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Monday, June 8, 2026

León XIV: "Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural" (Discurso del Papa en el Congreso de los Diputados, España. Ver texto completo y video)


Presidente del Gobierno,
Presidenta del Congreso de los Diputados,
Presidente del Senado,
Presidente del Tribunal Constitucional,
Presidenta del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial,
Miembros del Congreso de los Diputados y del Senado,

Señoras y señores:

Agradezco a la Señora Presidenta sus amables palabras, así como la invitación que la Sede Apostólica ha recibido con ocasión de mi viaje a este país, así como la deferencia de acogerme en este histórico Palacio del Congreso de los Diputados, ámbito eminente de la vida institucional, jurídica y democrática del Reino de España. Vengo ante todos ustedes como Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia católica, consciente de que la misión confiada al Sucesor del apóstol Pedro como principio y fundamento de unidad de los Obispos y de los fieles (cf. Lumen gentium, 23) coloca a la Santa Sede, de modo peculiar, en diálogo con los pueblos y con los Estados.

Mi presencia entre ustedes quiere ser un gesto de cercanía hacia España, en el marco de la mutua cooperación, y una palabra ofrecida desde el servicio a la persona humana. La Iglesia «camina con la humanidad», comparte sus esperanzas y sus heridas, escucha los interrogantes de cada época y se deja interpelar «por todo lo que concierne a la existencia de los hombres y las mujeres de hoy». Por eso, cuando se dirige a la vida pública, lo hace respetando la misión propia de las instituciones y la legítima responsabilidad de quienes han recibido el mandato de legislar. Reconoce «la autonomía de las realidades terrenas» y «la distinción entre comunidad eclesial y comunidad política»; y, precisamente desde esa conciencia, aporta una reflexión nacida del deseo de servir al bien común y de recordar aquello que hace verdaderamente humana la convivencia (cf. Magnifica humanitas, 18-19).

En este hemiciclo se da forma jurídica a la convivencia social. Aquí las diferencias se escuchan, se ordenan y, cuando es posible, se convierten en decisión compartida. Por eso, más allá de la legítima diversidad de posiciones, toda tarea legislativa acaba encontrándose con una pregunta decisiva: qué concepción de la persona humana inspira las leyes y qué tipo de sociedad construye esas leyes.

Ante esta cuestión, España posee una memoria particularmente rica. Su identidad geográfica y política se ha ido entretejiendo con una historia en la que la fe y la razón, el arte y el derecho, la tradición y el pensamiento han sabido encontrarse fecundamente. En sus catedrales y universidades, en su literatura inmortal, en sus instituciones jurídicas y en el ánimo mismo de su pueblo, permanece viva una herencia que ha dado forma a un modo de vivir la libertad, practicar la justicia y ordenar la vida común.

Desde las páginas universales del Quijote, donde Cervantes proclamó que «la libertad […] es unode los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos» (Don Quijote de la Mancha, II, 58), hasta la hondura espiritual de santa Teresa de Ávila, y desde la gran tradición jurídica española hasta la inquietud metafísica de Unamuno, que recordaba que el hombre «no se resigna a morir del todo» (Del sentimiento trágico de la vida, I), España ha sabido mirar al ser humano como algo más que una pieza del orden social, económico o político: lo ha reconocido como criatura abierta a la verdad, dotada de libertad y movida por una sed de eternidad que ninguna realidad temporal logra extinguir; en una palabra, como alguien cuya dignidad precede a toda utilidad y a cuyo servicio está sujeta la acción legislativa.

Por eso, al hablar hoy de la persona humana, esta memoria conduce naturalmente a Salamanca y al pensamiento que allí maduró. La presencia simbólica en esta sala de los Reyes Isabel y Fernando remite a aquel momento en que España quedó situada ante responsabilidades históricas de alcance universal; pocos años después, Salamanca habría de asumir, con singular lucidez, la reflexión moral y jurídica que ese escenario reclamaba. En aquella sede universitaria, hace quinientos años, cuando se abrían mundos nuevos y posibilidades inmensas en las relaciones entre los pueblos, algunos maestros comprendieron que la razón no podía ser invocada para revestir de legitimidad cuanto la fuerza o el interés presentaban como conveniente. Introdujeron así en el discernimiento histórico la pregunta por el valor irreductible de todo ser humano y los límites morales del poder. Hay que reconocer que la sociedad y la misma Iglesia no siempre estuvieron a la altura de las intuiciones que encontraban eco en su propia tradición cristiana.

Sin embargo, aquel interrogante abrió un horizonte intelectual y moral que desbordó su propio momento histórico. La intuición del totus orbis, de una comunidad humana más amplia que cualquier poder particular, permitía afirmar la existencia de vínculos jurídicos y morales entre los pueblos. Desde España, la reflexión de la Escuela de Salamanca —y de manera particular fray Francisco de Vitoria, junto con otros dominicos y jesuitas— contribuyó a formar una conciencia jurídica y moral capaz de recordar que la autoridad lleva siempre consigo una responsabilidad y que todo ser humano debe ser reconocido como sujeto de derechos y deberes. Ese anhelo sigue hablando también hoy: que la dignidad, la justicia y el bien común sean la medida de las relaciones sociales, tanto a nivel nacional como a nivel internacional.

