Tuesday, November 26, 2019

La decisión. La reunión en el Paradero de Minas (por Eduardo F. Peláez-Leyva)


El día amaneció grisáceo y frío, pero a medida que el sol fue subiendo, las nubes se fueron desvaneciendo y una radiante claridad bañó la campiña. Las MInas era un pequeño caserío que se encontraba en el punto intermedio entre Puerto Príncipe y Nuevitas, el cual había sido tomado por los mambises unos días antes. Este lugar tenía la peculiaridad de ser un punto convergente ya que allí se cruzaba el antiguo camino entre las dos ciudades con la vía del ferrocarril. Además era el área donde se concentraban las fuerzas rebeldes alzadas días antes en Las Clavellinas.

El Conde de Balmaseda llegó a la provincia con la misión inmediata de pacificar la región y comenzó inmediatamente a ofrecer reformas políticas y económicas a cambio del alto al fuego. Napoleón Arango, uno de los principales cabecillas del alzamiento, oyó "el canto de las sirenas" y convocó a una reunión con el alto mando militar de los rebeldes en el Paradero de Minas.

La noche anterior hubo allí una boda. Alfredo, un joven soldado rebelde, de aspecto gentil y finos modales se había desposado con Margarita, una bella trigueña de corte elegante. Aprovechando la presencia de un cura católico que formaba parte de la columna rebelde habían decidido casarse en una capilla humilde confundida entre el caserío, muy cercana al paradero. Un campesino de la localidad les prestó su choza para su primera noche de luna de miel. Por los azares de la vida, Alfredo seguiría los pasos de Ignacio Agramonte interrumpiendo como él su luna de miel por el llamado de la Patria. Alfredo debería esperar el resultado de la reunión antes de regresar al ingenio La Juanita donde se había establecido el primer campamento rebelde que se encontraba en las cercanías.

PRELUDIO A LA REVOLUCION

Los primeros síntomas de rebelión en contra de España habían sido aplastados unos 42 años atrás cuando el gobernador Vives, queriendo dar un gran escarmiento a los planes de independencia, mandó a ahorcar a los patriotas Francisco de Agüero y Velazco (Francisquito) y Andrés Manuel Sánchez. Veinticinco años después, el General Miguel Tacón sofocó otra sublevación ordenando el fusilamiento de Joaquín Agüero, José Tomás Betancourt, Fernando Zayas y Miguel Benavides. Sin embargo, las ansias de separación de la Metrópolis y los deseos de tener una patria libre, lejos de desaparecer, habían aumentado.

PRIMEROS PASOS. LOS NOVIOS. LA FAMILIA

El verano de 1868 se había presentado caluroso y plasmado de incertidumbre. Hacía meses que Alfredo se estaba reuniendo con otros compañeros de ideales en "La Filarmónica", un lugar frente a la Plaza de Armas muy concurrido por la sociedad camagüeyana, para coordinar un alzamiento simultáneo con compatriotas en la provincia de Oriente. Mientras caminaba a una de estas reuniones volteó la cabeza de repente, como siempre lo hacía con el objeto de estar seguro de que no era seguido, y le pareció ver la figura de Margarita a una cuadra de distancia por la acera opuesta. Se detuvo y pudo comprobar que era su novia. Margarita lo saludó con la mano con un gesto de sorpresa. Tan pronto se acercaron, los dos rieron con malicia: no había sido coincidencia. Alfredo la tomó cariñosamente por el brazo y la condujo a un banco situado en La Plaza de Armas.

— Me gustaría que la señorita explicara lo que aparentemente luce una persecución — dijo Alfredo con una amplia sonrisa.

Haciendo uso de una fuerza que no conocía y olvidándose de todas las excusas que había planeado, Margarita lo miró de frente, apretó la pequeña cartera que llevaba en sus manos y dejó que el corazón hablara por ella.

