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Wednesday, September 2, 2026

Cuando Hemingway donó la Medalla del Nobel a la Virgen de la Caridad (por Carlos A. Peón-Casas)


Cuando Hemingway donó la Medalla del Nobel a la Virgen de la Caridad.
Precisiones imprescindibles.
(En El Viejo y la Marca, crónica de Guillermo Cabrera Infante para Ciclón.)

por Carlos A. Peón-Casas


Del tema se ha hablado con profusión. No así del ruidoso acto que se pensó como un homenaje al escritor afincado en Cuba, durante el cual Hemingway hizo donación de su valioso trofeo a la Madre de los Cubanos.

La rememoración del suceso, ha sido transcrita alguna que otra vez, con algunas precisiones, a veces imprecisas, contadas y recontadas por personas que ciertamente no fueron testigos directos.

Por contarlo mal, los que oyeron campanas y no supieron dónde, han dicho hasta que ocurrió en Santiago de Cuba, en los predios de la famosa fábrica Bacardi, gazapo imperdonable, pues Hemingway jamás estuvo en aquella ciudad del oriente cubano.

Pero como ya iremos explicando en su minuto, el hecho aconteció en La Habana, presumiblemente a comienzos del mes de agosto de 1956(1), casi dos años después de haber recibido la noticia de ser el agraciado de aquel año con el Premio Nobel de Literatura por boca del entonces cónsul sueco, durante una ceremonia privada, ocurrida el 21 de octubre de 1954 en los predios de su Finca Vigía(2).

En How it was, el libro de memorias de Mary Welsh, la anécdota se cuenta en sentido inverso. Posponiendo la visita del cónsul al día siguiente en que la noticia fue hecha pública (el 28 de octubre), sugiriendo que Hemingway no fue convenientemente avisado con toda antelación como realmente sí ocurrió.


Resulta sin embargo muy interesante leer allí su personal transcripción de las palabras de Hemingway a la prensa de entonces, y a la multitud de amigos, que se congregó aquel 28 de octubre en su Finca para testimoniarle su afecto, y que traducimos por su interés para el curioso lector.
Como saben hay muchas Cubas. Pero igual que la Galia, Cuba puede dividirse en tres. La de los que tienen hambre, la de los frugales, y aquella de los que comen demasiado. En este convite de hoy todos estamos en la tercera categoría, por lo menos por ahora.
No soy un hombre político. Este es un gran defecto, pero es preferible a tener arterioesclerosis. Con este defecto de ser apolítico, uno pude apreciar los problemas del Palmolivero, y los triunfos de mi amigo Alfonsito Gómez Mena. Igual fui amigo de Manolo Guas, primo de Felo Guas, y también de Manolo Castro.
Me gustan las peleas de gallos y también la Orquesta Filarmónica. Fui amigo de Emilio Lorents y esto no ha interferido con mi amistad con Mayito Menocal quien junto a Elicio Arguelles son mis mejores amigos en este país.
Dios permita que no sea pecado mortal considerar que Antonio Maceo sea mejor general que Bernard Law Montgomery, ni desear la muerte de Trujillo, y que muera en su cama de muerte natural por supuesto. El es la única persona que me gustaría ver morir antes que yo.
Discúlpenme ahora por algunos chistes y una legitima crítica que sigue y que uno ve cada mañana en el espejo. Están faltando esos tipos en los que uno puede ver lo buena que es la humanidad, y aquellos que pueden digerir sus fracasos.
Son ya demasiadas palabras. No quiero abusar de ella, y vayamos a los hechos. Deseo ofrecer esta medalla sueca a Nuestra Señora la Virgen del Cobre(3).
Como fácilmente se colige de lo dicho, la decisión de Papa, de donar la Medalla correspondiente a la Virgen de la Caridad, en su Santuario del Cobre, fue firme desde el principio. Pero un misterioso suceso, la desaparición momentánea de la Medalla en Finca Vigía, retrasó el hecho(4).

El acto, ya enunciado, fue cubierto por Guillermo Cabrera Infante, por entonces nobel periodista, para la revista Ciclón, junto otros famosos reporters de la época, como el P. José Rubinos, cronista por su parte del Diario de la Marina.

El convite había sido pactado como un almuerzo con multitud de invitados, en los jardines de la Cervecería Modelo(5), ubicada en el Cotorro, donde se fabricaba la conocida marca, de cervezas y maltas, Hatuey.

La noticia en los diarios fue escueta(6), pero Cabrera Infante recoge en su relato, los detalles acaso no más triviales, pero sí los que dan la nota más psicologista posible.

El arranque de su crónica nos ubica en contexto con mucha celeridad:
El almuerzo se sirvió a la hora de la merienda y Ernest Hemingway parecía cansado. Llegó poco después de la una y de inmediato fue asaltado por una turba entre la cual los fotógrafos elevaban sus cámaras, como hace el nadador que lleva su ropa seca en la mano. El agrupo apenas si lograba avanzar un paso, todos apretados en torno a la figura del escritor(7).
Allí distinguimos de pronto a la figura principal, la del maestro Hemingway, el centro magnífico de aquel minuto que la prensa le anunciaba “como homenaje de simpatía”, rodeado, o “asfixiado” casi por aquellos “muchachos de la prensa” y el convite unánime de sus más declarados admiradores.

 

Pero Cabrera Infante, sabía que aquel minuto era quizás aquello y algo más, su relato sigue develando aristas muy evocadoras de aquellas circunstancias no dichas explícitamente
Hemingway parecía uno de esos monumentos junto al cual todo el mundo ase retrata. Esta vez el monumento se movía. Vistiendo una guayabera blanca, encanecido, con la cara abatida por el tiempo, aparecía prematuramente envejecido y con una suerte de cansancio en la mirada. También había sorpresa en sus ojos y quizá por primera vez en su vida, estaba realmente asustado(8).
Y al cronista no le faltaba razón, aquel año de 1956 había sido de una intensidad desgastante y salvaje para el escritor, enfrascado en los detalles cinematográficos de la versión de su novela El Viejo y el Mar, que lo llevó hasta Perú, tras un marlin suficientemente digno para al filme, y alejado de sus afanes creativos por más de tres o cuatro meses. Su estado anímico no era bueno para el minuto en que cumpliera sus cincuenta y siete años, marcado por una irritabilidad que “sin dudas tenía sus orígenes en el hecho que su propia escritura no iba todo lo bien que el desearía”(9).

Aquel baño de masas no parecería el mejor paliativo para aquel Hemingway poco acostumbrado a aquellas manifestaciones de simpatías “a la cubana”, y que como el mismo cronista acotaba, ante aquellas efusiones:
Hemingway pugnaba por escaparse y no lo lograba…pero esta vez se trataba de su homenaje y un homenaje es lo más parecido que hay a un martirio. Incluso para el homenajeado(10)
La firma Bacardí era patrocinadora del acto, y a tal efecto había provisto una bien servida barra, donde los asistentes se podían proveer a libre demanda, de daiquiris, preparados con el ron homónimo y cervezas Hatuey. Para cuando Hemingway se presentará, ya la concurrencia con toda seguridad estaría bien animada con la ingestión de aquellos espirituosos bebestibles, y es de entender la euforia con que celebró su llegada.

