Wednesday, April 1, 2026

"El Jardín del Eden". Hemingway se redescubre entre la ficción y la realidad. (por Carlos A. Peón-Casas)


No es de extrañar que esta última entrega de la prosa Hemingwayana que viera la luz editorial póstumamente en 1986, sea una sucesión de las mismas coordenadas vitales del escritor que se trasuda en muchos detalles de la narración, y que igualmente se disfraza de ficción en muchos otros.

Y es que para Hemingway la historia que se narra es parte indeleble de circunstancias puramente existenciales, marcadas por la experiencia, pero igualmente recreadas desde la habilidad innata del fabulador que llevaba Papá entre pecho y espalda.

De tal modo me parece muy oportuna al remontar estas ideas, la que esboza su biógrafo James R Mellow en: Hemingway: A Life Without Consequences, y que citó desde el magnífico prólogo de Rodrigo Fresan en la edición traducida para Planeta por Pilar Giralt Codina, donde nos recuerda que:
Hemingway se refería a A través del rio y entre los árboles y al Jardín del Edén como ‘a mis novelas proustianas que serán mejores que Proust, porque estarán escritas por un Proust que estuvo en la guerra y le gusta follar y se ha enamorado.
Hay un detalle narratologico en la trama, que me gustaría remontar esta vez como evidencia de ese correlato que se comparte desde la ficción mejor trabajada y las memorias proustianas o no del peso pesado que fue el Hemingway narrador

Es precisamente la alusión del relato africano por más señas, en que el personaje de David Bourne se debate en el capítulo 17 de la citada novela.

Permítaseme esta vez la cita desde la ya inevitable plataforma de Chat GPT, que me ayuda a ilustrar este punto, y que el lector como este escribidor ciertamente agradecerá.
El capítulo 17 de El jardín del Edén suele interpretarse como una posible alusión (no explícita, pero bastante sugerente) a varios relatos anteriores de Ernest Hemingway, especialmente aquellos donde aparecen:

• tensiones eróticas y de identidad
• dinámicas de poder en la pareja
• escenarios de naturaleza africana o mediterránea

La alusión más comentada: The Short Happy Life of Francis Macomber.

Muchos críticos ven ecos claros de este cuento, por varias razones:

• Caza y África: ambos textos giran en torno a la experiencia africana como espacio de transformación.

• Relaciones de poder: en Macomber, la esposa domina psicológicamente al marido; en El jardín del Edén, Catherine ejerce una forma distinta pero igualmente perturbadora de control sobre David.

• Erotismo + violencia latente: el deseo se mezcla con humillación, miedo y afirmación de identidad.

Otra posible resonancia: The Snows of Kilimanjaro

• Tema del bloqueo creativo (David como escritor vs. Harry en ese cuento).

• Reflexión sobre la autenticidad, la memoria y la “verdad” literaria.

• África como espacio simbólico más que simplemente geográfico.
Sin dudas las resonancias son particularmente claras en el contexto de una novela que Hemingway empieza a esbozar desde su Finca Vigía en 1947 después de su ruptura matrimonial con Martha y su nuevo matrimonio con Mary.

Pensadas en ese contexto y en los subsiguientes que este inédito pudo ir alcanzando en el tiempo narrativo de Hemingway.

Las alusiones africanas del relato pueden llevar la misma impronta de su primer viaje africano con Pauline en 1933, que las del último, en 1953, en que la muerte lo persiguiera dos veces, con sus dos estruendosos accidentes aéreos, y acompañado esta vez con Mary, dispuesta a subir la parada de Pauline en su habilidad para dar cuenta del temible león africano.

Hay igualmente en ese relato una cercanía a la figura de su padre, y el lector puede entender ese guiño a la figura paterna que se filtra desde el relato anecdótico y pasa a la realidad de la propia ficción novelada: 
Ahora al abandonar aquel país, su padre siguió con el... Se quedó en el bar porque era allí donde había encontrado a su padre a esa hora y, como había acabado de bajar al altiplano, le echaba de menos. Fuera, el cielo era muy parecido al que había dejado, azul intenso, y las nubes, cúmulos blancos, y acogió con placer la presencia de su padre en el bar hasta que echó una ojeada al espejo y vio que estaba solo.
El recurso narratologico de revivir aquella memoria desde la ficción pasa dos veces a un plano que nos hace sin dudas un guiño altamente cinematográfico.

El narrador sigue en su ensimismamiento narrativo y lo traspola a la otra historia, que sigue su vida como un paralelismo inevitable. Seguimos leyendo o mejor “oyendo” el soliloquio de David el personaje, el narrador:
Se había propuesto hacer dos preguntas a su padre. Aunque era el hombre que llevara la vida más desastrosa que el conociera jamás, siempre daba consejos maravillosos, destilados del amargo entresijo de errores previos con la refrescante adición destilados los nuevos errores que estaba a punto de cometer, y daba consejos maravillosos, con una exactitud y precisión rebosantes de la autoridad de un hombre que había oído los más horribles pormenores de su sentencia, sin darle más importancia que a la letra pequeña. Lamento que su padre no se hubiera quedado, pero oyó con claridad el consejo, y sonrió…
La notoriedad del suceso narrado en el relato africano, y que parece interrumpirse, se queda en suspenso y a salvo, precisamente por esa capacidad del Hemingway narrador de saber con exactitud el momento de dejar la historia hasta otro momento:

“No debes preocuparte por ella antes de empezar ni cuando la interrumpes… tienes la suerte de poseerla… Si no puedes respetar tu modo de ordenar tu vida, respeta al menos tu oficio, sobre el que sin duda entiendes...”

David se devuelve a la realidad de su entramado amatorio donde se debate entre Catherine, su esposa, y Marita, ese nuevo demonio que se suma como amante o Dios sabe que, a su empecinada vida, a su realidad enmarcada entre los hechos de la vida real y la imaginada, y en la más posible y efectiva manera de vivirla... y de contarla.
Volvió a tomar un sorbo de whisky con Perrier y miró por la puerta el día de finales del verano... No era una persona trágica- su padre y el hecho de ser escritor se lo impedían-, y cuando terminó el whisky con Perrier se sintió menos trágico que nunca… Pensó en las dos chicas y deseó que aparecieran.

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