el lenguaje del corazón es más fácil de entender a todo hombre, en particular al cubano, que es cordial, afectivo, sentimental, poco vengativo, poco rencoroso, que no guarda mucho tiempo las cosas, como reflejaron las encuestas preparatorias del ENEC.

Nadie encontrará en el documento de trabajo el espíritu de revancha, el resentimiento y la recriminación, las ganas de insistir en las heridas o el vocabulario férreo del hijo mayor de la parábola. Tampoco encontrará la estrategia fría, ni el doblez de intenciones, ni el cálculo egoísta, ni los compromisos falsos, ni las formas prepotentes. Tampoco el angelismo cándido, el triunfalismo vacío, el acomodamiento insincero o el optimismo simplista del que se pone algodones en los oídos para encubrir nuestros propios errores y para desconocer los errores de los demás.

El documento de trabajo no quiere alentar más el miedo que paraliza, la desconfianza que lastra, la cobardía que disfraza o el complejo que inhibe. No cae en el error de reduccionismos en materia de fe, poniéndola al lado o frente o en competencia con otras ideologías como si la fe fuera una experiencia reductible a cualquier otra experiencia humana.

No aspira nuestro ENEC a una reconquista de poderes, a un rescate de posiciones, favores o privilegios para la Iglesia. La Iglesia no quiere otra cosa que el espacio necesario para cumplir su misión, para dar también su juicio ético, moral, no político, aún sobre problemas no estrictamente religiosos, pero sí humanos, lo cual no constituye un privilegio sino un derecho y un servicio: el derecho que tieneel hombre a recibir la Palabra de Dios y a iluminar toda su vida con la luz de esta Palabra. La Iglesia quiere anunciar, en franca amistad, su fe a todos los hombres, aún a aquellos que la consideren enemiga, porque ella no quiere sentirse enemiga de nadie. La Iglesia, en fin, espera que la fe deje de ser aquí un problema, una debilidad o un diversionismo ideológico; y que el futuro no se parezca al pasado.

Y para llegar a esto, la Iglesia no tiene otro modo y otro lenguaje que el modo y el lenguaje del corazón.

La esperanza de la Iglesia 

El espíritu nos va a conducir por sus caminos que no son nuestros caminos, a esa imitación cada vez más fiel de Jesucristo y a esa comunión cada vez más estrecha con nuestro pueblo cubano, con quien compartimos un mestizaje de fe, cultura y raza, y compartimos la dicha de haber nacido aquí.

Los cubanos, por nuestro carácter, somos capaces de construir cualquier cosa en común; y vamos a construir este camino del Espíritu felicitándonos por tantas cosas que salen bien en nuestra patria y preguntándonos qué podemos humildemente hacer para que las que salen mal, salgan bien.

Abierta a la imprevisibilidad del Espíritu, la Iglesia cubana quiere ser la Iglesia de la esperanza: que recuerda el pasado, vive el presente y espera el futuro.

Tenemos una esperanza y queremos dar palabras de esperanza a los que las pidan, a los que las necesiten, a los que han fijado sus miras solo en lo terreno como límite a sus aspiraciones humanas y sienten como que les falta algo. No tenemos ni la primera ni la última palabra de todo, pero creemos que existe una primera y una última palabra de todo y esperamos en Aquel que la tiene, el Señor. En Él miramos con serena confianza el futuro siempre incierto, porque sabemos que mañana, antes de que salga el sol, habrá salido sobre Cuba y sobre el mundo entero, la providencia de Dios.





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