Igualmente, en una improvisada tribuna, un trío, compuesto de dos guitarras eléctricas y un bongó, muy al uso de la época, animaba el ambiente sonoro, y justo a la llegada del homenajeado, hacía sonar los compases de un chachachá compuesto en su honor, intitulado: “Viva Hemingway”

Entre la concurrencia de aquel día no faltaron los pescadores de Cojimar, a no dudarlo unos gremios entrañables para Papa, cercanos siempre, irrumpieron según lo narra el cronista:
“Por uno de los pasillos centrales avanzó hasta la mesa principal una larga teoría de hombres jóvenes y viejos, todos curtidos por el sol, atezados por la vida al aire libre”(11),

Eran los mismos y algún otro, de aquellos que en otro hermoso y muy sincero gesto le habían entregado una medalla conmemorativa cuando Hemingway publicara su noveleta El Viejo y el Mar, que sin dudas los inmortalizaba. Una foto de aquel minuto los evoca: “el Sordo, Cachimba, Cheo López, Arsenio, Ova Carnero, Gregorio Fuentes, Tato y Quintín”(12).

El cronista sigue narrando los pormenores de aquel animado acto de homenaje, al ritmo de las improvisaciones que el trío musical prodigaba:
“En la tribuna el trío era otro, pero la música muy parecida. De entre una guaracha de moda surgió una letra conocida:
¡Hemingway!, ¡Hemingway! ¡Hemingway!
Continuo el trío:
Hemingway, Hemingway,
¡Campoamor!, ¡Campoamor!, ¡Campoamor!(13)
Era la clarísima alusión al que fuera el “padre de la idea”, el intelectual cubano Fernando G. Campoamor.

La voz animosa de una cantante muy popular de aquella hora, Amelita Frade, entonaba ya una décima homenaje a Hemingway, con la típica melodía de la Guantanamera, el cronista transcribía su emotiva inspiración:
El Premio Nobel “pescó”
Porque es un “tigre” escribiendo:
Cuando escribe estamos viendo
Los momentos que el vio
Ante su estampa tembló
La pantera de Zambeze:
Su libro decir parece
Que “el viejo” fue Hemingway:
Pero que el mar es de Hatuey.
¡porque el se la merece!
Le gusta sentir bravío
El viento sobre “El Pilar”
Y de noche conversar
Con la selva y con el río
Le gusta este suelo mío
Y nuestro mar antillano;
Le gusta estrechar la mano
De los humildes de aquí,
Y le gusta el Daiquirí:
Sano, sabroso y cubano.
Pero ya justo para final, cuando la multitud congregada casi empezaba a hacer mutis por el foro, después del opíparo almuerzo(14), faltaba lo mejor de aquel convite, el minuto tan esperado que llegaba en las palabras de Papa, quien a duras penas fue casi cargado en andas hasta la tribuna, escoltado, o mejor dicho empujado, otra vez por aquella misma multitud.

Cabrera Infante lo sigue contando en su crónica:
De alguna manera lograron subir a Hemingway a la tribuna. De alguna manera que no fuese cargado, pero allí estaba (…) Hemingway aparecía entre ellos y vacilaba con un papel en la mano. Alguien suplicó silencio (…) Hemingway habló.
-Un hombre que no sabe hablar un idioma no debe hablar ni en su casa. Se refería a su español. Su español era bastante correcto-se percibían claras las “ces” españolas- aunque su acento es fuerte. Leyó el discurso:
-Me siento muy agradecido y emocionado por este no merecido homenaje. Siempre he entendido que los escritores deben escribir y no hablar. Por lo tanto, quiero ahora donar la medalla que recibí del Premio Nobel de Literatura a Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, patrona de este país que tanto amo.
Fernando Campoamor agradeció esas frases.
-Hemingway, Cuba te quiere como una madre”(15).
Lo que siguió fue el acabose dicho en mejor cubano. Un minuto antes habían repartido a todos los presentes un folleto(16), recordatorio del acto, que entre otros detalles incluía una foto bastante inapropiada de Papa en traje de baño.

Ninguno de los presentes quería irse sin que el propio Hemingway estampara su firma. No más dicha la última frase, la multitud inundó la tribuna, que empezó a crujir peligrosamente por el peso inusitado de tantas personas.

El cronista dejaba entonces constancia de una no muy simpática anécdota de aquella masiva pesca de autógrafos:
solo un momento pareció disgustado Ernest Hemingway mientras firmaba los folletos y fue cuando le presentaron la fotografía para que estampara su firma sobre ella. Apartó ese folleto y dijo grave:
-No firmo ahí. No me gusta esa fotografía. Parece que estoy desnudo, no firmo. El solicitante dobló la hoja y tendió a Hemingway otra página. Con una sonrisa que quería parecer una sonrisa éste firmó”(17).
Para casi el final, Hemingway se mostró algo impaciente. En su peculiar español hizo saber
“Quiero marchar. No me gusta divertirme aquí, mientras entierran a mi amigo Agustín Cruz”(18).
El homenaje había terminado, y el cronista así lo dejaba saber, confirmando con su última frase, la del cierre de su crónica, algo que ya había intuido desde el comienzo:
“Como se ve, los periódicos no lo dijeron todo”(19)

Diario de la Marina
Octubre 29, 1954


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  1. La crónica en cuestión apareció publicada en septiembre de 1956, pero Hemingway, no estaba en La Habana para entonces, había viajado a Nueva York a finales del mes de agosto, por lo que colegimos que el acto debió ser a comienzos de aquel mes, o quizás a finales de julio.
  2. Los hechos sucedieron así, según lo precisara Mary Welsh en 1965: “El embajador telefoneó desde la Habana e hizo una cita para ver a Hemingway. Se preparó una ceremonia privada para aquel día. Hubo un pequeño intercambio de discursos, con la presencia del embajador sueco y su esposa y muy pocos amigos, todos de pie en nuestra biblioteca, y después siguió un almuerzo muy animado de unas cuatro horas con unas diez o doce personas a la mesa”. Hemingway no viajó a Estocolmo, como bien se sabe, por razones de salud, y el discurso de aceptación del galardón, in absentia, lo leyó en su lugar, George M. Abbot, Encargado de negocios de la embajada de Estados Unidos en Suecia, durante acto de ocasión, acaecido el 8 de noviembre de aquel mismo año. En Ernest Hemingway. A Life Story.Carlos Baker. Charles Scribner’s Sons. NY, 1969. p.661
  3. How it Was. Mary Welsh Hemingway. Futura Publications. London, 1978. p.411
  4. Hemingway en Cuba. Norberto Fuentes. La Habana, 1984. p.130
  5. Filial de Ron Barcardí S.A. Todos sus accionistas lo eran de la casa matriz. Su presidente era José M. Bosch. En Las Empresa de Cuba en 1958. Guillermo Jiménez. Ciencias Sociales. La Habana, 2004. p. 193
  6. “En horas del mediodía de ayer tuvo lugar en los jardines de la cervecería Modelo, en el Cotorro, el homenaje de simpatía que las instituciones culturales cubanas rindieran a Ernest Hemingway, el gran escritor norteamericano autor de El Viejo y el Mar quien desde hace años reside entre nosotros” en El Viejo y la Marca. Guillermo Cabrera Infante. En Ciclón.Vol.2 No. 5. Septiembre 1956. p.51
  7. Ibíd
  8. Ibíd.
  9. Ernest Hemingway. A Life Story. Op. cit. p.534
  10. El Viejo y la Marca. Op. Cit.
  11. Ibíd. p. 52
  12. Ibíd. p.174
  13. El viejo y la marca. Op cit. p.53
  14. El menú incluyó “Arroz congrí, yuca salcochada, lechón asado, tamal y cerveza Hatuey” Ibíd.
  15. Ibíd.
  16. “El folleto estaba impreso en un rústico pero agradable pedazo de papel de estraza y en la portada llevaba una viñeta coloreada a mano. Dentro tenía un pedazo de El viejo y el mar en que se mencionaba la Hatuey beer, una reproducción sobre papel rojo de la décima cantada, una foto a toda página de Ernest Hemingway en trusa reclinado sobre una tumbona, un pedazo de los primeros capítulos de Tener y no tener que decía algo sobre Hatuey beer y un recordatorio.” Ibíd.
  17. Ibíd.
  18. Ibíd.
  19. Ibíd.