Ésta es una de las grandes herencias de España: haber unido la acción histórica con la lucidez de la razón moral. Aquella contribución, nacida a orillas del Tormes, trascendió las aulas y las bibliotecas, y llegó a formar parte de una conciencia más amplia, compartida por la comunidad internacional que sigue preguntándose cómo construir la paz sobre el reconocimiento de la persona y no sobre la imposición de la fuerza. Ese legado vive también en estas Cortes, cada vez que el legislador se pregunta cómo hacer que lo posible sea justo, que lo legal sea verdaderamente humano y que la voluntad de la mayoría custodie aquellos bienes que pertenecen a todos y respete aquello que ninguna mayoría puede legítimamente vulnerar.

La pregunta salmantina sigue acompañando la tarea de quienes sirven a la vida pública. Hoy, los nuevos mundos que se abren ante nosotros ya no se dibujan en los mapas: se despliegan en la técnica, en la economía, en la biomedicina y en el universo digital, donde el poder humano alcanza ámbitos cada vez más delicados de la vida personal y social.

El progreso ofrece posibilidades admirables, y hoy lo vemos de modo singular en el desarrollo de la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías. Como he recordado en mi reciente Encíclica, la tecnología en sí misma no es neutral porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza (cf. Magnifica humanitas, 9); por eso, ante las transformaciones de nuestro tiempo, nuestro discernimiento debe centrarse en qué lugar ocupa la persona humana en nuestras decisiones, y cómo se plantean hoy, de manera nueva, la dignidad del trabajo, la solidaridad, la política social y el bien común.

Este discernimiento comienza por una afirmación primera: toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana. Tal dignidad precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento (cf. BENEDICTO XVI, Discurso ante el Parlamento Federal alemán, 22 septiembre 2011). Pertenece a todo ser humano por el hecho mismo de existir, y por eso debe orientar todo ordenamiento jurídico positivo. La fe cristiana la proclama a partir de la Revelación; la razón humana puede reconocerla como exigencia inscrita en la verdad del hombre (cf. ibíd.). Cuando esta convicción permanece viva, el derecho se convierte en amparo de todos y en garantía frente a la imposición de intereses y agendas particulares.

Sobre este fundamento, me corresponde pronunciar hoy una palabra serena y firme ante quienes tienen la grave responsabilidad de ordenar jurídicamente la convivencia social. Esta convivencia puede verse amenazada por la cultura del descarte, como tantas veces advirtió el Papa Francisco (cf. Discurso a la Asamblea Plenaria de la Pontificia Academia para la Vida, 27 septiembre 2021). En este sentido, si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro pueden tener nuestras sociedades? ¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás? La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia. Cuando esta certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona. Por eso, la grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad.

El bien común es, en cierto modo, «la forma social de la dignidad humana» (cf. Magnifica humanitas, 59). No consiste en la mera suma de intereses particulares, sino en «el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección» (Gaudium et spes, 26). Cuando el bien común deja de ser horizonte compartido, la acción pública corre el riesgo de fragmentarse en intereses parciales, incapaces de custodiar aquello que pertenece a todos. En este contexto, reviste particular importancia la familia, realidad humana primera y fundamento natural de la comunidad. En el hogar se entrelazan las generaciones y se transmite una memoria viva que da continuidad interior a la sociedad. Allí donde la familia es sostenida, se fortalece también la estabilidad espiritual y social de las naciones. La familia será siempre la primera escuela de humanidad en la que se aprende, antes que en cualquier otro lugar, la gramática elemental de la convivencia: recibir la vida, cuidar al otro, perdonar, servir y pertenecer.

También las instituciones educativas ocupan un lugar decisivo en esta tarea. En ellas, las nuevas generaciones pueden aprender a buscar y amar la verdad, a cuestionarse sobre el sentido de la vida y la dignidad de cada persona. Por eso, muchos padres deseosos de que sus hijos aprendan a relacionarse, a pensar con espíritu crítico y a adquirir valores sólidos, depositan en ellas grandes esperanzas, como valiosas aliadas en su educación. Esta colaboración ha de respetar siempre el «derecho primario e inalienable» de los padres a «elegir el tipo de educación y de formación que reciben sus hijos, en coherencia con sus propias convicciones morales, culturales y religiosas» (cf. Magnifica humanitas, 143; cf. Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, art. 18.4).

