Thursday, January 23, 2020

"Testamento Espiritual del Card. Jaime Ortega" (Publicado en Palabra Nueva)


Transcripción íntegra del manuscrito del Cardenal Jaime Ortega Alamino.




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Leer en Palabra Nueva "Contextualización previa del texto", por Dr.  Dr. Nelson O. Crespo Roque, custodio del manuscrito original.

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Del espíritu, del centro del alma, son realidades líricas y místicas (muy cerca unas de las otras) brotan de allí (del espíritu, del centro del alma), en la región preconceptual o supraconceptual del espíritu.

Descubrimiento de Jesús en su pasión y al mismo tiempo descubrimiento de mí mismo en lectura rápida (de un golpe) de mi vida quedaba rescatada de la nada del absurdo, de la inconformidad, del miedo, todo de un golpe, sin palabras, produciendo Luz que lo iluminaba todo de golpe, y alegría de tener una explicación sin palabras y de haberme descubierto a mí mismo.

En Jesucristo me contemplé a mí mismo y nada de aquello es explicable ni variable, aunque lo haya intentado muchas veces. Fue la Palabra eterna que me “habló” sin palabras y me dejó sin palabras para comunicarlo a otros. Había encontrado a Jesús-Dios y me había encontrado a mí mismo. De ahí comienza la historia de mi vida. Estaba muy cerca de los 15 años de edad. Bautizado a los 5 años no frecuentaba la Iglesia. Con siete u ocho años de edad acudí varias veces a una catequesis en una parroquia salesiana, la encontré aburrida, el lenguaje “infantil” que usaba el sacerdote en un día de Reyes en que había fiesta y distribuía regalos me pareció falso. Me fui. Nunca más volví.

A los 12 o 13 años fui al Santo Entierro el Viernes Santo. Solo miraba. Me había enseñado las oraciones una tía-abuela y las preguntas-respuestas de memoria del Catecismo de “Pío X”. Me lo sabía todo con el automatismo de la memoria, como las tablas de multiplicar, pero no rezaba nunca, el cuadro del Sagrado Corazón de la sala de mi casa era un adorno más, típico de todas las casas de Cuba. Yo sentía la religión como algo muy distante de mí. Todo el mundo decía que creía en Dios y yo también. Pero Dios, la fe, la religión, estaban fuera del horizonte de mi vida.

A los trece-catorce años, sin embargo, experimenté que me abría al mundo y que todo me era inexplicable, el vivir, el morir, el escoger una carrera, las fiestas, todo me resultaba ajeno, extraño; después del encuentro con Cristo comprendí el sentido de aquella crisis existencial. Es algo desafiante para un ser inteligente vivir sin Dios.

Mis amigos del Preuniversitario, con quienes jugaba al volleyball, eran católicos. Me invitaban a ir a actividades de tipo cultural-religioso en el local social de la Juventud de Acción Católica, por ejemplo, a un Cine-Club, a una conferencia. Jamás asistí, nunca había entrado en aquella Casa que veía todos los días frente al Instituto al entrar y salir de la escuela.

Después de aquel “encuentro” redescubrí también de un golpe a mis amigos “como católicos” y, sin ninguna invitación especial para ninguna actividad cultural, me presenté allí una noche, sintiéndome extrañamente parte de aquel grupo. Me preguntaron si había hecho la Primera Comunión y les dije que no, que solo estaba bautizado. Me dijeron: “tienes que prepararte”, me explicaron que llevaría un tiempo, que tenía que saber lo que era la Confesión, etc. Me mostré disponible.