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Ver en el blog 

Wednesday, August 12, 2026

Hemingway en el hotel Florida de la madrileña Plaza del Callao. (por Carlos A Peón-Casas)

Hotel Florida, 
Plaza del Callao, Madrid.
1924-1964.
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Fue sin dudas un sitio anecdótico durante la Guerra Civil Española porque en el se dieron cita los corresponsales de Guerra de más pedigree de aquella minuto. Y Hemingway no fue excepción. 

Mucha tinta ha corrido sobre la experiencia de aquel vistoso alojamiento localizado en una muy propicia locación de la ciudad del Oso y el Madroño: la Plaza del Callao justo en la principal Gran Vía. 

El inmueble construido en 1924, sobrevivió la crudeza del asedio y sitio de Madrid por ejército Nacional contra las tropas de la República que dominaban la ciudad. Los frecuentes bombardeos dejaron incluso su huella allí. 

Hemingway dejaría evidencia muy particular que aquí recreamos: 

La puerta de mi cuarto está abierta, se escucha el tiroteo del frente a unas cuantas manzanas del hotel. Tiros de fusil toda la noche. Tabletea la ametralladora. Es una suerte estar tumbado en la cama en lugar de Carabanchel o la ciudad universitaria». Así escribía Hemingway, desde su habitación del Hotel Florida, una noche de bombardeos en plena Guerra Civil.

Pero quizás lo más sugerente de aquella bien documentada estancia, serían por esta vez unas muy condimentadas anécdotas de Papa, y que recurren al diario existir entre escaramuzas guerreras y la redacción ingente de los despachos pertinentes, todo bien sazonado con las espléndidas comidas y ruidosas reuniones donde no faltaba un buen escocés para rematar la charla. 

Por esos años, los periodistas, como el resto de los madrileños, se veían obligados a gorronear para conseguir todo tipo de alimentos. Se cuenta que Hemingway, con su carácter previsor y su fama de hombre práctico, convirtió su habitación en una especie de pequeña despensa de guerra. Guardaba allí provisiones como comida, café, huevos, panceta, tostadas con mermelada y bebidas alcohólicas, incluido whisky y ginebra. 

Fue proverbial y muy recordada la bronca que montó cuando le desapareció la mermelada de su armario. La anécdota más repetida es que, al descubrir que alguien había tomado parte de su reserva —en especial su mermelada—, Hemingway reaccionó con una gran protesta. En medio de una guerra donde faltaban tantas cosas, resultaba casi cómico que el escritor defendiera con tanta energía un frasco de mermelada.

Pero no solo fue aquel un gesto de su lado. Se contaba con igual fruición que: 

en el cuarto de baño de Sefton Delmer, del «Daily Express», repleto de botellas de vino que había comprado a los anarquistas, que a su vez las habían robado del Palacio Real.
En sus doscientas habitaciones se escribieron muchas de las crónicas de guerra que fueron portada de los periódicos más importantes del mundo. Ernest Hemingway, Martha Gelhorn, Virginia Cowles, Antoine de Saint-Exupéry, Gerda Taro y Robert Capa fueron algunos de los corresponsales que se alojaron aquí. (Website de Telemadrid)

 



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Con notas y referencias tomadas de:

Hemingway and the Spanish Civil War: The Distant Sound of Battle. Gilbert H Muller. Springer International Publishing. November 2020.

Hemingway.es
https://www.hemingway.es/index.php?Itemid=2&catid=2%3Aviajesdehemingway&id=41%3Aflorida-el-hotel-de-la-guerra-civil&option=com_content&view=article&utm_source=chatgpt.com

Wednesday, August 5, 2026

Merton y Hemingway. A propósito del poema: “An Elegy for Ernest Hemingway” (por Carlos A. Peón-Casas)


El título está crónica lleva en sí un descubrimiento y un asombro de magnitudes equivalentes.

Y en verdad lo marca la poesía de un hombre místico con todas sus letras, pero especialmente la de un poema laudatorio, escrito como epitafio suficiente a otro grande de la literatura norteamericana sin cuento: Ernest Hemingway.

ChatGPT nos dota de algunas imprescindibles coordenadas entre ambos escritores situados en las antípodas creativas pero conectados por algo más grande y trascendente que ellos mismos:
No hay evidencia de que Thomas Merton y Ernest Hemingway se hubieran conocido personalmente. Merton (1915–1968), monje trapense de la abadía de Abadía de Nuestra Señora de Getsemaní, era un escritor espiritual que seguía con atención la literatura contemporánea, pero su relación con Hemingway fue literaria y simbólica, no de amistad personal. Cuando Hemingway murió en 1961, Merton escribió “An Elegy for Ernest Hemingway” como una respuesta de admiración y compasión. El poema muestra que conocía profundamente la imagen pública de Hemingway —el cazador, el corresponsal de guerra, el novelista de la acción—, pero intenta ir más allá del mito para ver al hombre vulnerable detrás de esa figura.
El poema a no dudarse, es uno de los homenajes más profundos a Hemingway porque no celebra solamente al hombre de acción, sino que interpreta su muerte como el final simbólico de un ideal del siglo XX: la figura del aventurero individual, del héroe que cree poder dominar el destino mediante el valor y la voluntad.

Que el lector disfrute esta maravillosa revelación en esta traducción personal que ahora les comparto como cierre:

Ahora, por primera vez, en la noche de tu muerte,
tu nombre es mencionado en los conventos:
ne cadas in obscurum (no caigas en el olvido).

Ahora, con una campana verdadera, tu historia llega a su final.
Ahora los hombres en los monasterios, los hombres de los réquiems,
familiarizados con los muertos, te incluyen en sus oficios.

Permaneces anónimo entre miles, esperando en la oscuridad
en grandes estaciones al borde de países
conocidos solamente por la oración, donde los fuegos no son crueles,
esperamos, y no carecen de fin.

Pasas brevemente entre nosotros. Tus libros y tus escritos
no han sido consultados. Nuestras oraciones son
pro defuncto N. (por el difunto N.).

Sin embargo, algunos levantan la mirada, como si entre una multitud
de prisioneros o personas desplazadas reconocieran a un amigo
que alguna vez conocieron en una tierra lejana.
Para ellos, el sol también salió después de una guerra olvidada
sobre un idioma que tú hiciste grande.
No te han olvidado. En su silencio sigues siendo famoso,
no una sombra ritual.

¡Qué lentamente repica esta campana en la torre de un monasterio
por toda una época, y por la rápida muerte de una dinastía desprevenida,
y por aquella valiente ilusión: el yo aventurero!

Porque con un solo disparo
¡toda la cacería ha terminado!



An Elegy For Ernest Hemingway
.
Now for the first time on the night of your death
your name is mentioned in convents, ne cadas in obscurum.

Now with a true bell your story becomes final. Now
men in monasteries, men of requiems, familiar with
the dead, include you in their offices.

You stand anonymous among thousands, waiting in
the dark at great stations on the edge of countries
known to prayer alone, where fires are not merciless,
we hope, and not without end.

You pass briefly through our midst. Your books and
writing have not been consulted. Our prayers are
pro defuncto N.

Yet some look up, as though among a crowd of prisoners
or displaced persons, they recognized a friend
once known in a far country. For these the sun also
rose after a forgotten war upon an idiom you made
great. They have not forgotten you. In their silence
you are still famous, no ritual shade.

How slowly this bell tolls in a monastery tower for a
whole age, and for the quick death of an unready
dynasty, and for that brave illusion: the adventurous
self!

For with one shot the whole hunt is ended!




