Thursday, January 17, 2019

Tony Pinelli (entrevista por Mayra A. Martínez)

Nota: Agradezco a Baltasar Santiago Martín, que comparta este texto con los lectores. El mismo está incluido en el número de enero de 2019, de la revista Caritate.

La presentación será el jueves 31 de enero de 2019, a las 8 00 p.m., en el Centro Cultural Hispano para las Artes de Miami (111 SW 5th Ave. Miami, FL. 33135)

Tony Pinelli
 (foto cortesía del entrevistado)
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Con Tony Pinelli, 
y su pluma afinada

por Mayra A. Martínez


Compositor e intérprete, fundador del Movimiento de la Nueva Trova, y con una larga y rica trayectoria como productor y director artístico de programas de radio o televisión, además de directivo y promotor en diversas empresas culturales en Cuba durante varias décadas, Antonio Eduardo Piniella Cabrera, más conocido como Tony Pinelli, proviene de una familia vinculada al arte, cuya figura más destacada fue su padre, Germán Pinelli, locutor cimero de los medios nacionales, estirpe que continúa en la labor de Los 3 de La Habana, agrupación integrada por sus hijos, a quienes apoyó como arreglista de sus montajes durante un tiempo. Cabe recordar que una de sus canciones más populares fue Tú eres la música que tengo que cantar, ganadora del Gran Premio en el Concurso Adolfo Guzmán de 1982.

A partir de 2015 Tony se estableció en Miami, y pronto comenzó por invitación a participar en el popular programa El Happy Hour, de AmericaTV, en tanto actualmente escribe una columna en el Diario Las Américas y participa desde el 2016 en Pasa la tarde, con Mario Andrés Moreno, en Radio Caracol, trasmitido por 1260 am, que se repite ampliado los sábados a las 3:00 p.m. con el título Tú eres la música.

Con mucho por decir, y sustentado en sus vivencias en los medios culturales de la isla –y de modo más reciente, en el contexto cubano de la Florida–, Tony, incisivo como pocos, me ofreció una extensa entrevista para mi libro en preparación sobre musicógrafos conocedores de la creación sonora afrocubana. De esta, hacemos una síntesis para CARITATE:

Para puntualizar sobre tus inicios, ¿estudiaste música de manera formal? Y una duda, ¿adecuaste tu apellido por alguna razón, de Piniella a Pinelli?

Mi familia paterna procede de Asturias, de los Piniella de la zona de Cangas de Onís, una larga familia con cierta cantidad de emigrantes a varios países, entre ellos mi abuelo y mi padre, Germán Piniella, el menor de cinco hermanos y único nacido en Cuba, y el cual empezó su carrera desde niño como cantante. Y su madre, mi abuela Soledad Vázquez, fue quien le sugirió “italianizar” el apellido por su repertorio de óperas italianas, y ya fue para siempre Germán Pinelli.

Tony con su padre, el gran e inolvidable Germán Pinelli (foto cortesía del entrevistado)
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Sin embargo, el ambiente musical no fue de nacimiento. Mis padres se separaron cuando yo era demasiado pequeño, pero mi madre siempre nos inculcó amor a la cultura en general; nunca faltó un libro entre los regalos por cualquier ocasión. Teníamos TV y tocadiscos desde muy temprano, amén de la radio indispensable en casa de cualquier cubano, y mi hermana Isabel y yo estuvimos presentes en cada espectáculo importante, desde el concierto de Josephine Baker en el América, hasta las Cabalgatas españolas en el Payret, o Pedro Infante en el entonces Radiocentro.

Posteriormente, conocí y disfruté a muchos grandes de la música cubana en los programas de radio y TV de mi padre y mi tía Sol Pinelli, y ya de joven comencé a cantar en La Víbora, mi barrio.

Tony Pinelli de joven 
(foto cortesía del entrevistado)
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¿Cómo llegas a estudiar música con Luis Carbonell? Dices que fue por la formación del Cuarteto “Los Cañas”, pero ¿qué sucedió al respecto? Porque él era muy exigente, un gran repertorista...