La afirmación de la dignidad humana no puede permanecer abstracta cuando tantas personas se ven obligadas a dejarlo todo para buscar paz, seguridad y futuro. También el trágico drama migratorio interpela hoy la conciencia de las naciones y el fundamento ético del orden internacional. Numerosos hombres, mujeres y niños se ven obligados, por circunstancias muchas veces dramáticas, a partir de sus comunidades y dejar atrás seres queridos, historias y vínculos. Esta realidad rebasa cualquier lectura puramente demográfica o económica: constituye una cuestión eminentemente moral y jurídica. Allí donde una persona es discriminada por su origen nacional, étnico, religioso o lingüístico, o por su condición económica o social, se vulnera gravemente el principio universal de la igual dignidad de todos los seres humanos.

La situación de los migrantes y refugiados exige una respuesta que mire a las personas, afronte las causas que las obligan a partir y vaya más allá de la mera gestión de flujos. De ahí nace una doble exigencia de justicia social: ofrecer vías seguras y legales, una acogida respetuosa y posibilidades reales de integración; y promover, al mismo tiempo, el derecho a permanecer en la propia tierra, trabajando para que nadie tenga que abandonar su hogar por falta de paz, seguridad o condiciones dignas de vida, entre ellas las desigualdades económicas y los efectos de la crisis climática (cf. Magnifica humanitas, 81).

En los últimos años, las rutas cada vez más peligrosas han evidenciado el altísimo coste de esta realidad, tantas veces escondida o ignorada. Muchas personas siguen siendo presas de traficantes y contrabandistas que se aprovechan de su desesperación. Es necesario fortalecer la prevención, el rescate y la asistencia a las víctimas, especialmente en el marco de una cooperación regional y multilateral.

Ninguna nación puede afrontar por sí sola un desafío de esta magnitud. Por ello, es indispensable una respuesta coordinada, solidaria y eficaz, capaz de garantizar protección, acogida y oportunidades reales de integración a quienes emigran. Cuando la respuesta institucional se hace cercana, justa y coordinada, las fronteras dejan de ser lugares de abandono y pueden convertirse en espacios de protección responsable de la dignidad humana.

Señorías:

El mundo atraviesa una profunda crisis espiritual y cultural, que se manifiesta en múltiples formas de violencia, polarización y desconfianza recíproca. En este contexto, la paz se presenta como una aspiración política y, más aún, como una verdadera exigencia moral. Reclama una palabra pública que respete a quien piensa distinto, instituciones puestas al servicio del encuentro, una memoria histórica que busque la verdad y la reconciliación y una vida social capaz de sostener la amistad cívica y el respeto mutuo en medio de la discrepancia.

En el plano internacional, la paz exige valentía diplomática, responsabilidad ética y una visión de futuro fundada en el respeto a la identidad de cada pueblo y en la obligación de los Estados de resolver sus controversias por los caminos pacíficos que ofrece el derecho internacional. Toda guerra constituye, en última instancia, una dolorosa derrota de la capacidad de negociar y también de aquella conciencia común de la humanidad que reconoce vínculos de justicia entre las naciones. Las armas pueden imponer un silencio temporal; pero nunca podrán edificar una paz auténtica y duradera.

Por eso, preocupa que, en diversos lugares del mundo, y también en Europa, vuelva a presentarse el rearme como respuesta casi inevitable ante la fragilidad del escenario internacional. La verdadera seguridad, en cambio, nace de la justicia, del diálogo paciente, del respeto al derecho internacional y de una política capaz de poner la vida de los pueblos por encima de los intereses que se benefician de la guerra. También el desarrollo de las nuevas tecnologías y de la inteligencia artificial en el ámbito militar exige una vigilancia ética rigurosa, para que las decisiones sobre la vida y la muerte nunca sean descargadas sobre automatismos ni sustraídas a la responsabilidad moral de la persona humana (cf. Discurso en la Universidad «La Sapienza», 14 mayo 2026).

La comunidad internacional está llamada a redescubrir el valor indispensable del diálogo como camino paciente hacia acuerdos justos y duraderos, fundados en el respeto a los tratados, en la transparencia de la acción diplomática y en la voluntad sincera de anteponer la paz al recurso a la fuerza. De ahí nacen la confianza y la esperanza.

Como recuerda el lema de la Unión Europea, In varietate concordia, la unidad verdadera no uniforma, sino que cohesiona en la diversidad, haciendo de las culturas, sensibilidades y tradiciones una ocasión de enriquecimiento mutuo.

Asimismo, dentro de las propias sociedades es urgente construir una cultura de la reciprocidad. La pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del adversario. En una convivencia madura, incluso el conflicto puede convertirse en camino hacia la paz, cuando las diferencias se dejan mitigar por la escucha y se ordenan al reconocimiento de las necesidades, los anhelos y las capacidades de todos.

Pero la paz no es solamente una realidad política o institucional. Nace también en la conciencia, allí donde el rencor, la indiferencia y el odio ceden espacio a la reconciliación. Por eso, se instaura y se protege también a través del lenguaje. Las palabras pueden abrir caminos o cerrarlos; pueden iluminar la realidad o deformarla hasta hacer imposible el encuentro. Quienes ejercen una responsabilidad pública tienen, por eso, una especial obligación de custodiar la palabra para «desarmar el lenguaje» (Mensaje para la Cuaresma de 2026, 13 febrero 2026). La firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación.