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Fuentes consultadas:




Wednesday, July 29, 2026

“Meditation on a News Item” (1960). Un poema de John Updike que alude a Hemingway. (por Carlos A. Peón-Casas)


Nada más propicio como dejarse arrastrar por los vericuetos de internet para dar de pronto con joyas increíbles como el poema  Meditation on a News Item, al que ahora aludimos.

Lo escribió un Updike de solo 29 años que no llego a conocer al Maestro, pero de quien siempre se sintió deudor y le dedicó más de una proximidad crítica y reflexiva.


Encontramos la referencia en internet: 
Publicado en The New Yorker el 16 de julio de 1960, el poema surgió a raíz de la fotografía en la que Hemingway entrega el trofeo de pesca a Fidel Castro. Updike explicó años después que lo fascinó la extrañeza histórica de aquella escena, más que su significado político. Comparó el episodio con un mundo al revés, como el de Alicia en el País de las Maravillas. (….)
Cuando fue entrevistado décadas después sobre Meditation on a News Item, Updike recordó que lo que lo impulsó a escribir el poema no fue la política cubana, sino la sensación de estar viendo una fotografía “imposible”. Decía que ver a Castro ganar un torneo asociado con Hemingway le parecía tan improbable como “la reina de Inglaterra ganando un torneo de ajedrez”. Esa observación ayuda a entender que el poema es una meditación sobre la ironía y el absurdo de la historia más que un comentario.


Al leer el texto que ahora presentamos en una versión traducida, esa misma y singular sensación que provocaría en el poeta norteamericano, aquel singular avistamiento de un Hemingway consagrado ya en todas sus lides vitales, dejando en manos del barbado líder caribeño, el trofeo, como acaso un enigmático pistoletazo de salida de su amada isla cubensis y hasta de su propia existencia que estaría por cerrar por su mano para toda posteridad:
tan extraño
para mí como si se encontrara,
en un archivo jacobino, un grabado en madera
indiscutiblemente auténtico que mostrara a Shakespeare
entregando la cinta azul al Mejor Pastel Horneado
a la reina Isabel.
Updike imagina la solicitud de inscripción de Castro para participar en el torneo :
«Ocupación: Dictador. Dirección:
Piso superior del Hotel Habana Hilton (confiscado).
Aficiones: Arengar, provocar a los Estados Unidos, pescar (principiante).»
Luego lo imagina compitiendo en el mar junto a:
«taxistas, proxenetas, camareros de restaurante y pequeños propietarios rurales»,
mientras Hemingway
«iba y venía jadeando,
blandiendo su cinta métrica».
El poema concluye con júbilo:
Mi mente se hunde a través de las capas de extrañeza:
soy tan feliz como si hubiera abierto
un ejemplar de Alicia en el País de las Maravillas
en el que la heroína sí gana
el partido de croquet
organizado por la Reina de Corazones.

Tuesday, July 21, 2026

El último cumpleaños de Ernest Hemingway. (por Carlos A. Peón-Casas)

Mary assists while Ernest opens birthday gifts.
 Ernest Hemingway Photographs Collection 03240.
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Una rápida rememoración del hecho me llega desde las coordenadas de ChatGPT.
… Fue el 21 de julio de 1960, cuando cumplió 61 años.En ese momento su vida atravesaba una etapa muy difícil: Había abandonado definitivamente Cuba tras la Revolución de 1959, dejando atrás Finca Vigía, donde había vivido durante más de veinte años. Se encontraba en Ketchum, Idaho, intentando recuperarse de una profunda depresión, problemas de salud física y los efectos de varios accidentes sufridos en África en 1954. También padecía hipertensión, dolor crónico y un deterioro cognitivo que le impedía escribir con la facilidad de antes. Durante 1960 fue sometido a varios tratamientos psiquiátricos, incluidos electrochoques, que afectaron seriamente su memoria.Su cumpleaños número 61 fue muy distinto de las celebraciones alegres que había tenido en años anteriores en La Habana, donde solía reunirse con amigos, pescadores y escritores.
Celebro el cumpleaños 60 a todo trapo. La relación del evento ha quedado registrada con profusión de detalles.

Otra vez apelamos a la memoria de ChatGPT que está tomada de: Mary Welsh Hemingway: Later Life with Ernest (1954-1961) recopilado de los archivos pertinentes en el John F Kennedy Oresidential Library and Museum.

Mary watches from under the palm tree
 (wearing a one-shoulder party dress).
 Ernest Hemingway Photographs Collection EHPH 03241
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Party guests enjoy champagne and burro rides.
 Ernest Hemingway Photographs Collection 5944P
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El fotógrafo Francisco Cano capturó decenas de imágenes de la fiesta del 60 cumpleaños de Ernest en La Cónsula, Málaga, España, el 21 de julio de 1959.

Sus fotografías muestran el espíritu báquico de la celebración y revelan el enorme esfuerzo que Mary realizó para organizar y coordinar las actividades de la noche, que incluyeron actuaciones de música y baile, paseos en burro, una galería de tiro y fuegos artificiales.

Durante la larga noche de la fiesta, Ernest pasó de momentos en los que parecía perdido o ausente a comportamientos imprudentes y temerarios.

Un matiz interesante del texto original es la palabra “bacchanalian”. No significa simplemente “fiestero”; alude a una celebración excesiva, exuberante, casi dionisíaca, con abundancia de comida, bebida, música y desinhibición.

La frase “vacillated between looking lost and behaving recklessly” es especialmente importante para entender al Hemingway de 1959: los asistentes podían ver todavía al gran personaje público —el aventurero, el anfitrión, el hombre de acción—, pero también percibían señales de fragilidad física y emocional. Esa dualidad aparece repetidamente en los testimonios sobre sus últimos años: una imagen exterior de fuerza y una realidad interior cada vez más vulnerable.

El clímax de la fiesta llegó durante la exhibición de fuegos artificiales, que duró media hora. Las chispas provocaron un incendio en la copa de una palmera real cercana a la casa. Llegó el cuerpo de bomberos, apagó las llamas y se quedó después a tomar unas copas. Ernest llevó puesto el casco metálico del jefe de bomberos durante el resto de la noche. La fiesta comenzó a las 10 de la noche y las celebraciones continuaron durante el desayuno de la mañana siguiente y hasta bien entrado el día.

Entre los invitados estaban el general Buck Lanham y Valerie Danby-Smith, una joven irlandesa que se convirtió en secretaria de Ernest (y más tarde se casó con su hijo menor, Gregory). Buck observó el cambio en la personalidad de Ernest y consideró que estaba dominado por una vanidad desmesurada.

La fiesta fue un éxito, pero Mary se sintió resentida porque Ernest no le agradeció sus extraordinarios esfuerzos. Se distanció de él y viajó sola a Cuba para preparar Finca Vigía para recibir invitados.

Mary escribió a Ernest largas cartas expresándole su frustración y sus planes de abandonarlo. Le dijo que comenzaría una nueva vida y que alquilaría un pequeño apartamento en Nueva York.

Ernest regresó a Cuba con sus amigos Antonio y Carmen Ordóñez, pero Mary no quiso asumir el papel de anfitriona y viajó a su casa en Ketchum, Idaho. Todavía planeaba separarse de Ernest y mudarse a Nueva York. Sin embargo, el destino intervino durante una salida de caza: cayó y se fracturó el codo de una manera muy grave, “como una cáscara de huevo”. La dolorosa lesión y la larga recuperación hicieron imposible que viajara, y no pudo vivir sola.


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Fotos/Francisco Cano. https://www.jfklibrary.org/hemingway/mary-welsh-hemingway/later-life-with-ernest

Wednesday, July 15, 2026

La Muerte, en Hemingway, se viste de prostituta otra vez. (por Carlos A. Peón-Casas)



La alusión esta vez es poética. Ya es conocida la frase que le es atribuída a Tener o no Tener donde el escritor paga el óbolo que le exige la atractiva dama, el precio de un trago camino a la escalera que nunca llega a subir.