Yo, como la mayoría de sus alumnos, considero una bendición haber conocido a Luis Mariano, a quien respeté y quise como a un padre. Soy de La Víbora, de donde han salido músicos de gran categoría, y en mi barrio, en los 60, época de cuartetos vocales, hicimos uno con Carlos Mas como director, Jesús “Tatica” del Valle, Adolfo Costales y un servidor. “Los Bohemios” primero y, posteriormente, le pusimos “Los Álamos”; ahí fue donde me decidí a ser profesional en la música, pero el cuarteto, a pesar de que todos lograron excelentes carreras, no lo tenían decidido en aquel momento, y como a dos cuadras de nuestro barrio había otro cuarteto llamado “Los Olivos”, que sí tenían interés en profesionalizarse, comencé a cantar con ellos. René Mateos –que fue una gran influencia para mí por su musicalidad–, Iván Cañas, Paquito González y un baterista, Roberto Benítez.

Ensayamos mucho y participamos en un concurso de radio, cantando No tengo edad, quedando en segundo lugar. Nos vio Julio Lot, un excelente director de programas de radio, y nos reunimos en su casa en una fiesta pequeña. Allí nos recomendó y presentó a Luis Carbonell, con quien sí la cosa fue en serio. Incluso nos montó –sin que ninguno de nosotros supiera leer música– un amplio repertorio de fugas, preludios, sonatas, etc., a voces, convirtiéndonos en los primeros en hacer esa función como toda una línea de trabajo de música clásica, dentro del amplio repertorio de más de 300 números. Luego, cambiamos el nombre de “Los Olivos” a “Los Cañas”, sugerido por Luis en honor a un profesor que había tenido en Santiago de Cuba, tío de Iván Cañas.

Al fin de cuentas, ¿qué querías ser, músico o periodista?

Las dos cosas, pero tuve que dejar la carrera, porque el cabaret y la universidad no ligan mucho, aunque siempre escribí y fui acumulando cosas que me llamaban poderosamente la atención, porque si algo me admira es el talento, y cuando veía u oía algo digno de ser destacado, por lo relevante o por ser anécdota de un grande, se me grababa en la mente y creía en ese entonces, como sigo creyendo, que es importante la labor de destacar esas cuestiones.

Hace muchos años que escribo, produzco y dirijo, pero la música, los arreglos vocales y la hermosa vida de artista fueron mi prioridad. Para mí sigue siendo el oficio más bello del mundo que, por suerte, gracias a mis hijos, “Los 3 de La Habana”, he podido seguir vinculado de algún modo, primero siendo su arreglista y después, aplaudiéndolos.

Háblame de la relación de estudio con Aida Diestro, y luego con Juan Elósegui. ¿Qué te aportaron?

La Gorda era una fiesta. Me iba para su casa y me pasaba temporadas viviendo allí, donde muchas veces vi ensayar al cuarteto, y fue ella la que me adentró en el mundo de los arreglos vocales. Era una pianista maravillosa. Padecía de un aneurisma que le causaba grandes dolores, y a veces me despertaba en la madrugada y me decía: “Pinelito, tengo miedo a dormirme”. Entonces, me pedía que la acompañara a tomar la nitroglicerina, y yo me levantaba del cuarto de los “becados”, como nos llamaba a Pablo Milanés y a mí, y me ponía a hacerle cuentos y a entretenerla. Al rato, se levantaba e íbamos al estudio o cuarto de ensayos, con las ventanas cerradas, y pisando el pedal apagador del piano, se ponía a tocar y cantar conmigo, lo que considero un gran privilegio en mi vida. Para mí fue como una hermana mayor y maestra, a quien admiré como artista y como persona.

Cuando el cuarteto decidió volar solo, después de una etapa con el Maestro Luis Carbonell, fuimos seleccionados para un curso especial de la Dirección de Música, en el Teatro “Amadeo Roldán” (antiguo “Auditórium”), donde participamos un nutrido grupo de artistas profesionales, entre ellos tres cuartetos: “Los Modernistas”, “Los Del Rey” y “Los Cañas”.

Juanito Elósegui era profesor de solfeo, el mejor que he conocido, además de hombre y amigo. Nos invitó a su casa y nos hizo excelentes arreglos. Era viola en la Sinfónica, pero campechano y lleno de dicharachos. Se viraba en plena clase y nos decía: “Tengo una monja encarcelada para ustedes. Y ante el gesto de incomprensión de todos, aclaraba: Una Sor – presa”. Además, era un excelente cocinero y sus amigos búlgaros de la Orquesta Sinfónica siempre le llevaban ingredientes y latas que preparaba de forma deliciosa. Fue amigo, además de maestro, y a pesar de la confianza jamás se perdió el respeto entre profesor y alumno.