— Es verdad. Hace días que estoy muy preocupada contigo. Te noto intranquilo. No eres el mismo, no me has vuelto a hablar de nuestros planes de boda ni de tus estudios. Estas abstraído. Me temo que estés conspirando.
— Perdóname, no sabía cómo decírtelo. Me alegro de que me hayas preguntado porque no podía guardar más el secreto. Mi cielo, la guerra está al estallar. Carlos Manuel de Céspedes lo acaba de anunciar en Tunas.
— ¿Fuiste a Tunas?
— Yo soy un simple soldado. Ignacio Agramonte y Salvador Cisneros Betancourt, Marqués de Santa Lucía, son los que están al frente.
—¿Estas decidido?— preguntó Margarita con voz firme.
— Sí. Hay dos cosas en las que creo firmemente: en mi amor por ti y en la libertad de Cuba.
— Alfredo mi vida, no te preocupes por nuestros planes de boda. Nos casaremos cuando pueda ser.

Los padres de Margarita, Roberto y Ana, también sospechaban de que algo andaba mal en las relaciones de su hija con el novio. Ellos vivían en la calle San Juan a una cuadra del Dr. José Ramón Boza Miranda, conocido por sus actividades separatistas y en cuya residencia se celebraban reuniones clandestinas. A Roberto le había llamado la atención haber visto en varias ocasiones a Alfredo, junto con los dos hermanos Arango Agüero, entrar y salir de esa casa, lo que le había hecho pensar que el joven pretendiente de su hija estaba envuelto de alguna manera en algo peligroso. Roberto tenía negocios con los hermanos Augusto y Napoleón Arango y Agüero. Estos dos hermanos, inmensamente ricos, poseían ingenios, esclavos, plantaciones de caña y se les conocía por sus ideas separatistas. Augusto era un hombre muy enérgico y cargado de ideales patrióticos. Napoleón, en cambio, era el astuto negociante, frío y calculador. Después de comentar la situación con su esposa, ambos decidieron apoyar la guerra.

Roberto conocía que los españoles ignoraban la topografía de la región y pensaba que el elemento de sorpresa sería de gran importancia, al menos en los primeros meses de la contienda, sin embargo, tenía grandes dudas sobre una guerra larga debido a la dificultad de obtener los recursos necesarios provenientes del exterior. Napoleón le había confiado que una expedición proveniente de Nassau que había de dirigir Manuel de Quesada con hombres, armas y municiones, no acababa de cristalizar.

CESPEDES Y EL LEVANTAMIENTO

La impaciencia de los orientales por iniciar la guerra había llevado a los camagüeyanos a aceptar un levantamiento para el 14 de octubre, pero una delación advirtió a los españoles. Carlos Manuel de Céspedes, sin pensarlo dos veces, se alzó en su finca La Demajagua cuatro días antes de lo previsto, el 10 de octubre.

La noticia del levantamiento tomó de sorpresa a los camagüeyanos, en especial a Alfredo, cuando poco antes del anochecer del mismo día, Augusto Arango lo visitó para conminarlo y persuadirlo de alzarse en armas inmediatamente.

—Sospecho que adivinas por qué he venido a verte— le dijo Augusto a manera de saludo.
— Ya se la noticia y tenemos que reunirnos lo más rápido posible.
— No hay que reunirse con nadie. El paso está dado y hay que secundar a Céspedes de inmediato. Napoleón y yo nos vamos a la manigua esta misma noche.

Alfredo no comprendía el ímpetu irrazonable de Augusto. Si se comenzaba la guerra sin organización, sin dirección, se iba directamente al fracaso. Sin la aprobación de Agramonte, él no iba a cometer ninguna locura.

— Veo que están decididos. No es mi deber persuadirte, Augusto, pero yo sencillamente no estoy listo para arrancar contigo en este instante. Solamente me queda darte un abrazo, desearte suerte y... que ¡Viva Cuba Libre!