Pero la idea no solo queda ceñida a ese minute prosístico.

En 1944 Hemingway esboza unos versos muy inspirados, entre los estruendos de la artillería y las avanzadas penosas junto al Coronel Charles (Buck) Lamham, en lo que fuera la más trágica batalla que los norteamericanos libraran en territorio aleman: la batalla del bosque de Hurtgen.

Se trata de Poem to Mary (Second Poem), dedicado a la que sería su tercera esposa Mary Welsh, y que la propia destinataria se encargaría de poner en blanco y negro, en las habitacionees compartidas por ambos entonces corresponsales de guerra, en el Hotel Ritz de Paris.

Por las alusiones del poema, el lector puede entender el alcance de un texto que perfectamente se complementa con una corresponsalía del propio Hemingway, alusiva a la mentada batalla y publicada en Colliers bajo el título de “War in the Siegfried Line”; escrita junto al 22 Regimiento de Infantería, que lideraba su amigo el coronel Lanham ya citado.

El lector siempre atento podrá barruntar las tensiones resultantes entre lo visto y lo recreado en el papel de la crónica, entre la innominables escenas de muerte y desolación en aquella montañosa región del oeste Alemán.

De tal suerte, el comienzo del poema no es más que una sucesión de vitales circunstancias, donde la alusión, otra vez a la figura de una enigmatica y muy avejentada prostituta, contraste singular con la de la primera referencia de Tener o no Tener:
Ahora duerme con esa vieja prostituta, la Muerte

a quien ayer negó tres veces…

Aceptas a esa vieja prostituta, la Muerte, como tu legítima esposa?

Sí, acepto.
Desde ese punto, la acción se intensifica ante la desolación que la muerte esparce entre la tropa. Hemingway se siente parte de ese minute tan desolador. Las alusiones son de un esplendor literario que dice mucho de la sensibilidad de un poeta narrador que recuerda en algún minuto la trágica saga de Hamlet y del soliloquio de “To be or not to be”:
(…) Pero cuando se alejaron hacia ese país inexplorado

De cuyos confines ningún viajero regresa…

Se alejaron de algo que nosotros no podemos expresar

Y en ellos murió ese conocimiento interior que crece

Más fresco y más hermoso que cualquier rosa.

Abonado por la muerte

y regado unicamente con lágrimas jamás derramadas…
La potente imagen que precede es sin dudas una de las metáforas más poderosa de su poesía tardía: el amor y la compasión nacen precisamente de la pérdida y el duelo.

En un exordio final que funciona como los clasicos Envoys de algunos de sus textos anteriores, y que dedica a su amada Mary que esperaba acaso como Penélope, el regreso de su Ulises, ese Hemingway siempre impredecible y vital que la cortejaba con la pasión renovada de sus afectos, dejamos al lector el cierre de esta que creemos reveladora cercania poética y vital de un autor de absoluta largueza literaria.
Así que Mary, ahora te amo con sinceridad y de Verdad y te envío esto para que sepas que hoy tuvimos un día bastante difícil en el bosque. Hubo bastantes bajas y también cierta cantidad de fatiga de combate. Mucho Más de la que debería haber… Estoy empezando a confundirme otra vez con muchas cosas. Pero con otras las veo mucho más claras. Es muy dificil escribir sobre estas cosas. Es distinto de cuando estaba en el barco. En el barco siempre estabamos esperando que ocurriera. Aquí está ocurriendo todo el el tiempo, y lo que importa es aquien le ocurre. Ya no pienso en mí en absoluto. Presumiendo otra vez. Pienso en ti, y eso me mantiene firme. Te escribo cartas terriblemente aburridas querida, porque me canso y me siento como si me hubiera vaciado por dentro. Y todo lo que tengo para decirte, todo lo que puedo escribirte, es que te amo.

Wednesday, July 8, 2026

“El bosque de Hurtgen en “War in the Siegfried Line” Un reportaje de Hemingway para Colliers rememorado como ficción en "Allá Lejos y entre los árboles". (por Carlos A. Peón-Casas)


“El crisol de la guerra transformó a Hemingway y a Lanham, uniendo y entrelazando sus imágenes especulares; su colaboración única entre la pluma y la espada enriqueció tanto el mundo literario como la profesión de las armas.Los profesionales militares y los líderes civiles harían bien en añadir Infantry in Battle, Men at War y Across the River and Into the Trees a sus listas de lectura.” Pen and Sword. The Symbiosis between Ernest Hemingway and Maj. Gen. Buck Lanham. By Eileen Martin and Greer Rising.





El título corresponde al reportaje de Ernest Hemingway publicado en la revista Collier’s el 18 de noviembre de 1944, en plena fase final de la campaña aliada en Europa occidental. En algunas recopilaciones aparece bajo títulos como War in the Siegfried Line o dentro del conjunto de crónicas sobre la ruptura de la Línea Sigfrido.

Hemingway estaba muy cerca del frente, especialmente con el 22.º Regimiento de Infantería, bajo el mando del coronel Charles T. Lanham.

Su amistad con el estratega que libraría la épica batalla del bosque de Hurtgen, tendria ribetes de insoslayable y perdurable duración en el tiempo vital de ambos.

Mientras acompañaba a Lanham en el frente, Hemingway tomaba notas continuamente en pequeñas libretas. Muchas observaciones sobre el terreno, el comportamiento de los oficiales y el lenguaje de los soldados reaparecen casi literalmente años después en los recuerdos de Cantwell, alter ego posterior que encarnará al propio escritor y al propio coronel Lanham.

Y no son simples memorias: están reorganizadas para construir el retrato de un oficial que sabe que está muriendo y hace el balance de toda una vida.

Aunque la acción transcurre en Venecia, el verdadero escenario psicológico es el bosque de Hürtgen. El coronel Richard Cantwell revive constantemente aquella campaña, donde perdió a muchos de sus hombres y terminó convencido de que incluso las victorias podían ser derrotas morales

Al respecto citamos al lector unas interesantes referencias al respecto esbozadas en el ya citado artículo de Eileen Martin y Greer Rising:
Hemingway, el periodista, se convirtió en un miembro de facto del regimiento, muy querido por el comandante y por las tropas. El escritor y el soldado forjaron una amistad que perduró durante los años restantes de la vida de El escritor y el soldado forjaron una amistad que perduró durante los años restantes de la vida de Hemingway. Intercambiaron cientos de cartas íntimas, y Hemingway tomó la biografía de Lanham como referencia para construir al coronel de infantería Richard Cantwell, el protagonista cínico de su novela de 1950, Across the River and into the Trees. La simbiosis entre el escritor que anhelaba ser guerrero y el soldado profesional que era también un poeta publicado completó el carácter de cada uno y enriqueció el arte de narrar.
En otro minuto de esta interesantísima mirada que detalla y perfila los matices más perentorios entre la obra de ficción y la realidad más explícita de los hechos circunstanciales de ambos protagonistas re descubrimos con suma atención la cronologías más específicas:
La novela es una obra de ficción, pero contiene decenas de referencias indirectas que apuntan a la vida y el servicio del general Lanham. Muchas de las alusiones en la novela se refieren a las experiencias de Lanham, algunas de las cuales Hemingway vivió o presenció, y otras provienen de detalles compartidos en las cartas de Lanham a Hemingway.