Algunos días después, al salir del Instituto, dos o tres de mis “nuevos amigos católicos” me dijeron: “¿No tienes impuesto el escapulario de la Virgen del Carmen?” Les dije que no ¿y qué cosa era eso? Ellos se abrieron la camisa y me mostraron el escapulario. Se lo había visto a algunas personas, y me dijeron “¿quieres imponértelo ahora? Así tendrás la protección de la Virgen”. (La Iglesia del Carmen está a una manzana del Instituto). Fuimos, era la primera vez que entraba en esa iglesia frente a la cual pasaba cuatro o cinco veces al día. Pero ahora había allí una Iglesia que era también “nueva” para mí. Algún 16 de julio me había parado en la esquina a ver la procesión de la Virgen y veía a mis amigos con el brazalete de la Juventud de Acción Católica en el brazo izquierdo. Hoy ellos me acompañaban y este era mi pensamiento, mientras esperábamos que el Padre bajara: “Menos mal que la Iglesia da algo sin que haya que prepararse, que aprender doctrina y sin confesarse”.

Me arrodillé en la Sacristía, el Padre bendijo el escapulario y me lo puso. Mis amigos me presentaron a él. Y fue el escapulario de la Virgen del Carmen lo primero que recibí de la Iglesia después del Bautismo. En esa iglesia hice mi Primera Comunión tres meses después. Fue un carmelita mi primer confesor, el Padre Ignacio de la Virgen del Carmen. A esa Iglesia no dejé de ir un domingo a Misa después de mi comunión.

A esa iglesia, unos meses después, empecé a ir a Misa diaria y cada tarde a una visita al Santísimo Sacramento. En esa Iglesia celebré mi Primera Misa. Allí supe de San Elías, de San Simón Stock, de Santa Teresa de Jesús, de San Juan de la Cruz, de Santa Teresita del Niño Jesús, del Niño Jesús de Praga, de la fama de santidad de Sor Isabel de la Trinidad, cuya doctrina espiritual (presentada admirablemente por el Padre Phillipon), me acompañaron desde mi primer año del Seminario, “Laudem Gloriae”.

Fue allí, en el claustro austero del Carmen de Matanzas, adonde me mandó a subir aquella tarde mi director espiritual, el Padre Cristóbal de la Virgen del Carmen, y donde sostuve el diálogo con aquel hombre de Dios, que me decidió a ser sacerdote.

“Padre, yo me siento llamado a la vida religiosa y quisiera ser Hermano de La Salle”. Los hermanos trabajaban con los jóvenes. No tenían escuela en Matanzas, pero venían como animadores de Juventudes Católicas a Matanzas. Varios miembros del grupo al que pertenecía habían entrado en años anteriores en la Congregación.

Con el mentón apoyado en su bastón, el Padre Cristóbal me dijo:

– ¿Quién le dijo a usted que tiene vocación de hermano? No, usted no es para ser hermano. ¿Usted sabe la alegría que le daría al obispo si usted va y le dice que quiere ser sacerdote?

– Padre, pero a mí me gusta enseñar, ser maestro.

– Eso es lo que hace falta: sacerdotes que sean maestros, que enseñen al pueblo y no hagan piezas oratorias.

– Padre, pero el trabajo con la juventud me gusta…

– Eso es lo que hace falta: sacerdotes que trabajen con la Juventud y la atraigan a la Fe.

– Padre, pero la soledad… (Tenía el testimonio de sacerdotes viviendo en una barbadilla encima de la Sacristía, pues visitaba pueblos distintos como miembro de Acción Católica).

– Solo está, quien quiere estar solo, sentenció el Padre.

Lapidarias, cortas, vibrantes de realismo, con eclesialidad transparente, fueron sus respuestas. Y me dijo que lo pensara. Le prometí que lo haría. Un mes, o menos, después pasé a verlo para decirle que iba hacia el Obispado a hablar con mi Obispo.

El Carmelo Teresiano, después de la luz cegadora del primer encuentro, ha sido mi lazarillo. Y ahora aquí, en la huerta de San Juan de la Cruz, junto a la Fortaleza del Alcázar, el muro gris y la naturaleza hermosa de abril, donde el Esposo al pasar dejó su sello, pienso que seguirá siendo mi Lazarillo, porque es de noche, y debo prepararme (esta vez pronto y necesariamente) para abrir los ojos a la llama eterna. Entonces ya no ciego, así como la primera vez, como a Pablo, sino que se hará día sin ocaso.