De este respeto al otro nace también el deber de custodiar el espacio donde maduran sus convicciones, su conciencia y su relación con Dios. La atención a ese ámbito interior permite comprender mejor una cuestión decisiva para toda sociedad verdaderamente democrática: la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión, derecho fundamental que tutela el ámbito más íntimo de las personas. La libertad sobre la que se edifica el Estado contemporáneo, si es auténtica, reconoce la dimensión religiosa del ser humano, la respeta y la tutela jurídicamente; y evita que alguien tenga que renunciar a contribuir a la sociedad en la que vive por causa de su fe.

Sin confundir el plano jurídico con el moral, conviene recordar también que la libertad necesita una comprensión plena de sí misma. Ser libre no significa únicamente estar libre de coacciones o disponer de muchas posibilidades de elección; significa poder reconocer el bien y adherirse a él responsablemente. Por eso, toda sociedad efectivamente libre requiere también una justa delimitación del poder público, de modo que la libertad de las personas, de las comunidades y de las asociaciones no sea indebidamente restringida (cf. Dignitatis humanae, 1). Desde esta perspectiva, la legítima autonomía del orden temporal jamás debe interpretarse como hostilidad hacia el fenómeno religioso. La fe no pretende imponerse mediante privilegios ni coerciones; sin embargo, tampoco puede ser relegada al silencio como si fuese irrelevante para la vida pública.

En este contexto, el sigilo sacramental de la confesión reviste una importancia especial para la Iglesia católica. Se inserta en el ámbito más amplio de la libertad religiosa, que garantiza a las comunidades creyentes un espacio propio de vida, organización y disciplina interna (cf. CONFERENCIA SOBRE LA SEGURIDAD Y LA COOPERACIÓN EN EUROPA, Acta Final de Helsinki, 1 agosto 1975, Principio VII). Tutelarlo jurídicamente, como sucede de modo análogo en algunas profesiones, significa preservar un espacio sagrado de libertad interior, donde el creyente puede abrir su alma ante Dios sin temor a presiones externas, como reconocen también las normas internacionales (cf. CORTE PENAL INTERNACIONAL, Reglas de Procedimiento y Prueba, Regla 73.3).

Señoras y Señores:

Permitan que me detenga un instante en algunas imágenes que adornan esta Cámara. En este Salón de Sesiones, la luz natural entra por el lucernario que corona la sala. Esa luz que viene de lo alto puede recordar que también la política necesita reconocer una medida que la precede y la supera.

También las pinturas que evocan, en la parte superior del muro principal, la recepción del Evangelio y del Decálogo recuerdan algo esencial. Sin confundir el orden político con el religioso, esos signos invitan a reconocer que la libertad moderna ha sido preparada también por una larga educación de la conciencia, profundamente marcada por la tradición cristiana. En esa escuela interior, los pueblos aprendieron que el derecho debe servir al bien, que la justicia pone límites a la fuerza, que el poder necesita legitimidad, que los pobres pertenecen plenamente a la comunidad, que el extranjero debe ser acogido conforme a su dignidad y que la vida humana jamás puede ser tratada como mercancía.

Una ley no alcanza su verdadera grandeza por el mero hecho de haber sido formalmente aprobada; la alcanza cuando, además de ser válida en su forma, puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse.

Les invito a alzar, pues, la mirada: no para alejarse de la realidad, sino para recordar que toda decisión de las autoridades públicas toca personas de carne y hueso, especialmente a quienes tienen menos fuerza para hacerse oír. Porque la altura de miras consiste precisamente en mirar con más hondura aquello que está en juego en cada decisión pública. Por eso, junto a las respuestas técnicas y las reformas legales, hace falta también una renovación moral.

España puede ofrecer mucho en este camino. Cuenta con una lengua que une continentes; una tradición cultural, jurídica y espiritual que ha sabido poner en diálogo fe y razón, derecho y conciencia, unidad y pluralidad. Esta experiencia histórica recuerda también el valor de la concordia y del esfuerzo paciente por construir una convivencia pacífica y justa.

Que esta noble nación jamás pierda la memoria de sus raíces ni la audacia de mirar al futuro. Que España continúe siendo tierra de encuentro, de cultura, de solidaridad y de esperanza. Y que su vida pública sepa unir siempre la firmeza de las convicciones con la nobleza del diálogo y la grandeza del servicio.

Que Dios conceda paz a todas las naciones de la tierra, concordia a las familias y serenidad a las conciencias. Y que, sobre el Reino de España, marcado por la huella apostólica de Santiago y por la presencia maternal de la Virgen del Pilar, desciendan días de prosperidad, justicia y paz duradera. Muchas gracias.