Las estrellas y las medallas son símbolos recurrentes en la novela y reflejan conversaciones entre Lanham y Hemingway. Cantwell se siente humillado por haber perdido su estrella de general y haber descendido al rango de coronel. Esta era también una preocupación de Lanham, ya que después de la Segunda Guerra Mundial el Ejército de los Estados Unidos tenía un exceso de generales y desarrolló un sistema para degradar a algunos de ellos a su rango anterior. Lanham denominó a esto “temporada abierta contra los oficiales generales” y temía que le dieran “la patada. 
Lanham conservó su estrella y finalmente obtuvo una más, pero sus cartas a Hemingway y a otros expresaban esta preocupación y mencionaban colegas que habían sido reclasificados.

Las condecoraciones militares también ocupan la mente de Cantwell, quien enumera la Cruz por Servicio Distinguido y sus dos Estrellas de Plata entre los bienes valiosos que podría dejar a su amante, la condesa italiana Renata, cuando muera. Hemingway y Lanham también discutieron las medallas en sus cartas, con Lanham informando a Hemingway sobre las citaciones estadounidenses y francesas que había recibido, y ambos conversando sobre si Hemingway debía aceptar una Estrella de Bronce, un tema delicado dado el papel de Hemingway en la guerra como periodista desarmado.

Hemingway recurrió a Lanham cuando el hijo de este, el oficial Jack Hemingway, sufrió el robo de su Estrella de Bronce y su Corazón Púrpura, y Lanham trabajó para obtener reemplazos.

Estas discusiones reales sobre rango y condecoraciones atraviesan la novela como un hilo simbólico sobre la autoestima, el reconocimiento y la justicia.

Además del amor y la pérdida, los leitmotivs de la novela incluyen el honor y el deshonor, las órdenes de otros (a veces emitidas sin conocimiento de la situación real) y la cuestión de si los generales sin combate dirigen desde el frente, todos temas que aparecían en los intercambios irónicos entre Lanham y Hemingway.

La batalla de Hurtgen que es parte indeleble del hilo rememorativo vuelve otra vez con voz propia en la propio crónica hemingwayana para Collier:
Cuando entramos en el bosque (los abetos crecían tan juntos que formaban una masa compacta; las explosiones de los obuses los desgarraban y los hacían estallar, y las astillas arrancadas por las detonaciones salían despedidas como jabalinas en la penumbra del bosque. Los hombres gritaban y se llamaban unos a otros para romper el maleficio de aquella oscuridad, mientras disparaban, mataban alemanes y seguían avanzando). El bosque era demasiado espeso para los tanques, de modo que tuvieron que bordearlo por el exterior. Desde allí disparaban hacia el interior, pero tuvimos que hacerlos detener porque la Compañía K ya había penetrado muy por delante de ellos, internándose en el bosque.
En la novela esta remembranza es otro leitmotiv de significativa memoria. Muchos críticos consideran que Hürtgen ocupa en la Segunda Guerra Mundial, dentro de la obra de Hemingway, un lugar semejante al que ocupó la retirada de Battle of Caporetto para A Farewell to Arms.

Lanham por su parte es igualmente enfático en su recuerdo:
Gran parte del libro, quizá la mayor parte, puede interpretarse en términos de la batalla del bosque de Hürtgen y de las personas que Hemingway conoció allí.
En A Farewell to Arms, Hemingway todavía era un joven que recordaba una herida. En Across the River and into the Trees, es un hombre de cincuenta años que contempla cómo la guerra ha destruido definitivamente la ilusión heroica.

Thursday, July 2, 2026

Hemingway se despide (por Carlos A. Peón-Casas)



La fecha de este 2 de Julio, aniversario 65 de la partida de Hemingway, no pasa desapercibida para este escribidor, que alude a este hecho,  desde la siguiente frase, discutida, que cito en extenso:
La muerte es como una vieja prostituta en un bar: le invitaré un trago, pero no subiré.
Y aunque la cita se atribuye de forma casi universal a To Have and Have Not, varios estudiosos y lectores han señalado que no aparece en muchas ediciones de la novela, lo que ha generado dudas sobre su procedencia exacta y la posibilidad de que sea una atribución imprecisa a Hemingway, o provenga de una versión temprana o de otro texto relacionado

Pero lo cierto es que se trata de una de esas aseveraciones, donde late con fruición la marca siempre precisa del hombre y del narrador, en simbiosis siempre inseparable,

Esta frase expresa una actitud muy característica de Hemingway: aceptar la presencia inevitable de la muerte, pero negarse a rendirse voluntariamente ante ella.

La idea del bar y de la escalera que se sube en busca de un placer inenarrable, si acaso la figura de la muerte es esa misma mujer de atractivos casi siempre fatales, es altamente hemingwayana en toda su latitud y longitud.

La escena que alude nos lleva de pronto a recorrer los no pocos ambientes del escritor e impenitente degustador de placeres, a veces inconfesos, pero siempre matizados a conveniencia en su potente y lúcida prosa.

La muerte pudo tentarlo muchas veces. Incluso intentó arrebarlo en su temprana juventud, pero el destino le tenía por delante otra variante más vital aún.  Aprendería a vivir, también a morir, pero a su manera.

Quiero cerrar este exordio con otra frase altamente significativa.

La encontramos en Adiós a las Armas, en uno de los pasajes más célebre, que resume la visión de Hemingway sobre la fragilidad humana, el sufrimiento y la inevitabilidad de la muerte.

No sugiere que el mundo “castigue” a las personas virtuosas, sino que nadie está exento del dolor ni de la muerte, aunque algunos logren fortalecerse después de haber sido heridos por la vida.

La dejo al amable lector para cerrar por ahora, y dejarles el sabor incorruptible de una memoria y de una leyenda inacabable:
El mundo quebranta a todo el mundo, y después muchos son fuertes en los lugares donde fueron quebrantados. Pero a quienes no quiere o no puede quebrantar, los mata. Mata por igual a los muy buenos, a los muy bondadosos y a los muy valientes. Si no eres ninguno de ellos, también te matará; solo que no tendrá ninguna prisa especial.

Wednesday, July 1, 2026

Una anécdota de Jenny Phillips, la nieta de Max Perkins en Finca Vigía. (por Carlos A. Peón Casas)


En 2001 Jenny Philips desandaba La Habana junto a su esposo en un viaje de signo privado. Pero Finca Vigía, la casa de Papá Hemingway, el escritor mejor considerado por Scribner, y donde su abuelo era el editor jefe, no quedó fuera de su recorrido.

La razón era además de signo doble. Perkins y Hemingway fueron amigos entrañables. La señalada relación del escritor y su editor, iba más lejos que aquellas lides. Juntos remontaron aventuras increíbles en las aguas procelosas de Dry Tortugas y mucho más allá.

Foto Instagram Finca Vigía Foumdation
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Al presentarse en aquel sitio de tantas rememoraciones, les manifestó a los cuidadores quién era en verdad.

Ante ella como por ensalmo, se abrieron de par en par las puertas del aquel santuario, y la Philips con guantes blancos para la ocasión, recorrió el territorio innominado y jamás hollado por visitante de a pie después que Papá dejara la casa para siempre en 1960.

En su recorrido, descubrió la extensa biblioteca de Hemingway que allí duerme el sueño eterno: ante los libros quedó en éxtasis: muchos de aquellos habrían sido provistos por su abuelo a su amigo el escritor.

La anécdota que da pie a esta rememoración nos la provee la propia Philips en un artículo suyo firmado a posteriori de aquella experiencia hemingwayana, con esta memoria dejamos la evidencia siempre elocuente de ese Hemingway autor y protagonista de tantas coordenadas aún por descubrir y compartir:
Así, cuando vimos libros de Scribner sobre la guerra en los estantes de la biblioteca de Hemingway, enseguida supusimos que Maxwell Perkins le había enviado algunos de ellos. De pronto, descubrimos un libro sobre la Guerra Civil estadounidense. Con los guantes blancos que nos había proporcionado el personal del museo para proteger la casa y sus objetos, retiramos cuidadosamente el volumen del estante. Era una biografía del general confederado Thomas J. «Stonewall» Jackson. Estábamos casi seguros de que Perkins se la había enviado a Hemingway.