¿Cómo lograbas alternar “Los Cañas”, los programas de radio y TV, la dirección de festivales, las giras? ¿Cuáles puedes destacar, y qué aprendizaje obtuviste en esa etapa?

No tengo la menor idea –quizás padezca de hiperactividad–, pero lo cierto es que aún no puedo estar tranquilo. Quizás el afán de ser útil y la inconsciencia de que el sistema no se puede mejorar. Las buenas intenciones en Cuba te traen malas consecuencias.

Nunca he dejado de divertirme y disfrutar la vida por una disciplina de estudios. Me divierto aprendiendo o trabajando, pero en algo que no me guste me cuesta mucho trabajo concentrar la atención.

¿Crees que podrá rescatarse en alguna medida el que la población cubana, dentro de la isla, y los crecidos en el exterior, conozcan a plenitud la riqueza y diversidad de la música cubana, sus compositores e intérpretes?

Mayra querida, esa pregunta merece un razonamiento de más de 40 cuartillas; déjame ver cómo te puedo resumir. En primer lugar, el intento de borrar datos y presencia histórica para llevarlo todo al punto de vista gubernamental ha hecho mucho daño. No se puede hablar de música cubana sin mencionar a Lecuona, René Touzet, Celia Cruz, y tantos y tantos que emigraron o se manifestaron en contra de un gobierno que se adueñó del nombre y de la historia, al punto de darle la razón a aquel obispo mambí de Santiago de Cuba, Monseñor Pedro Meurice, en 1998, cuando expresó en sus Palabras de Saludo a Juan Pablo II, en la misa celebrada en Santiago de Cuba: "... Le presento, además, a un número creciente de cubanos que han confundido la patria con un partido, la nación con el proceso histórico que hemos vivido las últimas décadas y la cultura con una ideología”.

Para tener claro hacia dónde vamos, siempre resulta bueno saber de dónde venimos; nunca será bueno amputar de la historia a un artista por su filiación política o grado de obediencia. Es cierto que la historia la hacen los vencedores, y en el caso nuestro, las prohibiciones, el triunfalismo y el secretismo, más una manipulación de los hechos realizada de forma eficiente, han asegurado el poder por más de medio siglo, pero cada día se ve más y más el interés en el pasado, sobre todo ante el derrumbe del presente.

No se puede negar la fascinación por nuestra música, que cuando Cuba era un país abierto, influenció a tantos creadores en distintas zonas del mundo, y Buena Vista Social Club fue un ejemplo de ello, aunque en Cuba nunca se difundió el éxito de su mejor momento internacional. Y creo que debemos agradecer a nuestros musicalizadores el riesgo a sanciones y despidos, rebajas de salarios y otras medidas totalmente idiotas y extremistas a que se han expuesto por difundir a grandes figuras de la música nuestra que se fueron de Cuba.

El oficialismo ha ocasionado que muchas veces la información resulte incompleta, y la prensa no ayuda. En primer lugar, porque el trabajo del investigador o historiador musical no se reconoce como debiera hacerse; todos viven modestamente, a menos de que ocupen un cargo oficial del cual se aprovechen. Los musicólogos formados luego de los 70 no reciben la información adecuada para ejercer su oficio, y desconocen, diploma en mano, de muchos aspectos y hechos esenciales a resolver después de graduados y, en no pocos casos, los deficientemente formados pasan, antes de madurar suficiente, a dirigir o asesorar, aunque el afán de saber les va completando su información. No obstante, se hacen muchas cosas buenas con una terrible escasez de recursos y ausencia de estímulos, además de que la historia se va abriendo paso por sí misma.

Y por otra parte, ¿qué tal la presencia cultural cubana en Miami, capital de nuestra diáspora?