A San Juan de la Cruz encomiendo este último tramo de mi vida. Tengo tanto que dejar, Dios me ha dado tanto, quizás por mi fragilidad el Señor ha tenido una Providencia de gracias continuas a través de mi vida. Mi madre me decía, “tú tienes suerte, todo te sale bien”. Aún en cosas menores, en pequeños proyectos o en obras grandes siempre la mano de Dios está ahí. He aprendido a verla. A veces los que me rodean se admiran de cómo “salen las cosas”. Y me da miedo pensar en el dolor, en el sufrir.

Por otra parte, si pudiera pensar objetivamente sobre mí mismo, como mirando mi interior desde fuera, he sufrido mucho, sufrimientos íntimos, existenciales. Un hombre mayor, cuya carta conservo, siendo yo joven Arzobispo, le escribió a la Superiora religiosa de las Hermanas del Amor de Dios que me acompañaron como Arzobispo de La Habana. Yo puedo haber tenido entonces alrededor de 50 años, él quizás 80, y hacía como un estudio entusiasta sobre mi persona, de mi ministerio, de mi predicación, del amor que, según él, los fieles sentían por mí y de la admiración de ellos hacia mi persona.

Y hace esta reflexión: “es un hombre que tendría que sentirse feliz, pero no lo es, cuando bendice al salir de la Misa tiene siempre una sonrisa triste que me indica -decía él- que no es plenamente feliz”. La Hermana me trajo la carta. Yo hice un comentario banal, pero estaba impactado, pues su frase textual era: “hay algo internamente en él que no lo hace feliz”. Me recordó a una prima mía, sobrina de mi madre, de mi misma edad, que siendo ambos adolescentes, al llegar yo me dijo: “¿qué pasó que no viniste el día de mi cumpleaños? Yo dije -agregó ella- falta aquí la sonrisita tristona de Jaime”.

Sí, la fe me levantó por encima de esos sufrimientos interiores y el Señor ha querido compensar con detalles continuos y delicados lo que pudiera ser doloroso, de tal modo que me ha hecho sentir que nada he sufrido a la luz de su pasión, que nada he compartido de ella. Cuando me hablan de los meses que pasé en trabajos forzados, de las penurias de alimentación, transporte y vestido, de los años difíciles de trabajo pastoral en parroquias del campo, nada de eso me parece extraordinario y me da temor que no esté ni remotamente unido a la pasión del Señor. Así está mi alma que pongo bajo la guía de San Juan de la Cruz.

Siempre me ha estremecido leer sus súplicas al Señor para que le dé sufrimientos, incluso sufrimientos espirituales como desprecios, calumnias, ofensas, etc.

Y recuerdo casi cotidianamente a un obispo auxiliar piadoso y bueno, de alma grande. Lo ordené sacerdote y lo ordené obispo. Fue auxiliar de mi diócesis. Me decía siempre, al llegar el tiempo de Cuaresma: “Yo nunca rezo ese himno de Vísperas que dice al Señor: ‘Yo no busco coronas de gloria… Si me das corona, dámela de espinas’”.

Y añadía: “lo más que yo llego a decirle al Señor es: ¡Que yo pueda aceptar los sufrimientos que vengan!”.

Murió con 54 años, fue una operación de cáncer de colon que hubo que realizar con presteza, pues no se había manifestado. Llegué del extranjero y fui a su lecho de muerte en el hospital. Fui una de las últimas personas que lo vio y habló con él. Solo fueron unas palabras. Le dije: “ofrécelo todo por la Iglesia”. Con una sonrisa plena y haciendo un gesto con la mano no comprometida por el suero, me dijo clara y lentamente: “lo he ofrecido todo”.

Creo que él fue un alma escogida y hasta eso aspiraba y pudo llegar.

Pido a San Juan de la Cruz que al menos yo pueda llegar hasta eso, para que “mi sonrisa triste” llegue a ser radiante en la contemplación eterna del Esposo.