En aquella etapa inicial de nuestro recorrido por Cuba, todavía no comprendíamos plenamente la fragilidad de los libros de Hemingway ni su extraordinario valor histórico y literario. El libro se abrió por una página en blanco en la que Hemingway había anotado claramente un número de página. Con la emoción de quien cree haber encontrado una pista decisiva en un misterio, pasamos de inmediato a la página indicada.

Lo que hallamos allí fue asombroso. Hemingway había subrayado una cita de Stonewall Jackson. Mientras Jackson agonizaba a causa de las heridas de bala que había recibido accidentalmente de soldados de su propio ejército confederado, delirando por la fiebre poco antes de morir, de pronto habló con voz clara, como si aún se dirigiera a sus tropas: «Crucemos el río y descansemos bajo la sombra de los árboles».

Allí estaba, pues, el momento preciso en que Hemingway —siempre un maestro absoluto para encontrar títulos poderosos y cargados de significado para sus libros— había descubierto el título de su novela Across the River and Into the Trees, escrita en gran parte en Finca Vigía. Entre los miles de libros que podía haber abierto, habíamos dado justamente con uno de una importancia extraordinaria. Era como si la casa nos hubiera revelado uno de sus secretos.




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Véase: The Finca Vigía Preservation Project May 30, 2005. By JENNY PHILLIPS
Presented May 2005 in Havana, Cuba.

Wednesday, May 20, 2026

Hemingway: ”Un hombre complejo con una fe sencilla”. (por Carlos A. Peón-Casas)



He tomado la frase del título que me precede de una muy oportuna aseveración de Mary Claire Kendall en su libro: Hemingway’s Faith.

La lectura de este revelador volumen de la acuciosa investigadora norteamericana, columnista y escritora basada en Washington, DC., me ha abierto a un mundo plural, del que ya creía tener algunos atisbos, pero que en verdad se me ha diversificado en innumerables coordenadas de una riqueza casi infinita, al abordar la fe católica de Ernest Hemingway.

Kendall insiste en su libro en un detalle muy circunstancial sobre la conversión al catolicismo de un muy joven y mal herido Hemingway en el frente italiano, que, aunque manejada por algunos de sus biógrafos, como es el caso de Baker, o Meyers, insinúan, en el primer caso citado, que es solo algo “nominal”, y peor aun en el segundo: que se trata de algo no muy genuino, o acaso ficticio, si nos atenemos al adjetivo “bogus” con que lo define en inglés el ya citado Meyers.

Sin embargo, otros estudiosos sí han tenido a bien reconocerlo con claridad. Kendall nos recuerda a algunos casos puntuales como el de Stoneback, al comentar las observaciones de Reynolds Price, profesor de la Universidad de Duke al afirmar que:
El tema primordial de toda la vida de Hemingway fue la santidad, aunque no estuviera totalmente consciente de ella.(1)
Stoneback, citado por Kendall puntualiza el aserto al afirmar:
Hemingway sabía más que la mitad de la lección de los padres del desierto… El asunto en Hemingway, como lo veo, fue la santidad, de la que era consciente, pero que seguía siendo un secreto para sus lectores, este fue su más privado secreto que mantuvo sólo para él y que solo se revela en su ficción.(2)
Kendall quiere participarle al lector en su libro esas certezas incontestables, que nos hacen meditar en los atisbos de la catolicidad hemingwayana, cito y traduzco en extenso para el curioso lector sus puntos mas sustanciales, tal y como los cita en la Introducción de su magistral libro:
Fue un hombre complejo con una fe sencilla-los crucifijos ocultos, visitas sin anunciar a las catedrales, y las celebraciones privadas de las fiestas de guardar a la misma altura que sus prácticas de la caza, la pesca, el boxeo y las corridas de toros y la escritura también- de las que manifestó su entusiasmo en conversaciones con Ralph Withington Church, un filósofo y escritor, y amigo de Sherwood Anderson, en el París de los años veinte, y que le generaron “una gracia actual”(3). Así, en aquello que amaba Hemingway asaltaba el Cielo, agarrando cubos de gracia que más tarde derrochaba en momentos en que mostraba una gran generosidad de espíritu -a veces incluso heroísmo-, o cuando su debilidad amenazaba con abrumarlo… Muy opuesto a la imagen hedonista que Hemingway se deleitó en proyectar… es la imagen del escritor disciplinado, lleno de pecado y necesitado de redención, quien impregnó la escritura con un anhelo de la espiritualidad misma que buscó, pero que con frecuencia no logró alcanzar debido a las limitaciones humanas que incluso retaron a los grande santos.(4)
La perspectiva de esta mirada escrutadora nos hace colegir ese sentimiento indiviso de fe que en Hemingway pide la intercesión de la Virgen, y según la propia autora: “está presente en su accionar, aunque sin ser consciente del hecho, pero sintiéndolo profundamente”(5), un hecho que a nuestro ver recorre muchos de los minutos mas raigales de la obra de Papa.

Uno entre tantos es aquel que alude a ese pasaje de El Viejo y el Mar, cuando Santiago en la angustia de perder a su ansiada presa, promete a la Virgen del Cobre, rezar cien Ave Marias y Padre Nuestros, y peregrinar a su Santuario.

Dejamos otra vez, y como cierre para el lector la referencia de la propia Mary Kendall en su alusión valorativa al hecho:
En esta historia de la persecución del marlin que acabara devorado por los tiburones, Santiago, aunque no hombre religioso, dice: ‘Diré diez Padre Nuestros y diez Ave Marias, para que pueda obtener el pez, y prometo hacer una peregrinación al Cobre, si lo consigo. Es una promesa’ Entonces empieza a rezarlos, una tras otro, intercalando la frase: ‘Santa Madre, permite la muerte de este pez, aunque es hermoso’. Luego sintiéndose desfallecer, pide otra vez sufrir con paciencia, ‘prometiendo decir cien Padre Nuestros, y cien Ave Marías’, justo como Hemingway había hecho en el verano de 1933, en las mismas faenas de pesca de un marlin.(6)



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  1. En Harold Bloom, ed, Ernest Hemingway(New York: Chelsea House), 1985
  2. Ibid.p. 137-160
  3. Scafella, ed.,and Stoneback, Hemingway: Essays of Reassesment, p.135-136
  4. Kendall, Mary. Hemingway’s Faith. Introduction, p.3
  5. Ibid.
  6. Ibid, p.164.

Wednesday, May 13, 2026

Hemingway y Emilio Morayta en una anécdota deliciosa sobre "El Viejo y el Mar". (por Carlos A. Peón-Casas)



La historia que ahora relato ha llegado a mis curiosos oídos “hemingwayanos” de una manera subrepticia pero maravillosamente reveladora.

Una familia cubana: los Morayta-Travieso, afincados en los ambientes de esta ciudad miamense, y herederos de la memoria que hoy relato, me han dotado de ese privilegio.

Emilio Morayta, fue en tiempos de Hemingway en Cuba, un amigo de Papa, emigrado de la Guerra Civil, y afincado en tierra cubensis.

En una ocasión que Morayta estaba de visita en Finca Vigía, se suscitó la anécdota que hoy desgrano.

En aquel minuto Hemingway habría tenido a su vista dos ejemplares de la edición británica de El Viejo y el Mar, publicadas casi de inmediato luego de la edición de Scribner en 1952.