Las semanas siguientes estuvieron llenas de mucha incertidumbre. Margarita no se separaba de Alfredo y le propuso ayudarlo en todo, inclusive acompañarlo a la guerra, a lo cual Alfredo se opuso tajantemente. Por otra parte, los padres de la novia andaban desesperados tratando de hacer contactos con los hermanos Arango y Agüero para poner en orden los negocios en común y averiguar cómo podrían ayudar.

Dos opciones existían en la Jefatura Civil del Movimiento: una era la de alzarse de inmediato y la otra consistía en esperar las noticias del desembarco de armas y hombres desde Nassau que dirigía Manuel de Quesada. En las reuniones del 2 y 3 de noviembre, presididas por Salvador Cisneros Betancourt e Ignacio Agramonte, se acordó la primera opción, escogiéndose el Paso de Las Clavellinas del río Saramaguacán, a unos 20 kilómetros de Puerto Príncipe.


LAS CLAVELLINAS

El sol va asomando las primeras luces de la mañana. El rocío ha impregnado las plantas y flores con toques de plata. El río Saramaguacán corre silenciosamente y solo se estremece con el aletear de algún ave que vuela a ras de sus aguas. Setenta y seis hombres, en su mayoría en los veinte años, se han dado cita en el ríoٕ, en un lugar designado como el Paso de las Clavellinas. No todos se conocen pero se abrazan llenos de alegría. La vestimenta que llevan los identifican como soldados insurrectos. No tienen uniforme pero llevan fusiles y machetes. Hablan en voz baja. Los caballos parecen comprender la seriedad del momento y trotan solemnemente. Un joven de apellido Mora lleva en sus manos la bandera de tres colores del triángulo rojo y la estrella solitaria. El conteo llega a la cifra de 76 camagüeyanos. Una vez organizados se dirigen a un ingenio azucarero llamado El Cercado. En una breve ceremonia alrededor de la bandera juran luchar por la independencia de Cuba con gritos de ¡Viva Cuba Libre! y ¡Viva Céspedes! Entre ellos, Alfredo, lleno de fervor patriótico se le acerca a Mora y poniendo la mano sobre la bandera, cierra los ojos y jura luchar hasta la muerte o la victoria.

Ese mismo día en Guáimaro los hermanos Arango y Agüero combaten ferozmente para tomar la plaza. Una semana después Agramonte se alza en el ingenio El Oriente cerca de Sibanicú. La guerra había comenzado a toda plenitud.

LA DECISION. (El Paradero de Minas)

Ha entrado la noche. Candiles improvisados han hecho un gran círculo donde están concentrados los jefes militares rebeldes, Los civiles se han situado en un lugar aparte, a unos cuantos metros de las mesas improvisadas que ocupan los negociadores. Roberto y Ana han llegado en el último tren. Sabían que Margarita se encontraba en el campamento desde hacía unos días. Habían tratado inútilmente de convencerla para que no se fuera sola ya que ellos iban también y podrían viajar juntos. La desesperación de su hija por ver a Alfredo acabó por convencerlos de no impedir la decisión de su hija.

Alfredo formaba parte del grupo de Agramonte y se había sentado muy cerca de él. Margarita no sabíؙa cómo iba a darle a sus padres la noticia de su boda. ¿Iba a actuar como era ella, de frente, sin titubeos, o decidiría callarse? Después de los abrazos Roberto volcó todo su optimismo en las negociaciones.

— Estamos seguros que regresamos todos a casa. Las reformas son reales. Se ha logrado lo que no se esperaba. Napoleón está muy contento y confiado en que no habrá más muerte. No sé si sabes que uno de los directores militares es Eduardo, el primo de Ignacio Agramonte. Eduardo es médico de profesión. Su conocimiento militar está limitado a un manual europeo que se acaba de leer. Margarita, España tiene un ejército profesional. Los rebeldes son un grupo de intelectuales y campesinos. Me preocupa Alfredo inmensamente. El tampoco es soldado, pero gracias a Dios, esta guerra se termina esta noche.
— Papá, no conoces a Agramonte ni a Cisneros. No creo que vayan a aceptar las reformas. Alfredo tampoco cree en ellas—. No pudo seguir hablando. El optimismo de su padre, la bulla y el gentío fueron suficiente para que sus labios se cerraran. ¿Cómo decirle que se había casado con el soldado?