Y, sin embargo, estoy lleno de proyectos, siempre he sido así y pensaba que mi retiro sería como el del Papa Benedicto y eso me entristecía, yo “todavía”, pensaba a mis adentros, no he llegado a esa capacidad de orar por la Iglesia y dejar otro todo proyecto, pienso en otros santos, San Juan Bosco, o en sacerdotes que entre nosotros (uno tiene 96 años) siguen activos. Todo esto lo he estado viviendo con inquietud.

Pienso que el camino final hacia la Luz es distinto para todos. Recuerdo la Novena Sinfonía de Beethoven, ya sin oído, al final de su vida la compuso. Me preocupa interferir, ser sombra de mi sucesor. Me dicen que no, antiguos colaboradores, que lo estoy haciendo bien. Pero las referencias del Cuerpo Diplomático y aún del gobierno son a mi persona. El Santo Padre me dijo: “Jaime, haz todo lo que puedas, pero descansa también”. Atiendo una parroquia popular, pequeña, pobre, lo hago con mucho gusto.

Se está creando una Fundación que lleva mi nombre “Cardenal Jaime Ortega”, pues por razones legales y prácticas convenía que fuera así y soy el Primer presidente de esa Fundación. Pero todo lo que se emprende a mi edad tiene el sello de la precariedad. ¿Cuánto puedo durar, cómo se mantendrá mi salud? El temor de “perder la mente” me acucia más que el de la muerte.

Busco ese camino de necesaria preparación y ofrenda para ir al Señor y, sin embargo, implicado en varios proyectos, pienso al mismo tiempo que este ha sido el estilo de mi vida donde Dios ha mostrado su Providencia bienhechora continuamente ¿querrá que lo siga en este nuevo ritmo que impone mi condición actual? Pero este andar tiene que disminuir forzosamente. ¿Me faltará aceptación? ¿Sabré descubrir los signos del Señor? ¿Tendré la entereza de aceptar, no el retiro de la Arquidiócesis, que gracias a Dios pude aceptar, sino la modificación de mi camino existencial para proyectarme más serenamente hacia mi fin último, o mantener la tónica del quehacer, como hacen tantos ancianos, no teniendo en cuenta la precariedad y estando como disponibles al momento de Dios?

Quisiera estos días de oración me dieran luz en este Camino.

En manos de la Virgen Madre de Dios, y con la intercesión y acompañamiento de San Juan de la Cruz, pongo todas mis búsquedas, porque al mismo tiempo tengo conciencia desde el momento de mi retiro, hace un año, que estas “actividades” pueden ser como un llenarme con el “divertimento” para ir pasando así hasta morir, y no deseo que sea así. He de reorientarlo todo para ir hacia la Luz. Ese era el fin de estos días (retiro) y creo me está ayudando a hacerlo. Desde el primer momento comprendí que “es cuestión de amor” y sentí algo como desolación al atardecer del primer día por “no saber amar”, por no haber aceptado siempre el papel central del amor en la vida espiritual, quizás por falta de “entrenamiento” en las relaciones interpersonales como niño y como adolescente, también por el guía espiritual de la Acción Católica, en lo que es querer a los demás.

Siempre fui “demasiado” querido y no era portado a querer a los demás, y cuando lo he hecho ha sido con amor posesivo. Esto me dañó y puede ser la causa (así lo creo) de mi sonrisa triste.

Esta es la historia (la historia del alma). Lo otro, sacerdote párroco, empezando como vicario cooperador a los 27 años, 8 meses en un campo de trabajo, tiempos breves en parroquias diversas en el campo durante 5 años, 9 años párroco de la Catedral de mi Diócesis, obispo a los 42 años en Pinar del Río, Arzobispo de la Habana a los 45 años, Cardenal de la Iglesia a los 58 años, retirado a los 80.