Bueno, aquí, donde el maravilloso staff de actores, músicos, realizadores, etc., que viven podría estar al servicio de la cultura, no se ven; muy pocos pueden trabajar en su disciplina artística, y tienen que dedicarse a otros oficios con tal de subsistir, pero hay que tener presente que Miami no es un país, es una ciudad turística que significa para un país como Estados Unidos lo que podría significar Varadero para Cuba, donde los cubanos han subsistido, e incluso aportado mucho, pero mucho, a esta ciudad, que –repito– pertenece a otra cultura, no a la nuestra.

Desarrollo aparte, los cubanos solo trabajan en su mayoría en canales provinciales, o del estado de La Florida. Muy pocos trabajan en canales nacionales, y el tiempo en este tipo de situaciones se vuelve un enemigo. La colonia cubana en el sur de La Florida logró mantener su cubanía, e incluso sus sabores, y aquí encuentras platillos que antes de las paladares se perdieron, y que la iniciativa privada en Cuba ha ido rescatando poco a poco. La gastronomía nacional es parte de nuestra cultura en el sentido más amplio de la palabra.

Las últimas generaciones de cubanos que han arribado a las costas de Miami y otros sitios del mundo ya vienen con la ausencia de información a que nos referíamos, y los nacidos aquí han estudiado en inglés y aprendido la cultura del país donde viven, que no es el país de origen de sus padres. O sea, hay varias generaciones de desinformados, pero entre esos desinformados, están los gerentes de las emisoras de radio relacionadas con Cuba, cuyos hijos –al igual que muchos de ellos– hablan español de forma fonética, porque es el idioma de sus padres, y lo oyen en su casa; no han estudiado sus reglas gramaticales, como sí lo han hecho con el inglés, por lo que resulta lógico que prefieran las emisoras norteamericanas, como demuestran las estadísticas de escuchas.

Sin dudas, la radio sigue siendo de suma importancia, pero Miami es una ciudad cosmopolita, con más de seis millones de habitantes en su periferia, con abundancia de países entre ellos, al punto de que es la ciudad de los Estados Unidos con más habitantes extranjeros, y cada dueño de emisora tira –por lo general– para su segmento de mercado, o sea, el que más conoce, aunque deben trabajar para los cubanos que somos la mayoría, pero no la prioridad.

Quiero recalcar que los jóvenes a los que hacía referencia –es decir, las futuras generaciones– prefieren las emisoras en su idioma, el inglés, no el de sus padres. Si alguien no lo cree, o duda del razonamiento, pregúntele a un hijo o nieto de chinos que se radicaron en Cuba qué música prefiere.

Habría que hacer conciencia y tener capacidad de inversión para invertir en Internet, cosa que ya hacen muchos especialistas, pero sin capital y publicidad detrás como es indispensable en un país donde todo es dinero, se hace demasiado difícil. Radio Martí podría haber sido una gran ayuda, pero pésimamente administrado, perdió su oportunidad.

Lo cierto es que la cultura cubana se va esfumando, a pesar de que hay público de sobra para entusiasmar su consumo, mientras, en Cuba, en el tránsito hacia un capitalismo de estado como último recurso para no soltar el poder, la desesperanza y malas condiciones, sin una inyección de fe, coopera con el afán de disipación mediante las expresiones artísticas, nada de reflexión. ¡Así, a gozar se ha dicho, aunque se muera la poesía!


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Tú eres la música que tengo que cantar. 

Autor Tony Pinelli


Sé que hace tiempo te buscaba el nombre
Y así despacio sin hacerme daño
Fuiste una luz iluminando a un hombre
Que anduvo a oscuras todos estos años
Qué buscarás en mí que ya no tengas
Y no me hablen de paz ni de cordura
Porque mi paz y toda mi experiencia
Me laceran de muerte tu figura

Por eso yo, quiero llenarte de color tu intimidad
Pintar de risa tu impresión de soledad
Irte cantando por el mar y la ciudad
Tú te pareces tanto a la felicidad
Que en ese ritmo tan difícil de lograr
En los matices que no hay que retocar
En la belleza del arte más natural
Tú eres la música que tengo que cantar.

Lo que yo siento quisiera decirlo
Un día de julio en medio de la plaza
Oír tu nombre por los altavoces
Sentirlo rebotar de casa en casa
Y aquí me tienes tarareando un sueño
Cazando estrellas por la madrugada
Pupila alerta, guardando un silencio
Para irme a refugiarme en tu mirada

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