Sunday, June 7, 2026

Discurso de Antonio Banderas ante el Papa, en su visita a España: "No tememos equivocarnos al decir que la iglesia ha sido el mayor productor de arte de la historia de la humanidad." (Ver texto completo y video)


Santo Padre.

Autoridades.

Queridas amigas y amigos.


Hay encuentros que no se miden solo en el tiempo sino en su significado.

Su presencia hoy en Madrid, Santo Padre, no es solo una visita. Es un gesto. Un gesto de escucha, de cercanía, de diálogo con la sociedad civil, y esta sin duda se lo agradece.

Ese diálogo, a veces, conviene reforzarlo usando un lenguaje común. Ese lenguaje es, y lo ha sido en muchas ocasiones a lo largo de la historia, el arte.

La relación entre la Iglesia católica y el arte no ha sido solo fructífera: ha sido determinante. No tememos equivocarnos al decir que la iglesia ha sido el mayor productor de arte de la historia de la humanidad.

En el corazón de ese impulso creativo esta quien atraviesa los siglos, los estilos y las culturas, y que con total seguridad ha sido la figura mas representada en la historia del arte: se trata de Jesucristo. El gran protagonista de la película de la vida. En todas las artes Cristo como una presencia constante. No como una imagen repetida, sino como un icono de paz, de amor y de sacrificio, rodeado de un misterio inagotable.

Yo podría reducir mi intervención simplemente a enumerar los grandes artistas que con sus trabajos han engrandecido el mensaje proveniente de la palabra de Jesús.

También podría limitarme a dar una serie de datos que ilustren el camino recorrido entre iglesia, artistas, intelectuales, filósofos…pero hoy, Santo Padre, siento una cierta obligación a ofrecer una pequeña reflexión en voz alta sobre mi propia experiencia.

Para ello he de retroceder en el tiempo a las celebraciones de la Semana Santa en mi querida Málaga allá por los años 60 del siglo pasado. Esas manifestaciones populares que toman las calles desarrollando un ritual majestuoso de arte y fe, de raíces y devoción. Un poliedro multicolor de elegante belleza, de liturgia teatral que cada año transforma la ciudad en un espacio donde lo artístico y lo espiritual se funden.

Y fue ahi, Santo Padre, en ese marco de arte popular anónimo, cuando con tan solo 4 o 5 años de edad, nació en mi una pregunta que solo contenía una palabra: ¿Dios? Poco a poco fui encontrando respuestas, algunas tan simples como la que reconocí en los ojos de mi madre mientras esta le clavaba su mirada y su corazón devoto a la Virgen de La Esperanza que pasaba en su trono frente a nosotros en aquellos lejanos años. O a través de la voz que rompía el aire claro de primavera de los cantaores o cantaoras de saetas. O entre la gente humilde y buena de mi ciudad que cada año salían, y salen a la calle con su barrio a cuestas, portando sus imágenes que les ayudan a buscarse a si mismos mientras buscan a Dios. Y lo hacen dejando tras ellos el yo, para agarrarse al nosotros… del nosotros pasan al ellos, del ellos al todos, del todos al mundo, del mundo al universo, del universo a Dios, para después volver a tomar tierra intuyendo que Dios puede estar en cada partícula, en cada molécula de cada gota de agua, de cada mar, de cada pétalo de rosa, de cada palpito, de cada suspiro.

Pero el arte no es solo belleza.

El arte es pregunta.
Es reflexión.
Es contraste.
Es revolución.
Es tensión entre lo que sabemos y lo que intuimos.

El arte ha sido -y debe seguir siendo- el espejo que refleja vidas que pasan de largo ante el prójimo herido. Es también la denuncia de credos vacíos que olvidaron el amor. Es la voz de alerta para sociedades que se acostumbraron a la injusticia.

El arte debe ser una alternativa a la violencia. Todas las violencias. Así como lo hizo el propio Cristo, el artista debe actuar con valentía y no abandonar el ser instancia critica a la sociedad, al propio arte, y a la propia religión.

Santo Padre… hemos de compartir una obligación. Estamos obligados a mirar, y a ver, y a tratar de entender las complejidades del alma humana.

Todos los seres humanos nos enfrentamos a los grandes interrogantes de nuestra existencia:

¿Quiénes somos?

¿Qué sentido tiene la vida, y el dolor?

¿Qué significa amar…de verdad…al prójimo…como a uno mismo?

¿Qué hay mas allá?

Y en ese ejercicio de búsqueda, todos nosotros nos acercamos, quizá sin saberlo, a lo trascendente.

Santo Padre.

En un mundo que corre, que se fragmenta, que a veces se simplifica en exceso, el arte nos ayuda a recuperar la profundidad y el alma que esta tratando de ser robada por inteligencias artificiales que deben estar al servicio del ser humano y no al revés.

Un alma que nos susurra que hay algo mas. El constante susurro de la esperanza de ese algo mas. Este encuentro entre la iglesia y la sociedad civil no es solo oportuno: es necesario.

Necesitamos seguir creando y compartiendo.

Seguir preguntando.