Esa es la historia llena de elogios de algunos y de críticas amargas de otros. En esa historia Cristo Jesús se me fue mostrando particularmente bueno y misericordioso. Me ha ayudado a llevar la Cruz de críticas, ataques amargos e incomprensiones de mis hermanos cubanos que viven en el exterior. De los fieles en Cuba he sentido cercanía, afecto, admiración, gratitud. Esto compensa los sufrimientos anteriormente dichos, pero aun así son muy tristes y duros de soportar, pues pienso en la Iglesia que se ve impugnada, aún en el Santo Padre. Cada visita de un Papa a Cuba, ha sido ocasión para atacarlo. Estos sufrimientos y los consuelos en el desarrollo de mi ministerio no constituyen el eje de mi reflexión. Son solo recuerdos malos y buenos.

La historia de lo hondo del alma, donde se encuentra Dios, es la que me ha conducido hasta aquí. Los recuerdos de mi vida pastoral buenos y malos, más bien han sido estorbos. Al pasar por el corredor (el claustro) vi la revista ORAR con Santa Isabel de la Trinidad y la frase de Jesús a Zaqueo: “Baja, que hoy voy a hospedarme en tu casa” me indicó el camino de la mano de mi querida Sor Isabel: ¿hasta dónde debo bajar? Hasta lo hondo del corazón, a lo profundo de mi interioridad: allí “encontré” a Dios, porque allí está.

Y es allí donde quisiera instalarme, inamovible, buscando el modo de pasar ciertos compromisos “post-retiro” episcopal a otros y llevando mi ministerio, atendiendo una pequeña parroquia “desde ese centro de amor vivo”, con proyectos sencillos de evangelización y sembrando amor, de modo que eso enriquezca (como noto lo está haciendo ya) mi corazón sacerdotal, porque los pobres, los enfermos, nos evangelizan, nos hablan “de ese amor” del cual es cuestión en el camino hacia la Luz. Este reencontrar mi sacerdocio en su sencillez y grandeza original sí contribuye a que baje a lo profundo de mí mismo.

Porque ahí está el don del carácter sacerdotal que es ya inseparable en mí yo interior. Ahora no soy el muchacho de 15 años que se vio en Cristo, ahora tengo que verme en Cristo sacerdote eterno. La mesa de mi casa interior adonde debo bajar es la mesa eucarística. En ella tengo que alimentarme para enfrentar y vencer elogios futuros inmediatos y críticas subsiguientes.

“Porque tú preparas una mesa ante mí enfrente de mis enemigos”. Y son enemigos por igual del alma los elogios y las críticas. Que estas sombras no empañen la luz de estos días. San Juan de la Cruz, ruega por mí. No dejes me enrede en mis defectos, pecados, o molestias sicológicas.

Hoy es el domingo de la Misericordia, y el mismo Jesús que me salió al paso doliente, digno, revelándome al hombre que Dios quiere de cada hombre y levantándome de mi postración me llenó de alegría, viene hoy después de tantos años de camino y transfigurado, resucitado, me dice: “Mira, mis llagas te han sanado una y otra vez, he estado junto a ti durante estos largos años. Yo soy la razón de tu perseverancia, yo nunca abandono la obra de mis manos. No es que tú seas amable, soy yo el que ama siempre y comprende y sostiene con el triunfo pascual de la Misericordia, soy yo quien te hace amable”.

Gracias Jesús mío, mi roca, mi alcázar, mi liberador, el refugio donde me pongo a salvo. “Recuerda el retiro anterior: tú no eres el centro, es Jesús, no mires hacia ti, sino hacia Él. Mira que puedes bajar a lo profundo de ti solo para buscarlo a Él que está allí”. Gracias, San Juan de la Cruz, por esta precisión pacificadora. Lo abismal no es nuestra miseria, lo abismal es Dios que nos hace criatura nueva.

“PAZ a vosotros” es tu Palabra hoy, segundo domingo de Pascua. Dame tu Paz, Señor.


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Ver en el blog  El Card. Jaime Ortega ha fallecido

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