Papa mostró de pronto su enojo. La portada de su libro editado en tierras de los anglos y saxos, confundía a su personaje del pescador, oriundo de las Canarias, con un mexicano tocado con un sombrero al uso de los mexicas.

Hemingway, destrozó sin pensarlo el primero de aquellos, pero antes de que tuviera tiempo de hacerlo con el siguiente, Emilio lo detuvo con un gesto, y le pidió que en lugar de someterlo a tan tortuoso final, se lo regalara para así no tener que comprarlo.

Hemingway accedió con gusto, no sin antes anotar algunas impresiones muy suyas en el libro. La dedicatoria que obra, además en aquel ejemplar, y que hoy atesora la familia, es ya historia.


La transcribo para el lector desde ese sentimiento tan genuino del propio Papa, de un libro tan especial para el y para la Literatura, que aún nos hace conmover:
For Dr. Emilio Morayta, este cuento del Viejo y la Puta Mar. Abajo los Tiburones, Dictadores y los demás hijos de tal. Y viva nosotros y la Futura. De su amigo, Ernesto Hemingway.



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*Todas las referencias para este artículo están recogidas en "Abajo los tiburones" Y en especial en el testimonio de la Sra María Isabel Morayta-Travieso. https://abajolostiburones.wordpress.com/

Wednesday, May 6, 2026

Hemingway y Jane Mason: “femme fatale”. Cercanías y desencuentros. (por Carlos A. Peón-Casas)


La caracterización de Jane Mason como una femme fatale en el entorno de Ernest Hemingway responde más a una construcción biográfica y literaria posterior que a una categoría histórica estricta, pero tiene fundamentos interpretativos claros. Mason, una joven y carismática socialité que a comienzos de los años treinta, mantuvo una relación intensa —y probablemente romántica— en un momento en que el escritor atravesaba tensiones personales y creativas.

Su figura encaja parcialmente en el arquetipo de femme fatale por varios rasgos: su atractivo magnético, su independencia poco convencional para la época y su capacidad de ejercer una influencia emocional profunda sobre él.

Sin embargo, reducir a Mason a ese estereotipo puede simplificar en exceso su papel. Más que una figura destructiva en sentido clásico, parece haber sido una presencia que intensificó conflictos ya existentes en la vida de Hemingway —particularmente en su matrimonio con Pauline Pfeiffer— y que contribuyó a enriquecer su exploración literaria de las relaciones de poder, el deseo y la vulnerabilidad. En este sentido, la femme fatale no es tanto una etiqueta literal como una lente crítica para entender cómo ciertas mujeres reales fueron transformadas en arquetipos dentro de su obra.

Jane era una mujer de un carisma excepcional. Sus habilidades para la pesca del marlin, y para el tiro del pichón, la hacían un rival difícil para sus congéneres habaneros. Su casa bien puesta junto a su esposo Charles en Jaimanitas, aún ocupada como residencia del embajador canadiense de turno desde que fuera adquirida tras su venta en los años treinta, sirvió además de setting narrativo para un relato corto de Papa: “Nobody ever dies”. Hemingway solía amarrar su bote en el embarcadero de la casa del matrimonio en sus primeros arribos a la costa cubana.


Dejo al lector una evidencia muy sugerente que se me ofrece en una fresca y nutritiva lectura sobre tales sucesos tan llevados y traídos por biógrafos y entendidos, y que se me ofrece como una sugerente revelación desde la bien nutrida lectura de “Hemingway Faith”, de la autoría de la bien informada estudiosa hemingwayana: Marie Claire Kendall.

Citó en extenso sus consideraciones sobre Jane Mason y aquel tórrido y habanero romance de Papa con la atractiva y enigmática Jane, del que incluso Pauline no estaba ajena, y que terminará en literatura en el relato firmado por Papá como “La breve y feliz vida de Francis Macomber".
Jane Mason inspiraría la femme fatale más despiadada que Ernest Hemingway llegó a concebir: la de Margot Macomber en el cuento The Short Happy Life of Francis Macomber, publicado en la edición de septiembre de 1936 de Cosmopolitan. Como escribió Hemingway en el relato ficticio que comenzó en noviembre de 1934: «Era una mujer extremadamente atractiva y bien cuidada, cuya belleza y posición social habían llegado, cinco años antes, a cotizarse en cinco mil dólares como precio por respaldar, con fotografías, un producto de belleza que nunca había usado». Llevaba once años casada con Francis Macomber.
Macomber termina muerto al final del cuento, cuando el arma de Margot lo mata “accidentalmente”. En la vida real, Jane Mason era una tiradora excelente, a menudo superando al propio Hemingway, lo cual con el tiempo desgastó la relación, y finalmente se separaron en el verano de 1936, después de que él utilizara su relación para perfilar el retrato de una femme fatale aún más cruel.”

Wednesday, April 15, 2026

“Crossing the Mississipi” Un relato enigmático y sensorial en “The Nick Adam’s Stories.” (por Carlos A. Peón-Casas)


La historia por breve no deja de ser buena, si nos atenemos al categórico acerto de Gracián que nos avisa de que la brevedad no es óbice para la grandeza.

Y en Hemingway la brevedad es norma. Es asunto del estilo periodístico que aprendió en el Kansas Star, y que no desdeñó en ninguna de sus narraciones.

Redescubrir este texto en su original, es el motivo de este recordatorio tan propiciatorio.

Un amigo y colega de mis actuales coordenadas en esta porción floridana, maestro de Inglés como el escribidor que hoy les comenta, me ha hecho el regalo del libro ya citado en titular, donde con sabia magistral, Philip Young recopilara las historias de Nick Adams el clarísimo y resonante aún alter ego de aquel jovencísimo Papa, también niño, que aún deleitan por su magia y su indeleble perpetuidad.

Una edición traducida era mi referente más cercano del relato, que además de funcionar como efecto rememorativo en el libro de aquel Hemingway de camino a Kansas, en su primera acometida como novel corresponsal, es un texto rememorado desde el recuerdo de su primera ago era incursión africana, y parte indeleble de su novela “Las Verdes Colinas de África “.

No obstante, la referencia al Mississipi funciona más bien como un momento evocativo o recordado, y no como parte del escenario africano principal, lo que ilustra la tendencia del autor a vincular espacios a través de la memoria.

El pasaje describe un cruce sereno del río, no como un acontecimiento dramático, sino como una experiencia sensorial. Lo que resulta particularmente significativo es la escasez de acción explícita; sin embargo, la escena se percibe plena. Hemingway confiere a los detalles físicos una notable carga expresiva, permitiendo que lo sensorial vehicule la dimensión emocional.

Lo que Hemingway recalca de su recuerdo al cruzar el anchuroso y mítico caudal del Padre de las Aguas, apelativo que bien define a la corriente del ampuloso Mississippi, formará parte del indeleble paisaje que nunca lo abandonaría.

Dejo al lector mi particular traducción del pasaje final del relato: nada mejor que escuchar la resonancias del suceso en la propia voz del Maestro:
… Nick había esperado faroles para la costa de Mississippi, pero finalmente, después de que un interminable pantano se derramara más allá de la ventana, pudo ver por la ventana el motor del tren que se curvaba sobre un puente largo sobre un amplio y fangoso tramo de agua marrón. Las colinas desoladas estaban en el lado lejano que Nick ahora podía ver y en el lado cercano un banco de barro plano. El río parecía moverse sólidamente río abajo, no fluir, sino moverse como un lago sólido y cambiante, girando un poco donde los pilares del puente sobresaltían. Mark Twain, Huck Finn, Tom Sawyer y LaSalle se aglomeraron en la mente de Nick mientras miraba la llanura plana y marrón de agua en movimiento lento. De todos modos, he visto el Mississippi, pensó felizmente para sí mismo.
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Gaspar, El Lugareño Headline Animator

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