Seguir buscando belleza si… pero también verdad.

Porque allí donde nos atrevemos a preguntar en profundidad, siempre, siempre, comienza un camino, un camino que nos puede conducir hacia lo espiritual, que no es mas que la fraternidad que late en el corazón de todo ser humano y en el misterioso corazón de Dios.

«Decís vosotros que los tiempos son malos. Sed vosotros mejores y los tiempos serán mejores. Vosotros sois el tiempo». Decía San Agustin.

Santo Padre yo estoy aquí por Godspell. Godspell es una obra de teatro musical creada en su país de origen. La traducción de Godspell al español es «El Hechizo de Dios». Yo estoy hoy aquí confesando haber sido víctima del hechizo de Dios.

Muchas gracias.



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Ver en el blog:

Primer discurso de León XIV en su visita a España. (6-12 de junio de 2026)


Encuentro con las Autoridades, con la Sociedad Civil y con el Cuerpo Diplomático.





Majestades,
Altezas Reales,
distinguidas Autoridades y miembros del Cuerpo Diplomático,
Señoras y señores:


Doy gracias al Señor por este encuentro y expreso mi agradecimiento por la invitación a realizar este viaje apostólico a España: un itinerario en varias etapas, cada una de las cuales revelará algún aspecto de la riqueza multifacética de un gran país que, desde hace casi dos milenios, ha acogido la Palabra del Evangelio. La tradición siempre ha vinculado la primera evangelización de la Península ibérica a la predicación del apóstol Santiago el Mayor. Este vínculo reviste una importancia teológica considerable, porque expresa la conciencia de la Iglesia local de estar en continuidad con la misión apostólica nacida en Pentecostés. El vínculo antiquísimo entre la fe cristiana y esta tierra, si bien por un lado no agota la multiforme identidad de vuestro pueblo, por otro ha moldeado profundamente su cultura y representa una fuente de esperanza y de orientación entre los desafíos que hoy, como familia humana, debemos afrontar juntos. Pienso en las expresiones de la fe popular que, en cada ciudad y pueblo, representan una auténtica dramaturgia de la salvación al ritmo del año y en los diversos contextos de la vida. Junto con el patrimonio artístico y musical, con las múltiples cofradías y asociaciones de carácter caritativo, dan testimonio del fecundo encuentro entre Jesucristo y vuestro pueblo. ¡Es un pueblo lleno de pasión, que ama la vida y lo manifiesta!

Vengo entre ustedes para confirmar, alentar e inspirar una renovada fidelidad de los creyentes al Evangelio, así como una reconciliación y una cooperación más profundas entre las distintas fuerzas de esta Nación. De hecho, su propia historia sugiere que no es la cultura del enfrentamiento, sino la del encuentro, la que genera estabilidad y prosperidad. El mensaje de paz que en estos tiempos, por desgracia, resuena para algunos como ingenuo y para otros como provocador, encuentra acogida en quienes no se encierran en ideologías prefabricadas, sino que se abren a la verdad. Como nos ha enseñado el Papa Francisco, existe, en efecto, «una tensión bipolar entre la idea y la realidad. La realidad simplemente es, la idea se elabora. Entre las dos se debe instaurar un diálogo constante, evitando que la idea termine separándose de la realidad. Es peligroso vivir en el reino de la sola palabra, de la imagen, del sofisma» (Evangelii gaudium, 231). De hecho —concluía—, «la realidad es superior a la idea» (ibíd.). La verdad es siempre más grande que nosotros y por eso nos sorprende y nos atrae hacia caminos de purificación y reconciliación, en los que el diálogo con los demás —y con el Otro con mayúscula— se vuelve fundamental.

A este respecto, quisiera referirme a dos figuras de este país que, desde hace cinco siglos, nutren la vida de la Iglesia y la búsqueda espiritual de muchos, incluso más allá de sus fronteras visibles. Se trata de Juan de la Cruz y Teresa de Ávila, que se hicieron amigos en la pasión por el Misterio divino. La suya es una mística con los ojos abiertos, es decir, no ajena a la historia, sino que, por el contrario, lleva a la raíz de las cuestiones, al corazón de la realidad. En particular, al interpretar las transformaciones y soportar las tensiones que hacen tan oscura nuestra época, nos ayuda el tema de la noche, tan querido por san Juan de la Cruz, cuyo Año Jubilar estamos celebrando. En su sed de luz, paradójicamente, aprendió a apreciar la oscuridad —«noche dichosa» (Noche oscura, 3)— como el tiempo en que el alma se libera de lo que presumía de conocer y poseer. También hoy lo que más nos asusta, lo que en muchos provoca la oscuridad de la razón y la violencia de las emociones, es lo desconocido, ante lo cual puede prevalecer la sensación de no tener ya mapas, la desorientación. Por eso se necesitan, también en la vida pública, hombres y mujeres que intuyan, en la oscuridad, la luz; en el fin, un posible comienzo, casi el irrumpir de una verdad como luz que aún ciega, pero que —si confiamos y encontramos paz— nos llevará delicadamente hacia sí misma: «¡Oh noche que guiaste! ¡Oh noche amable más que la alborada! ¡Oh noche que juntaste Amado con amada, amada en el Amado transformada!» (ibíd., 5).