Las discusiones comenzaron. Napoleón Arango y Agüero junto con su otro hermano Arístides, presentó las reformas hablando pausadamente del interés de España en mantener una relación de respeto y de cordialidad con los cubanos. Habló de los horrores de la guerra con el saldo de muerte y miseria. Del otro lado se encontraban Cisneros, Agramonte y Augusto Arango, el hermano de Napoleón. Cisneros mostró su desconfianza en las reformas que ofrecía España y enfatizó el compromiso adquirido con Céspedes.

El momento culminante de la reunión fue cuando tomó la palabra Ignacio Agramonte. Su elocuencia y gallardía acapararon todos los oídos. Con firmeza, mirando directamente a los ojos de Napoleón Arango, dijo estas palabras que han sido grabadas para la historia: "...Acaben de una vez los cabildeos, las torpes dilataciones, las demandas que humillan. Cuba no tiene más camino que conquistar su redención arrancándosela a España por la fuerza de las armas." Una explosión de aplausos siguió a estas palabras poniendo fin a las negociaciones.

Alfredo se acercó a Margarita, la abrazó fuertemente y la condujo a sus padres diciéndoles: "Les entrego a mi esposa porque no quiero que pase por las penurias de esta guerra que comienza ahora y no se sabe cuándo acabará. Con todo el dolor de mi alma se las dejo a ustedes. Les prometo que regresaré por ella cuando seamos libres". Margarita no pudo contener las lágrimas. Sus padres, completamente sorprendidos con la noticia del matrimonio de su hija, la abrazaron y se la llevaron a un banco que se encontraba en el andén del paradero a esperar el tren que los conduciría de vuelta a la ciudad. Alfredo se arregló el sombrero y caminó orondo hacia donde estaban Ignacio Agramonte y Augusto Arango para ponerse a los órdenes de este último que había sido designado jefe militar.

La noche camagüeyana se cerró dejando unos cuantos candiles que se esforzaban en dibujar los tristes rostros que se agrupaban en el paradero para emprender el regreso a Puerto Príncipe. La guerra continuaba. Las familias separadas, la continuidad alterada, la incertidumbre rampante. Todo esto giraba en el aire denso de la noche en el Paradero de Las Minas. Los rebeldes se marchaban del caserío ya dormido con rumbo al campamento.

Los dos jóvenes, todavía borrachos de la miel de aquella primera y única noche de amor, se dijeron adiós dando gracias a la vida por ese pedazo de felicidad que le habían robado. Un joven soldado dejaba atrás a su esposa para entregarse a un futuro incierto y peligroso, mientras que una bella cubana afrontaba decidida la soledad.

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La Guerra de los Diez Años, también conocida como Guerra de Cuba (en España) o Guerra Grande (1868-1878), fue la primera guerra de independencia cubana contra las fuerzas reales españolas. Terminó diez años más tarde con la Paz del Zanjón o Pacto del Zanjón, donde se establece la capitulación del Ejército Independentista Cubano frente a las tropas españolas. Este acuerdo no garantizaba ninguno de los dos objetivos fundamentales de dicha guerra: la independencia de Cuba y la abolición de la esclavitud.
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EPILOGO

Alfredo participó en el Pacto del Zanjón y regresó a Puerto Príncipe donde lo estaba esperando Margarita con los brazos abiertos. Pudo terminar su carrera de Leyes y tuvieron dos hijos. Al estallar la guerra del 95, Alfredo se unió al ejército libertador y combatió en la llanura camagüeyana hasta la capitulación de España del dominio de la isla de Cuba. Terminó la guerra con el grado de coronel pero se negó a ocupar cargos políticos para dedicarse a su familia y a su bufete.

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