Nuestra época, que en apariencia se ve sacudida por terribles desequilibrios y conflictos, clama en lo más profundo por la paz, por un nuevo conocimiento de la persona humana y de su dignidad inviolable, por la civilización del amor (cf. Magnifica humanitas, 186).

Santa Teresa describe este mismo itinerario con la imagen del castillo interior. Avanzando de habitación en habitación hacia el lugar más íntimo —es decir, cada uno hacia su propio corazón, santuario de la verdad—, el espacio se amplía, la mente se abre, las contradicciones se resuelven, las tensiones se disuelven, los demás encuentran su lugar, el universo se convierte en hogar. No se trata de una huida intimista, sino de una apertura radical al totus Alius et semper Novus, que se realiza cuando volvemos a nosotros mismos. Esta dimensión del ser humano es la razón por la que hay que proteger la libertad religiosa y de conciencia.

Hoy, la tentación de ganar popularidad avivando el fuego de las polarizaciones parece crecer, en lugar de disminuir; la dignidad humana no deja de ser violada. Por eso necesitamos cultura, interioridad, una educación libre y de calidad, necesitamos trascendencia. Y, sin embargo, desde estas noches oscuras, hombres y mujeres fieles a la verdad se han visto impulsados a avanzar de estancia en estancia hasta el punto en que, en la conciencia, la justicia y la paz se abrazan. Es de su libertad que aprendemos a ser libres.

La Iglesia católica está al servicio de esta sed del corazón humano. No de forma impositiva, sino con el testimonio evangélico respaldado por una multitud de mártires y santos, y hoy está dispuesta a ponerse al servicio del futuro de un pueblo que busca la reconciliación y la paz.

Invito a todos, por amor a la verdad, a abandonar las narrativas divisivas y polarizantes de vuestra realidad social y de su historia, para pasar de las simplificaciones estériles a la apreciación fecunda de la complejidad. Veo aquí una vocación específica de Europa, de la que España es protagonista original y fundamental. Es el regalo que el Viejo Continente puede hacer al mundo si quiere permanecer joven, pues joven es quien siente que tiene un futuro y una misión que aún interpelan. Apreciar la complejidad y estudiarla, aprender a no negarla y a vivirla como una bendición, huir de esos enfoques identitarios que parecen aclararlo todo, pero que pueblan el mundo de fantasmas y enemigos: he aquí la tarea de quien tiene una gran historia a sus espaldas. Las nuevas tecnologías se han convertido en un entorno artificial en el que nuestras opciones fundamentales se ponen a prueba: en su interior, los prejuicios se exacerban, el pensamiento crítico se debilita, los intereses prepotentes siembran pulsiones de muerte. Por otra parte, el bien puede resistir y comunicarse.

Es necesario, sobre todo por parte de quienes tienen responsabilidades económicas, políticas e institucionales, dar un salto cualitativo, un cambio de rumbo en las inversiones destinadas a la escuela, la universidad y la investigación, a las comunidades locales y a la sociedad civil como semillero de participación y mediación cultural. La seguridad, que con demasiada frecuencia nos ilusionamos que provenga de las armas y los muros, madura más bien al aprender a avanzar junto al otro, a crecer juntos, codo con codo. Vuestra propia historia lo atestigua. La presencia del islam en la Península ibérica, por ejemplo, constituyó una realidad política, cultural y religiosa de larga duración. Durante ese periodo no sólo hubo confrontación, sino que se intentó crear un espacio de contacto, conversación y diálogo sobre el sentido de la verdad entre cristianos, musulmanes y judíos. En la escuela de traductores de Alfonso X el Sabio, expertos pertenecientes a las tres religiones colaboraron en la traducción del rico patrimonio árabe, griego y hebreo, contribuyendo a la difusión de textos como, entre otros, los de los filósofos Averroes (1126-1198) y Maimónides (1138-1204). En particular, ciudades como Córdoba y Toledo se convirtieron en lugares de mediación entre lenguas, religiones y saberes. Pero esta es la verdad que cuentan las ciudades europeas, su estratificación histórica, el tejido de solidaridad que a lo largo de los siglos ha conformado sus diferencias, transformando los inevitables conflictos en puntos de partida.

Como nos enseñó otro noble hijo de esta tierra, en las pruebas y los fracasos es posible replantearse todo: Ignacio de Loyola tuvo esta audacia, dando crédito a las desolaciones y consolaciones de su corazón, en un ejercicio de discernimiento e imaginación por el cual prefirió la paz a las armas y los santos a los poderosos. Comprendió que el bien al que se sentía atraído no era utópico, y entonces su crisis se transformó en gracia. Lo mismo puede suceder con las “novedades” que nos inquietan hoy y sobre las que nuestras sensibilidades están divididas. «Evitemos las palabras que humillan o enfrentan. Optemos por la claridad que ilumina y la franqueza que abre caminos. No bendigamos entusiasmos ingenuos ni alimentemos miedos estériles. Más bien, indiquemos criterios de discernimiento —la dignidad de la persona, el destino universal de los bienes, la opción por los pobres, el cuidado de la Casa común, la paz— y traduzcámoslos en prácticas: planificación responsable, evaluaciones del impacto humano y social, inclusión de los más frágiles, alfabetización digital, investigación e industria orientadas a la justicia y la paz» (Magnifica humanitas, 14).

Majestades, Altezas Reales, señoras y señores, expreso mi agradecimiento a vuestro país por su fidelidad al derecho internacional y al multilateralismo, que se traduce en un compromiso activo con la paz y la solidaridad entre los pueblos. Al mismo tiempo, animo a cultivar también en su interior el diálogo y la amistad social, a tener en cuenta las perspectivas de los pobres y los jóvenes al imaginar el futuro, a armonizar las demandas de autonomía y de unidad, y a impulsar el proceso de unión europea, no en oposición a otras potencias, sino como un don para toda la familia humana.




¡Que Dios bendiga a España!

Palacio Real de Madrid.
Sábado, 6 de junio de 2026.


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Texto tomado del website de la Santa Sede

Sunday, May 11, 2025

León XIV explica la razón principal por la que escogió este nombre


"Precisamente, al sentirme llamado a proseguir este camino, pensé tomar el nombre de León XIV.

Hay varias razones, pero la principal es porque el Papa León XIII, con la histórica Encíclica Rerum novarum, afrontó la cuestión social en el contexto de la primera gran revolución industrial y hoy la Iglesia ofrece a todos, su patrimonio de doctrina social para responder a otra revolución industrial y a los desarrollos de la inteligencia artificial, que comportan nuevos desafíos en la defensa de la dignidad humana, de la justicia y el trabajo."

León XIV
Discurso a los Cardenales.
Ciudad del Vaticano. Mayo 10, 2025

Ver texto completo en ACI Prensa

Leon XIV: “¡Feliz fiesta a todas las madres!”


“Hoy, en Italia y en muchos otros países, se celebra el Día de la Madre.

Envío un cariñoso saludo a todas las madres, con una oración por ellas y aquellas que ya están en el cielo”


Domingo. Mayo 11, 2025
Ciudad del Vaticano

Thursday, May 8, 2025

El (hoy) Papa visitó Chambas, Ciego de Avila, en el año 2008

El (hoy) Papa visitó Chambas, Ciego de Avila, en el año 2008. En ese entonces era el Prior General de la Orden San Agustín.


En casa de Dalia y Celita cenando, en una visita a nuestra Parroquia y pueblo. ((Información y fotos tomadas del Facebook de Frank Fonts)

"Habemus Papam". León XIV, el primer Papa estadounidense de la historia. (por Carlos A. Peón-Casas)

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Tuve la oportunidad de mi vida en este mi minuto miamense de poder ver “en vivo” el momento crucial en que la catolicidad del mundo plural se preparaba para saber quién será el nuevo pontífice recién electo, ya primariamente anunciado por la esperada fumata blanca.

Desde mis años cubensis una experiencia así fue siempre impensable. A lo sumo, nos enterábamos de la noticia cuando Radio Reló emisora ancestral, daba la noticia entre pitidos de última hora, y a los efectos más prácticos, quizás cuando las campanas de las iglesias de nuestra ciudad camagueyanensis, como las de cada rincón de la Cuba profunda, tocaban a arrebato para compartir la buena nueva, que llegaba a oídos del obispo desde la Nunciatura, por vía del teléfono o el fax en una época anterior a la maravilla y la inmediatez del internet, y de allí a los párrocos, que sin dudarlo hacían la noticia pública con el taner de las campanas.

Ya a la muerte del pontífice el proceso había sido el mismo, esa vez con el doble de rigor desde los altos campanarios.

La gente de a pie se preguntaba siempre quien podría suceder al oír tan inusitado estruendo, ante la carencia de informes más precisos, que tarde mal y nunca podrían provenir de las fuentes oficiosas y autorizadas del gobierno, léase el Gramma o el NTV, sin ninguna inmediatez.


Hoy al conocer de primera mano la noticia del inesperado Papa americano, el cardenal Robert Francis Prevost, natural de Chicago, Illinois. Sirvió pastoralmente durante varias décadas en Perú, donde tenía fama de hombre llano.

Su nombre que no estuvo entre los papabilis, fue el que el Espíritu Santo promovió sin duda entre sus pares cardenales, y llega para ser un Papa en tiempos difíciles. Ya Dios sabrá que alta misión le espera. 

Recemos por el nuevo pontífice, como pidió con humildad su predecesor el papa Francisco.



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Gaspar, El Lugareño Headline Animator

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